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CARTAS

De la pobreza, la confianza

Victoria
20/01/2010 - CARTA

El sábado pasado, estando embarazada de dos meses, comencé a tener pérdidas; no era mucho, pero el médico me recomendó meterme en la cama por si fuera una amenaza de aborto. Mientras Charly se llevaba a los niños a casa de los abuelos para que comieran allí y estuviéramos más tranquilos, yo rezaba el rosario pidiéndole encarecidamente a la Virgen que no permitiera que nuestro hijo se muriera. Ya por la tarde, la cosa seguía igual. Le pedí a Charly que me acercara la revista y el libro de Escuela, por eso de aprovechar el tiempo que estaba tumbada. Para mi sorpresa, la lectura de la Escuela de Comunidad irrumpió en la circunstancia por la que estábamos pasando de forma muy contundente. Comencé releyendo la Escuela anterior: «Deberíamos vivir esta pobreza, es decir, este uso provisional de las cosas y de las relaciones con las personas, empeñados exhaustivamente en la tensión hacia el destino común». Este punto de la provisionalidad en las relaciones, pensando en la posibilidad de estar perdiendo a nuestro hijo en esos momentos, era algo que no podía dejarme indiferente. La sensación era como de un enorme vértigo frente a un abismo. Seguí leyendo: «La pobreza no está destinada a dejarnos colgados en el vacío. La pobreza que nace de la esperanza está destinada a fundamentar, a exaltar, a engrandecer, a llenar de confianza todo el mundo que nuestros ojos ven ávidamente. El resultado de la pobreza que nace de la esperanza se llama confianza y es lo contrario de colgar en el vacío: es colgar sobre algo firme». ¡Qué gran provocación, frente al vértigo que me producía la circunstancia, el preguntarme qué quiere decir la confianza de colgar sobre algo firme! Para mí era evidente que no podía por mí misma asegurar ni un solo instante de la vida de nuestro hijo, que sólo Aquel que le había llamado a la vida tenía su vida en sus manos, pero frente a la posibilidad de perderlo ¿qué quiere decir la confianza? No podía limitarse a confiar en que fuera una falsa alarma, a confiar en que todo iba a quedar en un susto, porque sabíamos que en cualquier momento podía producirse un signo que confirmara el aborto y necesitábamos una certeza que nos sostuviera también en ese momento… Seguí leyendo, con la percepción cada vez más clara de que la Escuela se me dirigía a mí en primera persona: “La verdad que nos hace descubrir la fe, y que es un hombre (y yo puedo decir que estoy cierta de que eres tú, Señor), soporta el peso de todo nuestro futuro, hasta llegar al destino. Por eso la esperanza cristiana no termina en un “¡esperemos!” (esperemos que sea una falsa alarma) o, mejor, en un “¡ojalá!” (ojalá nuestro hijo no se muera), sino que termina en una certeza que lo abraza todo». Esto último me resultaba tan pertinente, tan definitivo en esos momentos, que sólo pude reconocer con lágrimas en los ojos que todo está en manos del Señor, que todo está donde debe estar, y que lo único que puedo hacer es abandonarme a su designio sobre la vida de nuestro hijo y sobre nuestra vida. La lectura del punto “Los corolarios de la confianza” no hizo más que confirmarme lo que unos segundos antes me había sucedido en primera persona: el abandono confiado al Señor, en cuyas manos está nuestro destino, y el reconocer la verdad de lo que dice el apartado b, que lo había leído ya algunas veces y no terminaba de comprender: «Si uno mira a Cristo a la cara, todo se vuelve a ordenar dentro de él, todo vuelve a su lugar… mirar a Cristo a la cara cambia». Así, con esta confianza, cambió radicalmente mi forma de estar en la cama y empecé a pedirle al Señor tímidamente que me permitiera amar la circunstancia que me daba, terminara como terminara.
El domingo por la mañana todo se desencadenó muy rápido, y en urgencias la médico nos confirmó con palabras muy técnicas que se trataba de un aborto en curso y que el embrión probablemente había muerto hacía ya unos días y que ahora simplemente se había desencadenado el proceso de expulsión de la vesícula gestacional. Salí del hospital llorando, pero con una paz tremenda, sabiendo que tanto la vida de nuestro hijo como la nuestra está en manos del Señor, y agradeciendo enormemente la forma en la que el Señor, a través de la Escuela de Comunidad, nos había acompañado de forma concretísima y nos había dado la posibilidad de reconocerLe y confiarnos a Él.

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