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CHILE

Por primera vez

Felipe Garay B.
15/03/2017

«Miren qué hermoso y feliz es que los hermanos vivan siempre unidos» (Salmo 132,1). La experiencia de las vacaciones de los adultos del movimiento, que por primera vez viví este año, me recordó esta frase del salmista, que expresa la hermosura de la presencia de Dios no solo entre nosotros sino en nosotros, en nuestra compañía. A seis meses de haber comenzado a participar en Escuela de Comunidad y en la caritativa, estas vacaciones fueron la experiencia más patente de esta realidad a la que el movimiento nos invita: hacer camino juntos, aprender unos de otros y descubrir cómo Cristo, el Verbo hecho carne, habita –en presente– entre nosotros. Lo que en algún momento leí que don Giussani escribió acerca del sentido de la comunidad, que comenzó como una llamada desde la razón, a lo largo de estos meses se ha ido haciendo cada vez más concreto. No obstante, el gesto de las vacaciones fue algo especial, una verificación de que esta llamada que el Señor me hizo a través del testimonio de padre Martino, quien fue mi profesor de magister y despertó en mí el interés por acercarme a esta forma de vivir el ser cristiano desde la espiritualidad de CL, tiene algo concreto que decirme, tiene la capacidad de moverme y hacerme salir de mi inercia cotidiana, de mi comodidad y de aquellas ideas distorsionadas acerca de mí mismo, de la relación con los demás y con Dios.

La semana vivida en Las Trancas, Chillán, fue una maravillosa instancia para compartir desde lo que somos, con nuestra forma de ser, nuestras motivaciones, alegrías, anhelos, tan distintos entre sí, pero misteriosamente unidos por aquel Misterio que nos da origen, mueve nuestro deseo de plenitud y motiva nuestro testimonio. Ese Misterio que nos lleva a encontrar una amistad con personas que nunca habías visto antes –de hecho, hasta ahora, conocía a aquellos con quienes voy a Escuela de Comunidad y a la caritativa, no mucho más que eso–, y que rápidamente existe una cercanía, una acogida, una apertura a compartir con personas de distintas edades, lugares de origen, circunstancias diferentes, y experimentar el ser uno con ellos.

Muchas veces, en otras experiencias de compartir con personas “nuevas”, tanto dentro como fuera de la Iglesia, se daba un conocerse, de una manera más superficial, el simple hecho de “saber cosas” sobre el otro, a lo más una simpatía motivada por gustos o intereses comunes, pero que no arraigaba más profundamente. Estas vacaciones fueron claramente un encuentro distinto, una experiencia no solo de estar juntos y disfrutar un momento agradable en un lugar bellísimo –entre montañas y bosques nativos, reflejo de la belleza de Dios– sino de entrar en sintonía con los demás a través de conversaciones que, desde las más sencillas y graciosas a otras muy profundas, eres capaz de entrar al mundo de un hombre o de una mujer con su historia, su presente, sus deseos, y dejarle a él, o a ella, entrar en el tuyo para descubrir al final que “estamos en la misma”, y que podemos aprender mutuamente. Un momento para descubrir cómo la búsqueda de un objetivo común con creatividad, táctica, y hasta con humor, mediante los juegos, me lleva a constatar que no solo necesito del otro y él de mí, sino que necesitamos ser compañeros, unirnos para encontrar «la semilla de la solución de los problemas» que Cristo nos manifiesta, como bien decía el texto que acompañó todos nuestros días. Una oportunidad en la que vivimos juntos algunos gestos de presencia y compañía que trascienden lo habitual, el hecho de cantar juntos y descubrir que las mismas canciones que uno ha escuchado o cantado muchas veces hablan a tu propia vida, a tu corazón y te llevan al encuentro con Dios; y, por supuesto, la experiencia de rezar juntos con los mismos salmos en las Laudes y la misma Eucaristía en que hemos estado tantas veces, pero que parece algo nuevo, fresco, actual.

Así, todo adquiere un sentido más pleno, el compartir una cerveza riendo con los amigos, las caminatas y cabalgatas, y muchas cosas más. Es aprender también a valorar el tiempo de descanso, no como un tiempo muerto o para llenarse de actividades, sino más bien el disfrutar de cada circunstancia, momento y lugar en este modo de compartir. Fue muy valiosa la oportunidad surgida en medio de un día de copiosa lluvia para compartir una buena película y un exquisito asado, donde la colaboración de todos y la alegría de estar unidos le dio otro sentido a un día que, aparentemente, parecía que invitaba a hacer nada. El testimonio de Giuliana fue otro momento grande de estos días, pues ella no es de esas personas que hablan por complacer. Sus palabras, a decir no solamente mío sino también de otras personas con quienes conversé, remecieron nuestras “débiles seguridades” para llevarnos nuevamente hacia el camino de la certeza del acontecimiento de Cristo, en lo personal, en la comunidad, en el movimiento y en el mundo que vivimos. La exposición sobre las “ondas gravitacionales” permitió conocer más a fondo cómo está nuestro planeta dentro del contexto del universo, y constatar en ello la acción de Dios que transforma continuamente su creación con sabiduría, en armónico equilibrio. La “velada musical” mostró que tantas canciones, de distintas épocas, que hablan de amor humano, también nos hablan del amor divino, pues son un solo y único amor. Todo lo vivido en estos días me conmovió profundamente, y siento que también en los demás sucedió algo similar, totalmente insospechado de antemano. Es, seguramente, el Misterio manifestado de la manera más humanamente simple, pero que apareció ante nuestros ojos con un resplandor nuevo, que invita a abrirse a Él, a confiar y a entregarse en el día a día. Es, quizás, justamente lo que uno espera de un descanso reparador, no solo para el cuerpo, sino también para el espíritu, que te levanta, te deja más motivado e “inquieto”, como diría don Giussani.

De estas vacaciones, más allá de los buenos recuerdos, de contactos en Whatsapp o en Facebook, de próximas invitaciones a juntarnos, me llevo una experiencia renovadora, un deseo de continuar en este camino y con las mismas personas, de verificar que “este es mi lugar”, como le decía, por pura intuición, al padre Martino aquella tarde cuando, compartiendo un café, le planteé mi inquietud de participar en el movimiento. Es motivo, entonces, para agradecer al Señor su obra en nosotros, por inspirar a don Giussani para abrir este camino, por la amistad no solo encontrada sino también ofrecida, y porque cada día nos hace esperar Su acontecimiento con ansias, con más atención, y con más misericordia para con los demás y para con nosotros mismos. Es como cuando los discípulos le preguntaron a Jesús dónde vivía, y él les respondió «vengan y verán» (Jn. 1, 39). Vayamos, veamos y vivamos el camino que Él nos muestra, dejémonos sorprender y, sobre todo, amar.











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