Todo comenzó en 1992 con una solicitud del metropolitano ortodoxo de Tebas al obispo de Padua relativa a las reliquias del evangelista. Desde entonces, una serie de estudios han confirmado la autenticidad de los huesos conservados en Santa Giustina, así como la historicidad de la tradición
Lucas, a quien Pablo de Tarso define como “el querido médico”, el autor del tercer Evangelio y de los Hechos de los Apóstoles, el que ha sabido describir mejor que nadie la compasión y la misericordia por los pobres y los afligidos, reposa en Padua. En la basílica benedictina de Santa Giustina, una antigua iglesia cuya fachada da a la gran plaza de Prato della Valle, se conserva desde hace mil años una urna de plomo que contiene el esqueleto de un hombre muerto en edad tardía: tras dos años de estudios e investigaciones interdisciplinares auspiciadas por la diócesis, esas reliquias se han atribuido al cronista que Dante definió como scriba mansuetudinis Christi.
Una extraña petición
En octubre de 1992, el obispo de Padua, Antonio Mattiazzo, recibió una carta en griego escrita por el metropolitano ortodoxo de Tebas, Hyeronimus, en la que le pedía «un fragmento significativo de las reliquias de san Lucas para depositarlo allí donde se encuentra y es venerado hoy el sepulcro sagrado del evangelista». Ciertamente, según una antigua tradición, la tumba de Lucas se encontraría en la Tebas griega. En el Prologo monarchiano, de fines del siglo II, se lee: «Lucas sirio, de Antioquía, médico de profesión, discípulo de los apóstoles, más tarde fue seguidor de Pablo hasta el martirio sirviendo a Dios sin delito. Sin haber tenido mujer ni hijos, a la edad de 74 años [según otra tradición 84; ndr., murió en Beocia lleno del Espíritu Santo. Él, habiéndose escrito ya los evangelios de Mateo en Judea y el de Marcos en Italia, por impulso del Espíritu Santo escribió este evangelio en las partes de Acaia, manifestando en la introducción que antes se habían escrito los otros». Noticias similares se pueden hallar en el coetáneo Prologo antimarcionita.
Al obispo Mattiazzo le estremeció tal petición. ¿Cómo era posible que su hermano ortodoxo estuviera tan seguro de que en Padua se conservan los restos de san Lucas? El culto al evangelista ha sido casi nulo en Padua en los últimos decenios o, en todo caso, minoritario. Decidió ponerse manos a la obra; y antes de satisfacer la petición del metropolitano de Tebas, se interesó por estudiar más profundamente la tradición y someterla al análisis de la ciencia. Se llegó así, paso a paso, al reconocimiento de 1998 y a la conclusión de los experimentos en 2000, con un sorprendente resultado que confirma la antigua tradición. En otoño, la diócesis de Padua organizó un congreso internacional dedicado a tal descubrimiento. El anatomopatólogo de la Universidad de Padua Vito Terribile Wiel Marin, coordinador de los trabajos, afirmaba: «Antes de la investigación, basándonos únicamente en los datos históricos en nuestro poder, podíamos considerar que en Padua se hallaban las reliquias de san Lucas. Hoy, a partir de los resultados obtenidos con estos estudios, podemos afirmar que la hipótesis está comprobada con un altísimo grado de probabilidad. A pesar de que la ciencia no sostiene nunca el 100%, podríamos hablar de un dato bastante cercano a la certeza».
Un culto antiquísimo
Cuando en 1998 los expertos de la diócesis y los hermanos de Santa Giustina abrieron los cerrojos de 400 años de antigüedad que sellaban la gran urna de plomo de 190 cm de longitud, 40 de anchura y 50 de fondo, con un peso de 600 kilos, se encontraron ante los huesos de un esqueleto completo (a excepción del cráneo), protegido por un sudario de tejido blanco transparente, que se supone debió ser utilizado para la última exposición pública, en 1562. Los huesos atribuidos al santo estaban mezclados con algunas costillas y vértebras de pequeños roedores, algunos caparazones, residuos vegetales (tal vez restos de flores arrojadas por los fieles), unas escudillas de barro y algunas vasijas que contenían pergaminos y monedas. Además, en el fondo de la caja se encontró un total de 34 monedas, de las cuales la más antigua data del año 299 d. C. También había una lastra y una inscripción que testifican los reconocimientos llevados a cabo en 1463 y 1562, y que refuerzan la atribución de los restos al autor del tercer evangelio. Aparte del cúbito derecho y el astrágalo izquierdo (un pequeño hueso del pie), el esqueleto sin cráneo estaba completo y perfectamente conservado. La antropóloga Mariantonia Capitanio, de la Universidad de Padua, explicó que el cuerpo «no fue nunca sepultado en una tumba bajo tierra, sino siempre en contenedores que pudieran garantizar una conservación duradera incluso en caso de traslación». Ello da testimonio de un culto antiquísimo, que se ve confirmado también por la presencia de mirto en el ataúd, particularmente utilizado en las ceremonias fúnebres antiguas y que, entre otras cosas, situaría la muerte entre el final de la primavera y el comienzo del verano, dada la estacionalidad de su floración. Además, por las considerables dimensiones de la caja de plomo resulta evidente que no fue fabricada para contener las reliquias del esqueleto sino el cuerpo mismo del evangelista. Una confirmación interesante viene precisamente de Tebas: en el sepulcro de mármol venerado como tumba de Lucas encaja con una precisión milimétrica la urna de plomo.
