Un barrio de Nueva York se detiene ante el paso de la Cruz. El Vía Crucis que ha cruzado el puente de Brooklyn, terminó a pocos metros de la Zona Cero. El saludo del alcalde a los cerca de tres mil participantes y el testimonio de un representante de los bomberos
Tráfico caótico, como siempre. Gente atareada, sirenas ensordecedoras, taladradoras en la obra en la que se reconstruye un pedazo de ciudad destruido por los terroristas. Primera hora de la tarde de un viernes laboral en Manhattan, rostros frenéticos y cansados que cuentan las horas para huir y refugiarse en la nada del fin de semana. De repente aparece una Cruz de madera, seguida por centenares, miles de personas en silencio. Una imagen desconcertante, como debió resultar la de Cristo cuando subía al Gólgota una mañana, hace 2000 años, en Jerusalén.
Esta vez la Cruz no se limita a cruzar el puente de Brooklyn, como lo hizo cada Viernes Santo los seis años precedentes. Este año se introduce en el corazón de la ciudad, reclama la atención del alcalde Michael Bloomberg, que escucha las notas insólitas del Crux fidelis bajo las ventanas del ayuntamiento y sale para dar las gracias por el gesto. Prosigue su camino ese pedazo de madera de apariencia frágil, pasando de las manos de Jonathan a las de un bombero, y apunta directamente al cráter de la Zona Cero, la herida abierta en medio de la capital financiera del planeta. Siguen la Cruz 2.500, quizá 3.000 personas, tantas como las fallecidas aquel 11 de septiembre en el ataque terrorista. Cruz y Resurrección. El tráfico se para, familias de turistas piden un ejemplar del cancionero y se unen a la procesión, mientras la policía mira estupefacta el orden silencioso de esa extraña multitud que se insinúa en las calles más antiguas de Nueva York, a dos pasos de Wall Street y de Broadway. «Con algunos kilos de madera y hierro - escribirá al día siguiente en un amplio reportaje en el The New York Times, tratando de dar un sentido a la presencia de la Cruz en un contexto como este -los participantes esperan haber podido aliviar un poco el incomprensible peso emotivo provocado por el acero retorcido, por el cristal y el cemento del lugar en el que se levantaba el World Trade Center».
John, el bombero
En realidad, la provocación ofrecida por la Cruz y por la presencia de los miles de personas que recogieron la propuesta de la comunidad del movimiento en Nueva York era mucho más profunda. Con palabras sencillas la explicó el bombero John Bartlett, del Engine 167 de Staten Island, frente a una selva de micrófonos de la televisión cuando le preguntaban qué había experimentado al llevar aquel madero hasta el lugar en el que habían muerto 343 de sus colegas. «La vida, la muerte y la resurrección de Cristo - dijo el bombero John- son la esperanza de toda la humanidad y son igual de reales que la caída del World Trade Center. No podemos demostrarlo científicamente, es una cuestión de fe, pero yo sé que es tan real como el derrumbamiento de esos rascacielos. Es una realidad».
El séptimo Vía Crucis neoyorquino de CL parece indicar las seis ediciones anteriores casi como una preparación para llegar a un momento extraordinario, en la Pascua más difícil que la ciudad y el mundo entero han vivido desde hace años. Los signos de lo que iba a suceder el Viernes Santo se veían ya en las semanas precedentes. Muchas llamadas a la sede del movimiento, adhesiones, incluso agradecimientos anticipados de familiares de las víctimas del 11 de septiembre, que habían visto carteles y manifiestos distribuidos en iglesias y lugares públicos. La decisión de prolongar el recorrido tradicional para llegar hasta la iglesia de st. Peter, al lado de la Zona Cero, ha impresionado y conmovido a muchos y ha atraído más de lo habitual la atención de los medios de comunicación y de las autoridades de la ciudad.
¿Quiénes sois?
Cuando la procesión arrancó de la catedral de St. James, en Brooklyn, acompañada de un sol inesperado y sobrevolada por un helicóptero de la policía, se hizo inmediata la percepción de estar tomando parte en un evento que dejaría marca en muchos corazones. Banderas de los bomberos, de la policía y de la Autoridad Portuaria - la agencia ciudadana que tenía como sede le World Trade Center - se mezclaron con familiares de las víctimas y con gente corriente llegada desde muchos puntos de la ciudad y de fuera. Un autobús del "Southold Fire Department" trajo a algunas decenas de personas desde la zona más alejada de Long Island. Llegaron coches de New Jersey, Conética y Pennsylvania. Cuando poco después aparecieron cuatro autobuses llenos de fieles que traía don Luca desde Massachusetts, los operadores de muchas cadenas televisivas que estaban frente a la basílica de Brooklyn, con los ojos como platos, preguntaron: «Pero vosotros, ¿quiénes sois para lograr organizar algo así?».
