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Huellas N.1, Enero 2001

VIDA DE CL

Otra vez Tú

Caterina Giojelli

Más de 6.000 jóvenes reunidos en Rímini con ocasión de los Ejercicios espirituales. Impresiones de una estudiante que se enfrenta con un hecho ya conocido pero inesperadamente nuevo

El autobús que hace el recorrido Precotto-Universitá degli Studi Bicocca es tan puntual como siempre: se retrasa 35 minutos, pero hoy estoy demasiado absorta en mi móvil como para perder el tiempo en murmuraciones contra el servicio. Soy un miembro de CL “de pura cepa”, es decir: mis padres son de CL, fui bautizada por don Giussani, me eduqué en los colegios Zola y Tomás Moro, y después fui al Liceo Berchet. La conmoción que experimenté al subir aquellos tres escalones fue la primera verdadera conmoción de mi vida. Pero es necesario entender y que me entendáis. El principio es sencillo: la vida de un miembro del movimiento “de pura cepa” está plagada de miríadas de gestos que se repiten anualmente (no se han previsto premios para los que los realicen más veces en un solo año), pero hay uno que es el más frecuentado de todos: se trata del fin de semana en Rímini, en temporada baja, que registra un lleno total y en el que podemos tener una vista sugestiva de los distintos capitostes del movimiento. Está todo incluido. Y perdonadme por el atrevimiento y por la casi irreverencia. Hablar de esta manera no es fruto de la acidez, sino de haber pasado muchos años repitiendo los gestos de mi vida contentándome con una fuerte conmoción que en el viaje de vuelta de Rímini comenzaba ya a menguar, aplastada por mil pensamientos distintos. Yo estaba allí, hilvanaba reflexiones capaces de conmover a un integrista islámico, y devolvía grandes sonrisas de complicidad a todos mis amigos, los verdaderos conmovidos, casi como si ir a los Ejercicios espirituales obrara un lifting facial capaz de concretar las expresiones más usadas por estos últimos. «Tienes una mirada distinta, te ha cambiado la cara... se te ve en los ojos». Yo estaba siempre allí, y sin embargo estaba a años luz de la autenticidad de lo que estaba viviendo, y mi carrera de “ultra del Papa”, como decía mi novio, no valía ni un solo segundo pasado en los Ejercicios por una persona cualquiera que acabara de llegar por primera vez. Esta era yo hasta hace una semana, concentrada sobre miles de sentimientos de culpa generados por no sentirme nunca tan conmovida y entusiasmada como mis amigos... una imbécil sentimental, en pocas palabras. Pero en mi imbecilidad, siempre volvía. No lo definiría como un gran sentido de la tradición, sino sobre todo como la sinceridad de querer ver explotar aquella pequeña mecha que siempre tuve en el corazón y que en estos encuentros volvía a encenderse, pero que nunca había estallado. Es inútil decir que Aquel que hace todo allá en lo alto, conociéndome desde Dios (¿puede decirse así?), ha estado bombardeando los meses precedentes a los Ejercicios con pequeños acontecimientos ilusorios y dolorosos, pocos en mi brillante existencia, pero lo suficientemente significativos como para sacar provecho de ellos y para y darme cuenta de mi incapacidad de dar un juicio sobre tales imprevistos. Así es como he vuelto.
Y esto ha sucedido, sucede.

