El testimonio de Carlo Wolfsgruber, uno de los responsables de los Memores Domini, durante las vacaciones de verano de los adultos de CL. Comunicamos lo que somos y a quién pertenecemos. Formigal, 29.08.02
No puedo comenzar sin disculparme por no hablaros en español como me gustaría. Os obligo así a hacer un esfuerzo mayor del que deberíais en unas vacaciones. En cualquier caso, os hablo con gusto, porque siempre que reflexiono sobre mi encuentro con el Movimiento, comprendo algo más de lo que me ha sucedido. Cuando tengo que hablar de ello, cito a menudo una frase que todos conocéis de memoria, la que el retórico romano Vitorino pronunció ante el Senado que le acusaba de ser cristiano. El último gran orador romano comenzó su autodefensa con esta frase: «Desde que encontré a Cristo me descubrí hombre».
Desde que encontré a Cristo
Conocí el Movimiento hace cuarenta y cinco años, cuando la mayoría de vosotros no había nacido, y así sintetizo la impresión que tuve desde el primer momento: «Desde que encontré a Cristo me descubrí hombre». Digo desde que encontré a Cristo, porque yo nunca tuve la impresión de haber encontrado a un grupo. Aún siendo un grupo pequeñísimo, de veinte o treinta personas, yo no tenía la impresión de haber conocido a un grupo, sino de haber encontrado a Cristo. Ciertamente esta frase describe de tal modo mi experiencia con el Movimiento, que lo que me sucede la renueva continuamente. Hablando con un grupo jóvenes de diecisiete años en una clase de química, poco después del 11 de septiembre, cuando Il Corriere della Sera, el principal periódico italiano, publicó en primera página un artículo de Francesco Merlo que escribía que las guerras religiosas se introdujeron en la historia precisamente por las grandes religiones monoteístas, me dirigí a los chicos diciéndoles: «Un católica debe responder a esta provocación». Se suscitó una discusión encendida, aunque puesto que tenía que impartir química, les invité a debatir conmigo después de clase y algunos aceptaron. Les dije que la disyuntiva era radical: o Dios es una idea o es una experiencia. Y que esto hasta tal punto es verdadero que, a mi juicio, se puede decir sin temor que los cristianos no son los que "creen" en Cristo; dejé la frase en suspenso por unos segundos, viendo en sus caras una mezcla de curiosidad y de susto. Y son cristianos. Después concluí la frase diciendo que uno es cristiano no porque cree en Cristo, sino porque ha encontrado a Cristo. El cristiano es un hombre que ha encontrado a Cristo, y esto describe realmente la impresión que tuve cuando encontré el Movimiento. No lo entendía de esta manera, no habría sabido decirlo como ahora, era una percepción confusa que, sin embargo, no ha dejado nunca de incrementarse. Tras cuarenta y cinco años he de decir que sigue haciéndose más clara. De pronto tuve la sensación, me acuerdo bien, de que nosotros, que habíamos conocido a don Giussani y que nos veíamos con él durante y después de clase, éramos gente que portaba consigo el secreto del mundo. Si leéis el libro de Massimo Camisasca, la impresión sintética de los primeros capítulos es esta. Y se vivía cotidianamente. No se trataba de una religión, sino de algo que tenía que ver con el significado de la vida y del mundo. ¿En qué consistía este secreto? Consiste en el hecho de que Cristo vive. Jesucristo, el hombre de Nazaret, el hombre de Juan y Andrés, es un hombre que está vivo. Era como si tuviéramos una conciencia muy viva de que a nosotros se nos había transmitido este secreto; un hombre al que todos creían muerto estaba vivo; y no sólo, sino que este hombre vivo era el significado de todo. ¡Cuántas veces he podido constatar sucesivamente a lo largo de estos años, en muchos amigos del movimiento, incluso en los Memores Domini, pero sobre todo en mí, la tentación de que esto fuera sólo un modo de hablar! No puedo dejar de reconocer que siempre se ha producido en mi vida una reanudación, cuando esta tentación ha sido barrida por algo evidente que documentaba de forma inexorable a mis ojos, en mi experiencia, que Cristo está presente.
