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DOCUMENTOS

«Una vida que brota de la presencia de Cristo»

Alessandro Banfi
12/03/2013

El presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, en una entrevista con Alessandro Banfi emitida en la RAI este domingo, 10 de marzo, explica qué podemos aprender los cristianos del momento que está viviendo la Iglesia.

Buenos días a Julián Carrón, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación. Gracias por estar con nosotros.
Gracias. Es un placer.

En un artículo en La Repubblica, usted ha indicado en cierta manera el sentido del gesto de Benedicto XVI como un gesto de libertad. Esta ha sido la palabra clave de sus comentarios. ¿Puede explicárnosla?
El sentido me parece muy sencillo. Algo así, un gesto de este calibre, no se puede explicar solamente según determinados factores que pueden estar en su origen (el coraje, la dificultad, la situación de la Iglesia), porque hay algo que no explican: la dicha serena de la cara del Papa. Me venía esta idea a la cabeza cuando vi por última vez al Papa con su rostro resplandeciente antes de que se cerrasen las puertas de Castelgandolfo. Podemos hacer todas las interpretaciones que queramos, pero la imagen de esa cara alegre permanece y cada uno debe medirse con este hecho, debe constatar si cualquier interpretación es capaz de dar razón adecuada de esta alegría.

¿Cuál es entonces el verdadero sentido de este gesto?
En mi opinión es simplemente que hay Alguien que llena el corazón del Papa, que lo hace rebosar de esa alegría que se percibe en su cara. Todos tenemos experiencia de esto. No es una estrategia, no es algo que podamos darnos nosotros, no es algo que podamos alcanzar con un recorrido bien calculado; lo sorprendemos en nosotros cuando algo tan grande, tan hermoso, sucede y nos llena hasta el punto de hacer que nuestra cara resplandezca. Se trata de una plenitud que está en el origen de la libertad.

Sin embargo Ratzinger no tiene una personalidad especialmente emotiva. Él mismo dice de sí: «No soy un místico». Su trayectoria ha sido muy racional, intelectual incluso.
Por eso es todavía más necesario dar una explicación adecuada a este gesto, porque no es una persona que pueda tomar una decisión de este calibre sin entender su alcance y sus consecuencias, no es una persona que realice un gesto que no sea plenamente consciente. Por eso esta alegría de la que hablo no se puede reducir a una cuestión sentimental; es una alegría que tiene un origen profundo, arraigado en lo más hondo del ser. Por eso decía… me preguntaba: ¿hay alguien que se pregunte qué significa Cristo para Joseph Ratzinger, para su persona? Porque cualquiera que haya hecho una experiencia verdadera de amor puede ver que lo que llena la vida no es ninguna estrategia, es encontrarse ante una presencia que sorprendentemente la hace resplandecer. Sólo si partimos de nuestra experiencia elemental a la hora de vivir podemos entender la experiencia elemental de otro. Sin esto nos quedamos en nuestras interpretaciones, sin mirar lo que tenemos delante. Porque cuando uno nos ve tan contentos que nos dice: «¿Qué te ha sucedido?», no basta como explicación suficiente una estrategia o cierto coraje. «¿Por qué has venido contenta a trabajar hoy?», decimos, «¿qué te ha sucedido?». Es otra cosa, se trata de Otro que está en el origen de esa cara que uno ve en su compañero o en su amigo.

