Va al contenido

Huellas N.11, Diciembre 2001

DIOS Y LA GUERRA

Dar al César lo que es del César

Raffaello Vignali

...y a Dios lo que es de Dios. En la Iglesia de los primeros siglos hallamos el fundamento de algunas palabras que la modernidad pretende atribuirse. Una verdad demasiado fácil de traicionar


El sociólogo checo Vaclav Belohradsky decía en una entrevista: «Tradición europea significa no poder vivir más allá de la conciencia reducida a un aparato anónimo como la Ley o el Estado. Esta “firmeza” de la conciencia es una herencia de la tradición griega, cristiana y burguesa.

La imposibilidad de reducir la conciencia a las instituciones está amenazada en la época de los medios de comunicación de masa, de los estados totalitarios y de la informatización generalizada de la sociedad. Es muy fácil para nosotros llegar a imaginar instituciones organizadas tan perfectamente que impongan como legítima cualquiera de sus acciones. Basta con disponer de una organización eficiente para legitimar cualquier cosa. Podríamos sintetizar así la esencia de lo que nos amenaza: los estados programan a los ciudadanos, las industrias a los consumidores, las editoriales a los lectores, etc. A la vez, toda la sociedad se convierte en algo que el Estado produce». Este fragmento apareció en el cartel de Pascua de CL de hace algunos años.

No se puede reducir la conciencia al Estado
Desde el inicio de la historia cristiana se planteó el problema de la relación con el Estado. San Pablo devolvió a casa a un esclavo fugitivo que se había convertido, entregándole una carta para su amo, llamado Filemón (también cristiano), en la que le recordaba que ya no podía considerarlo un esclavo, sino un hermano y un amigo. Nunca antes un ciudadano romano había osado afirmar tan drásticamente un criterio diferente del de la mentalidad antigua, sancionada además por el Derecho Romano, que consideraba a los esclavos como meros utensilios.

Así, en la Carta a Diogneto, respondiendo a los paganos que les acusaban de no considerar a los ídolos como dioses y, por tanto, de eludir las responsabilidades sociales comunes, un anónimo autor cristiano del siglo II afirmaba que los cristianos no son portadores de una doctrina «fruto de consideraciones y elucubraciones de personas curiosas, ni se convierten en promotores, como algunos, de una teoría humana cualquiera», sino que son los testigos estupefactos de que «el Creador de todo no envió a los hombres, como alguno podría haber imaginado, a un siervo, un ángel o un arconte, sino al mismo Artífice y Autor de todo (...). Como un rey envía a su hijo rey; fue enviado como Dios, como hombre entre los hombres, para salvar convenciendo, no para atropellar, porque la violencia no se atribuye a Dios».

Por eso el autor podía subrayar que «los cristianos obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida superan las leyes», introduciendo una aguda observación sobre el valor que tiene la conciencia en la concepción de la persona y de la vida, más allá de la mera observancia de las normas exteriores.

Un límite al poder absoluto
Se podrían citar otros casos también muy significativos en relación con este aspecto. Pero tal vez vale la pena recordar un episodio que en los manuales de historia apenas se citaba de pasada cuando todavía los nuevos planes de estudio no habían suprimido, con un culpable borrón y cuenta nueva, siglos del fatigoso camino del hombre para afirmar su significado. En el año 390 Teodosio, que antes de ser uno de los mayores emperadores cristianos fue un gran general, recibió la noticia de que en Tesalónica habían asesinado a varios soldados romanos. Inmediatamente, como estaba previsto en el código de guerra, ordenó una represalia: se organizaron juegos en el circo de dicha ciudad y, una vez iniciados, se cerraron las puertas y los ciudadanos fueron masacrados ferozmente. Cuando lo supo Ambrosio, el obispo de Milán, excomulgó al emperador. Entonces Teodosio fue a Milán y permaneció de rodillas ante la catedral hasta que el insigne obispo le concedió el perdón. Fue un punto de ruptura decisivo en la historia; porque por primera vez en el mundo occidental se ponía un límite al poder absoluto y total del Estado, y este límite era el valor de la persona que la conciencia cristiana había fundamentado. El Estado renunciaba a su carácter sagrado, aceptando que los hombres dieran a Dios lo que es de Dios, si bien continuaba pretendiendo que dieran al Cesar lo que es del César.

La idea occidental de libertad
Si la historia es un proceso, es decir, un camino en el que determinados episodios constituyen verdaderas piedras miliares, éste fue una de ellas: la separación del Estado y lo sagrado marcaba el crepúsculo definitivo e inevitable de la antigua idea de Estado y, al mismo tiempo, la aurora de la idea occidental de libertad. Desde ese momento existieron dos realidades que no podían reivindicar para sí el carácter de la totalidad. El Estado se vuelve “laico”, es decir, se detiene frente al límite de la conciencia que busca en otro lugar su consistencia; la Iglesia, por su parte, reconoce la autoridad del Estado en su campo, por ejemplo, en la administración de la justicia civil. Obviamente, el equilibrio entre estas dos realidades no se ha mantenido siempre en el curso de los siglos. Cuando se ha roto el equilibrio, ha habido periodos de grandes enfrentamientos. Sin embargo, siempre han surgido hombres y movimientos que impidieron que Iglesia y Estado se fundieran, a causa de la invasión por parte de uno del espacio del otro, dando lugar así a un poder totalitario. Algunos ejemplos de ello son: Cluny y Citeaux rondando el año mil, Bartolomé de Las Casas en la época de los Conquistadores y Maximiliano Kolbe, si se quiere un ejemplo reciente.