Ya desde el principio -quiero dejar claro que yo no soy un nostálgico de los comienzos, porque el Movimiento tal y como es hoy me gusta mucho más; no hay ni rastro de nostalgia, más aún, la memoria del encuentro me hace más agudo a la hora de reconocer el presente-, el Movimiento estaba lleno de iniciativas. Florecían de día en día, cada vez más, y muchas veces se convertían en iniciativas de toda la comunidad porque partían de la pasión de cada uno de los que llegaba. Desde aquel momento, me quedó claro que yo no sé muy bien qué es el Movimiento, no sé bien en realidad qué son los Memores Domini. En nuestra compañía y en los Memores Domini, es el último que llega quien me dice qué es el Movimiento, porque me lo enseña con su humanidad tocada por Cristo.
Si hasta ayer no hablábamos nunca de teatro, hoy llega una chica que tiene pasión por él y todos nos interesamos por el teatro y éste se convierte en una pasión para la comunidad. Entonces fue literalmente así. Cuando llega alguien nuevo, tengo curiosidad por ver cómo será la imagen que el Movimiento adquiere a través del recién llegado. Si lo pensáis un minuto, es una pequeña señal de que efectivamente no se trata de un grupo, sino de una vida que se dilata.
Entré en el Movimiento en 1957, y don Giussani había comenzado a dar clase en el Liceo Berchet en 1954. Éramos treinta o cuarenta como mucho, y puesto que no había nada que sucedía que no fuera motivo de interés, se emprendían multitud de iniciativas. Las iniciativas no nacían como consecuencia del hecho de que fuéramos cristianos, no eran nunca algo que había que hacer porque éramos cristianos. Se trataba siempre de propuestas educativas para reconocer a Cristo vivo y presente. En lugar de ser una aplicación, una consecuencia de la fe, las iniciativas era una propuesta para reconocer, y por tanto comprobar, que Cristo está vivo. Por ello jamás tuve la sensación de estar en relación con un grupo.
Me acuerdo que a mis dieciséis años, hijo de una familia burguesa, con cierta buena educación, cambió inmediatamente la mirada que tenía hacia los demás, porque a mí se me había revelado un secreto que les interesaba a ellos y que, pobrecillos, no lo sabían. Surgió en mí una compasión y una ternura de un día para otro. Por lo que, a los dieciséis años, habiendo encontrado a Cristo, de repente me encontré ante el mundo. Y no era en absoluto un interés que yo tuviera antes, pero me di cuenta de que era un interés de mi corazón. Este es uno de los puntos más claros de mi experiencia de los comienzos.
«Desde que encontré a Cristo me descubrí a mí mismo como hombre». Me acuerdo de una vez que estaba con un amigo de mi edad, y alguien más nos estaba preguntando sobre estas cosas. Este amigo decía: «Sí, es verdad. Esta era una de las frases preferidas por don Giussani: "Desde que encontré a Cristo me descubrí más hombre"». Pero don Giussani no decía "más hombre", sino "hombre". Esto es muy importante, porque en mi experiencia marca la diferencia. De hecho, con Cristo las cosas humanas por fin se vuelven humanas. El hombre se constituye a sí mismo en la relación con cristo, en el encuentro con su presencia, porque la naturaleza del hombre es ciertamente dese de felicidad, pero es Cristo quien la salva. Lo que me restituye mi humanidad no es algo que haga yo o fruto de un trabajo que realice de un cierto modo. Ni siquiera el hecho de que tenga mujer, o hijos. Me conmueve a mí, que ya soy viejo, veros a vosotros, padres de treinta o cuarenta años, con vuestros hijos, pero no tenéis que espera de ello vuestra humanidad: es de Cristo, porque sólo en Cristo uno se conoce a sí mismo. Se conoce como razón, como libertad y como afecto, es decir, conoce su propia humanidad. Después, lo expresa con su mujer, los hijos y en el trabajo, ciertamente; las relaciones e convierten en el lugar donde uno, reconociéndose a sí mismo, verifica la presencia de Cristo y le da a gloria como el que posibilita que el hombre sea hombre.
Me interesa mucho esto, porque uno no es hombre hasta que llega a tener conciencia de sí mismo como destino. Es la característica propia de lo humano, la percepción de sí como destino. Y la conciencia de sí como destino irrumpe en mí todas las veces que acontece el encuentro con Cristo. Mientras que decir "me descubrí más hombre", implica que hay una humanidad que precede el encuentro. Mi humanidad precede a Cristo sólo en un sentido: Cristo me desvela quien soy y me hace ser lo que yo no sabría ser y, sin embargo, soy. Tantas pretensiones y desilusiones respecto al trabajo, la mujer, el marido y los hijos, surgen porque les pedimos algo que no pueden darnos. En cambio, ellos tienen derecho a esperar tu humanidad, que actúa como razón, libertad y afecto hacia ellos, y tú a no pretender de ellos.