En el salón
Viernes por la noche: el auditorio resulta siempre altamente sugestivo. Miro a mi alrededor; en el silencio acompañado por las dulcísimas notas de los maestros de la música clásica el salón va llenándose. Estudiantes de la Politécnica se encargan de que se ocupen todos los asientos, dirigiendo el tráfico con orden y paciencia. Los que están ya sentados sacan cuadernitos de mochilas y bolsas. Aquellos que permanecen todavía de pie están viviendo seguramente el típico síndrome de la dispersión, que nos asalta un poco a todos, y que nos hace agudizar la vista a la salida del auditorio, cuando nos debatimos entre el respeto al silencio sugerido por don Pino y la tentación del grito «¡Ayuda, me he perdido entre tres mil autobuses idénticos y mi comunidad, que hasta hace dos segundos estaba ante mí, ha desaparecido!». En resumen, hasta el más pequeño gesto de cada uno dentro del salón evoca de nuevo la imagen de un gran corazón palpitante en cada una de sus minúsculas partes. Con todos los líos que un corazón herido y siempre un poco ambiguo lleva dentro de sí y con toda la esperanza y el valor que un corazón que late saca adelante. Estamos aquí (esto es un hecho, lo repito, un hecho), provenientes de toda Italia y de cuarenta países del mundo (y es un hecho que está en continua expansión), atentos y fieles a ese antiguo grito de felicidad, a esa antigua tristeza frente a la desproporción suscitada por tal grito, a esa antigua e inexorable pregunta que constituye lo humano, la misma que condujo a Pedro, Juan y Andrés a reconocer y a seguir a Jesús, la misma que nos ha traído a Carlo, “Carlone”, del grupo adulto, que por primera vez irrumpe en la escena y dice cosas que ni siquiera nosotros, pobres, sí, pobres miembros de “pura cepa”, nos esperábamos. Esto no, no me lo habían dicho todavía. Hay algo nuevo, algo asombrase, y el pensamiento y la iniciativa de quien (de Quien) nos ha querido aquí es siempre verdaderamente sorprendente. La misma iniciativa y la misma pregunta que ha llevado a muchos antes que a mí a amar y a seguir a don Giussani, la misma, precisamente la misma, que han seguido mis padres y que ahora me conduce a los Ejercicios del año jubilar.

La historia sucede de nuevo
La historia del movimiento reproduce la historia de los apóstoles, y también esto es un hecho. Vuelve a suceder, vuelve a suceder un Hecho que se manifestó hace dos mil años. Es asombroso para mí sentirme parte de esta historia y vivir los tres días con esta conciencia de la que hablaba antes, que es ya razón para fiarse y seguir sin miedo a la desilusión un camino muy distinto. Miedo... no sabría dar otro nombre a todas las objeciones que formulaba gustando el arte de la contestación. Era un término genérico, una excusa para eludir el empeño de disfrutar de mi libertad originaria y tomar posición frente a una sola pregunta: ¿Ha sucedido algo o no? (No puedes negar nada de este hecho, no puedes negar nada de tu origen, no puedes negar el atractivo y la belleza que siempre has deseado). ¿Por qué te has contentado siempre con mucho menos? (Preguntas estúpidas, pensaba, preguntas ante las que no merece la pena romperse la cabeza). Pero frente a la experiencia de Cesana y de muchos otros amigos de los que he escuchado cartas y testimonios no hay objeción que valga. Frente a los cantos y al recuerdo de aquellos de nosotros que han vivido como héroes y nos reclaman a hacer lo mismo no hay posibilidad rechazo. Frente a la humanidad de Zaqueo y de la Samaritana no hay dudas. Solo la correspondencia que un rostro provoca garantiza una certeza en la que se disuelve cualquier duda. ¿Hay algo más concreto que el rostro de mis padres, de Ceci, de Pigi y de todos los demás? Basta ya de esta moda a lo “joven rico”, vuelto hacia Cristo, pero centrado en sí mismo. Se abre camino en nuestro corazón la voluntad de imitar aquel famosísimo “sí” de Pedro, tan sencillo y libre a pesar de la traición, sin miedo del límite. Don Pino parece un león, se conmueve, grita, se entusiasma. Estamos hablando de la vida, estamos hablando del hombre, y como tales reivindicamos su naturaleza, su origen, su fin y su grandeza, conscientes de la reducción de nuestro deseo introducida por el pecado original, por el que el atractivo tiende a degenerar en mezquindad. Algo antitético a la naturaleza humana influye sobre el dinamismo original («Sígueme», el “tú” se ha concebido a sí mismo hacia el “yo”, ha creado una humanidad encarnándose, y se ha concebido como el salvador), inspirando rebelión o afirmación prioritaria del “yo”, instrumentalizando la fragilidad y proponiendo la renuncia a mi deseo natural de felicidad. La grandeza del hombre se convierte en su condena. Es paradójico, enfocar este juicio sobre la realidad, no es ningún descubrimiento, pero jamás me había sentido interpelada como en este momento. Y espantada al escuchar a don Pino: dice que es facilísimo que la conciencia del hombre renazca con la sencillez de los niños (niños inexpertos, pero fieles, niños atentos y con los ojos abiertos, niños que saben amar porque saben conmoverse y reconocer la mano que les lleva, y la túnica en la que esconden el rostro es aquella túnica, y sólo ella).
En la asamblea final del sábado por la tarde hablaron un amigo protestante de Lugano y el dirigente del colectivo de Ciencias Políticas de la universidad estatal. ¿Por qué han venido aquí? El suizo por curiosidad y por amistad, el otro porque le habían invitado y ya está. Y son suficientes dos preguntas. El primero agradece y pide: mi tradición es distinta, ¿cómo podemos reconocernos? El segundo cita a Montale: no siento el ímpetu de ir más allá, pero lo percibo en vuestros rostros. El encuentro se ha dado, está en la materia de estas caras. Lo demás, “cuestión de libertad”. Y no es distinto para nosotros, los de “pura cepa”. Es siempre cuestión de libertad.

