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Huellas N.8, Septiembre 2013

MEETING 2013

El secreto del padre Pepe

Silvina Premat

«Es un hombre de Dios que me hace mucho bien al alma». Así habla Bergoglio del padre JOSÉ MARÍA DI PAOLA, el cura villero de Buenos Aires, huésped por primera vez del Meeting de Rímini, donde ha contado su amistad con el Papa

Cuando terminó la misa de inicio del pontificado del Papa Francisco, el 19 de marzo pasado, eran en Buenos Aires cerca de las ocho de la mañana. En Plaza de Mayo, donde miles de jóvenes esperaron en vigilia durante toda la noche la transmisión en directo de esa ceremonia, quedaban sólo los móviles de radios y canales de TV. Uno a uno entrevistaron, durante unas tres horas, a un sacerdote con apariencia juvenil a pesar de sus 51 años. Era el padre Pepe, como le llaman a José María Di Paola.
Todos querían tener sus apreciaciones sobre la elección de su arzobispo y amigo. Di Paola aceptaba el requerimiento y daba su testimonio. Y lo sigue haciendo cada vez que lo consultan sobre Bergoglio-pastor. Le preguntan qué quiere decir Francisco cuando habla de periferia existencial; a qué experiencias alude al decir que el cristiano tiene que tocar la carne de Cristo; qué indica al afirmar que la pobreza es una categoría teologal...
¿Por qué dirigir esos interrogantes a Di Paola? Quizás por la misma razón por la que los organizadores del Meeting de Rímini 2013 lo invitaron a participar de un encuentro sobre la persona del nuevo pontífice. Porque el padre Pepe no sólo fue el párroco durante trece años en la villa miseria más grande de la ciudad de Buenos Aires, la 21-24 en el barrio de Barracas –donde viven unas 50.000 personas–, sino porque Bergoglio lo acompañó y ayudó a vivir una experiencia de Iglesia diferente, abierta a todos y “salidora”, como suele decir el Papa.
«El padre Pepe es un despojado», me dijo el entonces Cardenal primado en un diálogo que me concedió para la producción de un libro que escribí sobre la vida de Di Paola y que Sudamericana ha publicado en Argentina este mes de agosto. Bergoglio se refería a la capacidad del padre Pepe de no apropiarse de sus obras, que son muchas y muy diversas.
Tras recibir amenazas de muerte por hacer público lo que cualquiera puede ver, que el paco –la pasta base de cocaína, la droga de los pobres, como le dicen aquí– está despenalizado de hecho en las villas, el padre Pepe decidió dejar la parroquia de la villa de Barracas y misionar en el norte argentino. Para entonces, diciembre de 2010, Di Paola era también el titular de la Vicaría episcopal para las villas de emergencia de la arquidiócesis de Buenos Aires, creada por Bergoglio un año antes. De su parroquia dependían ocho capillas, 35 ermitas, ocho comedores, dos hogares para ancianos y uno para adolescentes, un centro juvenil de oficios, una escuela de nivel medio y otra de nivel inicial para adultos, un jardín de infantes, un movimiento similar a los Exploradores de don Bosco que contaba con más de mil niños, y, entre otras iniciativas, un original programa de acompañamiento e inclusión para adictos a las drogas que llamó, al igual que la propuesta del chileno san Alberto Hurtado, Hogar de Cristo.

Una nueva misión. A comienzos de este año, después de casi dos de vivir como sacerdote rural en el norte argentino, se instaló en una villa en el distrito de la provincia de Buenos Aires con mayor número de asentamientos del país.
«Es uno de los hombres que más respeto y escucho con atención, y no sólo por ser cura. Es un hombre de Dios que me hace mucho bien al alma y a mi vida espiritual», dijo Bergoglio refiriéndose a Di Paola en aquella audiencia. Y continuó: «No es una máquina de hacer cosas. Pepe es un hombre de oración que cree en la presencia de Jesús en medio de la Iglesia. Para mí, ese es el secreto de su vida. Trabaja para Jesucristo. Todo lo demás está supeditado a esa vocación tan profunda que tiene del sentimiento de Jesucristo, es lo que se llama celo apostólico. No es un organizador de cosas. Es un apóstol, un hombre seducido por el Señor que busca continuamente al Señor. Y, para llegar a esto, pasó por muchos caminos».

