La carta apostólica Rosarium Virginis Mariae con la que Juan Pablo II ha querido impulsar la antigua oración mariana, dirigida de manera especial a la familia, añade cinco nuevos misterios llamados `de la Luz´
«En su sencillez y profundidad, el Rosario sigue siendo todavía en este tercer Milenio recién comenzado una oración de gran significado, destinada a dar frutos de santidad. Éste se encuadra en el camino espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha perdido nada de su frescura original, y se siente impulsado por el Espíritu de Dios a “adentrarse en el mar” hasta pregonar al mundo que Cristo es Señor y Salvador, es “el camino, la verdad y la vida”». Con estas palabras, contenidas en la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, Juan Pablo II ha querido impulsar la antigua oración mariana, proponiéndola al pueblo cristiano, de manera especial a las familias, como camino para contemplar el rostro de Cristo, para recuperar la unidad de la familia, para pedir la paz en el mundo descompuesto por el terrorismo y las guerras. «Para dar mayor actualidad al impulso del Rosario - escribe Wojtyla - se suman algunas circunstancias históricas. La primera de ellas, la urgencia de implorar a Dios el don de la paz. (...) Al comienzo de un Milenio que ha empezado con la espeluznante escena del atentado del 11 de septiembre de 2001 y que cada día registra en muchas partes del mundo nuevas situaciones de sangre y de violencia, redescubrir el Rosario significa sumergirse en la contemplación del misterio de Aquél que “es nuestra paz”(...) Por tanto, no se puede rezar el Rosario sin sentirnos implicados en un compromiso concreto de servicio a la paz, con especial atención a la tierra de Jesús, muy probada y tan querida para el corazón cristiano. Idéntica urgencia de compromiso y de oración - continúa el Papa - emerge de otro aspecto crítico de nuestro tiempo, el de la familia, célula de la sociedad, cada vez más asediada por fuerzas disgregantes a nivel ideológico y práctico».
Al firmar la carta la mañana del 16 de octubre, vigésimo cuarto aniversario de su elección, el Papa proclamó «Año del Rosario» el que va de octubre de 2002 a octubre de 2003, y estableció un significativo «anexo» de cinco nuevos misterios, llamados «de la Luz», dedicados a los correspondientes episodios de la vida pública de Jesús. Juan Pablo II cuenta la importancia que el Rosario ha tenido en su vida: «A él le confié muchas preocupaciones, en él he encontrado siempre consuelo. Hace veinticuatro años, el 29 de octubre de 1978, apenas dos semanas después de mi elección para la Sede de Pedro, destapando mi alma me expresé de este modo: “El Rosario es mi oración predilecta. ¡Oración maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad”...». El Papa desbarata en pocas palabras las objeciones de determinada intelectualidad pos-conciliar, contraria a cualquier forma de devoción de la piedad popular, pero también invita a superar cualquier mecanicismo en su rezo. «El contemplar de María -escribe - es sobre todo un recordar. Sin embargo, es necisario entender esta palabra en el sentido bíblico de la memoria (zakar), que actualiza las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación. La Biblia es la narración de acontecimientos salvíficos, que tienen su cumplimiento en Cristo mismo. Estos hechos no son sólo un “ayer”, son también el “hoy” de la salvación». Por ello, Juan Pablo II propone añadir cinco nuevos misterios para rezar el jueves. Son el Bautismo de Jesús, las Bodas de Caná, el anuncio del Reino de Dios con la invitación a la conversión, la Transfiguración y por último la institución de la Eucaristía. El Papa sugiere que la enunciación de cada misterio del Rosario se siga de una breve lectura bíblica dedicada al hecho y que se fije la mirada sobre imágenes evocativas del propio misterio. «Enunciar el misterio - escribe en la carta - y quizás tener la posibilidad de contemplar una imagen que lo represente, es como abrir un escenario en el que concentrar la atención... Por lo demás, es una metodología que corresponde a la lógica misma de la Encarnación: Dios ha querido asumir, en Jesús, rasgos humanos. Y nosotros, a través de su realidad corporal, somos conducidos a tomar contacto con su misterio divino».
Don Giussani y los Misterios de la Luz
Los pasajes que se leyeron durante el rezo de los Misterios de la Luz subiendo la Santa Escalera hacia el Santuario de Loreto
1. El bautismo en el Jordán
«Estaban allí con la boca abierta y con los ojos abiertos de par en par para mirarle, para oírle, atentísimos. De repente, uno del grupo, un hombre joven, se marcha tomando el sendero que bordea el río para ir hacia el norte. Y Juan el Bautista, de improviso, con la mirada fija en él, grita: «¡He ahí el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo!»
El templo y el tiempo, p. 53.
Hay un primer gesto fundamental en la vida de la Iglesia que convierte al hombre en alguien inmanente al misterio de Cristo: es el Bautismo, el gesto con el que Cristo toma al hombre y le incorpora a sí mismo. (...) Una identificación que resulta determinante para la fisonomía del hombre, pues toca sus fibras más íntimas y lo transforma.
Por qué la Iglesia. La pretensión permanece, p.95
2. Las bodas de Caná
El milagro de las bodas de Caná (...) es una de las páginas más significativas del concepto que Jesús tiene de la vida: cualquier
aspecto de la existencia, incluso el más banal, es digno de entrar en relación con Él y, por consiguiente, de su intervención. Todo tipo de suceso es determinante, es decir, revelador (...) del hecho «Jesús», cuya acción en relación con el
hombre se realiza con una concreción extrema y detallada (...).
Los orígenes de la pretensión cristiana, p. 61.
3. El anuncio del Reino de Dios
«Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios» (Mc 1, 5). Cada día de nuestra vida, cada instante, cada paso de nuestro camino evoca esto. Porque se ha cumplido el plazo, porque todo lo que se puede decir se ha dicho, todo: que «no sólo de pan vive el hombre», que la realidad no es la apariencia, que la realidad es Cristo, la palabra salida de Dios.
Homilía de Cuaresma 1970 inédito
4. La Transfiguración
El instante del tiempo tiene significado como retorno de Cristo, y ese día será el día de la gloria; pero todo instante es el instante de la gloria, y la gloria de Cristo en el instante es la transfiguración del contenido del instante, es la transfiguración que acontece en lo que hacemos. Esta transfiguración es la verdad de lo humano, es la verdad de lo que hacemos, origen de una humanidad distinta.
Toda la tierra desea ver tu rostro, p. 36
5. La institución de la Eucaristía
Todo lo que nosotros somos clama a Dios en la oración que ocupa el centro de la misa: todo debe convertirse en cuerpo y sangre de Cristo, en parte del misterio de Cristo que ya ha liberado al mundo con su muerte y resurrección y que confiere a nuestras acciones la posibilidad de colaborar en esa liberación. Todo el mundo tiene necesidad de nuestra fe, de que nuestra vida cambie por la fe, de que se convierta en muerte y resurrección de Cristo operante en la historia.
Para vivir la liturgia: un testimonio, p. 28
Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón