Publicamos el editorial del semanario Alfa y Omega del 6 de junio, como ejemplo de un juicio contingente pero que parte de la pertenencia a la Iglesia y, por tanto, respeta su naturaleza propia, lo cual permite comprender mejor los hechos y ser libres de la presión mediática que parece imponerse a la opinión pública
Decir con honradez y libertad la verdad de lo que se piensa es, sin duda, la más alta demostración de respeto verdadero y de caridad cristiana, y la más noble forma de auténtica libertad. Desde este respeto verdadero está escrito - y así, por tanto, debe entenderse - este comentario editorial sobre la Carta pastoral Preparar la paz firmada por los cuatro obispos de las tres diócesis vascas.
No por reiterado se hace innecesario insistir en que cuatro obispos que escriben bajo su exclusiva responsabilidad, no son la Iglesia; ni siquiera la Iglesia en España; ni siquiera la Iglesia en Vascongadas. Tampoco lo son, desde luego, 358 sacerdotes, que representan entre el cinco y el diez por ciento del presbiterio de esas diócesis. Es más que probable que los cuatro obispos, sabedores del manifiesto político que preparaban esos 358 sacerdotes, pretendieran adelantarse y evitar el escandaloso y negativo impacto de un escrito nacionalista a ultranza firmado por sacerdotes; adelantarse hubiera sido un acierto, si hubiera sido un acierto lo que se decía en el texto del adelanto. Pero, tristemente, no ha sido así. Se trata de un texto poco afortunado y, ciertamente, no oportuno, que no facilita en absoluto la paz ni el diálogo que dice buscar y promover.
Sin hacer el menor proceso de intenciones, sino limitándonos a la pura objetividad, es de justicia reconocer que en la Carta pastoral de los cuatro obispos de las tres diócesis vascas hay, sin duda, elementos positivos plenamente compartibles, que el propio sesgo de los no compartibles ni positivos ha hecho pasar a segundo término en la no excesivamente matizada ni equilibrada, pero sí previsible, reacción de la opinión pública mayoritaria, eclesial y social.
No por reiterado se hace innecesario insistir, sobre todo a la vista del empecinamiento más o menos interesado de determinados medios, en que la Conferencia Episcopal no manda - hablando en plata y para que todo el que quiera entender entienda - sobre cada obispo de cada diócesis, que en ella es la máxima autoridad. Pero tampoco está de más recordar que cada obispo, al mismo tiempo que lo es de su diócesis, lo es de la única Iglesia universal, formando parte del Colegio episcopal cuya cabeza es el Papa, como una vez más nos ha enseñado el Concilio Vaticano II. En esta comunión colegial deben actuar, y nada tiene de extraño la gran perplejidad que en el pueblo causa el no hacerlo así, máxime cuando se abordan cuestiones altamente polémicas de orden temporal y político, sobre las que un obispo, como cualquier otro ciudadano, tiene el mismo derecho a opinar que los demás a no compartir su opinión.
Todo lo que no une, divide, y en este documento hay, lamentablemente, afirmaciones sorprendentes no propias de una Carta pastoral, que, en primer lugar, en sí mismas no responden a la verdad histórica ni social, y que, además, van contra el sentir unánime de una gran mayoría de los ciudadanos de una sociedad global, incluidos los del propio pueblo vasco, al que más directamente va destinada la Carta pastoral. Las afirmaciones sobre «las sombrías consecuencias» que hipotéticamente podría producir la ilegalización de lo que es todo menos un partido político responsable, no se sostienen, no están probadas, no son de recibo; mucho menos «sean cuales fuesen las relaciones existentes entre Batasuna y ETA». Osadas afirmaciones basadas en «voces autorizadas» como Amnistía Internacional resultan preocupantes, aunque no tanto como la ausencia en el texto de referencias ciertamente ineludibles y de justicia.
