La apertura de la puerta Santa en la basílica de San Pedro ha dado inicio al Año Santo. La historia del templo de la cristiandad, construido sobre la tumba del Apóstol que Cristo estableció como cabeza de Su Iglesia
«Puedo mostrarte los trofeos de los apóstoles. Si quieres acercarte al Vaticano o al camino de Ostia, encontrarás los trofeos de quienes fundaron esta Iglesia».
Son las palabras de Gayo, culto presbítero romano. Se las dirige a Proclo, el jefe de la secta herética de los montanistas.
Proclo había osado poner en el mismo plano Roma, donde se encuentran las tumbas de los mártires Pedro y Pablo, y Hierápolis, ciudad de Asia Menor que alberga tumbas famosas de edad apostólica, entre las que se encuentra la del Apóstol (o diácono) Felipe.
Es la primera fuente antigua datada con seguridad que da cuenta de la sepultura de Pedro en el Vaticano, en los alrededores del lugar de su crucifixión cabeza abajo, en el año 67 durante la persecución de Nerón.
Nos la proporciona Eusebio de Cesarea, anotando la dura polémica entre Gayo y Proclo, desarrollada durante el pontificado de Ceferino, entre el año 199 y el 217.
El valor sin medida de aquella tumba excavada bajo las pendientes del Vaticano lo debió comprender enseguida el emperador Constantino el Grande: algunos años después de su victoria sobre Majencio, obtenida el 28 de octubre del 312 y que garantizó la libertad de culto para los cristianos, decidió edificar una grandiosa basílica en honor de Pedro justo encima de su sepulcro.
La datación de los trabajos es controvertida, pero se suele aceptar que se desarrollaron entre el 319 y el 324, bajo el pontificado del papa Silvestre.
¿Qué encontró el emperador al comenzar los trabajos? Una humildísima tumba excavada en la tierra sobre la cual, en el siglo II, los cristianos habían erigido un edículo funerario. Hoy día, descendiendo a la necrópolis de la basílica de San Pedro, justo debajo del altar de la Confesión, es posible ver la tumba gracias a las famosas excavaciones emprendidas por Pío XII entre 1939 y 1958. Se ven dos nichos, excavados en la pared de un muro de color rojo y divididos horizontalmente por una losa de travertino sostenida por dos columnitas de mármol.
Junto a la columna de la derecha hay un pequeño muro, denominado "muro g", enteramente cubierto de grafitos donde se reconoce el nombre de Pedro repetido varias veces unido a los nombres de Cristo y María.
El descubrimiento de las reliquias
La que consiguió descifrar la terrible maraña de grafitos fue la epigrafista Margherita Guarducci, desaparecida en los primeros días de septiembre de este año. Su nombre está ligado a otro descubrimiento sensacional, el mayor de todos, que se les escapó misteriosamente a los arqueólogos que tomaron parte en las excavaciones encargadas por Pío XII: las reliquias del Apóstol.
Hoy están en su sitio, conservadas dentro de algunos recipientes de plástico transparente: no se ven fenomenal, pero están ahí.
¿Pero cuál es la razón de que las reliquias de Pedro se encontraran en aquel nicho y no en su lugar, es decir, en la tumba?
Fue Constantino quien, antes de ponerse manos a la obra con la basílica, quiso dejar las reliquias en un lugar más seguro que la humilde tumba en tierra. Fue edificado un monumento sepulcral que comprendía el edículo del siglo segundo y el "muro g" que contenía los restos de Pedro, con su pared de grafitos rica en invocaciones a Pedro, a la Virgen y a Cristo.
El gran tesoro que se encontraba en su interior fue incorporado bajo el altar de la basílica constantiniana.
La Gracia se transmite por "contacto"
Encima de este altar, el papa Gregorio Magno, al comienzo del siglo VII, hizo construir otro. Sin embargo, modificó ligeramente la disposición constantiniana, de manera que el sacerdote pudiera celebrar justo encima de la tumba de Pedro. No sólo eso: hizo excavar una "fenestrella confessionis" precisamente en la cabecera del presbiterio, lo cual permitiría una referencia directa a la tan venerada tumba, sobre cuya losa de revestimiento se practicó un pequeño pozo que permitiese realizar el ceremonial inherente a las reliquias "ex contactu": el papa Gregorio deseaba ardientemente que los fieles pudieran gozar de una veneración lo más próxima posible de la tumba de Pedro. Además, hizo excavar una cripta, fácilmente conectada con el lugar santo a través de un corredor.
Después de Gregorio Magno, el papa Calixto II, en el 1123, mandó construir un nuevo altar mayor que englobó a los dos precedentes.
La destrucción de la antigua basílica
En el curso de los siglos, la antigua basílica constantiniana continuó ejerciendo una sacra sugestión tanto sobre los fieles como sobre los artistas. Hasta que Nicolás V, el papa del Jubileo del 1450, decidió abatir la antigua basílica de Constantino para construir una nueva. A propósito de esto, resulta conmovedor el intento del gran arquitecto León Battista Alberti de persuadir al pontífice para que restaurase la vieja San Pedro a través de una serie de argucias técnicas, entonces un tanto atrevidas, pero que hubieran salvado la iglesia primitiva.
No fue escuchado. Prevaleció el pensamiento arquitectónico de Bernardo Rossellini que preveía el alzamiento de una basílica nueva. Un pensamiento que, sin embargo, no se vio realizado hasta el 18 de abril de 1506, durante el pontificado de Julio II.
Rossellino, Giuliano de Sangallo, Michelangelo y Bramante dejaron su impronta, a lo largo de todo el Cinquecento, en la construcción de la nueva basílica.
