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MUSICA

400 aniversario de la muerte de Tomás Luis de Victoria

Don Luigi Giussani
14/04/2011 - ENTRANDO EN LA SEMANA SANTA

«La polifonía es una cima. Pero buscar la verdad y vivirla es una música más alta que los motetes de Palestrina y de Victoria. A esa melodía estamos llamados»

Si hubiésemos escuchado siempre y únicamente rock o músicas similares, necesitaríamos mucho tiempo para comprender la música clásica. A la primera no la comprenderíamos. Sería como cuando mi padre me llevaba a la iglesia de un sitio a otro, cuando era pequeño, para escuchar música polifónica, pues le encantaba. Yo me enfurruñaba, porque no encontraba orden en lo que me parecía una gran confusión de notas y voces, pues no intuía la clave. Se me abrió el entendimiento cuando, con trece años, escuché a un coro cantar el Caligaverunt de Victoria. Después de las primeras notas, cuando entra la segunda voz, capté la clave para comprender. Y desde entonces la polifonía me gustó cada vez más. Toda.
Esta música que parece siempre idéntica a sí misma y muchas veces se repite continuamente empezó a embargarme de emoción. Y sin embargo no cansa nunca, porque ahonda en el alma y ensancha el corazón llenándolos de luz y de calor. Así debió ser el corazón cristiano de Victoria cuando escribía estos Responsorios de Semana Santa. Todos los esfuerzos religiosos tratan de interpretar el Misterio. En cambio, el método cristiano repite la palabra escuchada. Repetir, es decir, seguir. No se puede repetir una palabra veinte veces sin verse cambiados.
Victoria es un gran compañero de camino que Dios nos ha dado, el polifonista más excelente, tan grande como humilde, y por esto menos aclamado que otros. La voz humana tiene un poder infinitamente superior al de cualquier orquesta, y la polifonía representa la cumbre expresiva de la música vocal.
En nuestra memoria, los Responsorios del Viernes Santo de Victoria son el punto de referencia más alto, profundo y sugerente del canto religioso.
Los motetes de Semana Santa comunican la emoción consciente y afectuosa, adorante y dolorosa de lo que Cristo es para el hombre. Caligaverunt es ciertamente una de las piezas más hermosas: con el alma penetrada por esta música sublime, podemos comprender bien lo que a nosotros normalmente nos falta y que aquí resulta evidente. En él no domina el sentimiento frente a aquel Hombre que muere, sino Su dolor, el dolor por ese Hombre que muere. Si est dolor similis sicut dolor meus, si existe un dolor semejante al mío, dicen los que están bajo la cruz, la Virgen y san Juan. Se pone en primer plano la realidad del Hombre-Dios asesinado, el dolor por Cristo. Este canto encarna un aspecto de la conciencia de ser pecadores que no se encuentra fácilmente: ese si est dolor es ciertamente el grito más humano que se puede escuchar, el más humano y más humanamente religioso de la historia de la música, junto al llanto que sigue: sicut dolor meus. La verdadera contrición que la conciencia del propio pecado realiza es el dolor por Cristo – como el dolor del niño ante el llanto de su madre –: es el otro el que domina, y no la preocupación por una tranquilidad merecida o por la paz recuperada. Es el dolor por Cristo, vosotros todos, prestad atención y ved si existe dolor semejante al mío, el dolor frente a Cristo por cómo le hemos tratado.
Llegados a este punto Victoria nos introduce en un nuevo paso: el afecto refutado, la elección rechazada, la trama en torno a él, todavía más pérfida porque está llevada a cabo por el amigo, por su discípulo. Están contra Él los ancianos del pueblo, los que deberían tener madurez y que en ese momento se muestran peores que los demás. Los sumos sacerdotes, la religión, los fariseos, la ley y los intelectuales de entonces: Venid – dicen – pongamos veneno en su pan y arranquémosle de la tierra de los vivos, arranquémosle del sentido de la vida. Él no es necesario para que nuestra vida tenga significado – ¡precisamente Él, que es la raíz de todo! – arranquémosle de la tierra de los vivos, eliminémosle. Y después, el abandono de los suyos: ¿No habéis podido velar conmigo una hora? Por esto el mundo es como una densa tiniebla donde la fuente de luz es la muerte. Paradoja suprema: la muerte de la vida, la muerte de Cristo.
Este odio a Cristo, como dijo Jesús mismo en su último discurso antes de morir, marca la historia: en él se articula, se vuelve concreta, día tras día, a través de todos los poderes, desde el político y económico hasta el ‘clerical’, la acción del padre de la mentira. El odio hacia Él es el tema necesario para todo poder humano que no extraiga su origen consciente, humilde y dramático de la obediencia al poder supremo que hace todas las cosas, al destino de victoria y de gloria propio de Cristo, justicia de Dios. El mundo se fundamenta en la mentira, como dijo Jesús. En última instancia es la violencia la que define el destino de cualquier poder: Venid, pongamos veneno en su pan y arranquémosle de la tierra de los vivos, que no se hable más de él. Este es el contenido último de toda pedagogía que el mundo adopta: que no se piense más en Cristo. Cristo es un nombre incluso honorable, si queréis, en el que se puede pensar leyendo un libro, pero totalmente exiliado de la vida del hombre, ajeno a su vida asociada, empezando por la familia y la educación de los hijos, y terminando por la convivencia de los obreros en el trabajo.
Los Responsorios nos adentran en la muerte – el colmo de la injusticia –, que Él acepta por amor nuestro. Sus amigos dormían o le habían traicionado, el mundo, los intelectuales, los religiosos, el poder tramó contra Él. ¿También el Padre le abandonó? No. Pero Su obediencia debía llegar hasta el fondo: Padre, en Tus manos encomiendo Mi espíritu.
¿Cómo pueden lo tremendo y lo piadoso estar juntos? ¿Cómo pueden convivirla injusticia que escuchamos en la polifonía de Victoria, y lo piadoso hacia Cristo, que escuchamos en el corazón y el rostro de María? Es una injusticia porque día tras día estuve junto a vosotros enseñando en el templo, a plena luz, en medio de la gente; vinisteis a prenderme con un engaño, de noche, porque sois injustos. Pero frente a semejante injusticia, más grande que ella, Su misericordia desborda todos los límites. Pues no hubo quien me reconociera, no se ha encontrado todavía al justo que me reconozca. La única fue María. Sucede lo mismo para cada uno de nosotros, porque hay algo en nosotros – aunque sea tímido, confuso y contradictorio – que te reconoce, Jesús. Dejemos libre, demos rienda suelta a este resquicio de sentimiento exacto, de juicio verdadero y de afecto incipiente. Dejemos libre nuestro corazón en lo que tiene de originariamente justo frente a Cristo. A esto nos invita Victoria con sus admirables notas.
La polifonía es una cima. Pero buscar la verdad y vivirla es una música más alta que las sinfonías de Beethoven e incluso que los motetes de Palestrina y de Victoria. A esa melodía estamos llamados.

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