PREGUNTA Y RESPUESTA
Dos de las muchas preguntas planteadas durante la asamblea del sábado por la tarde
Giovanni: Soy protestante, de la Iglesia de Zwinglio, y he tenido una experiencia muy distinta de la que estáis teniendo vosotros, pero el destino me ha concedido conocer en la universidad de Lugano amigos que están aquí y que son parte de vosotros. Con estos amigos comparto un abrazo, comparto la mirada de Cristo y con ellos trato de llegar a comprender hasta el fondo qué quiere decir tener un corazón humano. Mi pregunta es un poco provocativa y tiene que ver con la misma pregunta dirigida a Giussani. Leo brevemente: «Concretamente el camino hacia la certeza sobre Cristo viene de nuestra compañía. No adherirse a nuestra compañía es fruto de un prejuicio». Lo que pregunto es, en esencia, qué significa este "nuestra", de quién, a la luz de mi amistad, de mi afecto hacia vosotros y de mi tradición, de mi historia, de mi experiencia.
Don Pino: Tú mismo has respondido cuando has usado esta expresión tan conmovedora: «Comparto con vosotros, a través de los amigos de Lugano, el abrazo de Cristo». Has descrito un hecho que ha sucedido: "nuestra", porque es realmente mía y tuya; no es algo que yo tengo, no es algo que tú tienes, es algo a lo que nosotros... es Uno al que nosotros pertenecemos.
Giovanni: Es muy interesante, sin embargo, estamos divididos por tradiciones...
Don Pino:¿Qué nos enseña la experiencia? Es un hecho que ha sucedido: has conocido a ese matojo con patas que es Pietro Piccinini (¿dónde estás?... ¿dónde se ha escondido?... ¿dónde está?... ahí, ahí está. Ponte de pie par que todos te saludemos). Esto es un hecho. No dejar que prevalezca el prejuicio. Es verdadera esta frase de Giussani, es muy verdadera: no adherirse a nuestra compañía es un prejuicio; haría falta renegar del hecho del encuentro tal como lo estás describiendo: «Comparto con vosotros el abrazo de Cristo». En este abrazo, sé tú mismo, usa tu corazón, sé sencillo: nadie te pide que abjures, nadie te ha pedido nunca, ni te pide que reniegues de tu tradición. Solamente una cosa: reconocer la evidencia del bien que para tu vida es este encuentro e ir al fondo de él continuamente, usar el corazón, es decir, usar toda tu humanidad frente a la experiencia desbordante que has sentido, que sientes.

