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Huellas N.08, Septiembre 2024

RUTAS

Una luz en las invasiones

Maria Acqua Simi

Desde hace veinte años, la Fundación Sembrar apoya a las familias de las zonas más peligrosas de Quito. Un lugar donde los jóvenes perciben que hay mucho más que bandas y drogas

Han pasado veinte años desde que la Fundación Sembrar empezó a trabajar en la periferia de Quito, capital de Ecuador. «Nació para responder al problema de las invasiones, barrios periféricos parecidos a las favelas de Brasil. Barriadas que surgen por la ocupación abusiva, y a menudo violenta, de terrenos abandonados», explica la directora de esta obra, Stefania Famlonga. «La gente deseaba un lugar donde construir su casa y venía aquí desde todos los rincones del país buscando fortuna». Construían las viviendas con sus propias manos, unos cuantos metros cuadrados con una estructura de servicios mínimos, y poco a poco fueron superponiendo unas encima de otras, creando enormes zonas sin legalizar donde la falta casi total de servicios dio paso a la proliferación
de la criminalidad, la violencia entre bandas y el narcotráfico.
Stefania es una Memor Domini que llegó a Quito en los primeros años 2000 para trabajar en un proyecto de la Conferencia Episcopal Italiana y luego pasó a la Fundación AVSI para coordinar el programa de adopción a distancia de menores vulnerables. «Pero enseguida sentimos la exigencia de dar vida a un sujeto local que podría hacer más por las familias si se instalaba en los barrios más difíciles. Era necesario entrar en las casas, conocer a los padres y madres de esos niños para poder acompañar su crecimiento con nuevos proyectos educativos.
Nuestra aventura empezó en ese momento, en esa toma de conciencia, agradecidos por nuestra experiencia del cristianismo». En realidad, la Fundación Sembrar ya existía, nació unos años antes por iniciativa de varias familias acomodadas de Quito que deseaban hacer algo bueno. Pero no salió como esperaban. Así que volvieron a ponerla en pie.
«Rehicimos los estatutos, creamos una asamblea de socios manteniendo a algunos de los que la habían fundado, y un Consejo de administración», explica Famlonga. Actualmente Sembrar es una ¡ entidad independiente, aunque mantiene un fuerte vínculo con AVSI, que figura entre los fundadores y la apoya con un proyecto de adopción de casi 800 niños. Además, es una organización conocida y estimada porque actúa en una de las zonas más peligrosas del país para ofrecer servicios educativos con una visión integral de la persona. «Nuestro foco son las familias –continúa Stefania– porque si cada uno de sus miembros descubre sus talentos y su dignidad inalienable, podrá afrontar la realidad, ya sea buena o mala, como protagonista».

Muchas familias están rotas y otras son monoparentales, normalmente formadas por una madre joven que cría sola a sus pequeños. Uno de los grandes desafíos es por tanto la educación, por lo que Sembrar ha puesto en marcha un programa llamado Pre-escolar en la Casa (PelCa), que ofrece a las madres información, habilidades y certezas necesarias para criar a sus hijos desde pequeños en un clima de estabilidad. También se realizan talleres y seminarios de apoyo dirigidos a los padres sobre temas como la educación financiera, el afecto, el trabajo y la resiliencia, así como programas socio-educativos para niños en edad escolar. Además, para los jóvenes ha nacido el Centro Luigi Giussani que propone apoyo escolar, actividades recreativas, encuentros y colonias, y un programa de orientación académica o profesional con cursos de formación y prácticas en empresas de la zona.
Lo conoce bien Alejandra, una joven que trabaja para la Fundación y estudia pedagogía en la universidad. «Empecé a ir al centro como voluntaria para estar con jóvenes y niños. Muchas veces vienen con un juicio de sí mismos que reciben de la sociedad y de sus padres como una losa: son unos vagos, nunca conseguirán nada, solo pueden acabar en bandas o traficando con droga… Pero aquí descubren, igual que he descubierto yo, que pueden desear más si alguien les muestra que tienen un valor, una capacidad, cosas que se les dan bien». Este es el espíritu que anima el centro. «No lo hemos dedicado a don Giussani porque se me ocurriera a mí, sino por iniciativa de un miembro del Consejo de administración que no pertenece al movimiento, pero estos años ha visto cuál es el origen de nuestra forma de educar, de cómo generamos respuestas a las necesidades que surgen sin ser asistencialistas», aclara la directora.

