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ARGENTINA

Una vida que aún late

Horacio Morel
19/04/2016

Los asientos del imponente recinto universitario fueron llenándose poco a poco. Cordiales saludos, afectuosos abrazos y la patente belleza de un orden pensado y cuidado para el gesto dieron la bienvenida a quienes iban llegando, algunos venidos desde lejos, habiendo realizado varias horas de viaje para estar presentes.
Se trata de presentar un libro, pero entonces, ¿por qué se comienza cantando? Es que entre las casi mil trescientas páginas del libro de Alberto Savorana, antes y después de ellas, hay una vida desbordante que vale la pena celebrar. Y el canto es, para ello, la expresión humana más adecuada: por eso Claudia y Julio ponen la voz y los acordes.

El propio Savorana y nuestro nuevo amigo, Carlos Hoevel, están a cargo de la presentación. Para el autor es la enésima ocasión para hablar de este trabajo que le comprometió cinco largos años de su vida y que le acercó de una manera nueva a don Giussani, con quien privilegiadamente compartió veinte años de trabajo. Sin embargo, no hay en su voz un solo rastro de repetición o de cansancio, cada uno de los hechos relatados en el libro que elige contar al público llevan el tono del asombro de la primera vez.

Carlos no conoció personalmente a don Giussani, pero ello no es obstáculo para brindarnos un testimonio impresionante de la novedad que supone para él haber leído sus libros y, ahora, su biografía. Curiosamente, para referirse a la obra que le toca presentar, comenta otro libro, El Danubio de Claudio Magris, en el que un grupo polifacético de gente se embarca para remontar hasta su origen el gran y sinuoso curso de agua que atraviesa la Europa central –símbolo de la civilización occidental–, buscando el manantial del que nace el caudaloso río. Para desconcierto de los aventureros, no encuentran la alfaguara que buscaban, sino una casa vieja habitada por una anciana, que cuando le preguntan por la naciente del río, los conduce hasta la cocina y les muestra una canilla abierta. La imagen, estupendamente escogida por Carlos, le sirve para decir que nuestra civilización ha perdido el contacto con su origen, y que don Giussani nos lleva hasta esa fuente que hemos perdido, «al reencuentro del manantial del que brota la vida de las cosas, de las personas, de nosotros mismos, del cristianismo, de la Iglesia y del sentido último del Misterio». En efecto, dice que «al entrar en contacto con Giussani, uno está en contacto con esa fuente viva». El libro lo había acompañado durante todo el verano, incluso a la arena de la playa, y la respuesta brindada a cada curioso que lo interrogaba por el voluminoso ejemplar era: «una novela de aventuras, de pasión y de amor, con final feliz».

Savorana se refirió a continuación al itinerario personal de don Giussani que registra la biografía, cómo el protagonista había sido llevado desde pequeño a la fuente de la vida, a las preguntas fundamentales de la existencia, de la mano de un padre socialista y una madre católica («el polo de la razón y el polo de la fe») que lo empujaron a correr hacia esa fuente. Al pedirle el padre que se diera las razones de todo lo que le enseñaban, había dado a su hijo ya seminarista el instrumento para llegar a la meta. Esa sensibilidad exacerbada por la educación recibida en el hogar resultó condición necesaria para los tempranos descubrimientos de don Giussani: cuando a los trece años escucha Spirito Gentil de Gaetano Donizzetti dice que al vibrar la primerísima nota que expresa dramáticamente la nostalgia de un amor perdido «sentí una carencia tan grande que entendí que Dios existe, porque no puede no existir una respuesta al grito del hombre»; y después, a los quince años y tras aprender de memoria las poesías de Giacomo Leopardi, cuando llegó el que siempre recordó como «aquel bello día» en que escuchó de boca de su profesor Gaetano Corti el inicio del evangelio de San Juan: «el Verbo se hizo carne», comprendió que todas las exigencias de verdad, de libertad, de justicia, de amor, de belleza que anidan en el corazón humano se habían hecho una realidad encontrable. Un hombre se presentaba como el manantial de las exigencias del hombre. «Ahí empezó la gran aventura de Giussani», dice Savorana, una «fiebre de vida» expresada en un deseo profundo: «yo no quiero vivir inútilmente».