En resumen, usted dice: [el Papa] ha llevado a la Iglesia a reflexionar sobre su naturaleza, en definitiva la ha llevado al fondo de la cuestión, es decir, Jesucristo.
Exacto. Eso es lo que él ha dicho. La cuestión es que para poder entender esto sin reducirlo es necesario que las personas que ven este gesto hayan podido tener cierto tipo de experiencia. Porque nosotros sólo podemos entender la experiencia de otro si de alguna manera hemos hecho su misma experiencia. De otra manera pensamos que lo hemos entendido, pero lo reducimos, y por eso tenemos que dar otras interpretaciones. Sólo una persona para la que Cristo es real y no sólo una creación de su imaginación, una autosugestión; alguien que vive el cristianismo no sólo como una ética, reducido a una organización, sino como una vida – como ha dicho el Papa la última vez que ha hablado a los cardenales: la Iglesia es una vida que brota constantemente de la presencia de Cristo –, puede explicar algo así. Entiendo que esto no valga como explicación para muchas personas porque, al no tener experiencia de Cristo como algo real, piensan que esta no puede ser la explicación adecuada. Yo lo entiendo, es perfectamente comprensible, porque sólo cuando uno vive esta experiencia¬ – como hacían los que conocieron a Cristo: «Jamás hemos visto algo así» – puede comprender una experiencia de este tipo.

Y sin embargo este gesto comunica además un ansia de renovación, de cambio, de reforma de la Iglesia.
Me parece que eso está presente en todo lo que él ha dicho después, porque es como si ese gesto no fuese tan sólo una llamada a la renovación, diciendo qué es la Iglesia y qué es Cristo, sino que también hay en él un método: fijaos que si Cristo no es esto para nosotros, no se puede renovar la Iglesia con ciertas estrategias, y si no nos convertimos a Él, no en el sentido en que muchas veces entendemos la palabra “conversión”, como si fuese de nuevo una cuestión moralizante; no, si Cristo no es para nosotros lo más querido, será imposible la renovación, porque el hombre tiene un deseo de plenitud. Si no encuentra la plenitud en la presencia de Cristo, la busca en otra parte, todos acabamos buscándola en otra parte. Por eso no sólo el gesto de por sí es ya un reclamo, sino que ofrece además el método y el camino para responder a esta llamada. No es sólo un reclamo moralizante, nos testimonia el camino. Como en el primer encuentro que narra el Evangelio. En el primer encuentro está la respuesta y el camino, cuando los dos primeros, Juan y Andrés, se encontraron con Jesús, se encontraron con una persona, una presencia tan excepcional que en ella estaba el camino. Tan cierto es esto que volvieron al día siguiente a buscarle y se hicieron suyos para el resto de la vida. El problema es si en la Iglesia se entiende que este es el método: sólo si la Iglesia es una presencia, si todo cristiano es este tipo de presencia, de modo que quien le mira quiere volver a verle al día siguiente, porque le resulta decisivo para vivir.

¿Entonces cuáles son en su opinión las necesidades de la Iglesia en este momento?
La Iglesia necesita lo que el Papa dijo al convocar el Año de la Fe, es decir, la Iglesia tiene necesidad, como todos tenemos necesidad en cada momento de nuestra vida, de volver a descubrir qué nos ha sucedido cuando nos hemos hecho cristianos, volver a descubrir la fascinación del cristianismo, su novedad, su atractivo verdadero para la vida. Si esto se limita a cualquiera de las reducciones actuales del cristianismo (organización, ética, espiritualismo) no es capaz de aferrar el yo por entero, y si no aferra el yo por entero buscamos la satisfacción en otra parte. Me gusta muchísimo una frase de santo Tomás que resume bien esto: «La vida del hombre consiste en el afecto que principalmente la sostiene y en el que encuentra su mayor satisfacción». El problema de la vida para cada uno de nosotros, creyentes o no creyentes, es dónde encuentra uno su mayor satisfacción. El hecho es que toda presencia que encontramos, todas las personas que conocemos, nos satisfacen por un momento y después la satisfacción suele decaer. Aquí la única cuestión es si hay una presencia ante la cual no sólo no decae la satisfacción, sino que crece con el tiempo. Acierta esa famosa afirmación de Eliot: «Hemos perdido la vida viviendo». Desgraciadamente esta es la experiencia de muchos. En cambio, la experiencia cristiana nos ofrece otra posibilidad: ganar la vida viviendo. Y se ve que esto es verdad porque en una persona de la edad del Papa no ves a un perdedor, ves la cara de un hombre que ha ganado la vida viviendo.