Entre los jóvenes que han encontrado aquí un lugar en el que se sienten como en casa está Gabriel, al que todos llaman Gabo. Las cosas han cambiado desde que viene, prefiere estar aquí que holgazaneando por la calle. «Me encanta la carpintería, pero también me gustan las clases de arte y de cocina porque descubro cosas nuevas». Desde hace un tiempo, queda con un grupo de amigos para preparar cenas en las que hablan de las preguntas profundas de la vida sin avergonzarse: cómo emplear el tiempo libre, qué hacer de mayores, cómo afrontar las decisiones de estudio o de trabajo. «A mis compañeros de clase también les he contado que existe un lugar donde podemos ser nosotros mismos de verdad. Muchos dicen que son felices cuando salen de fiesta a beber, pero eso a mí nunca me ha satisfecho. Siempre me he preguntado qué me haría feliz realmente. Lo sigo haciendo pero ahora sé que tengo un lugar donde puedo buscar respuestas. Cuando se lo conté a mis amigos, muchos se encogieron de hombros, pero alguno ha sentido curiosidad y ha venido a ver».
Le pasó lo mismo a Alex. «He tenido una vida bastante complicada. De pequeño dejé los estudios varias veces, hasta que conocí la Fundación gracias a mi prima Amparito, que se preocupó por mí y por mis amigos, y que durante años fue el alma de este lugar. Así fue como conocí a Roberto, coordinador de proyectos, que me ayudó a elegir una escuela adecuada para mí, y luego la universidad y el trabajo. Con el tiempo sentí la urgencia y la responsabilidad de devolver lo que había recibido y ahora trabajo aquí. Lo hago pensando en mis amigos de toda la vida, algunos han muerto, otros son esclavos de la droga o del narcotráfico. Deseo que tengan la misma posibilidad que he tenido yo para aprender a juzgar las cosas y usar mi libertad orientándola hacia el bien».
Roberto confirma que el camino que recorren los que pasan por Sembrar está lleno de gratitud. «Antes de casarme estudié en el seminario. Luego fui profesor, después asesor del gobierno de Ecuador, hasta que un día conocí la Fundación a través de una amiga. Decidí trabajar aquí para acompañar a los jóvenes y a sus familias, pero con el tiempo me di cuenta de que este lugar me acompañaba a mí. Siempre le he pedido a Dios un lugar que pudiera sostener mi vida y mi vocación, y aquí sucede porque todos los días aprendo de las personas que me encuentro». Por su parte, Alba lleva quince años trabajando con las mujeres más vulnerables de Quito.

«Me encuentro con personas heridas, que se han equivocado, que siguen atascadas en sus errores. Pero, ¿acaso no es así la historia de todos nosotros? Es precioso descubrir juntos, mediante los talleres pero sobre todo dentro del diálogo y la amistad, que se puede caminar y seguir creciendo. Y que no caminamos solos, sino con el marido, la mujer, los hijos». Su matrimonio se acercaba a su fin, entraba en fase de divorcio, cuando un día oyó a Stefania contar una situación delicada pero señalaba que no se puede pretender el cambio del otro sin cambiar primero nuestra propia forma de mirar las cosas. «Me sentí descrita desde la cabeza a los pies. No fue rápido ni fácil, pero empecé a mirar así a mi marido, sin la pretensión de cambiarlo sino con un amor gratuito. Y hoy, muchos años después, todavía seguimos juntos. Y contentos por ello».
A sus veinte años, esta obra sigue dando frutos misteriosamente. «Somos pequeños, como una gota en el océano –reconoce Famlonga–, pero el mundo cambió porque vino un Hombre –que era Dios– y salió al encuentro de los hombres, uno por uno, y así se difundió el cristianismo, como una mancha de aceite, lenta pero eficaz. Yo creo en la fuerza de la persona que sale a la luz por un encuentro humano, eso es lo que intentamos hacer aquí, con nuestras pobres fuerzas y con la gracia de Dios». No faltan los desafíos: sostenibilidad económica, innovación de servicios en función de las necesidades de la gente, que están en continua evolución, formación permanente de los trabajadores, jóvenes cada vez más frágiles y víctimas de las bandas… Después de veinte años, el riesgo de la rutina o, peor aún, el desencanto o el escepticismo podrían hacer mella, pero no es así para Stefania. «Trabajar aquí sigue siendo la forma en que soy continuamente provocada y educada. Todos los días me topo con el dolor, la falta de esperanza y de recursos, y siempre tengo que preguntarme quién es verdaderamente el hombre y Quién puede hacerlo feliz. Miro esta obra como se mira a un hijo que se hace mayor y hay que dejarlo ir: con asombro y gratuidad porque existe, independientemente de ti. Tengo curiosidad por ver lo que Dios le tiene reservado».

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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