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La ofrenda a ti debida

José Luis Almarza
04/03/2010 - Radio COPE - Noche de cometas

Ofrenda a D. Giussani, en el quinto aniversario de su fallecimiento

“El San Juan Bosco del siglo XX”, así le llamó no hace mucho tiempo el cardenal Bertone, salesiano precisamente y Secretario de Estado del Vaticano; y el actual Cardenal de Milán, Dionigi Tettamanzi, en el funeral de hace unos días, con motivo del quinto aniversario de su fallecimiento, le designó como “maestro de vida y de fe”.
Un periodista, hace unos años, al verle reunido en un pabellón polideportivo con cerca de veinte mil jóvenes le preguntó: “Pero ¿qué hace usted para que tantos jóvenes le busquen, le miren, le atiendan y le crean, como acabo de ver yo esta tarde?” Él contestó: “yo sólo les digo lo que creo, les doy las razones por las que la vida se hace grande y digna de ser vivida, y ellos ven que yo creo lo que les digo y que puedo vivir de ello”. El periodista continúa: “Pero ¿sólo eso?” Y él, mirándole con ojos vivos, penetrantes, chispeantes de alegría – como quien le invita a un verificación personal-, le respondió: “Sí, sólo eso”.

Pocos meses antes de su fallecimiento dijo a sus más allegados confidentes: “La realidad no me ha traicionado jamás”. Dios mío, ¡qué raza, qué tipo de humanidad es ésta que porta tanta certeza, tanta densidad y peso para entrar en la realidad y no rehuirla, y que concluye así, desafiando el desgaste y escepticismo tan común de los mortales! “La realidad no me ha traicionado jamás”, es decir, está bien hecha, como nosotros estamos bien hechos, en una común vocación a la reciprocidad y a la concordancia y consonancia bella; basta con no acercarse a ella queriendo imponerla una medida previa y que por eso es siempre insuficiente, equívoca, mezquina.

Sí, me refiero en esta ofrenda a D. Luigi Giussani, sacerdote, fundador del Movimiento Comunión y Liberación: la gracia de un carisma, es decir, de una genialidad humana donde ha prendido la fantasía creativa del Espíritu, para volver a mostrar a los hombres de hoy que Cristo es sumamente conveniente y que sin el encuentro con Él, nuestra humanidad camina maltrecha y queda desaprovechada, desperdiciada.

En plena revolución industrial, cientos y miles de niños de Turín, del resto de Italia y de Europa, se convirtieron en carne de cañón de un mundo inhumano, y en huérfanos de de una casa sin hogar, porque sin padres deshabitada. Apareció un hombre entonces que se acercó a ellos, los amó y no los temió. Y aquellos niños encontraron a un padre -San Juan Bosco, se llamaba-, e hicieron un camino común de amistad, de educación y de simpatía, que sigue tocando hoy a los cinco continentes de la Tierra.
Y del mismo modo, en el corazón del siglo XX, un hombre subió un día las escaleras de un Instituto de secundaria, llevando un gramófono y el disco en vinilo de este concierto que escuchamos, totalmente convencido de que el grito de ayuda de un John Lennon y los Beatles al decir ‘Help’, como el lamento de este violín del concierto de violín de Beethoven, lamento desgarrador, porque busca una imposible autonomía sin el otro… totalmente convencido, de que las aspiraciones, pendulaciones y desconciertos de Bob Dylan, o que los deseos de abrazar de verdad a una mujer en Sartre, aunque al final se la convirtiera en infierno, o que los horizontes de infinito vislumbrados en la luna por el Calígula de Camus, o tantos cuadros de Chagall o, como antes, la aspiración a una belleza de sensible forma en Leopardi… totalmente convencido, digo, de que todo eso había encontrado ya una cumplida respuesta en un Hombre; que la Belleza, la Verdad, el Bien, la Justicia, se habían hecho carne y podían ser contemporáneas para el hombre, en una realidad sensible e histórica. Y que en un signo como la Iglesia habita y permanece por el mundo, desde entonces, lo divino.

Amigos, cuando uno se topa con lo divino en la carne, ocurre siempre lo mismo: la exaltación de lo humano, la dilatación y profundización insospechada del afecto humano, la transparencia de lo real, la clarificación incesante de la verdadera mirada.

Gracias, D. Giussani. Gracias, padre mío. Me has traído a mí y a tantísimos otros a Cristo por un lugar imprevisto, quizá por el que menos esperábamos: pegadísimo, ¡qué digo pegadísimo!..., dentro de mi más propia humanidad. Y vivimos desde entonces, de asombro y sorpresa permanente, con el deseo de sorprender a otros con la misma sorpresa con la que tú nos golpeaste a nosotros.
Me lo sigo preguntando desde entonces y cada día: ¿Cómo harán los hombres para poder vivir sin Cristo? ¿Cómo se puede vivir sin poderle seguir oyendo, una vez que se ha barruntado un poco el acento incomparable de su voz?

Termino, a modo de apotegma: cuando Dios regala gigantes, cuando nos entrega genios, cuando pone delante de nuestros ojos a santos -aquéllos que todavía tienen la capacidad de dirigirse al corazón del hombre y conmoverle-, no se puede prescindir de ellos sin un grave daño para la historia y para el mundo. Por eso la Iglesia hoy no puede permitirse el lujo de no reconocerle, de no amarle, de no señalarle, de no promoverle. Sin hombres así ¿cómo podríamos estar ciertos de que la realidad, aunque pueda dolernos, nunca nos traicionará, nunca dejará de ser ventana abierta al Misterio?
Posdata. Gracias a este hombre, yo soy verdaderamente yo, es decir, almarza.joseluis@gmail.com para lo que gustes, para lo que demandes.

(Noche de cometas. 28/02/2010)

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