Padre Julián, voy a hacerle una pregunta banal, si quiere, pero realista. ¿Qué rasgos tendrá la figura del nuevo Papa?
Me parece que es lo que estamos diciendo – no es necesario un perfil particular -: es necesario un cristiano, un creyente, una persona que pueda testimoniar la belleza de Cristo, como han hecho Benedicto XVI y antes Juan Pablo II, por citar a los dos últimos. Porque el problema hoy es este: que en un mundo confuso – tengamos bien presente la situación actual, en la que somos como balas perdidas -, las personas puedan encontrar algo a lo que agarrarse, que pueda responder verdaderamente. Y esto no será en primer lugar una organización, un comité, sino un cristiano – digamos –, una criatura nueva. Me parece que decir esto es una obviedad, pero es sencillamente lo que todos desearíamos tener a nuestro lado, delante de nosotros: una persona que, al mirarla, nos acompañe en los aspectos fundamentales del vivir.

Usted ha citado al poeta inglés Eliot. Su querido predecesor, don Giussani, respondía a una pregunta en una de sus últimas entrevistas televisivas citando la famosa frase de Eliot: «¿Es la Iglesia la que ha abandonado a la humanidad o la humanidad la que ha abandonado a la Iglesia?», a la que él respondía: «Las dos cosas», y añadía: «La Iglesia tuvo vergüenza de Cristo».
Sí, en cierto modo sí. La cuestión es: ¿qué quiere decir que nos avergonzamos de Cristo? Al no haberle descubierto como respuesta a toda nuestra humanidad, pensamos que no ofrecemos a los demás y a nosotros mismos lo más grande que podemos ofrecer. Si alguien le da un regalo a otro, lo da contento, porque considera que le hace un favor, le da lo mejor que tiene. Pero para poder ofrecer un regalo así, con esta libertad, con esta alegría, es necesario que esté convencido de que es un bien para el otro, y esto sólo es posible si está convencido de que es un bien para sí mismo. Y la clave, de nuevo, es la misma: ¿qué es lo más querido para nosotros? Porque si Cristo no es lo más querido para nosotros – como decía el famoso Soloviev –, es difícil que no nos dé vergüenza proponerlo. Y cuando alguien tiene esta alegría, como se ve ante todo en las personas que lo han encontrado por primera vez (los últimos que acaban de llegar son los que rebosan de tanta alegría por lo que han encontrado que no tienen ninguna vergüenza de decirlo), está convencido de ofrecer a los demás lo que para él ha sido el descubrimiento de la vida, como sucedía al inicio y sucede ahora en las personas que vuelven a descubrirlo. Este es el problema: que la Iglesia, que cada uno de nosotros como cristianos podamos volver a descubrirlo.

En su último discurso, con los sacerdotes de la diócesis de Roma, Ratzinger concluía diciendo: «Cristo vence». ¿En qué sentido es cierta esta afirmación?
Es una certeza metafísica y existencial. La cuestión es que, según un designio que no es el nuestro, Cristo vence en los que le aceptan. Da a los que le aceptan la potestad, el poder, la posibilidad de experimentar que son hijos de Dios; es decir, son tan capaces de poder vivir la plenitud que Él da, que entonces vence. Porque, ¿cuál es su victoria? Su victoria no es un poder, ni una hegemonía, ni una capacidad de control, de dominio o posesión del otro; es la capacidad de conquistar nuestro yo hasta su raíz, de atraernos tanto que llegue verdaderamente a cautivarnos. Esta es la victoria de Cristo. Sin esto el cristianismo no tiene interés, ni para nosotros ni para los demás.

Gracias entonces, padre Julián, por haber estado con nosotros. Le deseo que pase un buen día.
Gracias.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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