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VENEZUELA

En caso de ser descubierto, ¡aturdir!

Bernardo Moncada
08/07/2010

Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios». [25] Pero Jesús lo increpó, diciendo: «Cállate y sal de este hombre». [26] El espíritu impuro lo sacudió violentamente y, dando un gran alarido, salió... (Marcos 1, 21-28)
Necesitando cubrir con gritos el estruendo de sus costosas pifias y de despistar al pueblo que le entregó su confianza, mientras impone su ampliamente rechazado proyecto marxista contrariando la negativa que Venezuela soberana le comunicó a través de los votos, el presidente irrumpió en el acto protocolar del 5 de julio con destemplada alocución en presencia de un mandatario extranjero, del cuerpo diplomático y representantes de los poderes nacionales. En su incontinencia atacó al obispo de Caracas, Cardenal Jorge Urosa, tras el comentario que éste emitió como ciudadano libre, sobre la deriva ideológica que asoma claramente en el alud de leyes y decretos con que está siendo enterrada viva la democracia en nuestro país.
No me haré eco de los denuestos proferidos, ya ventilados y comentados en la prensa. Intento ir al aspecto que considero medular y es la desorientación –que parece compartir parte de los venezolanos- de la cual continuamente el presidente hace gala respecto a nosotros, la Iglesia. Sorprendente manera de vivir, la nuestra: en la Iglesia respetamos las libertades individuales pero integramos un único e igualitario cuerpo; somos guiados por una jerarquía y sostenemos que su autoridad proviene de lo más alto, pero cualquiera de nosotros tiene acceso al Papa y nuestra obediencia debe ser espontánea, libre para que sea cristiana; amamos la tierra donde nacimos, la comunidad donde nos movemos, vivimos incuestionable responsabilidad frente a ella pero nuestra patria está en Dios y nuestra mirada se dirige a Roma; predicamos la pobreza y la igualdad, pero respetamos los logros individuales y los haberes que el Señor ha entregado para que la persona los administre; somos ciudadanos fieles, respetuosos de la ley y, sin embargo, nuestro deber es profetizar señalando sin ambages la hipocresía e infracciones del Poder hasta arriesgar la existencia. Es imposible que un proyecto ideológico logre ponerla a su mezquino servicio: podrá engañar por un momento a algunos hombres de Iglesia mas puede contar con la desaprobación terminal. Es sorprendente, no en balde Eliot, el gran poeta, llama a la Iglesia “la Extraña”. Cuando el presidente insulta a un obispo insulta a la diócesis, al pueblo cristiano que lo secunda, al Nuncio a quien tiene enfrente y al Santo Padre que éste representa.
La reacción presidencial frente a esta paradójica e indomable presencia refleja la del demonio pillado en acto, como lo narra el fragmento evangélico con que encabezo el artículo: «…¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros?». Es la nerviosidad de quien ha sido cogido in fraganti y desesperado grita para ampararse en la confusión. Como voceros de esta comunidad profética, los buenos obispos están expuestos; no pocos han sido prisioneros y mártires desde los albores de la cristiandad. Miembro de la sucesión apostólica, Monseñor Urosa está al lado de su Señor y de su pueblo que con él se solidariza. Es el Señor mismo quien termina episodios como éste con su inapelable frase: «Cállate y sal de este hombre».
Bernardo Moncada Cárdenas es presidente del Consejo de Laicos de la Arquidiócesis de Mérida

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