Marco: Estudio Ciencias Políticas en la universidad estatal de Milán. Es la primera vez que participo en esta experiencia y francamente debo decir que tengo algunas dificultades, porque no logro percibir aquello que muchos de vosotros perciben en los mensajes, en las frases que en estas horas, en estos dos días se han citado. Montale escribió que toda imagen lleva escrito «Más allá». Yo, honradamente, no logro percibir este "más allá", no logro captar el significado profundo que muchas frases de estos dos días quieren hacer captar, no logro percibir esas vibraciones (como antes las ha llamado usted). Me ha impresionado mucho el título, y esta es mi pregunta: ¿por qué un «acontecimiento de libertad»? Yo habría escrito «un acontecimiento de fe», porque estas vibraciones, desde mi punto de vista, pueden ser captadas como lo hacen estos chicos fundamentalmente porque tienen fe.
Dima: El problema no es la distinción de los términos. El problema es el significado que esta distinción asume en nuestra mentalidad, porque se podría decir: «Un acontecimiento de libertad» es algo que tiene que ver con la experiencia humana, «un acontecimiento de fe» tiene que ver con las vibraciones, por tanto tiene que ver, por así decir, con cosas que algunos sienten y otros no. Entonces esto son vibraciones que sentís vosotros, pero que yo no siento ("yo" que no eres solo tú; podrían ser muchos otros), entendiendo que la palabra "fe" tiene que ver con lo irracional. Porque, ¿qué hay detrás de esto? Por una parte está la experiencia humana, la que se puede verificar; por otra están las vibraciones, es decir, aquello que el hombre percibe de alguna forma subjetivamente, en donde la palabra "subjetivamente" conlleva algo relacionado con la imaginación, algo relacionado con un añadido de la fantasía, un añadido del sentimiento, de la obstinación en creer.
Por tanto, la fe tiene que ver con lo irracional. Entonces el problema es cómo bajar ese puente levadizo (admitiendo que nos interese) que nos permita un salto que, en ese punto, coincidiría con la palabra "fe". Precisamente aquí quiero poner el acento, y por esto he citado la frase "la realidad se hace evidente en la experiencia". Si existe una experiencia, es decir, si en la experiencia se hiciese evidente -usemos la forma hipotética- que en un cierto encuentro me sucede algo que se muestra congruente con la estructura de exigencia que tiene mi vida, con la búsqueda de mi razón, con la tensión hacia el cumplimiento; si en mi experiencia se hiciese evidente que una cierta realidad me aporta esta congruencia, tendría una razón adecuada para someterme a esta experiencia, sería razonable someterse a esta experiencia. Así es como uno se hace cristiano. Uno no se hace cristiano porque esté predispuesto al salto a lo irracional, sino porque cede ante la evidencia que una experiencia revela.
Entonces decir que es un acontecimiento de libertad significa decir que es un acontecimiento que provoca mi libertad, la pone en juego como ninguna otra cosa.
Entonces, si fuese así, si es así (para mí ha sido así), entonces yo no acepto ser cristiano porque tenga inclinación a traspasar la frontera de lo irracional, sino porque razón es someterse a la evidencia de una experiencia, razón es someterse a la experiencia por lo que ella dice. Y si la experiencia me dice que un cierto encuentro me facilita dar respuesta a los problemas de la vida, si soy racional debo someterme a ello. La fe no interviene, no coincide con un añadido que mi fantasía pone, con una "voluntad de creer", como diría Severino, sino con aceptar lo que de sí misma dice esa realidad, esa presencia, esa riqueza de humanidad; aceptar lo que dice de sí misma. Si no acepto la explicación que esta realidad da de sí misma, debería negar la experiencia que he tenido, la evidencia que ella supone en mi vida: tendría que censurar lo que mis ojos ven, y al final, tendría que censurar incluso mis propios ojos.
El camino que lleva a esta aceptación de lo que Otro dice de sí mismo no abole la razón. Es un camino que reclama la razón y la evoca como ningún otro, de tal forma que la fe cumple la razón, llega a reconocer lo que yo con mis fuerzas no podría afirmar. Se trata de no apartar esta sumisión de la razón a la experiencia, de la razón y del afecto con respecto a esta evidencia que una experiencia hace emerger. Por esto es algo que me pone en juego, como hombre: yo estoy aquí, puesto en juego totalmente como hombre, con mi razón y con mi afecto intactos, intactos para ser usado: no he conocido nada más que me forzara a usar la razón y el afecto de este modo. Por eso estoy aquí.