El coro, dirigido por Chris Vath y Cas Patrick, se convirtió de repente en el aglutinante que unió en oración a la larguísima serpiente humana que, siguiendo a Jonathan y al obispo auxiliar de Brooklyn, monseñor Ignatius A. Catanello, se dirigió hacia el más antiguo y amado de los puentes de Nueva York.
Cuando la Cruz alcanzó el primer pilar, la cola de la procesión estaba todavía en la rampa de acceso al puente, cientos de metros más atrás.
«La última vez que un grupo tan grande de personas había atravesado el Puente de Brooklyn a pie, hace poco más de seis meses, sucedía por un éxodo de pánico», señalaba el New York Times. La huida atemorizada de la nube de polvo y muerte de Manhattan, en otra mañana soleada, volvía a la mente a cada paso que se daba en la dirección opuesta a la de aquella muchedumbre de septiembre.
Frente al Ayuntamiento
Sobre el pilar, con los coches que pasaban como flechas bajo la pasarela peatonal, mientras los megáfonos hacían resonar el Stabat Mater y las palabras de Péguy, el vacío en el cielo donde en otros tiempos estaban las Torres Gemelas apareció de forma dolorosa como trasfondo de la Cruz. Muchos pensamos en la imagen del Vía Crucis de 2001 que apareció hace algunos meses como portada de Huellas.
La estación en el segundo pilar tuvo que ser eliminada para cumplir el horario previsto, descabalado desde el principio a causa de la gran participación. A ritmo de maratón, la procesión alcanzó la segunda orilla del East River y se detuvo en una gran plaza frente al ayuntamiento de Manhattan. La Cruz se detuvo en el centro vital de la ciudad, en una de las horas de mayor tráfico y actividad. Atraídos por la multitud y por una megafonía potente, decenas de personas se detuvieron para seguir cantos y meditaciones y muchos decidieron unirse.
Acompañado por un séquito de colaboradores y policías, el alcalde Bloomberg, un judío que en enero sustituyó al católico Rudolph Giuliani, salió de la verja blindada del ayuntamiento y se acercó discretamente al micrófono a los pies de la Cruz. Esperó en el silencio a que Naomi Flansburg terminase una de las lecturas, y después fue presentado a la gente por John Touhey (que durante horas se dividió entre el papel de lector y el de portavoz ante las cámaras).
Bloomberg recordó la importancia del periodo pascual para judíos y cristianos. «Este es un tiempo del año para mirar atrás, y es un tiempo para mirar hacia delante», dijo el alcalde. «Hace seis meses perdimos a 400 personas, hombres y mujeres que corrían en dirección opuesta a la sugerida por el instinto, hasta el interior de edificios en llamas, para salvar a otras 25.000 personas. Esto es el pasado. El futuro es lo que estamos tratando de construir en su nombre. Vuestro grupo - concluyó Bloomber - es un ejemplo del tipo de dedicación que tiene la gente de esta ciudad».
Después de la parada en el ayuntamiento, el Vía Crucis entró en su parte más compleja y conmovedora. Guiar a una multitud hacia la Zona Cero, sobre las aceras en obras de Manhattan, fue un desafío como para hacer temblar a cualquiera. Incluso la policía, disponible e increíblemente gentil, parecía perpleja. Ángelo y el grupo estudiado el recorrido y realizado inspecciones durante semanas, pero el resultado era difícil de prever, por un motivo muy simple: nadie había intentado antes hace algo parecido.
En las manos de Bartlett
Pero cuando la Cruz se puso en marcha, esta vez en las manos del bombero Bartlett, todo pareció sencillo y lineal. Superada la calle Broadway - que permaneció paralizada durante más de un cuarto de hora-, el oficial de policía que cerraba la procesión se acercó a uno de los organizadores y le pidió un cancionero: «Chicos, ¿sabéis que hoy habéis organizado aquí algo verdaderamente hermoso?».
