En Berlín el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe intervino acerca de la situación del continente europeo. Después de la cumbre de Niza y de la redacción de la carta de los derechos fundamentales, en los que no se hace mención a Dios, al matrimonio monogámico como célula del tejido social, a la libertad de conciencia y religiosa
¿Cuál será el futuro de Europa? «No lo sabemos», afirmaba sintéticamente el cardenal Ratzinger al final de su intervención sobre los fundamentos espirituales de Europa. La embajada de Baviera ante el gobierno federal alemán en Berlín invitó al Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe a exponer su diagnóstico sobre la situación del continente europeo y a la conferencia asistieron centenares de huéspedes del mundo político y económico reunidos para escuchar, al menos una vez, a un alto representante de la Iglesia romana en un Berlín ampliamente secularizado. Ratzinger citó al historiador británico Arnold Toynbee y su tesis sobre la crisis de la secularización de occidente. El Prefecto expresó su perplejidad ante la hipótesis de que como terapia es suficiente volver a introducir simplemente «el momento religioso» en la cultura europea - como propone Toynbee -, sobre todo porque «el momento religioso» consiste en una «síntesis de residuos del cristianismo y del patrimonio religioso de la humanidad en general». Sin embargo, Toynbee tenía razón - prosiguió Ratzinger - al afirmar que el destino de una sociedad depende siempre «de las minorías creativas». Para el Cardenal esto significa que «los fieles cristianos, al ser considerados una minoría creativa, deberían contribuir a que Europa recupere lo mejor de su patrimonio hereditario».
Falta el nombre
En su intervención, el Cardenal analizó la situación concreta de Europa respecto a la propia herencia espiritual y religiosa basándose en la Carta de los derechos fundamentales proclamada solemnemente por los representantes de los gobiernos de la Unión Europea con ocasión de la cumbre de Niza. Especialmente importante - subrayó Ratzinger - es el segundo párrafo de la introducción: «Consciente de su patrimonio espiritual y moral, la Unión se basa en los valores indivisibles y universales de dignidad humana, de libertad, igualdad y solidaridad». El Cardenal prosiguió lamentando que en la Carta no se nombre expresamente a Dios. Es importante, sin embargo, «la necesidad de salvaguardar la dignidad humana y los derechos humanos como valores que están por encima de todo ordenamiento jurídico». Este valor de la dignidad humana que precede a cualquier acción política remite en última instancia al Creador: «Sólo Él puede establecer leyes basadas en la esencia misma del hombre y que no pueda instrumentalizar nadie». Para Ratzinger, por tanto, en la Carta de los derechos fundamentales se mantiene un rasgo característico de la identidad cristiana: «Que existan valores que no pueda manipular nadie; éste es el verdadero secreto del Creador y del hombre hecho a su imagen y semejanza. Esta frase de la Carta de los derechos fundamentales protege un elemento esencial de la identidad cristiana europea en una formulación comprensible también para los no-creyentes».
Sin embargo, después de esta apreciación positiva, el Cardenal no dejó de hacer algunas críticas, destacando que, en algunos puntos, la Carta es demasiado vaga: falta un claro reconocimiento de los valores cristianos concretos de Europa. Ratzinger citó dos ejemplos: el primero, «el matrimonio monógamo como modelo fundamental de ordenación de la relación entre el hombre y la mujer y, al mismo tiempo, como célula del tejido social del Estado». Este valor está plasmado evidentemente en la fe de la Biblia. Pero precisamente sobre este tema falta en la Carta una palabra clara sobre las amenazas contra la institución del matrimonio: por una parte, la creciente erosión del valor de la indisolubilidad, por otra, la pretensión de las parejas homosexuales de reivindicar formas jurídicas análogas al matrimonio para su convivencia. «Con esta tendencia el hombre se sitúa fuera de la entera historia moral de la humanidad», dijo el Cardenal. Si se considera que las uniones homosexuales son equivalentes al matrimonio, «nos encontramos en el umbral de la disolución de la figura humana» que la Carta defiende expresamente en el segundo párrafo de la introducción.
