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Huellas N.1, Enero 2000

ENSEÑANZA

Los estudiantes cuentan

Gianni Mereghetti

Hace un mes que tuvo lugar en Milán el encuentro de los responsables de GS. Su batalla contra los que quieren encasillar el yo en la red de la burocracia escolar

«Un día me encontré en un aula vacía a una chica que tocaba al piano un preludio de Chopin. Entré y le dije: “Muy bien, ¡enhorabuena! Tienes una gran pasión por la música”. Ella, al principio un poco intimidada, empezó a hablarme. Al final, añadí: “Me alegro de haberte conocido. Sólo puedo desear ser tu amiga”. Llorando, me respondió: “Nadie me había dicho nunca algo así, o por lo menos de esta manera... Siempre me han considerado ‘diferente’ porque me planteaba algunas preguntas sobre la vida y me han marginado por eso. Tendrías que venir conmigo a mi psicóloga”. Sus profesores la habían convencido para que fuese al psicólogo el año anterior y esa era su única esperanza de conseguir convivir con los demás y sobrevivir en este mundo. No tenía necesidad de la psicóloga, sino de alguien que la tomara en serio a ella y a sus preguntas.

Guerra invisible
Este episodio, contado por Francesca - de Varese - en el encuentro nacional de GS el pasado 8 de diciembre, es uno de los muchos signos de una historia que continúa, la que relata el libro Ragazzi del 99. Se trata de muchachos apasionados por su vida y obligados a enfrentarse con una escuela que intenta por todos los medios atrapar sus preguntas en las estrechas redes de la institución. Una escuela que en las circulares habla de la importancia del estudiante, pero que después, al tener una concepción reducida del mismo, se mueve, de hecho, en contra de la persona, tanto que Caterina - de Ferrara - llega a afirmar: «También nosotros estamos en una guerra, la que pretende que no nos demos cuenta de quiénes somos». Una guerra invisible que “los chicos del 99” están llamados a combatir «no para destruir algo, sino para volver a tomar conciencia» de su propio yo.
Ciro - de Ferrara - describe de forma sencilla su tarea de estudiante. «Por la mañana voy a un vivero y trabajo durante cuatro horas aprendiendo cosas nuevas y perfeccionándolas poco a poco. Por la tarde voy a la Scuola Bottega (escuelas que preparan a los jóvenes para el Graduado Escolar, ndr.) a prepararme para el examen. Gracias a esta nueva experiencia he empezado a tomarme en serio las cosas, porque está en juego mi yo: mi deseo de estar contento con lo que hago, la relación con mis padres y mis amigos, el estudio y el trabajo».
Ester - de Udine - nos cuenta: «Hace algunos días, Sara y yo colgamos en clase, al lado de la pizarra, un gran folio con la frase de Tarkovsky: “Desde hace tiempo el hombre occidental ha dejado la mochila y el bastón del caminante con su conmovedora inclinación a la pregunta. La morada del hombre no es ya el horizonte, sino el escondite donde no se encuentra con nadie y por tanto empieza a dudar de su misma existencia”. La profesora de italiano, al leerla, un tanto perpleja, preguntó quién la había colgado y por qué. Respondimos que queríamos proponer una manera diferente de estar en clase. Me preguntó qué significaba la palabra ‘escondite’. Le expliqué que también la escuela se puede vivir como un escondite cuando se va a clase pensando sólo en el examen o en pasar el tiempo. Cuando empezó a hacer preguntas tuve miedo y me achanté. Tenía que haber hablado de mis amigos, pero no pude. Acabó diciendo que no le parecía adecuado colgar en clase una frase con un evidente contenido ideológico. Volví a casa con un gran sentido de culpabilidad, enfadada conmigo misma y con la profesora porque se había aprovechado de mi miedo. Al día siguiente, dos amigos nos dijeron que lo que nos había sucedido era una gracia. Cristo me había puesto a prueba para que yo comprendiese lo importante que era para mí esa frase, porque expresaba mi deseo de vivir dando testimonio de lo que había encontrado a profesores y compañeros. Ese mismo día tuvimos otra clase de italiano. La profesora, al entrar, se sorprendió de que el cartel estuviera todavía colgado y nos mandó quitarlo. Me rebelé diciendo que no estaba de acuerdo y que nosotros sólo tratábamos de dar un juicio. Después de oír esto no pudo objetar nada, aunque no estaba de acuerdo con nuestras convicciones. Nos alegramos de no haber quitado la frase, porque ahora tenemos un punto al que mirar, que nos recuerda nuestra pertenencia a Cristo; esto ha impresionado a nuestros compañeros, porque resulta evidente que uno no actúa así en nombre de una ideología».