Un sirio viejo y enfermo
Las investigaciones han confirmado que los huesos son atribuibles a un individuo de raza siria. A estas conclusiones se ha llegado gracias al examen del ADN a cargo del genetista Guido Barbujani. El esqueleto pertenece a un hombre muerto a edad avanzada, presumiblemente entre los 70 y los 85 años (un dato perfectamente en línea con las noticias de los dos «Prólogos»), de estatura en torno a 1,63 centímetros y de complexión robusta. El profesor Terribile Wiel Mewrin ha descubierto en los huesos una grave clase de osteoporosis, una artrosis de la columna vertebral y un notable desgaste de los dientes. Además, de la curvatura de las costillas se deduce la presencia de un enfisema pulmonar. Entre los resultados más interesantes de las investigaciones, se encuentra el de la datación con radiocarbono, examen efectuado en dos laboratorios, uno en Tucson (Arizona) y otro en Oxford. De ellos se coligue que la muerte de la persona a la que pertenece el esqueleto se remonta a un periodo comprendido entre el 130 y el 400 después de Cristo. Un dato que no contradice la tradición, la cual sitúa la muerte del evangelista en los primeros decenios del siglo segundo.Finalmente, los estudios del experto en palinología Arturo Paganello acerca de los pólenes presentes en la urna y en los huesos han establecido que se trata de pólenes típicos de la Italia meridional y sobre todo de la cuenca mediterránea, datos que confirman la procedencia del cuerpo y del ataúd de aquella zona y que coinciden con la tradición de la muerte y sepultura en Beocia.
La intriga del cráneo
Entre los huesos de Padua falta, como ya hemos señalado, el cráneo. Y precisamente de esta “ausencia” proviene una última confirmación y autentificación de las reliquias. De la lectura de los documentos históricos resulta que en 1354 el emperador Carlos IV retiró la calavera del esqueleto de Padua y se la llevó consigo a Praga, donde ha permanecido y sigue siendo venerada en la catedral de San Vito. El obispo Mattiazzo solicitó al cardenal Miloslav Vlk examinar la reliquia. De esta manera, en septiembre de 1998, el decano de la catedral de Praga y un experto en paleontología atravesaron Europa para llegar a Padua con ella. Durante tres días los estudiosos coordinados por el profesor Terribile Wiel Marin examinaron el cráneo para comprobar si se articulaba con el atlas, es decir, con la primera vértebra cervical del esqueleto conservado en Santa Giustina. «La correspondencia nos ha parecido indiscutible tanto a mí - ha dicho el profesor -, como a la profesora Capitanio y al profesor Emanuel Vlcek, venido desde Praga». La articulación cráneo-atlas es considerada “altamente específica”, del tipo llave-cerradura: es absolutamente impensable que otra calavera pueda adaptarse a la primera vértebra. Además el cráneo es dolicocéfalo, es decir, alargado hacia atrás y estrecho. Esta forma es bien compatible con la población de la Antioquía de Siria del siglo I y II, y no con la población de la misma región en el año 1000 ni aún menos con la actual. Así pues, una confirmación más de la tradición.
El viaje de San Lucas
¿Cómo llegaron a Padua estas reliquias, que a raíz de su descubrimiento son las más importantes que se pueden atribuir a un evangelista? Una tradición confirmada por el testimonio de san Jerónimo atestigua que la urna con los huesos fue transportada a Constantinopla en la época del emperador Constancio (siglo IV) e instalada dentro de la basílica de los Santos Apóstoles. Desde allí sería transportada posteriormente a Padua. Según algunos estudiosos ello habría sucedido tras el saqueo de Constantinopla por los cruzados. Pero estudios más recientes, dirigidos por monseñor Claudio Bellinati, director del Archivo Histórico de Padua, revelan que la presencia de los huesos ya estaba registrada en la ciudad de san Antonio en el año 1177, cuando la urna de plomo - que a causa de las incursiones bárbaras se había escondido en el cementerio de Santa Giustina con todos los demás cuerpos que se conservan en la iglesia - fue descubierta y ubicada de nuevo en el interior de la basílica. El documento que encontró monseñor Bellinati tira por tierra la hipótesis de que fueron los cruzados quienes transportaron las reliquias. «Los huesos pudieron haber llegado mucho antes - ha dicho el estudioso, en el siglo VIII, durante el periodo de las luchas iconoclastas». La tradición señala que un sacerdote llamado Urio, custodio de la basílica de los Santos Apóstoles en Constantinopla, llevó consigo a Padua los restos de san Lucas, los atribuidos a Matías y un icono de la Virgen, todo lo cual se encuentra ahora en Santa Giustina.