Durante algunos centenares de metros, a lo largo de Church Street, la Cruz pasó junto a las obras de la Zona Cero. La procesión se dirigió al cráter del Worl Trade Center hasta donde era posible acercarse, y después entró en St. Peter, la iglesia católica más antigua de Nueva York (fundada en 1785). Un lugar lleno de significado. El 11 de septiembre, por ejemplo, los bomberos llevaron allí el cadáver de su capellán católico, muerto en la caída de la primera de las torres mientras bendecía a un muerto, y lo colocaron sobre el altar.
Frente a aquel altar y a una muchedumbre que abarrotaba toda la iglesia y las escaleras de fuera, el bombero Bartlett arrancó un aplauso infinito, explicando que si existe un significado en la tragedia que ha golpeado al cuerpo de bomberos, «está sólo en el elemento de sacrificio que tiene la muerte de aquellos hombres. Lo único que ha dado a aquellos eventos un significado ha sido su sacrificio, y nos permite compararlo con el sacrificio trascendente de la Cruz».
«Jesús ha experimentado todos los sufrimientos», dijo monseñor Catanello. «Mi muerte, tu muerte y la muerte de cualquier ser humano, ha sido experimentada por Cristo. Incluso la muerte de los que han fallecido en este lugar. Después de Cristo, la muerte no es la última palabra para el hombre».
Gracias a la megafonía instalada fuera de la iglesia, las dulces notas de Qui presso a te y las palabras de los pasajes de don Giussani llegaron hasta el interior de la vorágine de la Zona Cero, desafiando el ruido del tráfico y de las obras.
Pero don Giussani quiso estar presente incluso "en directo", llamando desde Milán al móvil de Riro, que dejó el coro y se lanzó fuera de la iglesia con el teléfono pegado a la oreja, seguido de algunos centenares de miradas asustadas...
Horas después, en Brooklyn, un grupo de amigos se preguntaba "en caliente" sobre lo que había sucedido. «Hoy, por primera vez, no nos hemos avergonzado de llevar la Cruz», sintetizaba Angelo. «Lo que hemos testimoniado ante el mundo, y que ha impresionado tanto, no es otra cosa que la relación que tenemos con Cristo».
La historia
M.B.
Una conversación con don Giussani, una idea que se convierte primero en un pequeño gesto y progresivamente en un evento de gran envergadura. Hasta llegar a los miles de personas del Viernes Santo de 2002 y a las palabras de algunas emisiones de televisión: «El Vía Crucis por el puente de Brooklyn es ya una tradición en Nueva York».
El origen del "Way of the Cross" neoyorquino se encuentra en la correspondencia que a mediados de los años noventa circuló entre don Giussani y Lorna, de los Memores Domini, recién llegada a Nueva York. «El puente de Brooklyn parece una catedral románica», le dice un día Lorna a don Giuss. Y él responde: «Es verdad, pero falta la Cruz».
Una provocación que podía haber quedado sólo como un comentario, si no hubiese arraigado en un terreno fértil. La comunidad de Nueva York en aquel periodo concentraba sus actividades sobre todo en un barrio italo-americano de Brooklyn, pero tenía el deseo de apuntar hacia Manhattan, de hacer visible de alguna forma, también en el corazón de la ciudad, la experiencia del movimiento.
«Veíamos la belleza y la fascinación de Nueva York -recuerda Lorna - y nos preguntábamos ¿dónde está el significado de todo esto? O la fascinación es Cristo y existe un deseo de verdadero significado, o si no toda esa belleza el esplendor de aquellos rascacielos, termina por no interesarnos».
Para una persona que venía de Italia, también existía el deseo de proponer un gesto como el Vía Crucis de Caravaggio, pero en las calles de la ciudad, sin tener que refugiarse en cualquier santuario perdido.
Nace así, en 1995, el primer Vía Crucis por el puente de Brooklyn. Jonathan, Luigi, Lorna y algunos amigos. Una treintena de personas en total. Un acto que crece con el paso de los años, marcado también por momentos difíciles, como el diluvio que en el 2000 obligó a interrumpir la procesión en mitad del puente y a volver atrás.
