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¿Quién toma en serio el corazón de los jóvenes?

Silvio Cattarina
20/12/2016

El pasado domingo ocho chicos y tres chicas de la comunidad terapéutica educativa "El imprevisto" de Pésaro terminaron su camino en la comunidad. En su honor, se organizó una fiesta en el teatro de la ciudad, con amigos, autoridades, antiguos miembros y padres. Publicamos la intervención de Silvio Cattarina, fundador de esta iniciativa y responsable del programa.

¿A vosotros no os sorprende, no os escandaliza el dolor que hay sobre la faz de la tierra, especialmente el que se manifiesta en el mundo juvenil? ¿Ese dolor infinito, injusto, a menudo inocente? ¿No turba vuestro corazón el incomprensible, insoportable dolor del alma humana?

Cuándos jóvenes diezmados por la ferocidad de la insignificancia, la insensatez, la distracción; congelados por el frío vendaval del éxito, de la prestación, del dinero; azotados y abatidos, invadidos y vaciados por la tempestad de lo inmediato, del instinto, de lo efímero. Es una guerra, una nueva guerra.

Sin embargo son jóvenes guapos, inteligentes, altos, fieros, ávidos de curiosidad, audaces. Pero frágiles y a menudo trágicas ramas descompuestas entre los restos ensangrentados y ya casi sin vida de nuestra vida civil, de nuestras ciudades.

Sí, la parte más golpeada son los jóvenes, los chavales, los pequeños. La ruina más fuerte y aguda está misteriosamente reservada para los jóvenes. Esta guerra, esta emergencia educativa, esta fragilidad psicológica, mediática, existencia, que se ceba especialmente con los inermes, los frágiles, los indefensos, este inmenso campo de refugiados como yo llamo a esta juventud nuestra –refugiados, hombres en fuga, que huyen en busca de la salvación–, que azota a las familias destruyéndolas cada vez más, generando huérfanos, hijos sin padre ni madre aun teniendo a sus progenitores presentes, chavales ya derrotados.

Como si los jóvenes estuvieran destinados, llamados a llevar el sufrimiento, a soportarlo por todos los demás, a ofrecerse en sacrificio. No podemos dejar caer en la nada el mar de dolor en que se debaten los jóvenes de nuestros días. No puede ser que todo lo lacerante y grave que sacude su corazón no valga, no sea útil para nada ni para nadie. Perdido, perdido para siempre. ¿Vamos a descuidar, a perder este tesoro incalculable?

No es la política, ni las finanzas, ni la diplomacia, ni la economía, ni las casas, ni la industria... ¡es el corazón del hombre lo que importa, su alma! Importan las infinitas preguntas sobre el sentido de las cosas que gritan dentro del corazón de los jóvenes, su infinita necesidad de vida, que estalla cada vez más fuerte en su pecho.

¿Cómo afrontaremos la pena de tanto dolor, el sufrimiento de los inocentes –hubo un tiempo, cuando era pequeño, en que recuerdo que las mujeres ancianas nos hacían rezar, especialmente al caer la noche, "por el sufrimiento de los inocentes", ¡qué temor y temblor, qué miedo sentía yo entonces!–, cómo vamos a ser capaces de consolar el dolor de cada hombre humillado?

Sin duda, no con discursos, tratados o lecciones, con respuestas abstractas, con tranquilizadoras teorías o técnicas. Hoy, y no solo ahora, muchos hablan de los pobres, sobre los pobres, a propósito de los pobres y de la pobreza, pero son muy pocos los que están con los pobres, hablan con ellos, viven con ellos. Si algo hemos entendido después de tantos años con nuestros chavales es que ellos no quieren ser los destinatarios de nuestro servicio, los beneficiarios de nuestra acción... quieren ser hijos, amigos, hermanos... no un número, una cifra, un problema, sino una persona única, con una historia única, excepcional, irrepetible y por tanto hermosa... poder entregar a alguien su propio dolor, confiárselo, donarlo. Los pobres, los necesitados, y por tanto los jóvenes, nos deben molestar, fastidiar, subvertir, trastornar, revolver...

Mantengamos abierta esta pregunta dramática, dejémosla ahí, en el misterioso silencio de nuestro estar juntos, en el arcano juego de miradas de nuestra convivencia. Hace falta la acogida, hace falta la misericordia. Si no, los jóvenes seguirán pensando que "tiene razón el más fuerte". De hecho, sobre esta lógica construyen su vida. Piensan que la vida es cuestión de poder, de éxito. Pero no, hace falta una comunidad.

La respuesta al misterio del sufrimiento no es una explicación sino una presencia. «La respuesta sopla en el viento», diría Bob Dylan. El dolor no hay que guardárselo para sí. Hay que donárselo a otros, a todos, y entonces se hace fecundo. La vida está hecha para ser donada, no para ser guardada. El sufrimiento, iluminado por la acogida, por el amor fraterno, por el compartir, cambia la suerte de la persona, cambia la historia personal y cambia la suerte social, de las comunidades y de los pueblos. El dolor es el camino predilecto de la experiencia del amor. El dolor implica la posibilidad de redención.

Estar, estar presentes, interesarse por el dolor que hay en el mundo, sobre todo el de los jóvenes. Decir, hacer oír que nos importa, que nos preocupa, que por los jóvenes sentimos respeto, atención, veneración. Que por los jóvenes que sufren nos honramos y servimos.

Tú existes, tú eres importante para mí, tú vales, tú importas. Tú tienes una gran tarea, una responsabilidad. Es importante que el joven sienta que su vida es valiosa para los demás, para los que le rodean, que es necesario, importante para ellos. Debemos dar mucho, debemos darlo todo. No quiero vivir atormentado por la duda de si habré dado todo o me habré guardado algo para mí. La vida se gana cuando se entrega.

Yo deseo que en mi corazón quede anotado todo, el nombre de cada chaval, cada una de sus palabras, cada pliegue de su dolor, su padre, su madre, sus hermanos... Concedámonos y permitámonos tener compasión. Deseo que mi corazón sea un pesebre, como un belén viviente, continuo, cotidiano.

Las comunidades son pesebres, belenes que están ahí todo el año, están todos: María, José, la mula, el buey, los pastores, los reyes magos, el pequeño y el grande, el pobre y el rico... «No había sitio para ellos en la posada». En la posada de mi corazón, ¿no hay sitio para estos chicos? El corazón del otro solo se mueve si es acogido, abrazado, amado. El corazón, este punto ardiente, en llamas, turbulento y bellísimo con toda su dramaticidad.

Resumiendo, solo quiero decir que nos llena de felicidad este compromiso con los jóvenes, por el trabajo que estamos llamados a hacer con ellos. Somos alimentados, saciados, día tras día, por la convivencia con los chicos de nuestras comunidades, y estamos alegres. Hemos visto que si damos amor, este vuelve a nosotros aún más grande y rico, hermoso y sobreabundante, lleno de vida y de luz.

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