La costilla más cercana al corazón
Hace un mes, cuando se estaban ultimando los preparativos para el congreso y para el anuncio de la atribución de los huesos a san Lucas, monseñor Mattiazzo extrajo una costilla del esqueleto del santo, la más cercana al corazón y, tomó un avión que le llevó a Tebas. La Congregación para las Causas de los Santos, la Secretaría de Estado Vaticana y el Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos habían autorizado desde hacía tiempo al obispo de Padua a satisfacer la conmovedora solicitud del metropolitano Hyeronimus de tener una reliquia significativa que venerar en el sepulcro vacío. Y así el scriba mansuetudinis Christi, diecinueve siglos después de su muerte, ha aportado la ocasión para dar un paso adelante en el camino ecuménico.
La fascinación del rostro de Cristo
Juan Pablo II ha querido enviar un mensaje al obispo de Padua con ocasión del congreso internacional que ha anunciado la atribución de las reliquias al autor del tercer Evangelio. Son palabras conmovedoras, que captan la belleza de la narración del evangelista y testimonian la dinámica del encuentro con el cristianismo: no un esfuerzo voluntarista, el resultado de un adoctrinamiento ni la repetición de fórmulas justas, sino el toparse con una fascinación, con una belleza que nos sale al encuentro, nos atrapa y, sin mérito alguno por nuestra parte, nos da la fuerza para seguir. «Para Lucas -escribe el Papa- ser cristiano significa seguir a Jesús por el camino que él recorre. Es Jesús mismo quien toma la iniciativa e invita a seguirlo, y lo hace de modo decidido, inconfundible, mostrando así su identidad totalmente fuera de lo común, su misterio de Hijo que conoce al Padre y lo revela. En el origen de la decisión de seguir a Jesús está la opción fundamental a favor de Cristo es imposible que le sigamos con fidelidad y constancia, porque Jesús camina por un sendero inaccesible, pone condiciones extremadamente exigentes y se dirige hacia un destino paradójico, el de la cruz.
Es preciso abandonarse a la potencia del Espíritu Santo -explica el Papa-, capaz de infundir luz y, sobre todo, amor por Cristo; es preciso abrirse a la fascinación interior que Jesús ejerce sobre los corazones que aspiran a la autenticidad, rehuyendo de las medias tintas. Esto es ciertamente difícil para el hombre, pero se hace posible con la gracia de Dios».
El escriba y sus fuentes
Los pastores «fueron a toda prisa, y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón»... (Lc 2, 16-19). El adolescente Jesús «les respondió: "Y ¿por qué me buscabais?; ¿no sabíais que ti debía estar en la casa de mi Padre?" Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón» (Lc 2, 49-51). Estas dos delicadísimas pero sugestivas indicaciones hicieron creer al abad Giuseppe Ricciotti, autor del insuperado y afortunadísimo volumen Vida de Jesucristo, que la propia madre del Salvador es una de las fuentes del evangelista Lucas. No se sabe con seguridad si el médico sirio conoció personalmente a María de Nazaret o si alguien hizo de transmisor de esas noticias. De cualquier forma, resulta evidente que sólo ella pudo contar algunos detalles del nacimiento y de la infancia de Jesús y por esta razón sugiere Lucas dos veces, con gran atención y discreción, el origen autorizado de sus informaciones.
Una tradición tardía, no atestiguada con anterioridad a Teodoro el Lector (siglo VI), presenta a Lucas como el pintor de un retrato de María; pero el verdadero retrato de la Virgen es el que emerge de las páginas del evangelista. San Lucas, el compañero de san Pablo, no conoció personalmente a Jesús. Cuando se dispone a la escritura de su evangelio, Marcos y Mateo ya han escrito. Lucas, como él mismo antepondrá a la narración, quiere «escribir ordenadamente desde los orígenes» los hechos de la vida de Cristo, es decir, sistematizar el material existente, pero también completarlo aportando nuevas noticias de "testigos oculares" y conectar cronológicamente la historia del Evangelio con la historia profana contemporánea. En Lucas, casi la mitad de la narración es exclusiva de su evangelio, no encontrándose en los otros sinópticos: en estos añadidos se incluyen siete milagros de Jesús, una veintena de parábolas y, sobre todo, la narración del nacimiento y de la infancia del Salvador.
La originalidad del evangelista, el más atento a describir la misericordiosa mansedumbre de Jesús hacia los pobres, los enfermos, los pecadores y los afligidos, emerge fundamentalmente en la parte central de su Evangelio, la que narra el viaje de Cristo a Jerusalén; las parábolas del buen samaritano, el hijo pródigo, el rico Epulón, el fariseo y el publicano. Muchas veces repite Lucas que la buena noticia es para los pequeños, mientras se explaya en la descripción de los gestos de perdón y de acogida de Jesús. Pertenece únicamente a la narración de Lucas, por ejemplo, el episodio de la prostituta que irrumpe en la casa del fariseo que había invitado a Jesús a comer y «comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume» (Lc 7, 36-50). Sólo gracias a Lucas conocemos el episodio del buen ladrón que es perdonado y acogido por Jesús moribundo y consigue así "robar" en un instante el Paráiso.
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