Ambos luego se refieren a la novedad aportada por don Giussani a la vida de la Iglesia: el redescubrimiento del método cristiano. Señala Hoevel que para don Giussani el primer paso es «adentrarse en la experiencia como apertura a toda la realidad, con todas las capacidades del yo». El inicio del método está en la exploración del propio corazón, de las exigencias fundamentales que lo constituyen. «El segundo momento –dice– es el del Acontecimiento», es decir el reconocimiento de una Presencia que responde a aquellas exigencias. Y finalmente, el tercero: meterse en la huella del camino, el seguimiento. Por su parte, Savorana destaca que la cuestión del método puede parecer abstracta, pero que para don Giussani se trataba de algo bien carnal. Cuenta que fue promediando 1951 cuando planteó de manera radical la cuestión del método, al darse cuenta de que en los jóvenes católicos que trataba en la parroquia a la que iba cada sábado a confesar, todos ellos bautizados que frecuentaban los sacramentos, la fe no parecía tener nada que decir a su vida concreta, que se trataba de prácticas religiosas o morales de las cuales no conocían su significado. «No es culpa de ellos –dice Giussani–, probablemente no han encontrado nunca a uno que les haya enseñado un método para verificar si lo que aprendieron en la familia y en el catecismo los ayuda a vivir en la escuela». Llega por entonces empujado por su madre un muchacho, quien le espeta en la cara que no cree en nada, y que su ideal de hombre es el Capaneo de Dante, aquel gigante encadenado por Dios que lo blasfema recordándole que puede encadenarlo, pero no puede impedirle la libertad de insultarle. Don Giussani, lejos de molestarse por la declaración del joven, lo desafía: ¿y no será mejor aún amarlo?

Finalmente llega el tiempo de la pregunta por la contemporaneidad de Cristo, es decir, si los hombres de hoy podemos experimentar la presencia de Cristo del mismo modo en que lo hicieron los apóstoles. Hoevel dice que existe en la sociedad la sensación de que la Iglesia está en crisis, y que aun cuando la figura del Papa parece despertar un renacimiento, la sensación de malestar persiste. Pero «la Iglesia no puede estar en crisis, sino en todo caso nosotros como cristianos. La Iglesia es una realidad tan potente, remite tan directamente a Cristo, su fuente, del modo en que Giussani trasmitía vívidamente el encuentro de los protagonistas del Evangelio con Cristo, que no puede estar en crisis, trasciende largamente todas nuestras miserias y es la realidad de nuestra unidad, entre nosotros y con Cristo». Por su parte, Savorana afirma que para Giussani «Juan y Andrés son el canon, el modelo para cualquier momento de la historia». ¿Cómo puede ser contemporáneo hoy Cristo? «Del mismo modo que hace dos mil años en Palestina –dice Alberto–. Todo nació y nace del toparse con una humanidad tan distinta que despierta el deseo de volver a encontrarse con ella». Y continúa: «Dios se hace presente como Misericordia. Como dice el Papa, el lugar privilegiado del encuentro es la caricia de la misericordia de Cristo hacia mi pecado. Es un abrazo de misericordia que provoca nuestro deseo de cambiar a una nueva vida». Y que según don Giussani, hoy como hace dos mil años, Cristo tiene el rostro de esta misericordia a través de un rostro humano. Sostiene Alberto: «hace dos milenios no encontraban a la Segunda Persona de la Trinidad, sino a un joven de treinta años tan atractivo que dejaban todo para seguirlo. Este seguimiento atravesó toda la historia hasta hoy mismo, hasta nosotros».

Don Giussani afirmaba que «la alegría más grande para la vida de un hombre es sentir a Cristo vivo y palpitante en la carne del propio pensamiento y del propio corazón, es decir –concluye Savorana–, «contemporáneo, porque vivo y palpitante solo puede ser algo presente, no algo del pasado. Giussani gastó toda su vida para que miles y miles de personas descubran como Cristo puede estar vivo y palpitante hoy».

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