La aspiración profunda de la vida de todo hombre atraviesa nuestro tiempo y sacude a nuestras sociedades. Pero, ¿en qué se funda? La mirada de don Giussani desvela una paradoja radical que nos afecta a todos
¿Existe hoy una cuestión más candente que la libertad? Como bandera del individualismo, con la perspectiva de una autodeterminación total, como reivindicación de la propia originalidad y diferencia, como resistencia a una homologación hiperbólica de sello digital, como posibilidad de cambiar hábitos y esquemas culturales, como deseo de rescate y realización de miles de millones de seres humanos que aún viven en este planeta en situaciones de pobreza extrema, opresión, injusticia, esclavitud, guerra: con todas estas caras, sin entrar en su significado, la libertad se pone en juego. Sin embargo, hoy la libertad está más amenazada que nunca, cómplice –al menos en Occidente– del debilitamiento de las relaciones, la falta de comunidades y solidaridad, la atomización social, la expansión de la soledad.
Giussani, en el capítulo octavo de su libro más conocido, El sentido religioso, apunta un lúcido diagnóstico. Cada vez más vulnerable dentro del recinto social, «el individuo está cada vez más a merced de las fuerzas más incontroladas del instinto y del poder: es la desaparición de la libertad». Después reflexiona sobre la definición y fundamento de la libertad. No hay que dejar pasar la radicalidad de su planteamiento y la alternativa que ofrece.
¿Qué es la libertad? Giussani, como suele hacer, da una indicación de método. Si se quiere captar el significado de las palabras más importantes de la existencia, sin ser esclavos de la mentalidad común, hay que partir de la experiencia que muestran, «descrita, ante todo, por el adjetivo correspondiente».
Por tanto, «para entender qué es la libertad debemos partir de la experiencia que tenemos al sentirnos libres». ¿Cuándo nos sentimos libres? La experiencia nos dice que «nos sentimos libres cuando se produce la satisfacción de un deseo». Cuando eso sucede, experimentamos una sensación de respiro, de alivio, de liberación. En caso contrario, ante un deseo insatisfecho, nos sentimos coartados, aplastados, atrapados. Ampliando esta observación, podríamos decir que ser completamente libres se nos presenta como una satisfacción total, como cumplimiento de la espera que habita en las profundidades de nuestra humanidad.
Si pasamos ahora del adjetivo al sustantivo, de la experiencia a la capacidad, podemos decir que «la libertad es para el hombre la posibilidad, la capacidad y la responsabilidad de completarse, es decir, de alcanzar su propio destino». En la medida en que nos damos cuenta, partiendo de lo que sucede, de que el destino al que tendemos, el bien al que aspiramos, el «objeto último» de nuestra sed de significado y cumplimiento es «otra cosa», está «más allá» de todo lo que podamos aferrar con nuestras manos o captar con nuestro entendimiento, la libertad se desvela como capacidad de «otra cosa»: «capacidad de Dios», dice Giussani. Si decimos que la libertad es la capacidad para alcanzar el propio destino y que sin ella la vida no podría ser «nuestra» («si yo fuera conducido a mi destino sin libertad, no podría ser feliz, no sería una felicidad mía, no sería mío el destino»), ¿sobre qué se funda esa libertad? Si no se tiene claro en qué se funda un valor, se acaba por desconocerlo sin darnos cuenta.
Para responder a esta pregunta y para entender la naturaleza de este problema, hay que partir de una evidencia no equiparable a las demás. «La evidencia última de la vida, inmediatamente después del hecho de que se existe, es que antes de tener vida no la teníamos. Es decir: somos dependientes» (L. Giussani, Los orígenes de la pretensión cristiana, p. 105). Ahí arranca Giussani, en la dependencia, mostrando que esa es, de dos formas distintas, como dos polos opuestos, negativo y positivo, la clave del problema de la libertad. Pivotando sobre el eje de la dependencia, plantea la alternativa de dos hipótesis, aclarando las consecuencias de cada una de ellas.
La primera forma de dependencia nadie puede ponerla en duda: los antecedentes y el contexto. El ser humano surge fenoménicamente del pasado, de sus factores antecedentes. No es un átomo que sale de la nada, que por sus propias fuerzas aparece en el vacío, sino que se asoma al mundo partiendo de algo que lo precede. Hay una procedencia innegable de la realidad del universo para cada uno de sus puntos particulares, incluido yo. A esto hay que añadir, como destaca Giussani, que la realidad del universo a nivel humano se llama «sociedad», y esta se ordena necesariamente mediante el «poder». La dependencia de los antecedentes biofísicos se prolonga por tanto con los antecedentes sociales y el contexto histórico.
Pero si –primera hipótesis– cada ser humano dependiera por entero del universo en devenir, es decir, si mi yo obtuviera toda su “realidad” del flujo de antecedentes, del seno biológico-social del que nace y en el que se inserta, no podría realizar ningún acto efectivamente libre, que en última instancia no estuviera determinado por una cadena de causas que rige el contexto, no tendría un poder auténtico para diferenciarse del conjunto: sería una declinación provisional de un proceso universal. Los actos que llamo «libres» serían actos «determinados» cuyas causas simplemente ignoro. Mi libertad solo consistiría entonces en tomar conciencia de la necesidad que los habita. Todas las imágenes de libertad citadas (principio de autodeterminación, protagonismo, resistencia, posibilidad de cambiar las cosas…), con toda la verdad que contienen, acabarían siendo ilusorias.
