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RESEÑAS

Últimas cartas (1532-1535), de Tomás Moro

Javier Restán
26/10/2010

Editorial Acantilado, que no deja de darnos gratas sorpresas, reedita las últimas cartas de Tomás Moro, con introducción de Álvaro Silva. La larga introducción de Silva es una mirada ajena a cualquier espiritualismo o interpretación hagiográfica, sino laica y sobria. Conviene escuchar hablar de un santo en esta perspectiva, y ver con claridad sus posibles errores o debilidades: brilla entonces mucho más la humanidad de su fe.
El libro lo constituyen 30 maravillosas cartas escritas desde el momento en que Tomás Moro renunció a ser Lord Canciller de Inglaterra hasta su ejecución. Las primeras cartas fueron escritas desde su retiro en su casa familiar de Chelsea, a orillas del Támesis, y las últimas las redactó durante los 14 meses que pasó encarcelado en la Torre de Londres. La última carta enviada a su hija Meg la firmó apenas 24 horas antes de ser decapitado. El libro incluye cartas enviadas a su hija querida, a amigos y familiares, incluye dos cartas a su amigo Erasmo de Rotterdam y otras dos dirigidas al propio Enrique VIII. Fueron escritas en una prosa limpia y cuidada, casi todas en inglés y cuatro de ellas en latín.
En varias palabras se podrían estructurar los contenidos de estas cartas: búsqueda de la verdad, amistad conmovedora, lealtad con la propia conciencia, familiaridad y afecto sorprendente con Jesucristo.
Tomás Moro desempeñó el cargo político más importante que un inglés podía tener en su época. Se implicó con pasión en todos los grandes debates políticos, religiosos y culturales que sacudieron Inglaterra y Europa en aquella tormentosa época; escribió libros de corte político y religioso, se casó dos veces y tuvo 5 hijos suyos, pero acogió los de su segunda mujer y adoptó al menos a una más. Impresiona cómo este laico del siglo XVI con su intensísima trayectoria personal y pública vivió la fe cristiana como el tejido de su vida y el contenido de su conciencia. Su vida es la de un hombre cristiano plenamente moderno, que pone en juego frente a todas las circunstancias, y sin separarlas ni un momento, su fe profunda y su razón aguda.
La historia es conocida: Tomás Moro se negó a firmar primero el Acta de Sucesión (que sancionaba el divorcio de Enrique VIII) y posteriormente el Acta de Supremacía (que afirmaba la autoridad suprema del rey en la Iglesia de Inglaterra, por encima del obispo de Roma). Su decisión le llevó a la cárcel y posteriormente a la muerte.
Muchas de estas cartas, especialmente en la primera parte, cuando todavía no estaba encarcelado, reflejan el clima de terror que se vivía en Inglaterra durante el reinado de Enrique VIII, un miedo difuso que llevaba a Moro a extremar las precauciones para no decir una palabra inadecuada o interpretable contra los intereses del rey. Miedo a las mentiras, a la calumnia. Esta circunstancia, sin embargo, se transforma en las cartas de Tomás Moro en elegancia, finura y fuerza argumentativa. Busca a toda costa salvar su vida y para eso despliega toda su potencia intelectual, su formación jurídica y su agudeza racional, pero sin renunciar un milímetro a la verdad.
Se habla de que Moro fue un “prisionero de su conciencia”. Parece que en su momento casi todos lo vieron como un obcecado y escrupuloso. Nada más lejos de la verdad. Su conciencia (lo explica numerosas veces en sus cartas el propio sir Thomas) estaba conformada por el estudio de la sagrada escritura y de los santos padres, así como por la confrontación permanente con las personas que él consideraba los hombres más libres del reino. Su conciencia no era, como quisiera cierto pensamiento ilustrado, un lugar de autoafirmación. Para él su conciencia era el lugar de la pertenencia y no el de una estéril autonomía.
¡Qué impresión ver cómo concebía toda circunstancia, incluido su encarcelamiento, la expropiación de sus bienes y su inminente condena a muerte, como parte de una historia buena! Cuenta Roper, su biógrafo y yerno, que encerrado en la Torre de Londres sentía “que Dios me hace su niño mimado”. Y así pudo esperar la muerte “…quizá también con cierta alegría”.
Era esta conciencia la que le permitió hacer gala de un sentido del humor absolutamente delicioso, más que británico, cristiano, que le llevó a escribir para su epitafio que al fin podría hacer en la vida eterna lo que las leyes y las circunstancias no le habían permitido en este mundo: vivir al mismo tiempo con las dos mujeres que había amado (su primera y su segunda esposa); o pedir a su verdugo ya en el cadalso, según testimonio de Roper, que “hiciese un buen trabajo”.
Tenía una confianza total en Cristo que le llevó a no tener miedo ni siquiera de su eventual traición si era torturado: si llega esa situación “haré lo que san Pedro: llamar a Cristo y pedirle ayuda”, y más adelante, “y si caigo… confío en su tierna mirada… pues me levantará otra vez”. Tomás Moro era invencible. Son escritos de una potencia humana y religiosa de tal calibre que alguna de ellas ha pasado a formar parte de la Liturgia de la Iglesia.
Esta correspondencia muestra a un hombre con una capacidad afectiva verdaderamente notable. Decía Erasmo de él que “parece haber nacido y sido hecho para la amistad…”. Un ejemplo imponente es la carta 29, dirigida a su amigo Antonio Bonvisi, que ayudó económicamente a Tomás y a su familia durante su encarcelamiento en la Torre de Londres. Esta carta es un testimonio de amor que tiene la intensidad de “lo último”, de la conciencia de la cercanía del cielo y por tanto el afecto de quien manifiesta su amor por última vez: “Descanso en la dulzura de esta maravillosa amistad tuya”.
La magnífica película de Franz Zinneman Un hombre para la eternidad, tomando textualmente frases de la carta número 20 de este libro, narra de modo bellísimo el último momento de la vida de Moro. Ya en el cadalso, sorprendido por la serenidad que muestra ante la muerte, alguien mantiene con él este breve diálogo que refleja bien la grandeza de su vida y de su muerte:
- Os veo muy tranquilo.
- Voy a encontrarme enseguida con mi Señor.
- Muy seguro estáis de ello...
- No puedo sino confiar en que, quien tanto ha deseado estar con Él será por Él bienvenido.


Últimas cartas (1532-1535)
Tomás Moro
Acantilado. Barcelona 2010

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