Seguir siempre
Todo esto tiene un reflejo muy concreto. Bastantes años después de haber conocido el Movimiento con dieciséis años -tuve esta intuición catorce años después, desde entonces han pasado otros setenta, pues tengo prácticamente cien-, más o menos hacia los treinta años, recuerdo que pensé: «pero yo, ¿tendré que seguir a otro siempre?». Me encontraba en el umbral de la madurez, «¿también después tendré que seguir?». Había observado que un amigo mío, que era una persona muy comprometida mientras yo era más bien perezoso y para mí el compromiso suponía una dificultad, concebía la acción como un quehacer suyo. Espero que no sea una autojustificación, pero yo me di cuenta que, si Dios se hizo hombre y está presente, es decir, si Cristo no está muerto, sino que vive porque ha resucitado, entonces ¿qué es la acción para el hombre? La acción del hombre puede ser sólo una: reconocerlo, darse cuenta. No fue un hallazgo mío; caí en ello porque desde el primer día se me propuso así: cualquier iniciativa en el Movimiento era una propuesta para reconocer a Cristo, era una educación. No hay que oponer el reconocimiento a la acción, porque reconocer es la madre de todas las demás acciones. Viendo a este compañero de mi edad, muy comprometido, inteligente, me entró una duda: «Este piensa que ahora está siguiendo, y que me está dando ejemplo de lo que quiere decir "seguir"». Pero me parecía que, casi sin decirlo, esperaba el momento en que podría decir: «Ya me lo he aprendido todo». Y cuando hubiera aprendido todo, entonces le tocaría a él, se quitaría un peso de encima y se emanciparía, como dirían los romanos. Y yo pensé «No. Yo quiero seguir siempre». Porque, reflexionaba: «si yo me quiero expresar no puedo esperar a después, a cuando me haya emancipado, por decirlo de alguna manera; tengo que jugarme ahora toda mi expresividad, no la puedo remitir al mañana». Descubrí que seguir es el fondo de la expresión humana. Porque el fondo de la expresión humana es la petición de que Cristo se manifieste. Estoy realmente contento de haberlo comprendido, porque me repugnaba la idea de no ser yo mismo mientras seguía a otro. Comprendí que toda mi inteligencia, libertad, sensibilidad e inclinaciones, todo lo que soy, lo que me gusta y toda mi historia, "todo" se ponía en juego en el seguir. Ojalá Dios me conceda siempre la gracia de realizar este seguimiento como la obra maestra de mi vida.
La comunión
Os decía que Cristo, el secreto del mundo, vive y está presente, pero ¿dónde está presente? ¿Cómo lo está? ¿Cómo puede suceder para mí el impacto que me lleva a reconocerlo? "Reconocer" es un verbo que me gusta muchísimo y que utilizo casi como sinónimo de otra expresión que es "darme cuenta". ¿Dónde puedo darme cuenta de Cristo presente? Aquí ciertamente se abre toda una perspectiva que nace de la palabra comunión. Este cuerpo misterioso - sabéis mejor que yo qué es la comunión -, es el cuerpo misterioso de Cristo que continúa en la historia. Entonces, estos que Él me ha dado no son el lugar donde aplico las consecuencias de la fe, por ejemplo, tratando bien a los demás. Si son los que Cristo me da, son el lugar donde yo reconozco a Cristo, no donde aplico un reconocimiento que doy por descontado. El Movimiento, la compañía según el orden de la vocación, no son los lugares donde debo aplicar las consecuencias éticas del hecho de que Cristo existe y así su presencia se concreta. Son mucho más, son los lugares donde se me hace posible reconocerlo presente. Nuestra compañía se concreta porque Él está presente. Cristo es quien hace concreta a la compañía que me rodea. Y pido al Espíritu Santo que me conceda tal cambio de perspectiva, que me identifique con don Giussani, porque evidentemente se trata de cierto modo de mirar que tiende a tomar conciencia de todos los factores.
Lo que se nos dice aquí no lo oímos en ningún otro sitio. Como somos tratados aquí, con un respeto y una veneración por la libertad de cada uno, no se da en ningún otro lugar. En nuestra compañía suceden milagros que son inexplicables, como el cambio de las personas - y quizá incluso de la mía -, que no se explican sin Cristo presente.
