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COLOMBIA

«Sois la prueba de que es posible vencer el odio»

19/09/2017

Por primera vez un Papa visitaba Los Llanos orientales colombianos. Según el nuncio apostólico Ettore Balestrero, «Villavicencio es la puerta a toda la Orinoquia. Estar allí es acercarse a los indígenas, a los campesinos, a todos los habitantes de las zonas rurales en esa inmensa región y que todos ellos tengan facilidad de encontrar al Papa (…) Villavicencio es representativa por ser un polo de desarrollo y paradójicamente símbolo del desplazamiento que dejó el conflicto armado en el país, toda vez que se calcula que más de la mitad de su población es víctima de este fenómeno. Aquí también confluyen indígenas, campesinos y desmovilizados de los grupos armados ilegales. Y haber sido uno de los escenarios del conflicto armado colombiano y el desplazamiento tiene significado en términos de la reconciliación, en torno al cual gira el mensaje en esta ciudad».

La jornada comenzó el jueves 7 de septiembre a las doce de la noche en las puertas del lugar donde se realizaría la misa campal. Allí se habían congregado multitud de personas, cerca de 650.000, caminando a pie cinco kilómetros para llegar al lugar, con filas interminables y bajo la lluvia. Un sinnúmero de circunstancias que de primera mano obligaban a preguntarse: ¿quién me hace moverme así?, ¿qué espero de esta jornada?

Por fin después de la espera aparece en el campo, hacia las diez de la mañana, su presencia paternal, humilde y calmada que de inmediato genera un efecto imán que todo lo atrae. Niños, policías, autoridades civiles, ancianos, adultos salen a su encuentro como muestra de un amor correspondido totalmente y de un agradecimiento sin fin. «Este pueblo de Colombia es pueblo de Dios. ¡Cuántos de ustedes pueden narrar destierros y desolaciones!, ¡cuántas mujeres, desde el silencio, han perseverado solas y cuántos hombres de bien han buscado dejar de lado enconos y rencores, queriendo combinar justicia y bondad! ¿Cómo haremos para dejar que entre la luz? ¿Cuáles son los caminos de la reconciliación? Como María, decir sí a la historia completa, no a una parte; como José, dejar de lado pasiones y orgullos; como Jesucristo, hacernos cargo, asumir, abrazar esa historia, porque ahí están ustedes, todos los colombianos, ahí está lo que somos y lo que Dios puede hacer con nosotros si decimos sí a la verdad, a la bondad, a la reconciliación. Y esto solo es posible si llenamos de la luz del Evangelio nuestras historias de pecado, violencia y desencuentro».

La reconciliación no es una palabra abstracta. Reconciliarse es abrir una puerta a todas y cada una de las personas que han vivido la dramática realidad del conflicto, es necesario que algunos se animen a dar el primer paso en tal dirección, sin esperar que lo hagan los otros. ¡Basta una persona buena para que haya esperanza! ¡Y cada uno de nosotros puede ser esa persona! Esto no significa desconocer o disimular las diferencias y los conflictos. No es legitimar las injusticias personales o estructurales. Más bien, como ha enseñado san Juan Pablo II, «es un encuentro entre hermanos dispuestos a superar la tentación del egoísmo y a renunciar a los intentos de pseudojusticia, es fruto de sentimientos fuertes, nobles y generosos, que conducen a instaurar una convivencia fundada sobre el respeto de cada individuo y de los valores propios de cada sociedad civil».

