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MÉXICO

Un diálogo de miradas

Oliverio Gonzalez
16/02/2016
El Papa en la basílica de la Virgen de Guadalupe.
El Papa en la basílica de la Virgen de Guadalupe.

Solo mirando a la «Morenita», México se comprende por completo. Hemos escuchado palabras, hemos visto sus gestos y participado en largos silencios. Los primeros días de la presencia en México del Papa Francisco se pueden sintetizar con una palabra: es un “acontecimiento”.

En la homilía de la Misa con los obispos mexicanos, celebrada en la Basílica de Guadalupe, frente a 35.000 personas, participaron también el presidente de la República, Enrique Peña Nieto, y su esposa. El Papa Francisco invitó a todos a, «en silencio, mirándola, escuchar una vez más que nos vuelve a decir: “¿Qué hay, hijo mío, el más pequeño?, ¿qué entristece tu corazón? ¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu madre?”. Ella nos dice que tiene el “honor” de ser nuestra madre. Eso nos da la certeza de que las lágrimas de los que sufren no son estériles. Son una oración silenciosa que sube hasta el cielo y que en María encuentra siempre lugar en su manto. En ella y con ella, Dios se hace hermano y compañero de camino, carga con nosotros las cruces para no quedar aplastados por nuestros dolores» (Francisco, Misa en la Basílica de Guadalupe, 13 de febrero 2016).

Al terminar la homilía, las 35.000 personas acompañaron al Santo Padre, que permaneció sentado frente a la Virgen durante algunos minutos en un silencio total. Momento que se repitió al final de la celebración, cuando el Santo Padre estuvo más de cinco minutos en silencio sentado frente a la Virgen.

En la mañana el Papa había dicho a los obispos mexicanos reunidos en la catedral de la Ciudad de México que «solo mirando a la “Morenita”, México se comprende por completo» (Francisco, Mensaje a los Obispos, 13 de febrero 2016) y esto lo testimonió mirando a la Virgen y testimoniando, él primero, cómo esta mirada es fuente de una comprensión profunda y un abrazo lleno de ternura a la realidad mexicana.

Porque la mirada de Francisco sobre México se ha manifestado desde el inicio como mirada de ternura. Así lo expresó a los obispos: «la “Virgen Morenita” nos enseña que la única fuerza capaz de conquistar el corazón de los hombres es la ternura de Dios. Aquello que encanta y atrae, aquello que doblega y vence, aquello que abre y desencadena no es la fuerza de los instrumentos o la dureza de la ley, sino la debilidad omnipotente del amor divino, que es la fuerza irresistible de su dulzura y la promesa irreversible de su misericordia» (Francisco, Mensaje a los Obispos, 13 de febrero 2016).

Ya en su primer discurso en el Palacio Nacional, que por primera vez en la historia del México moderno ha recibido a un Pontífice, frente al presidente, su gobierno y los representantes de los diferentes grados de Gobierno, el Santo Padre recordó todas las grandes riquezas de este pueblo y su capacidad de superar los tantos momentos difíciles de su historia. Es por eso que «a los dirigentes de la vida social, cultural y política, les corresponde de modo especial trabajar para ofrecer a todos los ciudadanos la oportunidad de ser dignos actores de su propio destino, en su familia y en todos los círculos en los que se desarrolla la sociabilidad humana, ayudándoles a un acceso efectivo a los bienes materiales y espirituales indispensables: vivienda adecuada, trabajo digno, alimento, justicia real, seguridad efectiva, un ambiente sano y de paz. Esto no es solo un asunto de leyes que requieran de actualizaciones y mejoras —siempre necesarias—, sino de una urgente formación de la responsabilidad personal de cada uno, con pleno respeto del otro como corresponsable en la causa común de promover el desarrollo nacional. Es una tarea que involucra a todo el pueblo mexicano en las distintas instancias tanto públicas como privadas, tanto colectivas como individuales. Le aseguro, señor presidente, que en este esfuerzo el Gobierno mexicano puede contar con la colaboración de la Iglesia católica, que ha acompañado la vida de esta nación y que renueva su compromiso y voluntad de servicio a la gran causa del hombre: la edificación de la civilización del amor» (Discurso del Papa Francisco en el Palacio Nacional, 13 de febrero 2016).

Una colaboración que la Iglesia en México puede realizar y debe obedecer sencillamente al mandato de Nuestra Señora de Guadalupe que, igual que a San Juan Diego, pide únicamente una “casita sagrada”. «Nuestros pueblos latinoamericanos entienden bien el lenguaje diminutivo (una casita sagrada) y de muy buen grado lo usan. Quizá tienen necesidad del diminutivo porque de otra forma se sentirían perdidos. Se adaptaron siempre a sentirse disminuidos y se acostumbraron a vivir en la modestia. La Iglesia, cuando se congrega en una majestuosa catedral, no podrá hacer menos que comprenderse como una “casita” en la cual sus hijos pueden sentirse a su propio gusto. Delante de Dios solo se permanece si se es pequeño, si se es huérfano, si se es mendicante. El protagonista de la historia de salvación es el mendigo. “Casita” familiar y al mismo tiempo “sagrada”, porque la proximidad se llena de la grandeza omnipotente. Somos guardianes de este misterio» (Discurso a los obispos mexicanos, 13 de febrero 2016).

Un acontecimiento que han vivido centenares de miles de personas que se han volcado en las calles de la Ciudad de México no solo para saludar al Papa, sino para estar aunque sea un instante frente a su mirada, que es la misma mirada de Cristo y de Su madre María de Guadalupe que repite hoy a todos los mexicanos, como a San Juan Diego: «No temas, estoy aquí, Yo que soy tu Madre».

El padre Julián López Amozurrutia, canónigo y teólogo de la catedral de la Ciudad de México y académico de la Universidad Pontificia de México, compartió con nosotros su reflexión sobre el mensaje del Papa Francisco a los obispos de México: «Para ser pastor, hay que aprender a mirar. Mirar en silencio. Mirar en la fe. Mirar con transparencia, con libertad y con franqueza. Mirar a Dios, mirar sus signos, mirar al ser humano real. El poderoso mensaje del Papa Francisco a los obispos mexicanos anunció lo que él mismo habría de testimoniar horas después, sentándose contemplativo ante la Madre. La fidelidad del pastor trastabilla cuando decae la esperanza y cuando se enfría la profundidad del amor. Un llamado a la comunión, que no ignore las diferencias y tensiones pero que las resuelva en la caridad. Una interpelación al servicio y a la inclusión, especialmente de los que sufren y de los marginados. Un reconocimiento de la vocación nacional, mestiza y pluricultural. Todo a los pies de María, en espíritu de familia. Solo la disponibilidad del discípulo hace fecunda la acción del pastor. Solo el silencio orante nos hace libres. Solo el servicio dignifica».

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