Centro del cosmos y de la historia
Reproducimos el saludo que John Bartlett, bombero de Engine 167, dirigió a la Procesión
Nuestra meditación llega a su fin, Jesús yace en el sepulcro y nosotros nos encontramos, paradójicamente, a los que se ha convertido para muchísimas personas en la tumba, el lugar del descanso eterno. Aunque afligidos y conscientes de los miles de vida inocentes desaparecidas trágicamente en los acontecimientos que sucedieron en este lugar, mi atención se centra en mis hermanos bomberos, en la policía y la EMT, sobre todo por la consanguinidad que tengo con ellos y, en segundo lugar, y aun más significativamente, porque sus muertes tienen una especial dimensión de sacrificio. Si hay un significado, o un motivo para esperar, is podemos recordar aquellos hechos y extraer alguna conclusión de un acto de odio incomprensible, es sólo por el sacrificio extremo de esos hombres.
Se podría preguntar: «¿Por qué es tan importante, tan significativo?». La respuesta, bastante sencilla, radica en que los fundamentos del cristianismo está precisamente en el sacrificio. Sólo el sacrificio de aquellos hombres ha dado un sentido a lo que sucedió y nos permite establecer un parangón con el sacrificio trascendente de la Cruz. Por ello, sólo a través de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo se ha dado un significado verdadero a todos los momentos de la vida de todos los hombres de todos los tiempos. Por esta razón, Juan Pablo II escribe: «El Redentor del hombre, Jesucristo, es el centro del cosmos y de la historia». En estos tiempos, como en todos, ser cristiano significa creer en la respuesta que Dios da a nuestras dudas, a nuestros temores, a nuestras ansias. Nuestra fe nos vuelve adversarios del absurdo, testigos de lo único que está repleto de significado y es capaz de dar sentido a lo que no lo tiene. En cuanto a mí, cuando reflexiono sobre la vida y la muerte, sobre el significado de todo ello, me veo siempre reconducido a la excepcional pretensión cristiana, expresada tan claramente y tan sintéticamente por los Padres del Concilio Vaticano II: «En realidad sólo en el misterio de la Palabra encarnada se clarifica el misterio del hombre. Cristo el Señor, Cristo el nuevo Adán, al revelar el misterio del Padre, de su amor, revela plenamente al hombre a sí mismo y saca a la luz su más alta vocación».
En conclusión, podemos decir fervientemente: Señor, a través de tu Cruz y tu Resurrección nos ha hecho libres, eres el Salvador del mundo. Que la Pasión del Señor Jesucristo permanezca siempre en nuestros corazones y la realidad de la Resurrección lleve paz a las mentes y quietud a los corazones.
Los Ángeles
Nuestro Vía Crucis se desarrolló sobre el monte de Hollywood, en Griffith Park, desde donde hay una impresionante vista de toda la ciudad. Quedamos a las 4 de la tarde y caminamos y meditamos hasta las 6. Entre el canto del Crux Fidelis y el Stabat Mater leímos pasajes del Evangelio, meditaciones de don Gius y fragmentos de Péguy. Había casi cincuenta personas, entre ellos algunos invitados y algunas personas que leyeron la convocatoria del Vía Crucis en el Tidings, el periódico diocesano. Los viandantes se detenían a mirar, algunos se quedaban a escuchar en silencio antes de proseguir su camino; una chica que hacía jogging se paró un instante a hacer la señal de la Cruz. Todos participamos inmersos en el silencio, intentos y pendientes de todo. Al volver a casa, algunos nos escribieron dándonos las gracias por haber tenido ocasión de vivir juntos la memoria de este hecho tan esencial para nuestra salvación. Una pareja que había venido por el anuncio dijo que querría participar en nuestra Escuela de comunidad. En el contexto de las actuales preocupaciones del mundo y, en concreto, de la Iglesia, ha sido importante para nosotros volver a centrar la mirada en Cristo que ama nuestra vida y cambia nuestro "yo" inexorablemente. En todos se ha reforzado la conciencia de que su presencia es nuestra salvación. Nos hemos descubierto compañeros elegidos uno a uno por Él para continuar su "recorrido en el mundo". Esto nos llena de conmoción y deseo de fidelidad, la misma fidelidad y el mismo amor con el que se nos mira continuamente. Mauro nos decía el término del Vía Crucis: «Cuando hemos empezado a cantar y ha alzado el brazo para dirigir el Cruz Fidelis, mirando a la gente presente para hacer memoria de Su Pasión he comprendido que estando allí decía a Cristo: "sí, te amos". He tenido también el deseo de que esto fuera para toda la ciudad que se extendía a nuestro alrededor. Lo que Cristo llegará a construir con esta pequeñez está en sus manos; a mí me queda sólo mirar y amar la forma en que Él se revela en el mundo. Deseo que mis amigos toda la ciudad y yo reconozcamos a Cristo».