Pero también entonces todo siguió girando en torno a la tumba de Pedro. Como en el caso de uno de los muchos proyectos de Bramante, quien preveía la edificación de cuatro pilastras sobre las que apoyar una enorme cúpula que se correspondía exactamente con el lugar en que se encuentra el sepulcro de Pedro.
El primer proyecto bramantesco preveía la orientación de la fachada al sur y no a levante como la de Constantino: ello permitiría a los peregrinos que venían del mar llegar a la basílica antes y con mayor comodidad. Pero Julio II se opuso con dureza: la solución del gran arquitecto no habría garantizado una correspondencia perfecta de la tumba de Pedro con el eje vertical de la cúpula. Entonces Bramante propuso cambiar de lugar la tumba. «Tú piensa en hacer de arquitecto - repuso tajante Julio II -, que de las cosas de Dios me ocupo yo».
Así pues, la continuidad quedaba garantizada: Clemente VIII, en 1594, hizo sobreponer al altar de Calixto II el altar de la Confesión actualmente en uso.
Una continuidad garantizada y justificada sólo a partir del contenido de aquellos saquitos de plástico trasparente escondidos en los subterráneos vaticanos: las reliquias de Pedro.
A ellas les dedicó Pablo VI, poco antes de su muerte, uno de sus pensamientos más conmovedores: «Con humildad orante y exaltante... aquí, sobre su tumba gloriosa, sobre las reliquias que han sobrevivido, pedimos al Padre celeste permanecer firmemente fundados en la fe de Pedro, que es la piedra de nuestra fe».
Los colores de Maderno
Habla el responsable de los trabajos de restauración de la fachada de San Pedro
«Al principio fue una intuición lo que me hizo pensar en una fachada coloreada. Me preguntaba por qué los muchos edificios barrocos de Roma antes de su restauración se habían vuelto prácticamente negros por la suciedad acumulada en el curso de los siglos, mientras que la fachada de la basílica de San Pedro era de color marrón oscuro. Tal vez porque debajo Carlo Maderno había dado color. Aquella intuición era acertada». Está visiblemente satisfecho Sandro Benedetti, director de la oficina técnica de la Fabbrica di San Pietro, es decir, el responsable último de la restauración más esperada del año, una operación que costó nueve mil millones de liras, totalmente a cargo del ENI (ndt. Ente Nazionale Idrocarburi), y que encaramó a la "muralla! vaticana de siete mil metros cuadrados a noventa restauradores, desde septiembre del 97 hasta junio del 99.
La fiesta de inauguración, que tuvo lugar el 30 del pasado mes de septiembre, retransmitida por las televisiones de todo el mundo, con miles de invitados y un fantasmagórico marco de fuegos artificiales, hizo revivir por una tarde la Roma de los grandes papas mecenas.
Nos encontramos con Sandro Benedetti en su estudio romano en el barrio del Testaccio para que nos cuente la historia y el sentido de una restauración que, junto a grandes alabanzas, ha suscitado no pocas polémicas.
Profesor Bendetti, sabemos que la restauración dirigida por usted ha obtenido grandes reconocimientos. Incluso el Papa le ha felicitado. Dejémoslos a un lado por un instante y afrontemos las posiciones más criticas. Sobre todo, la del historiador del arte Carlo Bertelli, que, en el Corriere della Sera del 18 de septiembre, escribió: «Con la beautification de la fachada la imagen televisiva ha vencido... La solemne unidad que Carlo Maderno había logrado ha desaparecido». Juicio que fue retomado un mes después por Alberto Ronchey en el mismo periódico. ¿Qué responde a ello?
Que la posición de Bertelli está equivocada y va contra la verdad. ¿Qué tiene que ver la imagen televisiva y cuál es esa unidad de Maderno que supuestamente ha destruido?
Sabemos que Maderno, entre el 1607 y el 1614, debía resolver un problema arquitectónico dificilísimo: conectar con la obra de Miguel Ángel, que preveía una iglesia de cruz griega, y, al mismo tiempo, alargar un brazo de la basílica para adaptarla a las nuevas exigencias litúrgicas. Tuvo que inventarse una fachada enorme capaz de resolver una serie de funciones que Miguel Ángel no había previsto. La Logia de las Bendiciones, por ejemplo. Y para conseguir un resultado dinámico en la fachada impuso, entre otras argucias técnicas, el color ocre sobre los trozos de pared del fondo, lo cual permitiría que emergiera el blanco travertino de las grandes columnas.
En definitiva, el color es una típica invención maderniana. Todo ello está confirmado por documentos de archivo, pagos relativos a los pintores que realizaban el "baño" de color ocre y por cuadros y representaciones referentes a la edificación de la fachada que indican claramente la existencia de colores sobre la misma.
El sentido de la restauración ha sido el siguiente: señalar el gran valor artístico del color y propiciar que emerja de nueva una vivacidad típicamente barroca.
Si Bertelli se refiere al rojo y al verde que enmarca la arquitrabe de la Logia de las Benediciones, debo responder que mi trabajo no ha sido una restauración renovadora, sino de conservación. Los colores fueron añadidos en el siglo XVIII y me parecía que era adecuado dejarlos tal cual como testimonio de los caracteres adquiridos con el paso del tiempo.
Tal vez Bertelli trataba de emitir más un juicio moral que técnico.
No estoy de acuerdo. De hecho, esta restauración tiene un valor simbólico: el paso de una fachada oscura, sorda, sucia a otra solar, llena de color, puede significar la transformación de una Iglesia cada vez más abierta al mundo y que dialoga con él. Juan Pablo II rompe la costra de la indiferencia y se abre a "la plaza" para dar testimonio de la verdad de la fe.
Pasemos al tesoro más precioso de la basílica vaticana: la tumba de Pedro. ¿Se han previsto restauraciones?
Sí, se ultimarán lo antes posible.
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