La Iglesia y la comunidad política tienen cada una su propio ámbito de expresión, y nunca ha sido más fructífera la influencia recíproca, y la de ambas en el tejido social, que cuando se ha mantenido cada una en su autónomo y legítimo ámbito, a favor, conjuntamente, del bien común. Tomar partido en una cuestión que divide, no ya a la sociedad, sino al pueblo cristiano en la tierra vasca, es un error grave, porque confunde la fe del pueblo, hiere sensibilidades legítimas muy profundas, merma la credibilidad de la Iglesia y duele mucho.
Se hace más que oportuna la reflexión que, desde Cristo y desde la oración, hizo el cardenal arzobispo de Madrid en su homilía del Corpus Christi: «¿Cómo vamos a avanzar en la erradicación definitiva del terrorismo si no es por la vía de vidas transformadas por el compromiso sacrificado con el amor de Cristo, empeñadas en crear un ambiente personal y social donde no quepan ni el odio de los que matan, ni el de los que los inducen y apoyan? Cuando se ofrece la vida en la Eucaristía, se está en disposición de rodear con cercanía cálida y con protección constante a los amenazados por el terrorismo y de compartir compañía fiel con sus víctimas, orando constantemente por ellas. Entonces es cuando no se pierde la esperanza de que un día no lejano se conviertan los jóvenes protagonistas del terrorismo: de que haya verdaderamente paz.
Son las más responsables y sensatas reflexiones de cara a un futuro ante el que están sobrando excesos, reacciones desmedidas e injustas, peticiones de imposibles a quienes no las pueden satisfacer y escalada de palabrería irresponsable y de hipócritas gestos para la galería que distorsionan la realidad. Respeto verdadero, libertad auténtica, amor cristiano, oración, sensatez, prudencia, equilibrado discernimiento y búsqueda del bien común es lo único que se impone. Y pedir y otorgar perdón por el pecado.
Un obispo extraordinario, el cardenal Wiszynsky, guía y maestro de nuestro Juan Pablo II, halló de un modo luminoso la respuesta: «Esta noche he comprendido bien - escribe en su diario de la cárcel a la que fue sometido por el terror comunista, tras haber sufrido de sus carceleros, más que otros días, el maltrato y la humillación - que los seres humanos se dividen en dos: los que son mis hermanos, y los que todavía no saben que lo son». Esta luz nueva, la del Evangelio de Jesucristo, tiene en realidad más fuerza para generar la justicia y la paz verdaderas, que todas las estrategias políticas habidas y por haber. El dolor de nuestra querida tierra vasca está más que nunca necesitado de esta medicina que, lejos del falso diálogo que, buscando términos medios imposibles, rebaja, dejándola sin valor alguno, la verdad de la fraternidad entre los hombres, tiene el coraje de mostrarnos el genuino rostro del hombre, el nuestro y el de todos y cada uno de los seres humanos.
Para profundizar en "La conciencia cristiana ante el terrorismo", proponemos la lectura del texto íntegro del Epílogo de La Iglesia frente al terrorismo de ETA, de mons. Fernando Sebastián, Arzobispo de Pamplona. A continuación un extracto significativo (cf. Huellas, enero 2002)
Esta situación le ha permitido camuflarse dentro del mundo nacionalista y le ha hecho disfrutar de una cierta indulgencia por parte de muchas personas honesta, enemigas de la violencia, que, por sus sentimientos nacionalistas no se decidían a juzgar a ETA como un fenómeno del todo negativo, manteniendo siempre la esperanza de que el buen sentido y las afinidades políticas terminarían por atraer a los más radicales a la unidad de la familia nacionalista una vez superadas las tentaciones y espejismos de la violencia. Hasta ahora no ha sido así. Y es muy poco probable que alguna vez llegue a ocurrir. Sin embargo, esta esperanza explica algunas cosas que desde fueran son difíciles de comprender.
Ante la presencia persistente del terrorismo, el nacionalismo democrático se encuentra en la obligación moral de formar un frente común con las demás instituciones democráticas del Estado para luchar eficazmente contra ETA. En el momento actual ésta es la primera obligación política de todos los cristianos y de todos los ciudadanos honestos y justos, estén donde estén y sean lo que sean. No se trata sólo de una obligación democrática, sino de una obligación moral, de una exigencia fundamental de la moral política más elemental.