TESTIMONIO
Fuera de clase
Durante la noche del sábado 9 de diciembre los universitarios presentes en Rímini escucharon el testimonio de Carlo Wolfsgruber; del que proponemos algunos pasajes

Me gustaría partir de un episodio que me sucedió al comienzo de este año, mientras leía El atractivo de Jesucristo. Hay un momento en el que Giussani habla del capítulo doce de san Juan, en el que algunos griegos le dicen a Felipe: «Queremos ver a Jesús». Entonces Felipe, junto con Andrés, se dirige a donde está Jesús y le dice: «Hay unos griegos que quieren verte». Y el evangelio dice que Jesús se conmueve, y Giussani lo explica diciendo: Jesús tenía conciencia de haber sido enviado por el Padre solo para aquel pequeño reducto que era Israel, su pueblo, el pueblo judío. Sin embargo Jesús tenía también la conciencia de que había venido para todo el mundo. Pero como hombre se preguntaba: si tú me confinas aquí, ¿qué tiene que ver con esto la promesa que me has hecho de ser para todo el mundo, pues estoy aquí, en este reducto? Aquel episodio era la demostración de que el Padre mantenía verdaderamente Su promesa, porque era el inicio del mundo: «Queremos ver a Jesús».
Mientras leía aquella página me surgió una pregunta. Tuve ocasión por aquellos días de hablar con don Giussani. Yendo con él en el coche le dije: «Oye, don Giuss, ¿cuándo te diste cuenta de que tu experiencia era para todos, para el mundo, para el hombre? ¿Cuándo fue la primera vez?». Y él, de repente, me dijo: «Cuando te vi esperándome fuera de la clase». Os cuento como sucedió todo.
Se refería, efectivamente, a un episodio del que no habíamos hablado antes, sucedido hace cuarenta y dos años, cuando yo tenía diecisiete. No procedía de una familia de tradición cristiana, no sabía qué era el cristianismo, qué era la Iglesia. Nada. Pero sabía que existían los curas. Pensaba que Dios era un problema poco interesante: no era digno para un hombre interesarse por Dios. En primero de bachillerato vi entrar en clase a un sacerdote que daba clase de religión y que, después de algunos minutos, empezó a preguntar: ¿Qué es para vosotros la clase de religión?». Se produjo allí una gran discusión. Ya en la segunda clase comenzaban a ponerse un poco en duda mis certezas. Y decía para mis adentros: «Pero si cree en esto...». Yo nunca había visto a un hombre así. Jamás había visto a un hombre que utilizara así la razón. Esto es lo que más me impresionó.
Porque yo me había dado cuenta, sin saberlo muy bien, de que había en mí un malestar desde hacía algunos años, malestar en el que nunca pensaba en términos explícitos. Me parecía que la gente no decía «esto es blanco y esto es negro», sino que se ponía de acuerdo sobre lo que era blanco y lo que era negro. Es decir, no existía en la comunicación una dependencia auténtica de la realidad, sino que había impresiones que encontraban su fuerza en el hecho de - digámoslo así - una connivencia, se ponían de acuerdo sobre ello. No había algo objetivo de lo que dependiese la razón, sino que la razón expresaba algo que ya había decidido, cuya fuerza estaba en la capacidad dialéctica, y sobre todo en la capacidad de alcanzar un consenso.
Pero aquel hombre no era así. Aquel hombre llamaba blanco a lo que era blanco y negro a lo que era negro: dependía, dependía de la realidad. ¡Jamás imaginé que existiera un hombre así! No podía imaginar que existiese un hombre así, tanto que me acuerdo que ya desde el primer momento tuve la impresión de que no se podía ser hombre por menos que eso.
A la tercera clase le esperé a la salida (este es el episodio al que me refería antes) y le dije: «Si usted tiene razón yo tengo que hacerme cura». «¿Cura? ¿Por qué?». «Si usted tiene razón, Dios existe, y si Dios existe, Dios es todo, y entonces yo debo darle todo». Entonces él dijo: «¡No, hombre! Si Dios existe, Dios es todo , y tú tienes que hacer la voluntad de Dios». Me di cuenta de que no quería convencerme. ¡No quería convencerme!
Por tanto, no sólo la razón como dependencia de esa objetividad irreductible que se llama realidad, sino también la libertad. La libertad como adhesión a lo que entrando en mi experiencia aparece como correspondiente para mí.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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