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Huellas N.2, Febrero 2002

VIDA DE CL

Vancouver, cinco años después

John Zucchi

Diario a bordo en la Costa Oeste de Canadá (con una escapada a EEUU): Vancouver, Seattle y Edmonton. Un viaje para encontrarse con viejos amigos y conocer nuevos. La familia Clemotte, Mayro y Sergio, Steve, sus hermanas y Ju Hee

Hablé por teléfono con Oscar la noche antes de partir hacia la costa occidental. Casi como en los "viejos tiempos", observó. Supuse a qué se refería y no le pregunté más, por discreción. Aunque muchos no conozcan a Oscar Clemotte, seguro que han escuchado su música, en especial la apasionada canción Hoy arriesgaré. la escribió a la tierna edad de 17 años, en uno de esos momentos de lucidez que puede tener un adolescente con una conciencia más bien madura para su edad. Oscar había nacido en Paraguay, cerca de Asunción y se encontró en el liceo con don Lino Mazzocco, sacerdote de CL. A comienzos de los noventa empezó a alejarse de su casa, primero por temporadas y después de forma definitiva, cuando vino a España para estudiar Filosofía. Empezó a interesarse por el "materialismo filosófico" y escribió su tesis sobre la Relegación metafísica de Xavier Zubiri, partiendo de este punto de vista. Oscar se sentía atraído por este sistema de pensamiento, pero reconocía que «no respondía a algunas cuestiones existenciales que se me han planteado tras las investigaciones necesarias para mi tesis. Mi padre estaba muy enfermo en esa época. La fiel amista de Eugenio Mularoni, de la comunidad de CL de San Marino, seguía siendo una ayuda constante desde 1987. Era un amigo siempre amable y paciente, que nunca dejaba de rezar por mí en los momentos más difíciles».
Oscar tuvo siempre y tiene un gran amor en la vida: la música. Es un guitarrista diplomado, pero toquetea también otros instrumentos, entre ellos el arpa paraguaya y el versátil charango. Y fue a través de la música como encontró a Marina Valmaggi. Marina me ha escrito mucho durante los últimos tres años pidiéndome que la pusiera en contacto con Oscar. Lo intentamos, aunque he de confesar que no demasiado. Al final, después del enésimo e-mail de Marina, traté de llamar a Oscar y noté que algo le había sucedido. Una voz sencilla o tierna, cargada de súplica, respondió al otro lado del teléfono. Prometí que haría lo posible por ir a verle antes o después. Era el mes de agosto.