El encuentro con las víctimas
Por la tarde llega el encuentro con las víctimas. Pastora Mira García cuenta su testimonio al Papa Francisco. «Cuando tenía seis años, la guerrilla y los paramilitares aún no habían llegado a mi pueblo, San Carlos de Antioquía. Aun así, mi padre fue asesinado. Años más tarde pude cuidar al asesino, que en ese momento se encontraba enfermo, anciano y abandonado. Cuando mi hija tenía dos años asesinaron a mi primer esposo. En seguida entre a trabajar en las inspecciones de Policía, pero tuve que renunciar a ellas por las amenazas de guerrillas y paramilitares que ya se habían asentado en la zona. Con grandes esfuerzos logré establecer una piñatería, una juguetería, pero allí continuaron las extorsiones de los mismos grupos, guerrilla y paramilitares. Recurrí a regalar toda la mercancía. En el año 2001 los paramilitares desaparecieron a mi hija Sandra Paola. Emprendí su búsqueda, pero encontré el cadáver solo después de haberla llorado siete años. Todo este sufrimiento me hizo más sensible frente al dolor ajeno y a partir del año 2004 vengo acompañando y trabajando con familias víctimas de la desaparición forzada y en condición de desplazamiento. Pero no todo estaba aún cumplido. En el año 2005 el bloque Héroes de Granada de los paramilitares asesinó a Jorge Aníbal, mi hijo menor. Tres días después de haberlo sepultado atendí herido a un jovencito y lo puse a descansar en la misma casa que había pertenecido a Jorge Aníbal. Al salir de la casa este joven vio las fotos y reaccionó contándonos que él formaba parte de ese grupo y era uno de sus asesinos. Además, nos narró cómo lo habían torturado antes de darle muerte. Ahora coloco este dolor y sufrimiento de los miles de víctimas de Colombia a los pies de Jesús, del Jesús crucificado para que lo una al suyo y a través de la plegaria de su santidad sea transformado en bendiciones y en capacidad de perdón para romper el ciclo de violencia que en las últimas cinco décadas ha sufrido Colombia. Como signo de esa ofrenda de dolor depongo hoy a los pies del Cristo de Bojayá la camisa que mi hija Sandra Paola, desparecida, había reglado a mi hijo Jorge Aníbal, asesinado por paramilitares. La conservamos en familia como auspicio de que todo esto nunca más vaya jamás a ocurrir. Y que la paz triunfe en Colombia».

«Desde el primer día he deseado que llegara este momento de nuestro encuentro», dijo el Papa. «Ustedes llevan en su corazón y en su carne la huella de la historia viva y reciente de su pueblo, marcada por eventos trágicos, pero también llena de gestos heroicos, de gran humanidad y de alto valor espiritual de fe y esperanza. Vengo aquí con respeto y con una conciencia clara de estar, como Moisés, pisando un terreno sagrado. Y estoy aquí no tanto para hablar yo sino para estar cerca de ustedes y mirarlos a los ojos, para escucharlos y abrir mi corazón a vuestro testimonio de vida y de fe. Y si me lo permiten, desearía también abrazarlos y llorar con ustedes, quisiera que recemos juntos y que nos perdonemos ?yo también tengo que pedir perdón? y que así, todos juntos, podamos mirar y caminar hacia delante con fe y esperanza».

«Pastora Mira, tu´ lo has dicho muy bien. Quieres poner todo tu dolor, y el de miles de víctimas, a los pies de Jesús Crucificado, para que se una al suyo y así sea transformado en bendición y capacidad de perdón para romper el ciclo de violencia que ha imperado en Colombia Tienes razón. La violencia engendra más violencia, el odio más odio, y la muerte más muerte. Tenemos que romper esa cadena que se presenta como ineludible, y eso solo es posible con el perdón y la reconciliación. Y tu´, querida Pastora, y tantos otros como tu´, nos han demostrado que es posible. Si´, con la ayuda de Cristo vivo en medio de la comunidad es posible vencer el odio, es posible vencer la muerte, es posible comenzar de nuevo y alumbrar una Colombia nueva. Gracias, Pastora, que´ gran bien nos haces hoy a todos con el testimonio de tu vida. Es el crucificado de Bojayá quien te ha dado esa fuerza para perdonar y para amar, y para ayudarte a ver en la camisa que tu hija Sandra Paola regalo´ a tu hijo Jorge Aníbal no solo el recuerdo de sus muertes, sino la esperanza de que la paz triunfe definitivamente en Colombia».

Nada que agregar a lo anterior, solo finalizo con mi experiencia de estos días. Al final prevalece la alegría por estar allí, por salir a su encuentro. Ese cansancio y el sacrificio que representó la jornada se convierten en una fatiga y un dolor hermoso, nosotros lo verificamos con la beatificación de los mártires durante la Misa Campal e, igual que ellos, ese dolor y sacrificio lo ofrecemos para la gloria de Cristo. Me impresiona mucho que Cristo siga generando a través de la figura del Papa ese deseo y ese amor por dar lo mejor de nosotros mismos, y siga generando con más fuerza en nuestro corazón ese deseo de escuchar palabras de vida eterna así como en los primeros tiempos.
Sandra, Villavicencio

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