Conciencia y religión
Como segundo ejemplo del carácter demasiado genérico de la Carta de los derechos fundamentales, Ratzinger citó la garantía de la libertad de conciencia y religiosa. Los Estados de la Unión Europea se declaran neutrales respecto a las religiones, sin considerar que existen «rasgos característicos de la identidad de nuestra cultura» que necesitan una salvaguardia especial, por ejemplo, las grandes festividades como la Navidad, la Pascua, Pentecostés o el domingo. La tolerancia - continuó Ratzinger - tiene un límite: ¿qué será de las comunidades religiosas que han hecho caso omiso de los valores garantizados por la Carta de los derechos fundamentales, como la libertad religiosa misma o la renuncia clara al uso de la violencia? Hay algo que no debía faltar, según el Cardenal, en la Carta de los derechos: «El respeto hacia lo que para otro es sagrado y la reverencia ante lo Sagrado en general, ante Dios, es algo completamente razonable también para aquellos que personalmente no creen en Dios». Aquí el Cardenal constata que «Occidente se está autolesionando y esto sólo se puede calificar de ‘patológico’; en efecto, se esfuerza loablemente por abrirse a valores ajenos a él, pero no se presta atención a sí mismo; sólo ve en su propia historia los aspectos más atroces y destructivos y no es capaz de acoger lo que tiene de grandeza y de pureza». Gracias a Dios, siguió Ratzinger, en nuestra sociedad se castiga a cualquiera que se mofe de la fe de Israel y también a quien desacredita el Corán o el Islam, «pero cuando se trata, en cambio, de Cristo y de los valores sagrados para los cristianos, la libertad de opinión parece ser el valor supremo».
Europa, concluyó Ratzinger, «debe aprender de nuevo a aceptarse», en vez de renunciar a lo que es suyo y rechazarlo. «Nosotros podemos y debemos aprender de los valores que son sagrados para los demás, pero precisamente ante los otros y por los otros tenemos la obligación de avivar en nosotros la misma reverencia ante lo sagrado y de mostrar el rostro de Dios que se nos ha aparecido, el Dios que cuida de los pobres y de los indefensos, de las viudas y de los huérfanos, del extranjero. Un Dios que es tan humano que ha querido hacerse hombre, varón de dolores, y que sufriendo con nosotros confiere dignidad y esperanza también al dolor».
Proponemos algunos párrafos de la carta que Juan Pablo II envió al cardenal Antonio María Javierre Ortas con ocasión de un congreso en el Vaticano celebrado el 16 de diciembre, sobre los 1200 años de la coronación de Carlo Magno. El Pontífice ha tenido ocasión de expresar su desilusión por la falta, en la Constitución europea, de cualquier «referencia a Dios en la cual está la fuente suprema de la dignidad de la persona». Avvenire, 17 de diciembre de 2000
Europa, que no constituía una unidad definida desde el punto de vista geográfico, sólo a través de la aceptación de la fe cristiana se convirtió en un continente que, durante siglos, consiguió difundir sus valores a casi todas las partes de la tierra por el bien de la humanidad. Al mismo tiempo, no puede omitir que las ideologías, que han causado ríos de lágrimas y de sangre durante el siglo XX, han nacido en una Europa que había querido olvidar su fundamento cristiano. El compromiso que la Unión Europea ha asumido de formular una "Carta de los derechos fundamentales" constituye un intento de sintetizar de nuevo, al principio del nuevo milenio, los valores fundamentales en los que debe inspirarse la convivencia de los pueblos europeos. (...)
A pesar de los muchos y nobles esfuerzos, el texto elaborado para la "Carta europea" no ha satisfecho las justas expectativas de muchos. Podría, especialmente, haber sido más valerosa la defensa de los derechos de la persona y de la familia. Está más que justificada la preocupación por la tutela de tales derechos no siempre adecuadamente comprendidos y respetados. (...)
No basta resaltar con grandes palabras la dignidad de la persona, si después es gravemente violada en las normas mismas del ordenamiento jurídico.
Desde los enormes cambios de nuestro tiempo, aflora la identidad europea después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial -Adenauer, Shuman, De Gasperi-. Está claro que semejante fundamento existe y que consiste en la herencia cristiana de un continente desarrollado gracias al cristianismo. Está claro, para ellos, que la devastación de las dictaduras nazi y estalinista se basaba precisamente en el rechazo de estos fundamentos. Sobre una hybris que no se sometía al Creador sino que pretendía crear hombres mejores, hombres nuevos y convertir «el terrible mundo del Creador» en «un mundo bueno» que nacería del dogmatismo de sus ideologías.
Joseph Ratzinger
Una cosa no debería haber faltado, en mi opinión: el profundo respeto a todo lo que es sagrado para los demás y el profundo respeto a todo lo que de sagrado existe, a Dios; un respeto absolutamente razonable también para aquellos que no están dispuestos a creer en Dios. Si se rompe este respeto en una sociedad, se destruye lo esencial.
Joseph Ratzinger
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