A 4.000 km. de Montreal
Tenía un puente libre a finales de octubre, así que me fui a verlo y descubrí lo que le había pasado. El viernes volé más de 4.000 Km. desde Montreal a Vancouver y después tomé el ferry que sale de Horseshoe Bay, en el norte de Vancouver, y a través del Estrecho de Georgia, en una hora y treinta y cinco minutos, llega a la segunda ciudad más grande de la isla de Vancouver, Nanaimo. Esta ciudad fue un gran centro carbonífero entre finales del siglo XIX y principios del XX, llena de emigrantes chinos, estadounidenses, ingleses, canadienses del este e italianos. Tras dejar los maravillosos y extensos bosques de Douglas, que despuntan en la costa rocosa de la British Columbia Continental, se llega a la no menos maravillosa costa de la isla de Vancouver, con sus bungalows como nidos entre los árboles y las colinas rocosas. Oscar estaba allí para recibirme, junto al gran amor de su vida, Kristy, y sus dos encantadores hijos, Clif y María.
Kristy conoció a Oscar durante un viaje a Paraguay, en 1991. No huno indecisiones: se casaron y pasaron unos años en España; después volvieron a Victoria, la ciudad natal de Kristy. Más tarde pasaron un año en Burnaby para establecerse finalmente en Nanaimo. Oscar es profesor de Filosofía en el Colegio Universitario de Malaspina y de guitarra clásica en el Conservatorio. Fuimos a cenar a su casa. Oscar me contó las razones por las que había vuelto a formar parte de la comunidad. Allí estaba su mujer, Kristy -me dijo-, para "salvarlo". Kristy simplemente agitó una mano y alegó que ella era la que había aprendido muchas cosas de Oscar. Pero, ¿a qué se refería él? «Kristy vio que yo no era feliz, que ya no era la misma persona que ella había conocido», explicó. De modo que le convenció para restablecer el contacto con el movimiento, para que volviera a ser él mismo, a ser feliz.
Kristy no pertenecía a CL. Había crecido en la Iglesia Unida (fundada en 1925 por metodistas canadienses, la mayor parte de los presbiterianos y muchos congregacioncitas, como intento de dar vida a una Iglesia protestante nacional). Confesó su fe en la Iglesia Unida, pero después se apartó totalmente de la religión, para luego acercarse y de nuevo alejarse de los baptistas. Pero ha sido siempre una mujer profundamente religiosa; ahora se está preparando para entrar en la Iglesia Católica. Posee una habilidad extraordinaria para hacer amigos y te hace entrar de puntillas en su mundo. Su discreta tenacidad fue la que hizo mella en el corazón de Oscar.
Así pasé cuatro horas y media deliciosas con los Clemotte, intercambiando historias y explorando todas las posibilidades de vivir la vida de la comunidad en Nanaimo. Cuando me dejaron en el ferry de las siete de la tarde, me fui con la certeza de que aquellas cuatro personas serían mis amigas para siempre y con la intuición de que saldrá algo grande de este encuentro.
La visita a Oscar y Kristy formaba parte de un tour por la costa Oeste aquel fin de semana. Cuando volví a Vancouver, Steve Jones me estaba esperando en la dársena para llevarme derecho al Hotel Vancouver, uno de los viejos grand-hotel de la ciudad. Las hermanas de Steve Christine y Mary, estaban terminando de cenar con Sammy, un médico de Montreal. Nos invitaron a una copa y nosotros les abrumamos con las novedades de los amigos de las dos costas. Al día siguiente, Steve y yo nos fuimos a Seattle: tres horas de coche hacia el sur cruzando la frontera de EEUU (y esto fue una aventura en sí, porque los guardias de la frontera hicieron a Steve regresar a casa para recoger unos documentos, ¡y después le pidieron disculpas porque había sido una equivocación!). En lo alto del Space Needle, almorzamos con Mauro, de Los Ángeles y con Sergio, de Portland. Era la primera vez que nos veíamos todos juntos. Durante las dos horas que duró el almuerzo, Steve nos habló de su familia, del trabajo, de cómo encontró CL y de cómo, en su vida cotidiana de profesor de Inglés para extranjeros en Vancouver, no podría desear nada mejor para él. Nos habló de una joven coreana, estudiante de odontología, Ju Hee. Cuando regresamos a casa de Steve y Christine, había una pequeña fiesta con las personas que constituyen la comunidad de Vancouver, y con Ju Hee.

