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CINE

La aventura hacia un "tú" que nos hace crecer

Luca Marcora
05/07/2016

1959. En el caluroso verano americano, cuatro chavales salen a buscar el cuerpo de otro que ha desaparecido unos días antes y que algunos jóvenes mayores que ellos dicen haber visto a 30 millas de distancia, cuando iba por ahí después de robar un coche. Los protagonistas de Stand by me viven una aventura que les acerca por primera vez al misterio de la muerte. Con la mente siempre puesta en la meta de su viaje, cada hecho que sucede resulta extraordinario a sus ojos: la carrera para evitar ser atropellados por un tren, la huida de un "legendario" perro guardián, la noche en el bosque hablando «de todo eso que parece importante antes de descubrir a las chicas»...
La fascinación del film de Rob Reiner, inspirado en el relato El cuerpo de Stephen King, radica en la valentía del director para «describir la edad de transición de una manera no estereotipada y adoptar el punto de vista de los protagonistas», afirma Paolo Mereghetti. Ese camino no les dejará igual que antes y, a su regreso, esa ciudad que antes representaba para ellos el mundo entero les parecerá de pronto mucho más pequeña.

Años ochenta. El hallazgo de un mapa antiguo y un viejo medallón. En alguna parte hay un viejo tesoro pirata que espera ser recuperado. Con una curiosa banda de matones que ya sigue su rastro. Esta es la aventura -en el sentido clásico del término- que vive el grupo de chavales que protagoniza Los Goonies, de Richard Donner. Producida por Steven Spielberg en su época dorada, el film narra algo que durante la adolescencia todos desean al menos una vez: que la propia vida pueda ser algo extraordinario y vencedor, algo que se pueda disfrutar junto a los mejores amigos. No solo encontramos evasión en esta película que a mediados de los ochenta se convirtió en auténtico film de culto para toda una generación. De hecho, estos chicos se mueven por el deseo de encontrar el tesoro para recuperar sus propias casas, sobre las que un grupo de empresarios sin escrúpulos quiere construir un campo de golf. Para ellos será la ocasión de hacer algo grande, más incluso de lo que los adultos pueden conseguir.

1979. Un grupo de jóvenes está rodando un cortometraje amateur sobre una invasión zombie cuando un tren descarrila justo delante de ellos, causando un terrible y espectacular accidente. A partir de ese momento empiezan a sucederse hechos extraños: el ejército toma la zona y algunas misteriosas desapariciones desatan la alarma entre la población. Los chicos, al visionar la película que ha grabado el momento de la tragedia, descubren que de ese tren sale huyendo una misteriosa criatura. Tienen que salvar a sus familias y a la ciudad entera. Super 8 es el homenaje de J.J. Abrams rinde a ese cine de aventuras de los años ochenta y no es difícil ver en esos jóvenes apasionados por el cine una referencia explícita a aquellos directores y productores que, empezando precisamente con videos amateur realizados entre amigos, consiguieron renovar completamente a Hollywood: Steven Spielberg (que aquí también produce), George Lucas, George Romero...

Abrams evoca películas como E.T. El extraterrestre (1982) o Encuentros en la tercera fase (1977), pero también a Los Goonies y Stand by me, demostrando haber comprendido a la perfección que el verdadero núcleo narrativo de esas películas no es tanto la dimensión más o menos de aventuras en las historias que cuentan sino sobre todo el cambio de unos chavales que por primera vez tienen que afrontar personalmente las angustias, los miedos, los deseos y las esperanzas propias de su edad, antes de emprender cada uno el camino que les llevará a hacerse adultos. Esta repentina maduración es lo que transfigura la cotidianidad en algo más grande, cambiando su mirada sobre la realidad y sobre las personas. Y eso, paradójicamente, sucede al tomar conciencia de sí mismos mediante el descubrimiento del "otro", un "tú" que irrumpe tan potentemente en la vida que antes o después obliga a cada uno a medirse personalmente. Lo puedes percibir como diferente, odioso, pero siempre acogerlo por lo que es. Puedes pelearte con él, incluso ferozmente, pero siempre con la posibilidad del perdón un instante después. Puedes apoyarle en momentos de fatiga y puedes llorarle cuando no esté, puedes abrazarlo y hasta sentirlo como indispensable, hasta descubrir qué significa amarlo más que a uno mismo.

A los ojos de un adulto, que dejó atrás la adolescencia hace años, puede suponer el riesgo de percibir todo esto tan solo como un conjunto de sentimientos aún inmaduros, carentes de un fundamento sólido sobre el que construir la vida. Pero bastaría volver por un instante a rejuvenecer para volver a saborear una vez más lo revolucionarios que fueron para cada uno todo estos descubrimientos, y cómo estas películas nos ayudaron a afrontarlos y comprenderlos, gracias también a su dimensión de aventura. Tal vez precisamente por esto, cuando volvemos a ver después de años a aquellos compañeros de colegio que hace tiempo perdimos de vista, puede suceder que alguno aún nos pregunte: «¿Sigues teniendo aún la película de Los Goonies?».


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