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De la florecilla al cosmos, una fascinación por todo

Steve Sánchez
05/05/2015
Monseñor Lorenzo Albacete (1941 - 2014).
Monseñor Lorenzo Albacete (1941 - 2014).

La noche del sábado 25 de abril se celebraba el décimo aniversario de la apertura del Centro Cultural Crossroads, que nació del deseo de «mirar con apertura, curiosidad y juicio crítico todos los aspectos de la realidad».

Aquello que ponía sus pies en una, luego dos, ahora en ocho ciudades de Estados Unidos, Crossroads, empezó aquí, en Nueva York. Solo si teníamos presente aquel inicio, esta celebración estaría marcada por el deseo, como dijo Rita Simmonds en el saludo inicial, «de renovar nuestro primer amor», de renovar nuestra mirada al mundo a través del afecto a un hombre que fue «el centro, el corazón y la mente del Centro Cultural Crossroads», monseñor Lorenzo Albacete.
Mediante la mirada de tres de sus mejores amigos, el periodista Michael Sean Winters, el científico Robert Pollack y la directora Helen Whitney, pudimos volver a experimentar una manera de mirar la vida que nace de una gran ternura por el hombre y de una profunda pasión por Dios hecho hombre.

La velada comenzó con un momento de conmovedora belleza: tres piezas musicales ejecutadas por Christopher Vath al piano y David Han Marks al violín. Especialmente emocionante fue la interpretación de Fratres, de Arvo Pärt, que despertó en muchos de nosotros el deseo de escuchar una nueva palabra, una broma, una risa de nuestro querido Lorenzo.

Michael Sean Winters abrió estos testimonios con una reflexión sobre su amistad, que nació en 1992 con motivo de una cena en Washington. Winters había invitado a monseñor Albacete para celebrar el regreso de una amiga común, Anna, que volvía de Sarajevo. «No hace falta decir que nos conquistó a todos. Yo también, como Anna, me enamoré de él a primera vista». Pocos días después, Winters recibió una carta que le permitió percibir una profundidad mucho mayor que la que había podido imaginar durante aquella cena. «Lorenzo había sufrido, incluso había sido marginado por su fidelidad a su propio corazón y al Evangelio. Noté en la cena que él había manifestado todas las características que gustan en la sociedad mundana, pero en aquel ambiente el sufrimiento no tenía ningún atractivo. Pero en él no solo había fascinación, inteligencia, disponibilidad de espíritu, sentido del humor; también estaba el signo de una soledad y de una auténtica humildad».

Robert Pollack, profesor de biología en la Universidad de Columbia, comenzó el relato de su amistad con Lorenzo diciendo: «Lorenzo no era amable. Las personas amables no ofenden, no dicen la verdad a menos que no obtengan algún beneficio. Las personas amables saben decir "no" con elegancia. Lorenzo no era así». Pero para Pollack era precisamente esta falta de amabilidad lo que generó su amistad, y le llevó a reconocer que «Lorenzo era parte de mi familia. Éramos hermanos: un hermano que me aportaba una visión similar pero distinta del horizonte mental que yo tenía».

Michael Sean Winters quiso abordar el misterio de la particular forma de su relación mediante una profunda meditación sobre el ADN, porque así es como siente resonar la voz de Albacete en su cabeza, cuando le rebatía sobre esta u otra cuestión: «Bob, ¡no exageres! Los dos somos científicos, ¿dónde quedan los hechos?». Para terminar su testimonio, Pollack eligió una poesía de W.H. Auden, "Septiembre 1, 1939": «Podré yo, compuesto como ellos / de Eros y de polvo, / asediado por la misma / negación y desesperación, / mostrar una llama afirmativa». Para acabar con una oración para que todos los amigos de Lorenzo sigan buscando esa «llama afirmativa» de la que su vida fue testimonio.

A Lorenzo le gustaba la complejidad, la armonía, la luz, la irreverencia y, sobre todo, la contradicción
. Creía que en estos elementos residía lo que nos hace plenamente humanos.

Helen Whitney, famosa cineasta, empezó su afectuoso testimonio sobre monseñor Albacete, un amigo capaz de compartir hasta el fondo sus preguntas espirituales, con un vivo recuerdo de su primer encuentro. Fue hace más de veinte años, después de un periodo muy difícil, cuando Helen estaba trabajando en un reportaje documental sobre el Papa Juan Pablo II. Estaba a punto de renunciar cuando Winters le sugirió que hablara antes con monseñor Albacete. «Después de tres horas seguíamos al teléfono, riendo, hablando, pasando de lo sublime a lo ridículo, de lo personal a lo metafísico... Al final de la conversación volví nuevamente al trabajo, y durante los tres años siguientes busqué al Juan Pablo II de Lorenzo».

No tenía miedo de la dificultad del misterio, «no mitigaba el golpe que la pretensión del cristianismo nos provoca», señaló Whitney. Una noche estaba sentada en su casa con su hermana, algunos amigos, y con Albacete, viendo la última entrevista concedida por el escritor inglés Dennis Potter pocas horas antes de morir. Uno de sus amigos se dirigió a monseñor Albacete en busca de consuelo. Whitney recuerda cómo él no le ofreció consuelo alguno, sino que le dijo: «No puedo darte ningún conforto, porque yo también lo necesito. La muerte es una ofensa. ¿Por qué? Porque ya nunca podremos conocer a este hombre tan valioso. Ya no está. Ahora quiero estar un tiempo en silencio delante de este hecho, no mitigarlo. Más tarde podré hablar de mi fe en la vida que vendrá, en la resurrección, una pretensión inmensa, lo sé, pero en la que creo. Pero ahora no».

La velada terminó con un breve homenaje por parte de Whitney: una selección de textos de Albacete sobre sus documentales sobre Juan Pablo II, el 11 de septiembre y sobre el perdón. Una vez más, se puede reconocer un abandono lleno de coraje al Misterio presente dentro de la realidad que caracterizó la vida de monseñor Albacete. Un ejemplo breve pero incisivo de las palabras que Albacete pronunció en Crossroads hace diez años, cuando se fundó: «Hacer experiencia de la presencia de Cristo os hará estar profundamente fascinados por lo que es real, por la florecilla, por el cosmos, macrocosmos o microcosmos, por todo eso tan extraño que estudiáis, incluso por los presupuestos de Merrill Lynch. Si sois conscientes de esto, el camino os llevará a Cristo. Seguir el camino de lo que os interesa os conducirá a Cristo».

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