De hecho, observa Giussani, «¿qué quiere decir hablar de libertad si este punto [yo, tú] antes no existía y aparece solo como un momento que emerge, como un golpe de mar pasajero en todo ese enorme oleaje, en ese gran torrente que forman el mundo y la historia?». Si naciera exclusivamente como parte de esa realidad en devenir, «ya no podríamos hablar de libertad, no podríamos definirla, no podríamos fundamentarla, no tendríamos ninguna razón para decir: “soy libre”» (L. Giussani, L’avvenimento cristiano, pp. 8-9). Entonces el determinismo tendría razón. A estas conclusiones, incluidas sus consecuencias políticas, podría llegar «cualquier concepción panteísta, materialista, biologista o idealista del hombre» que afirme el dominio de la totalidad sobre el individuo y la inconsistencia ontológica de este. En nuestra época, esto se traduce en que «el Estado es la fuente de todo derecho; el Estado liberal o marxista, da lo mismo».
En este contexto, ¿cómo se puede introducir un elemento de indeterminación, de libertad, una posibilidad de diferenciarse, de autodominio que permita decir sin engañarse: «mi» voluntad, «mi» gesto, «mi» cumplimiento? Esta es la segunda forma de dependencia, que Giussani introduce formulando una segunda hipótesis. «Solo en un caso este punto que es el hombre individual y concreto sería libre de todo el mundo, libre hasta el punto de que ni el mundo entero ni todo el universo podría constreñirlo, solo en un caso esta imagen de hombre libre es explicable: si se supone que este punto no está constituido solo por la biología de su madre y de su padre, que posee algo que no deriva de la tradición biológica de sus antecedentes inmediatos, sino que está en relación directa con el infinito, en relación directa con el origen de todo el flujo del mundo». E insiste: «Solo en la hipótesis de que exista en mí esta relación, el mundo podrá hacer de mí lo que quiera, pero no me vencerá, no me despojará, no me atará, porque yo seré más grande, seré libre».
La libertad solo es posible si mi ser no queda “resuelto” en esa dependencia de la cadena de antecedentes bio-históricos del contexto, si hay en él algo que no proviene de ese flujo, si en mí está presente y operante otra dependencia que me permita trascender la primera. Una relación así es lo que me permite escapar de la sujeción del universo, experimentar y afirmar –reconociendo todas las deudas que sin duda tengo con lo que me precede y me rodea– que, en último término, este pensamiento, este reconocimiento, esta decisión, este acto que realizo es «mío», irreductiblemente «mío», no el resultado necesario de los condicionantes cosmo-históricos en los que vivo inmerso. Por tanto, «he aquí la paradoja: la libertad es depender de Dios. Es una paradoja, pero clarísima», dice Giussani. De hecho, aquí se plantea la alternativa radical. «El hombre –el hombre concreto, yo, tú– antes no existía, ahora existe, y mañana no existirá: por lo tanto, depende. O depende del flujo de sus antecedentes materiales, y es esclavo del poder; o depende de Aquello que está en el origen del flujo de las cosas, más allá de ellas, es decir, de Dios».
O lo uno o lo otro. Esta alternativa vale también cuando se subrayan, cargados de razones, los límites del individualismo y de un concepto de libertad como autodeterminación total, enfatizando por otro lado la importancia de las relaciones humanas y la pertenencia social. Incluso la relación con los demás acabaría proponiendo tan solo una modulación distinta de esa dependencia alienante si se afirmara fuera de la perspectiva que formula Giussani (de ahí la significativa valoración giussaniana de la figura del anarquista). Por tanto, en lugar de «Dios», de ese «Otro», en la frase citada («la libertad es depender de Dios»), no puede haber ningún otro (los padres, los demás, el grupo, la sociedad…). El factor “libertad” exige y en cierto modo demuestra –cuando se presenta como un hecho– que en el yo hay algo irreductible a los antecedentes, que está en relación directa con lo que está más allá del flujo del mundo y de la historia (por ello es ilusorio fundar la libertad y dignidad de la persona sin referirse a Otro, a la trascendencia).
Ahora bien, la afirmación de que el fundamento de la libertad es depender de Dios se sitúa en un plano ontológico, pero lo que marca la diferencia a nivel existencial es que esa relación irreductible y única se reconozca y se viva, se haga historia y autoconciencia. «La conciencia vivida de esta relación se llama religiosidad». Concluye Giussani: «¡La libertad consiste en la religiosidad!». Esto explica la insistencia de Cristo en la religiosidad. En su vida terrena, escribe Giussani, Jesús «está como concentrado en este problema», porque «sin esa relación, el individuo humano no puede tener un rostro propio, indestructible», ni tampoco «un papel inconfundible en la marcha del mundo» (Los orígenes…, pp. 106-107). Él ha venido para reclamar al hombre su verdadera religiosidad, para que el hombre fuera libre, para ofrecerle una postura adecuada para afrontar todos los problemas.
Es la misma finalidad de la Iglesia, prolongación de Cristo en la historia. La comunidad cristiana representa el lugar donde continúa ese reclamo de Cristo y donde sigue siendo posible una experiencia actual del contenido del anuncio cristiano. «En Jesús, el Emmanuel, el “Dios con nosotros”, la familiaridad y el diálogo con quien nos crea en cada instante se convierte no solo en transparencia iluminadora, sino también en compañía histórica» (ibídem, p. 112), y por tanto en camino hacia el cumplimiento –con todos nuestros límites– de la propia vida y del mundo.
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