Jugándose la vida. Nacido en una familia de clase media, en la ciudad de Buenos Aires, durante su adolescencia José María Di Paola decidió ser sacerdote con la intención de «acercar a los niños, jóvenes y pobres a Dios» según el modelo de entrega total de san Francisco de Asís. Fue nombrado párroco en la villa de Barracas, en 1997, a diez años de haber sido ordenado sacerdote y luego de haber atravesado una seria crisis vocacional. En la villa conoció una población abandonada por el Estado y por la sociedad y, por eso, víctima de la violencia entre bandas delictivas. Desde entonces recibió la visita frecuente de su obispo, monseñor Bergoglio que ya les hablaba de periferia geográfica y existencial.
«Geográfica, porque podría ser una zona del borde de la ciudad y no ser considerada parte de ella, como pasaba con la villa. Y existencial, porque es gente que no puede desarrollar sus capacidades. Más que la pobreza material Bergoglio veía el sufrimiento de gente que se juega la vida todos los días; personas que, en cierta forma, tienen la vida hipotecada. Jóvenes que no tienen las mismas posibilidades que el resto de los de su edad; adolescentes que pierden su vida en las adicciones; hombres que viven en la calle o quedan sin trabajo y ya no pueden alimentar a su familia, como pasó en la crisis de 2001 y por eso abrimos los comedores; chicas adictas al paco que tienen que dar a luz un bebé... Situaciones límites que están en la periferia, que no es lo que pasa en la vida común». Al hacer estas afirmaciones a Pepe le vienen a la mente rostros, nombres y apellidos de tantos a quienes conoció y acompañó. Como Pablo Santillán, que fue asesinado a los 21 años después de haber decidido dejar las drogas y la vida delictiva.
Pablo vivía a la vuelta de la parroquia a la que un día se acercó a pedir ayuda. Quería cambiar de vida. Empezó a ir a conversar con el padre Pepe, se quedaba a almorzar y hacía mandados u otras tareas para «tener las manos y la cabeza en otra cosa que no sea el consumo y el alcohol», algo que siempre les repite Di Paola a los que quieren dejar la adicción a las drogas o al alcohol. Empezó a estar mejor. Todos veían que estaba cambiando. Era una época en que los curas no tenían grupos organizados para contener y acompañar a los adictos. Pepe viajó y pidió a Pablo que no saliera a la noche. La impunidad con la que se manejaban las bandas de delincuentes en la villa facilitaba la justicia por mano propia o las venganzas o revanchas. Pero un día el joven se sintió seguro; estaba contento y volviendo poco a poco ser él mismo. Salió a dar un paseo y le acribillaron a tiros.
Pepe se acuerda también de Isidora Resquín –a cuyo esposo también asesinaron– quien, como Cándida Cardozo y tantos otros, no se dejó abatir por las dificultades y se involucran con sus vecinos como si fuesen familiares. O de Juan José Jaime, cuya recuperación es para Pepe un icono de lo que se puede lograr con afecto y compañía. También lo es para Bergoglio, que tenía en su escritorio, en la curia porteña, dos fotos que muestran a Jaime antes y después de dejarse ayudar en su adicción al alcohol y las drogas.

Aprender del pobre. Así, Di Paola tiene presente numerosas situaciones que lo ayudan a comprender las palabras de Jesús cuando dijo: «Te alabo, Padre, porque revelaste estas cosas a los pequeños y a los humildes». Quizás estas experiencias se vinculen con el concepto de pobreza como categoría teologal de la que habla Francisco. «Una pobreza en sentido evangélico. En general la sociedad tiende a decir que si hay pobreza se debe hacer algo. En cambio, nuestra postura y la del Papa es la de hacer algo, pero también aprender del pobre que, justamente porque no tiene nada a qué agarrarse para construir una defensa, muchas veces tiene una sabiduría, una apertura a Dios y una actitud religiosa que puede no tener alguien con mayor formación», dice Di Paola.
En la relación con esas personas y en el conocimiento de sus historias de vida, el padre Pepe y sus compañeros curas villeros podían, en términos de Bergoglio, tocar la carne de Cristo. Dice el cura: «Una de las pocas cosas que nos recomendaba Bergoglio, que no sabía sobre recuperación de adictos, era que trabajemos cuerpo a cuerpo con cada persona, porque cada una tiene una historia diferente y no hay una receta igual para todos. Cada persona venía con sus heridas, con su sufrimiento y cuando le contábamos esto a Bergoglio nos decía que acercarnos a ellos para nosotros era como tocar las llagas de Cristo; ver el rostro o la carne sufriente de Cristo».


El título de la próxima edición (del 24 al 30 de agosto de 2014)

HACIA LAS PERIFERIAS DEL MUNDO Y DE LA EXISTENCIA.
EL DESTINO NO HA DEJADO SÓLO AL HOMBRE


HAN DICHO

ANUJEET SAREEN directivo de una agencia financiera en Boston (EEUU)
Mi certeza en Cristo, que asegura nuestro destino, me permitió arriesgarlo todo. En 2008 muchas compañías financieras se hundieron. La volatilidad del mercado ha planteado un interrogante jamás visto en una Bolsa: ¿cuál es la fuente de nuestra certeza? Hablaba con mis colegas: si Dios está a mi lado, ahora, la tormenta financiera no barre la certeza de sus promesas. Es mi experiencia. Nunca hubiera pensado que diría algo semejante.

LUCIANO VIOLANTE Presidente emérito de la Cámara de los Diputados italianos
Don Giussani, en 1990, comentaba una frase de san Pablo: «Renovaos en la mente». “Mente” en latín significa medida. Mens, mensura es la medida. «Renovad la medida con la que os relacionáis con los demás». La cárcel es una realidad que afecta también a los que están fuera. Cuando se renueva nuestra medida, la primera consecuencia es que tenemos una nueva percepción de nosotros mismos. Esto podría llevarnos
a hacer lo que es necesario para cambiar la cárcel.

GUZMÁN CARRIQUIRY secretario de la Pontificia Comisión para América Latina
La elección de Bergoglio como sucesor de Pedro ha sido un hecho imprevisto para casi todos en la Iglesia. Algo nuevo que irrumpe en la vida y la sacude de sus esquemas, rompiendo la jaula cómoda en la que nos refugiamos. Hoy Francisco es para nosotros este acontecimiento: la persona real, la humanidad concreta que hace presente la compañía de Cristo al hombre y muestra el Misterio que salva.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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