El verdadero problema es que uno no se da cuenta. Para darse cuenta ay que mirar; y para mirar hay que mirar con los ojos de otro. Uno por sí sólo no puede darse cuenta. "Comunión" es una palabra que me gusta mucho porque indica realmente una relación en la que tú y yo estamos juntos, un cuerpo que constituimos los dos. La presencia de Cristo en la historia hoy eres tú, pero también tú junto a mí, y estoy yo también. La comunión entre nosotros se expresa en la famosa frase que ya custodia nuestra memoria «Non horruisti virginis uterum», porque estas extrañas que el Misterio no ha aborrecido son las tuyas y son las mías, porque Dios no ha aborrecido implicarse con tu humanidad y con mi humanidad. Todas las veces que te veo, a ti que has sido llamado como yo al movimiento, a esta compañía, a esta comunión, lo primero que se me viene a la cabeza no es «pues, ahora te tengo que tratar bien»; lo primero que pienso es que Dios no ha sentido asco de mí. Porque parece absurdo que Dios se implique con el hombre. La comunión dice exactamente lo contrario, es un hecho que afirma lo contrario, y no hay a nada más conmovedor. Ningún factor cambia más la conciencia de uno mismo. La comunión es precisamente el perdón y la misericordia, porque de otra manera sólo se tiene una concepción abstracta de lo que es. La comunión es el lugar de la experiencia de la misericordia de Cristo, aún antes de la misericordia de los hermanos, que también está. El primer síntoma de qué es la comunión es una valoración del propio yo; de mi yo junto al tuyo. Así lo que podría parecer un límite es una exaltación del yo. Y por tanto, la segunda consecuencia inmediata de la percepción de la comunión es que en tu corazón florece de modo imprevisto el amor al mundo. Esta es la responsabilidad. Porque la responsabilidad quiere decir que no sucede nada que no sea un paso a tu destino, por lo que la responsabilidad hacia tu mujer y tus hijos es que tú les reconozcas y les trates como pasos hacia tu destino. Y la reciprocidad es que yo, reconociéndote así, te querría conmigo para siempre, porque yo te necesito; no es "qué debo hacer por ti", de manera que luego tú debas recompensarme. En el encuentro con Cristo el hombre es ya sujeto completo, y todo lo demás es camino y verificación.
La fidelidad
Para concluir, un cuarto paso. Creo que sin duda he sido uno de los peores "cielinos" de la historia, porque me hartaba de las iniciativas, me apetecía irme al teatro, y siempre tenía algo que decir de los demás. Pero esto me dio la posibilidad de entender que mi verdadera suerte no ha sido adherirme con entrega y entusiasmo - aunque creo que quien se adhiere con generosidad y entusiasmo es afortunado -, sino que la verdadera fortuna que hasta ahora Dios me ha concedido y espero siga concediéndome, es la fidelidad. Se puede ser fiel aunque esté uno lleno de gruñidos, protestas y quejas.
De tal modo que si viniera alguien y me dijera, «nada te parece bien, ¿por qué no te vas?», yo le diría en seguida: «¿Irme yo? ¿Estás loco? Nunca he encontrado nada como esto». La fidelidad es una gracia muy grande. ¿Sabéis por qué? No es tanto la fidelidad a la compañía, a la palabra dada. No. La fidelidad es a tu experiencia: tú estás lleno de quejas, pero si te vas arrancas algo de ti, de tu experiencia. Y, con el tiempo, ese aspecto de tu experiencia que no pierdes, que no tiras por la borda, que es el aspecto de correspondencia por el que has empezado, vence. No tengáis miedo. No sólo vence: vence y sigue venciendo, de tal manera que a los sesenta años se puede tener más esperanza que cuando se tenían treinta. Y no es el único motivo por el cual soy más entusiasta del Movimiento que hace cuarenta y cinco años.
Con esto acabo. Os he dicho muchas cosas, pero todas ellas, todas, estaban dentro de mi experiencia al inicio. Se me dijeron todas ellas desde el principio. Os repito que no entendía nada, verdaderamente no entendía; lo único que había comprendido era que algo así no lo encontraría en ningún otro lugar. Tanto es así que, en la primera clase de don Giussani en la escuela, él era profesor de religión, siendo yo medio ateo y pensando que la religión era cosa de mujeres pues ningún hombre podía tener el problema de Dios, me sorprendí a mi mismo diciendo: «Haz que yo no pierda a este hombre». Y yo le doy gloria a Cristo porque ha hecho que lo perdiese.
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