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Huellas N.07, Julio/Agosto 2024

Una obediencia desconocida

Paola Ronconi

«La pretensión de una autonomía absoluta es irracional», dice la madre Gertrudis del Divino Corazón, que lleva 62 años viviendo en un monasterio

La madre Gertrudis del Divino Corazón vive en el monasterio benedictino de la Adoración Perpetua de Milán desde hace 62 años. A los ojos del mundo, más de medio siglo encerrada entre cuatro paredes. Pero cuando la ves y la oyes hablar sientes cierta envidia por la alegría que expresa. Nos vemos en una sala del monasterio para hablar de una de las mayores aspiraciones de todos los hombres. La dulzura de su mirada y la delicadeza de sus gestos acompañan la claridad de sus palabras: «Creo que la idea de libertad hoy resulta contradictoria».

¿Por qué?
Entré aquí en los años 60, una época de grandes aspiraciones de independencia y ansias de autonomía. Ya entonces se creía que tomar una decisión que fuera definitiva era como poner coto a la libertad. “Hoy quiero hacer esto, pero si mañana ya no quisiera seguir, tengo que ser libre para dejar de hacerlo”. El concepto de libertad ha sido sustituido por el de libre arbitrio. La verdadera libertad se ha degradado a una espontaneidad instintiva. Si decido que mi vida consiste en el placer momentáneo, en cada instante me abandonaré a esa instintividad y ese es el método más rápido para destruir la libertad y la capacidad de reconstruirla. Porque así la persona se rompe en pedazos que ya no están unidos, y deja de preguntarse por el sentido último de su vida. Se ignora esa pregunta, se aparta, o se cree que se puede vivir sin ella. Pero en realidad, no puedo vivir bien sin preguntarme dónde me lleva mi vida, dónde debo ir.

Clausura y libertad parecen una paradoja.
Instintivamente pensamos que la clausura suprime la libertad, pero olvidamos que la verdadera libertad es un valor interior, no consiste en hacer todo lo que se nos antoje. Consiste en poder elegir la forma de vida que más nos realiza y vivirla coherentemente. Por supuesto, nadie me obligó a entrar en el monasterio. Además, la palabra clausura lleva a pensar en la ausencia de contacto humano. Sin embargo, ese recogimiento intenso y la esencialidad de nuestra vida nos hacen estar más abiertas a comprender el corazón de los demás profundamente, a escuchar y compartir con amor. No es casual que al monasterio se acerque tanta gente buscando consuelo, apoyo, oración.

Decía que la libertad va estrechamente ligada a la pregunta por el sentido.
Si no tiene un rumbo, mi libertad no sirve para nada. Eso es lo que suele pasar: si me abandono a un placer inmediato, estoy a merced de lo que suceda. Sin una dirección, sin una opción fundamental, sin una decisión de fondo en la vida, la consecuencia es que cada vez me dejo llevar por lo que me agrada en cada momento. Si no descubres tu deseo, tu búsqueda, tu necesidad de un camino, tu persona no se realiza. Ese es el punto de partida. Pero hay un paso imprescindible.

¿Cuál?
Que dependo. La razón nos dice que vivimos una dependencia radical y ontológica, tenemos una causa y un fin. Si dentro de mí hay una aspiración al infinito (y esto no se puede negar: nunca me quedo satisfecho), ¡evidentemente tengo un sello de fábrica que apunta al infinito! Entonces dependo de algo que es más grande que yo. Y si camino hacia una meta, esa meta me trasciende porque percibo que mi deseo se abre al infinito. Este paso favorece una razón sana, sin prejuicios. El ser humano no se puede explicar sin depender de alguien que es infinito, que no está encerrado en la temporalidad, que es eterno.

Ahora todo dice lo contrario.
Es una nueva versión del pecado original: yo lo decido todo. Pero por el camino me doy cuenta de que no me basta. La pretensión de una autonomía absoluta es irracional. Y no parece obtener grandes resultados: aumento de los casos de suicidio, incremento exponencial de la depresión… deberíamos preguntarnos si este planteamiento es humano o deformante, inhumano.

¿Cuándo se siente libre?
En la oración, es decir, en la vida. La oración como diálogo con Dios es abrirse a recibir la plenitud de su amor que abraza la vida entera. No hay distinción entre la oración, que no se limita a ciertos momentos, y la vida cotidiana. Liturgia, adoración, lectio divina… son momentos en los que se caldea el corazón y se ilumina la mente para alimentar con la oración la rutina cotidiana, hasta en los aspectos que parecen más banales. La oración es una síntesis preciosa –que abarca razón, corazón y naturaleza– de libertad y obediencia. Se percibe la dependencia esencial, estructural, de Dios como sostén y consuelo, como la razón misma de la vida: causa, principio y fin de la vida.

«La oración es el lugar del susurro de Dio», como he oído decir en este monasterio.
Exige un silencio que consiste en abrir nuestras facultades a la espera de que nos invada la presencia de Dios. Todos somos ya de Dios, pero la mayoría de las veces no nos damos cuenta, la mayor parte de la gente no se lo cree. Lo más doloroso –si lo piensas dan ganas de llorar– es la renuncia de la gente que no cree. Porque todos deseamos ser felices, amar y ser amados de forma gratuita, infinita. Dios nos ama así y nos enseña a dejarnos amar así. Soy libre cuando elijo lo que me acerca al amor absoluto, que es la felicidad plena.

¿De dónde nace la certeza en este camino?
De la obediencia, que no es aplastar mi voluntad en virtud de la de otro más fuerte. En el monasterio se descubre de forma magnífica la creatividad de la obediencia cuando te dan una tarea para la que no te sientes capaz. ¡Ver para creer! La respuesta a mi deseo la he encontrado muchas veces justo en un camino que me parecía prohibido.

¿Por ejemplo?
Hasta hace unos años teníamos un colegio. Yo daba clase y me pidieron ser la directora. No quería porque me parecía una tarea fría, burocrática, y prefería el contacto humano con los chavales, ser testigo del crecimiento de las personas. Pero acepté. Poco a poco fui descubriendo que guiar a otros profesores y acercarme a los alumnos a través de toda la actividad educativa del centro (y no solo dando clase) me hacía ganar muchas cosas, hacía que mi trabajo fuera más profundo. Eso es la libertad. Es una decisión amorosa, y veo que mi voluntad es totalmente libre cuando abraza la voluntad infinita de Dios. Porque yo quiero el infinito. Por eso tengo que recorrer el camino que me lleva hasta ahí, el camino de la obediencia que me traza Aquel que me ha creado. No hay libertad sin obediencia. Y no hay obediencia sin libertad.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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