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VENEZUELA

De Alepo a Caracas, más fuerte que el odio

11/05/2017

El último mes ha sido un auténtico infierno. Durante las protestas contra la dictadura, hubo más de 40 muertos. Digo “más de 40 muertos” no porque considere a las personas asesinadas desde el punto de vista de una estadística sin valor, sino porque la falta de información hace que no se sepa con certeza cuántas personas han muerto. La dictadura no tiene piedad con nadie, no les importa usar gases lacrimógenos en clínicas infantiles, lanzar bombas de gas desde helicópteros. Algunos miembros del gobierno han llegado a afirmar que en Venezuela las cosas siguen con absoluta normalidad. Por si fuera poco, la crisis económica es cada vez peor, no hay medicinas en las farmacias, los alimentos son extremadamente caros, el Fondo Monetario Internacional calcula una inflación mayor del 2000% para el siguiente año, en algunas iglesias de Caracas no se ha podido hacer la Consagración porque no hay harina. Es horrible.

¿Cómo estar ante esta situación? Me viene a la mente una carta del Padre Ibrahim que él me envió el 12 de noviembre de 2015, en la que afirma lo siguiente acerca de los terroristas: «Ellos nos envían muerte y nosotros devolvemos vida, ellos lanzan odio y nosotros a cambio ofrecemos amor» (Ibrahim Alsabagh, Un instante antes del alba. Crónicas de guerra y de esperanza desde Alepo, Encuentro. Madrid 2017, p. 46). Durante casi dos años, esas palabras me han conmovido y sorprendido mucho. ¿Cómo es posible responder con amor al odio? ¿Acaso eso es de alguna manera razonable? Si algo me ha enseñado Carrón es que la solución a nuestras preguntas y a nuestros problemas no es una explicación, sino el seguimiento de una presencia excepcional. Y eso es lo que he encontrado en el movimiento y en mi amigo Ibrahim: una presencia excepcional.

Algo que me dolió de una manera especial fue el asesinato en una protesta de Armando Cañizales, de 18 años. Este joven era un músico. Formaba parte del Sistema Nacional de Orquestas y Coros de Venezuela, al igual que yo. Vivía en Caracas y yo en Mérida, pero el hecho de que asesinaran a alguien del Sistema fue especialmente doloroso. Gran parte de los miembros del coro también sentían este mismo dolor. Mi amigo Carlos, que también hace Escuela de comunidad y canta conmigo en el coro, nos llamaba a todos a no permanecer indiferentes. A partir de ahí, empezaron a surgir diferentes propuestas hasta que la profesora de canto nos dijo: «Chicos, ¿por qué no simplemente cantamos, hacemos música en homenaje a Armando y a todos los asesinados?». Todo el coro se sumó a la propuesta. Pero para mí significó más: fue hacer memoria de lo que decía el padre Ibrahim, porque lo que estaba proponiendo la profesora de canto era responder al odio con música, responder al odio con su vocación.

Esto me conmovió mucho y me generó una gran paz frente a todo lo que estamos viviendo. Se propuso ir a cantar al rectorado de la universidad, a escasos 20 metros de la gobernación de la ciudad, lo cual implicaba un cierto riesgo. Me entró miedo, pues era seguro que habría fuerzas represoras cerca, pero decidí ir con la conciencia de que iba a responder al mal con la música, iba a responder al odio con la belleza. Al día siguiente todos los del coro nos reunimos y caminamos juntos hasta el rectorado. Para nuestra sorpresa, llegaron muchos músicos e incluso artistas que se sumaron a nuestro acto. Empezamos cantando música de Mozart, música tradicional venezolana y una pieza fúnebre en honor a los asesinados. En todo momento yo tenía una alegría que iba más allá de lo terrible que estamos viviendo. Al terminar, salimos del rectorado y había varios policías (ellos son los que reprimen y asesinan en las marchas). Mucha gente había asistido al acto, así que podía haber enfrentamientos. Yo me fui convencido de que las fuerzas que cambian la historia son las mismas que cambian mi corazón, esas mismas fuerzas que hacen que respondas con música de Mozart frente al mal.
Ahora comprendo que solo podemos generar este tipo de momentos viviendo nuestra vocación, porque solo así encontramos respuestas a las preguntas que tenemos, solo viviendo nuestra vocación no somos presas de la reactividad y lo que hace todo el mundo.

Esa misma tarde tuvimos Escuela de comunidad y mi amigo Yoel (que también canta en el coro y estuvo presente en el acto) dio un testimonio hermoso. Nos contó que, al terminar el acto, una amiga le dijo que querían hacer una protesta trancando una calle, a lo que él contestó: «No puedo ir amiga, tengo Escuela de comunidad». Su amiga lo miró como sintiéndose traicionada, pero Yoel nos dijo: «Me doy cuenta de que realmente la hubiese traicionado si me hubiese ido con ella, porque este el lugar en el que me educo para tener una postura adecuada frente a los problemas, este lugar me educa en cómo responder a la crisis de una manera original, por ejemplo con la música, y no con violencia». Luego fuimos a tomarnos unas cervezas en una zona de la ciudad que estaba calmada. Yo tenía en mi corazón al padre Ibrahim, comprendía que él, viviendo su vocación, consigue hacer la hermosa labor que hace, tenía en mi corazón que no solo en Siria se responde con amor al odio, en Venezuela también.
Ernesto Solano, joven universitario de Mérida

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