Una parada antes de volver a casa
A la mañana siguiente, me puse en marcha para volver a Montreal, no sin antes hacer una paradita en Edmonton, donde se trasladó con su familia nuestro querido amigo Christophe el pasado agosto. Christophe es el nuevo presidente del Newman Theological College, un colegio católico con estudiantes de distinta procedencia, fundado por la Archidiócesis. Christiphe es el movimiento de CL en esta capital de la provincia de Alberta, conocida por sus numerosos yacimientos de petróleo y gas, las espléndidas Montañas Rocosas y sus enormes ranchos. Es extraordinario ver cómo una persona sola puede vivir en su vida concreta la experiencia que ha conocido. Christiphe no tiene planes ni proyectos para poner en pie una organización. Por el contrario, difunde tranquila, pero resueltamente, entre sus amigos y en su trabajo, lo que es más evidente para él: la centralidad de Cristo y una auténtica pasión por toda la realidad. Dijo que lo más bello que le ha pasado en el trabajo son las nuevas relaciones que han aparecido en su camino, especialmente con el nuevo arzobispo de Edmont, Thomas Collins, hombre de gran inteligencia y sensibilidad. Siente que esto es importante, no sólo para reformar los programas teológicos, sino también para hacer saber, por ejemplo al cocinero, lo fundamental que es su servicio para la misión del colegio.
Quizás éste es el mayor consuelo para los que han conocido a Cristo. Aunque nos sintamos alejados de nuestros amigos, o en un lugar nuevo y desconocido, tratamos de buscar - y continuamente se nos muestra - el nexo entre nuestra situación particular y la totalidad del cuadro; vemos nuestras vidas al servicio de algo más grande, del significado mismo de nuestras vidas y de la realidad, que es Cristo. Cuando regresé a Montreal tenía una gran esperanza, gracias a lo que había visto ese fin de semana de finales de octubre.
Era, como Oscar me había dicho por teléfono, "como en los viejos tiempos". Me explicó más tarde que se refería a tiempos de san Pablo, cuando los cristianos estaban dispersos en pequeñas comunidades, diseminadas por el mundo entonces conocido y tenían que recorrer grandes distancias para verse y contarse lo que llevaban con ardor en el corazón.



El profesor y la estudiante
Stephen Jones

Como profesor de Inglés en el King George International College de Vancouver, en Canadá, estoy continuamente en contacto con estudiantes que llegan del otro lado del Océano para estudiar aquí unos meses. Muchos de ellos vienen de países asiáticos, como Japón, China y Corea.
Hace cerca de tres meses, una joven coreana, Ju Hee, inconformista pero tranquila, se me acercó un día de improviso y me dijo: «Quiero saber por qué usted es diferente del resto de los profesores». No sabía a qué se refería ¡Incluso pensé que lo decía porque yo era mucho más alto que los que había en la escuela! Después me explicó que la vida, para ella como para otras muchas personas, es algo extremadamente confuso, pero que le parecía que yo tenía algún "punto de referencia". Concluyó diciendo: «También yo necesito tener un punto de referencia». Iniciamos una larga conversación que duró varias semanas y hablamos de la necesidad de encontrar un punto de partida - "el punto de referencia" del que hablaba ella - para poder vivir cada experiencia de la vida, y no ser simplemente agregados de la vida misma. Después de vernos más veces, tranquila y todavía un poco pensativa, me dijo: «¿Pero quiénes son las personas que están alrededor de usted y hacen posible que viva de este modo?». Por aquellos días John Zucchi había ido a Vancouver desde Montreal para visitar a la comunidad del movimiento de Canadá Occidental; organizamos un encuentro un sábado por la noche con algunos de nuestros amigos Michael, John y mis hermanas Mary y Christie. Invité a Ju Hee para que viniera a ver a las personas a las que estaba empezando a conocer a través de mí.
Cuando llegó a la caita aquel sábado, al principio estaba visiblemente nerviosa. Pero a medida que la noche pasaba se relajaba y escuchaba a todos con extrema atención. Enseguida me dijo: «Es asombroso ver que las personas pueden vivir de este modo».
Al día siguiente Ju Hee me mandó un e-mail desde Princeton, a donde había ido a visitar a sus tíos. En el e-mail decía: «En el autobús hacia Princeton he pensado en el último encuentro con usted. Me ha dejado verdaderamente impresionada. El hecho de que pueda organizar una especie de "grupo de estudio" con sus hermanas es algo increíble y que me llena de estupor. He entendido que vivir es de verdad convertirse en persona. Gracias a usted, Stephen, por haberme dado la posibilidad de conocerle un poco mejor. ¡Me siento feliz de poder regresar a Corea habiendo conseguido mi objetivo canadiense!»
Invité a Ju Hee a pasar más tiempo con nosotros mientras que estuviera en Vancouver. «Sí, sí, lo haré», repetía.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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