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PARAGUAY

La libertad de los enfermos y la nuestra

Aldo Trento
10/05/2013

Una de las provocaciones que me lanzan muchos que vienen a visitar a nuestros enfermos es cuando me preguntan por qué merece la pena mantener con vida a personas que ya no tienen capacidad para decidir por sí mismos. En mi experiencia, conviviendo físicamente con estos enfermos, puedo afirmar que su libertad jamás se ve absolutamente borrada. A lo mejor, su libertad se manifiesta en un momento cuando toman conciencia de un hecho, reconociéndolo por lo que es. Ayer me conmovieron un enfermo grave de Alzheimer y uno de SIDA definido incoherente e incapaz de entender. Gildo, el enfermo de Alzheimer, es una de las personas más simpáticas porque vive en su mundo y dice de todo, y todo sin ningún sentido. No reconoce a nadie. Sin embargo, ayer por la noche, cuando por enésima vez fui a visitarle con el Santísimo Sacramento (es la procesión que hacemos a final de la tarde) me dio una sorpresa: se quitó el sombrero, me tomó la mano y me la besó. Nos quedamos todos parados y conmovidos. Fue un instante, su libertad reconoció la presencia del Señor. Una vez acabada la procesión, la hermana que me acompaña y yo fuimos a administrar la unción de los enfermos a un chico con SIDA, muy joven. A este hijo de Dios se le va la cabeza. Sin embargo, cuando me acerqué, empezó a mirarme, con la mirada un poco perdida, con las manos juntas repitiendo insistentemente: “Señor, ten piedad”. La hermana y yo nos quedamos atónitos. Otra vez vi con mis ojos que, en cualquier situación, aparece un gesto de libertad. Ahora bien, con una condición: la convivencia amorosa y paciente con los enfermos. Gildo forma parte de mí mismo, al igual que Matías, el enfermo de SIDA. Sólo amando continuamente y concretamente pueden suceder estos pequeños milagros. Lo mismo pasó con dos chicas que despertaron del coma. Habíamos estado a su lado durante mucho tiempo, acariciándolas, hablando con ellas, y un día movieron los ojos para mirarnos. Amigos, es sólo el amor de una mirada colmada por la presencia de Jesús lo que permite que sucedan estos hechos. Pero es necesario “morir” por estos hijos. Al igual que hizo Jesús, para que la libertad se mueva. Fijaos qué gracia tan grande: una persona con Alzheimer que después de años reconoce la presencia de Jesús.

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