El magisterio y la autoridad de la Iglesia sólo llegan hasta donde llegan las exigencias morales. Es evidente que estos objetivos de la convivencia y del respeto a la libertad se pueden conseguir de distintas maneras y por procedimientos diferentes. Nada tiene que decir la Iglesia sobre ello. Basta con recomendar y exigir a quienes quieran escucharla que todo se haga con respeto a la verdad histórica, a la libertad real de los ciudadanos y al servicio sincero del bien común, sin exclusiones ni discriminaciones, sin recurso alguno a actuaciones ilegales o violentas.
Es cierto que hay que luchar eficazmente contra ETA, es cierto que hay que garantizar eficazmente los derechos fundamentales de los ciudadanos y es cierto que esto requiere la derrota policial de ETA. Peor también es cierto que la paz y la justicia no llegarán del todo mientras no haya una voluntad política eficaz de encontrar una respuesta razonable a las pretensiones más o menos independentistas de la mitad nacionalista de la población vasca.
Ellos no pueden imponer sus ideas a los demás por la fuerza. Pero tampoco sería justo no tenerlas en cuenta de ninguna manera. Esta es la dificultad real, la verdadera cuestión política, que no quedó del todo resuelta en la transición democrática y que está esperando la buena voluntad y la habilidad de nuestros políticos para ultimar el establecimiento y la consolidación de las instituciones democráticas en las entrañables tierras españolas de los vascos. La Iglesia no puede decir cómo tienen que ser esas soluciones. Sólo dice que son necesarias, que son también posibles y que tienen que tener en cuenta los derechos verdaderos de todos los ciudadanos, teniendo en cuenta los vínculos históricos y reales de convivencia entre todos los vascos y de los vascos en España entera. Puede ser necesaria la represión policial y penitenciaria, porque la sociedad tiene derecho a defenderse. Pero la solución definitiva sólo vendrá por el camino del diálogo y del entendimiento entre las fuerzas políticas verdaderamente democráticas y deseosas de establecer la paz con amplitud de miras, respetando las opiniones y los derechos de todos, buscando puntos de encuentro y de interés común, sometiendo los puntos de vista particulares y contrapuestos al bien común y al provecho de todos. En más de una ocasión, y desde todo los puntos de vista, será preciso recurrir no sólo a la justicia, sino también a la magnanimidad y al perdón.
Además de educar y rezar, la Iglesia y los cristianos podemos y debemos hacer otras muchas cosas. Podemos manifestarnos, crear opinión pública, formar dirigentes sociales y políticos para el día de mañana, apoyar a los que luchan de verdad contra el terrorismo, estar cordialmente con las víctimas, apoyar y acompañar a las familias que han padecidos los zarpazos del terrorismo, visitar a los familiares de los presos y a los mismos presos de ETA. Ellos son también víctimas del terrorismo, víctimas de sus propios sentimientos y a veces de su propia organización. En más de una ocasión he podido hacer revisión de sus convicciones y de sus actuaciones con alguno de ellos. Es preciso estar con los más directos protagonistas de esta guerra para ver sus verdaderas dimensiones, la gravedad de las distancias psicológicas y de la dificultad de entendimiento que se da entre personas que viven materialmente muy cerca unas de otras. Hay que estar con las familias de los asesinados. Muchas veces he pensado que no se percibe la verdadera monstruosidad del terrorismo hasta que no se vive de cerca el dolor y el sufrimiento de una de estas familias heridas por la muerte injusta de un asesinato. Habrá que trabajar mucho hasta recuperar la claridad y la confianza entre los diversos sectores de una sociedad tan dividida y enfrentada como la nuestra.
PARA SABER MÁS: Fernando García de Cortázar
Historia contemporánea del País Vasco: de las Cortes de Cádiz a nuestros días
Txertoa, San Sebastián, 1995
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