Subir al estrado
La capacidad de vivir una situación sin renunciar a la propia identidad es la misma que mueve a Lidia - de Catania - en su relación en clase. «Le regalé a mi profesor el libro I ragazzi del 99 y las fotocopias de dos artículos de Citati y Scalfari sobre los jóvenes de hoy. Un día empezó la clase diciendo: “Hoy vamos a hablar un poco”. Me hizo subir al estrado y me pidió que expusiera mi opinión sobre los jóvenes de hoy. Comentó que él no veía la pasividad a la que apuntaban los artículos, sosteniendo que, tal vez, los jóvenes están menos motivados porque la perspectiva de trabajo no es buena, y otros argumentos similares. Dije que discrepaba de Citati cuando escribe que le gustan los jóvenes de hoy que no definen nunca su yo. Me replicó que esto podría ser algo bueno porque significaba estar abierto a muchos puntos de vista. Opiné que es justo estar abiertos, pero también es necesario tener un punto de partida, tomar conciencia del principio a partir del cual se mira todo; el profesor me dio la razón. Después de unos diez minutos de discusión sobre la pasividad de los jóvenes, cambié de tema preguntándole por qué había que ir a la escuela. “Lo primero de todo, porque es un deber”, y yo: “Ese no puede ser el único motivo. ¿Usted porque ha estudiado todos estos años?”. “Lo explica la frase de Terencio: soy un hombre, nada de lo humano me es ajeno. ¿Y tú por qué estudias?”. Le respondí: “Por dos motivos: el primero es mi interés por el hombre; el segundo es que la experiencia cristiana de la que participo me lleva a profundizar en todo y la escuela para mí se convierte en una ocasión para comprobar la verdad de aquello en lo que creo. Y, según avanzo, voy confirmándola”. Objetó que en la vida hace falta confirmarlo todo continuamente. Entonces añadí que, si ir al colegio no es algo bueno para uno mismo, se corre el peligro de alienarse. Una compañera intervino: “Profesor, esta escuela es inútil; a mí no me gusta; la eliminaría” el profesor contestó: “¿No estás exagerando?”, “¡No!”. Él un poco perplejo exclamó: “Entonces es verdad lo que dice tu compañera de que estamos alienados”. Al acabar, me acerqué y le di las gracias por haber dedicado una hora al debate. Hace unos días, una compañera de clase quiso que hiciéramos juntas un trabajo de investigación sobre el Gótico. El profesor nos había explicado que la finalidad de este estilo era inspirar temor en el hombre y simbolizar la lejanía que existe entre el hombre y Dios. Al leer otros libros, descubrimos que era todo lo contrario. El profesor, después de leer nuestro trabajo, no volvió a afirmar ninguna de las cosas que había sostenido en su primera explicación; es más, nos dio las gracias».

Libertad, libertad
Gabriele - de Forlí -, refiriéndose a la manifestación del 30 de octubre en Roma para defender la libertad de enseñanza, cuenta: «Yo creía que la llamada del Papa se centraba sólo en el problema de la paridad escolar, pero cada palabra suya me hacía comprender que se dirigía a todos los que quieren ser libres en cualquier ámbito de la vida. En esos cinco minutos, mientras resonaba muy fuerte el grito de “libertad, libertad”, me pregunté: “¿cómo experimento yo esta libertad?”. Todo lo que había hecho hasta ese momento como representante del instituto me parecía poco. Después de hablar con mis amigos de GS decidí ir a ver al director para contarle lo que nos había sucedido pocos días antes en el Consejo del instituto. Algunos profesores nos habían impedido firmar con el nombre de nuestra asociación los panfletos con los que invitábamos a nuestros compañeros al cinefórum organizado el sábado en el instituto. Le comenté al director que negarnos la posibilidad de identificarnos con nuestro nombre era ir en contra de nuestra libertad. En el último Consejo de instituto un amigo de GS y yo planteamos el firmar los panfletos con el nombre de nuestra asociación. Nuestra propuesta fue aceptada... y el director nos invitó a los representantes a tomar una pizza. Discutimos largo rato durante la cena. En un momento determinado, me preguntó por qué daba yo tanta importancia a vivir todas las dimensiones de la persona en la escuela. Le respondí que una vez un amigo me dijo que había dos categorías de personas en la vida: las que pueden decir “yo estaba” y las que no lo pueden decir. Me empeño tanto porque quiero ser libre y poder decir “yo estaba”. Me deseó que la vitalidad positiva que tenía se mantuviera. Le aseguré que eso era posible gracias a los amigos que tengo cerca, y un Amigo más grande; y que esta amistad era especial porque se trata de rostros que me recuerdan que enfrentarme con la realidad día a día no sofoca las preguntas últimas que me animan, sino que las hace más vivas».
También Tommaso - de Roma - subraya la importancia de comprometerse en los diversos órganos escolares para defender la libertad de todos. Alude al trabajo que desarrollan dentro de la Consulta de los estudiantes. Para él y sus amigos ha supuesto reunirse con todos los chicos que participaban y luchar para que este organismo garantice a todos los que trabajan en la escuela la libertad de ser y de realizar iniciativas.
Al final, Cecilia - de Varese - relata cómo, saliendo de las estrechas redes del debate ideológico, invitó a sus compañeros a expresar qué escuela deseaban. La mayor parte de los estudiantes quieren una escuela libre, donde se pueda elegir entre las diferentes propuestas culturales y pedagógicas de los profesores y donde la persona y sus preguntas sean el centro de la vida escolar. De aquí surgió el “Manifiesto de los estudiantes por la libertad” - que se ha propuesto a todos los estudiantes para que lo firmen - en el que se pide al ministro Berlinguer una mayor libertad de enseñanza.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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