Guido
San Francisco
El Viernes Santo salimos de Coit Tower, una torre erigida sobre una colina que domina el centro de San Francisco. Desde allí descendimos haciendo cuatro estaciones hasta el santuario de San Francisco, en el límite entre los barrios italiano y chino de la ciudad. Unas ochenta personas (más de la mitad no pertenecen al movimiento) siguieron la cruz pasando por las calles atestadas, en medio del tráfico, delante de la gente sentada en los cafés. Channel 5, uno de los principales canales de televisión, siguió buena parte del Vía Crucis y entrevistó a uno de nosotros; la noticia se emitió en el telediario de la tarde. Destacaría la atenta participación de todos, incluidas personas que no habíamos visto nunca y que supieron de la convocatoria a través de varios anuncios, panfletos y cartas. Mirándoles pensaba que nuestro carisma no busca convencer a nadie de un proyecto o de una idea, sino que en todo momento redescubre que Cristo es la verdad de toda la vida. Esto proporciona a la vida unidad y bondad.
Bruno
Washington
Querido don Gius: Es viernes por la tarde. acabamos de volver del Vía Crucis que hemos celebrado en pleno centro de Washington, siguiendo la Cruz delante del Capitolio y de todos los monumentos que simbolizan el poder americano. Ha sido un momento precioso. Unidad, silencio, conmoción, personas de todas las razas y edades (incluidas familias con niños en cochecito), todos detrás de la Cruz. La gente se paraba a mirarnos, al principio con cierta curiosidad, haciendo fotos, después se quitaban el sombrero o dejaban lo que estaban haciendo y nos acompañaban con la mirada en silencio. Algunos se unieron a la procesión, inmediatamente unidos en el canto y en la oración. Me venía a la mente lo que nos has dicho: que los americanos son sencillos y que cuando se encuentran con algo «no son posesivos» y «su sociabilidad no es ficticia». Don Gius, éramos una sola cosa. ¡Qué tesoro tan grande llevamos en estas humildísimas vasijas de barro! Somos tan pequeños pero llevamos lo que todo el mundo aguarda. ¡Qué grande es lo que tú, don Gius, has traído a nuestras vidas! La semana pasada nos recordabas la grandeza del Acontecimiento. Seguía preguntándome qué quería decirnos Jesús. Me dio un vuelco al corazón al ver a toda esa gente afirmando el amor a Jesús en un lugar como aquel. Un colega mío, que no es católico y vino conmigo, me djo que había sido una tarde increíble, que había cambiado su modo de mirarse a sí mismo y a su propia ciudad. Cuando llegamos delante del Obelisco (el signo masónico más significativo), en medio de las banderas de Estados Unidos, con la gente que se nos había acercado, el lector repitió tus palabras: «Cristo muerto y resucitado es la razón de la esperanza que vence la tristeza del mundo... La presencia de Jesús de Nazaret es como la savia que desde dentro - de forma misteriosa pero cierta - reverdece nuestra aridez y hace posible lo imposible».
¡Qué verdadero es esto! Perdona la poquedad de mis palabras, es demasiado grande para expresarlo. Un periodista se acercó y comenzó a sacar un montón de fotos, diciendo: «Nunca había visto nada parecido». Gracias por lo que has traído al mundo.
Teresa
El rito del Viernes Santo en el escenario del 11 de septiembre
ANDY NEWMAN
La última vez que miles de personas cruzaron a pie el puente de Brooklyn fue hace unos seis meses, cuando una multitud huía aterrorizada.
Pero ayer unas tres mil personas recorrieron el puente en dirección a la Zona Cero siguiendo a un hombre que simplemente sostenía una cruz de madera. Iban andando con la esperanza de que insertando la vía dolorosa en la geografía de la tragedia actual fuera posible hallar un sentido para lo que aconteció y encontrar consuelo, a partir de la muerte y la resurrección del Señor, fundamentos de la fe cristiana. Con unos kilos de madera y hierro pretendían aliviar ese fardo incomprensible de emociones que surge ante el amasijo de acero, vidrio y cemento que ocupa el lugar donde se levantaba el World Trade Center.