En un libro estupendo, jamás traducido en Italia y con el significativo título de La aventura europea, nuestro querido amigo Léo Moulin, que se definía como agnóstico, señalaba: «Como la igualdad, la idea de libertad, las ideas democráticas, la ideología y la sensibilidad que conllevan, se encuentran en germen en la doctrina cristiana, y a veces más que en germen, podría decirse que la Iglesia ha sido y ha querido ser a lo largo de los siglos una teocracia; que siempre y en todas partes ha exaltado el poder absoluto de los papas, ha sostenido a los reyes y los poderosos, animado la reacción... Toda mi infancia ha estado acunada por imprecaciones de matriz anticlerical y por el “libre pensamiento” de una familia que me presentaba a Jesús como la víctima de los sacerdotes y de los poderosos. He machacado a los curas a placer durante veinte años. Pero el historiador y el sociólogo que me esfuerzo en ser, tanto en el bien como en el mal, y más en el mal que en el bien, dice que se siente obligado en conciencia a matizar y, muy a menudo, a contradecir estos duros razonamientos. Para mí, si la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano ha podido hallar eco en los corazones de los hombres de Occidente como un acto de fe, es porque estaba enraizada desde hacía siglos en el humus histórico de Occidente. La afirmación y el desarrollo en el seno de las órdenes religiosas de principios democráticos como el derecho a elegir a sus gobernantes y notificarles las cuestiones relativas a ello; el primado de la asamblea, reconocido en todas las constituciones, summa potestas, autoridad suprema y fuente de todos los poderes; la puesta a punto de técnicas electorales y deliberativas con una extraordinaria minuciosidad; la organización de sistemas de gobierno mixtos notablemente equilibrados; la definición de un régimen de derecho que reconoce los límites que la conciencia pone al deber de obedecer; el respeto de un pluralismo real; la definición de un federalismo concreto; todo ello, sin ninguna duda, había aguzado en el curso de los siglos la sensibilidad y el pensamiento de Occidente hacia las formas democráticas de organización. En este punto, la correlación que une “la ingente fuerza” de las ideas democráticas con el cristianismo me parece difícilmente contestable».

Por el contrario, en el propio Occidente, los regímenes totalitarios del siglo XX se han planteado generalmente un mismo objetivo: manipular o anular la conciencia de los hombres. Un político alemán afirmaba haber escuchado a Hitler, en los primerísimos tiempos de su ascenso al poder en Alemania, estas palabras: «Yo libero al hombre de la constricción de un espíritu convertido en fin de sí mismo; de la sucia y humillante autoflagelación de una quimera llamada conciencia y moral, y de la pretensión de una libertad de autodeterminación personal, de la que bien pocos están a la altura». Evidentemente, su lección conducía con toda tranquilidad a lo que expresan las palabras de uno de los últimos jefes del Tercer Reich: «¡Yo no tengo ninguna conciencia! Mi conciencia se llama Adolf Hitler». En otro frente, basta recordar algunos fragmentos del libro Vida y destino de Vassilij Grossman, o las inolvidables páginas de los libros de Solyenitsin.

Ratzinger, Occidente y el Islam
El cardenal Ratzinger escribía en un ensayo refiriéndose a estas cuestiones: «La idea moderna de libertad es, por tanto, un legítimo producto del espacio vital cristiano; no se habría podido desarrollar en ningún otro ámbito más que en ése. Es más, es necesario añadir que no es posible implantarla en cualquier otro sistema, como se puede constatar hoy con clara evidencia en el renacimiento del Islam. El intento de injertar los denominados criterios occidentales, separados de su fundamento cristiano, en las sociedades islámicas, desconoce tanto la lógica interna del Islam como la lógica histórica a la que pertenecen los criterios occidentales.

Dicho intento estaba destinado a fracasar en esa forma. La construcción social del Islam es teocrática, por tanto, monista y no dualista. El dualismo, que es la condición previa de la libertad, presupone a su vez la lógica cristiana. Desde el punto de vista práctico, ello significa que sólo donde se preserva el dualismo de Iglesia y Estado, de instancia sagrada y política, se asientan las condiciones fundamentales para la libertad. Allí donde la Iglesia se convierte a sí misma en Estado, la libertad se pierde. Pero también donde la Iglesia es suprimida como instancia pública y públicamente relevante, decae la libertad, porque el Estado reclama de nuevo para sí el fundamento de la ética. En el mundo profano postcristiano, el Estado enuncia esta pretensión no en la forma de autoridad sagrada, sino como autoridad ideológica».

Hoy, en Italia, el Estado no tiene la pretensión de plantearse como alternativa a la Iglesia, y mucho menos como principio. Se presenta como un estado laico, que no trata de imponer su propia ideología ni su propia cultura. En una palabra, no trata de sustituir a la conciencia y la libertad de las personas. La libertad, tantas veces negada a través de posiciones nihilistas o instintivas, como capacidad de la conciencia de implicarse con la realidad y capacidad de construir, salva al Estado y el Estado garantiza la libertad - sustancial y no sólo formalmente -, si respeta el principio de subsidiariedad.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

Vuelve al inicio de página