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«Nuestras puertas están siempre abiertas»

Andrea Avveduto
12/05/2015

«No sabemos, no entendemos. De día oímos ruidos continuamente y vemos los misiles sobrevolando nuestras casas, pero no tenemos una percepción real de lo que está pasando». El padre Ibrahim Alsabagh se conmueve cuando habla de Alepo, la ciudad devastada por el conflicto sirio, a la que ha regresado para trabajar como párroco, abandonando Roma y una prometedora carrera como teólogo. Nacido en Damasco, este hombre de 43 años lleva seis meses entre su gente para compartir con ellos su esperanza.

Padre Ibrahim, en qué condiciones vive hoy la gente de Alepo?
Desde hace seis meses estamos sin internet. Durante tres semanas hemos estado sin teléfono. Los habitantes de Alepo se han visto privados de todos sus derechos más elementales, como comer y beber, o tener la libertad de practicar su religión. Tener una vida normal es algo impensable hoy en Siria, sobre todo en Alepo, la ciudad más devastada, la que más necesidad tiene. Lo necesita todo. No hay electricidad, a veces no tenemos agua durante varios días y el trabajo escasea cada vez más: el desempleo alcanza casi al 80% y la gente corre el riesgo de morir de hambre. Todos los días veo personas desnutridas, niños y ancianos que se encaminan hacia la muerte inexorablemente. Algunos incluso han decidido dejar de cuidarse, y eso es lo que más me preocupa. Si falta la voluntad de cuidarse, significa que falta la voluntad de vivir. Uno de mis parroquianos fue operado por un cáncer intestinal. Tenía que hacerse una revisión a los dos meses. Han pasado dos años y todavía no ha vuelto al médico. Es una tragedia. A algunos de ellos me canso de decirles: ¡haceos las pruebas médicas! No me escuchan. Si tuviera que resumirlo todo en una frase, diría que Jesús es crucificado de nuevo hoy, en los sirios de Alepo. Para mí es algo tan concreto como la carne.

¿Qué es lo que la población necesita con mayor urgencia?
Eso cambia con el tiempo. Antes nos pedían comida, ayuda para pagar el alquiler o el seguro de la casa. En algunos casos, no pagan el alquiler desde hace dos años y están en riesgo de quedarse en la calle. Después del último ataque terrible, su petición ha cambiado. Ya no quieren arroz ni frijoles (la carne no la vemos desde hace años), nos preguntan cómo se puede vivir. En el último ataque con misiles, doce personas perdieron la vida y 700 huyeron. ¿Llegaremos a mañana? ¿Cuánto nos queda por vivir? ¿Por qué debemos seguir aquí mientras nos bombardean? Estas son las preguntas que los habitantes de Alepo sienten con más urgencia en este momento.

¿Cómo viven los más jóvenes esta guerra absurda?
Los jóvenes se están descuidando. No estudian, no viven. Cuando la familia vive mal, ellos tampoco piensan en sí mismos. Algunas escuelas han cerrado, los alumnos más mayores han dejado de hacer los exámenes. Pero un día llegó un chico que quería que le escucháramos. Tenía una pregunta: quería estudiar, deseaba un pequeño espacio donde poder prepararse para los exámenes. Así pusimos en marcha un lugar donde todos los estudiantes pudieran reunirse para estudiar juntos. En muchos casos también les damos un sueldo. Haría lo que fuera para que no interrumpieran su formación. Ellos son el futuro y, cuando la guerra termine, Siria les necesitará. Por eso, cuando terminan sus estudios, intento encontrarles alguna pequeña ocupación en la parroquia. Intento pagarles una pequeña parte de un sueldo normal. Si consigo llegar a la mitad del salario, ya es un gran resultado.

¿Qué significa su presencia para la población de Alepo?
En las últimas semanas 37 casas han sufrido daños y necesitan una intervención. Intentamos repararlas inmediatamente. La gente debe entender que estamos a su lado pase lo que pase, no queremos que caigan presas del terror. Todos los días visito a familias, trato de atender a todos en sus necesidades básicas. Hemos abierto las escuelas para que puedan ser auténticos centros de acogida. Con los religiosos de Alepo, estos días pensaba: «Si hay otro bombardeo, tendremos que prepararnos para acogerlos a todos». Le pedí a mis superiores poder acoger también en las iglesias, si fuera necesario. Nuestras puertas deben estar siempre abiertas en caso de necesidad. Queremos abrir a todos los que llamen. Estoy seguro de que el Señor nos ayudará a superar las dificultades.

¿Hay signos de esperanza dentro de la situación que ha descrito?
Nunca he hablado tanto de fe y esperanza como en estos últimos cinco meses. Claro que la hay, y cómo. Basta mirar lo amigos que nos hemos hecho de muchos musulmanes a los que antes –casi– ni mirábamos a la cara. Y luego está toda la solidaridad internacional, que nos permite sobrevivir. Aunque a veces no es suficiente, cada día experimento el milagro de la multiplicación de los panes y los peces.

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