El camino del Vía Crucis, el rito del Viernes Santo que desde hace siete años un grupo de laicos católicos llamado Comunión y Liberación celebra recorriendo el puente de Brooklyn, salió de St. James, junto a los pilares del puente en la orilla de Brooklyn, y se dirigió hacia la iglesia de St. Peter, en Barclay Street, justo al norte de la Zona Cero.
Tras la primera estación, en la que se recuerda la condena a muerte de Jesús, la procesión de los peregrinos se extendió a lo largo de todo el puente ocupando más de un kilometro. Había personas de todas las edades que susurraban en inglés, criollo, polaco o español, unos con expresión absorta, otros alegres, otros con un rosario en la mano, otros con una cruz o una cámara colgada del cuello. La mayoría iba de civil, pero algunos iban de uniforme o con hábito. Había religiosas y sacerdotes, y gente como el bombero Jhon Bartlett, del Equipo 167 de Staten Island con su hija April de 11 años que llevaba el sombrero del padre. La segunda estación del Vía Crucis, en la que se recuerda a Jesús con la cruz a cuestas, fue en la cumbre del puente, bajo el primer arco de piedra. Jhonatan Fields, el hombre delgadito con un casquete de pelo gris que llevaba la cruz, apoyó su cabeza en ella. Los coches pasaban zumbando detrás y debajo de él. En la costa de Brooklyn reinaba el silencio, la Costa Este estaba desierta.
«Dulce lignum, dulces clavos, dulce pondus sustinet», cantaba el coro. Los peregrinos siguieron hacia abajo, hacia el corazón herido de la ciudad.
«Meditamos en silencio la página 12 y siguientes», proclamó uno de los lectores haciendo referencia al programa.
Mientras caminaba, Lisa Gulino trataba de imaginarse a la multitud aterrorizada que huía de la catástrofe de Lower Manhattan. «Pensaba constantemente cómo tuvieron que ser esos momentos de caos», dice la señora Gulino, de 38 años, responsable de la catequesis para adultos de la diócesis de Falla River, una de las doscientas personas que habían llegado desde Massachusetts en autobús. «El caos. Todos huyendo. Pero no podía dejar de pensar que, no obstante, Cristo estaba presente».
Llegados al otro extremo del puente, en Manhattan, a la salida del City Hall Park, el alcalde Michael R. Bloomberg se dirigió a los participantes.
«Este período del año - alegró el alcalde - es un tiempo en el que mirar hacia atrás y por otra parte mirar adelante. hemos perdido cuatrocientas personas, hombres y mujeres que vencieron el miedo instintivo para correr hacia los edificios en llamas y salva a otras veinticinco mil personas. Este es el pasado. El futuro es lo que estamos intentando construir para ellos. En esta Semana Santa, tanto para los cristianos como para los judíos, realmente se pone en juego lo que queremos dejar a nuestros hijos para que continúen el camino».
En ese momento el bombero Bartlett recibió de Jhonathan Fields la cruz y la llevó el resto del camino hasta la iglesia de St. Peter, una parroquia católica que nació en 1785 (aunque la construcción actual es de 1838).
Dentro de la iglesia, tras un momento de oración, Bartlett, que tiene 45 años y estudió un Master en teología en el seminario St. Joseph de Yonkers, posó la cruz, se acercó al micrófono y dijo: «Nuestra meditación llega su fin; Jesús yace en el sepulcro y nosotros nos encontramos, paradójicamente, a los pies del World Trade Center, en la Zona Cero, que se ha convertido para muchísimas personas en la tumba, en el lugar del descanso eterno».
Bartlett añadió que su recuerdo en ese momento iba dirigido a todos los bomberos, agentes de policía y a todos los que corrieron en ayuda de las víctimas y perecieron.
«Sus muertes tienen una especial dimensión de sacrificio - continuó -. Si hay un significado, un motivo para esperar, si podmeos recordar aquellos hechos y extraer alguna conclusión de aquel acto de odio incomprensible, es sólo por el sacrificio extremo de aquellos hombres».
Luego, se guardó las gafas en el bolsillo y tomó la cruz.
Al final de la celebración, un grupo de peregrinos volvió a cruzar el puente a pie hacia Brooklyn. Fue una tarde significativa.
(Traducción a cargo de C.G.)
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