Va al contenido

Huellas N.8, Septiembre 2012

IGLESIA / Carlo María Martini

«Siempre hubo un espacio para nosotros en su corazón»

Julián Carrón

Publicamos la carta del Presidente de la Fraternidad de CL publicada el pasado 4 de septiembre en el Corriere della Sera con ocasión del fallecimiento del Arzobispo emérito de Milán el pasado 31 de agosto

Querido Director: La muerte del cardenal Martini me lleva a reflexionar sobre algunas palabras clave de su vida y de su relación con don Giussani y con el movimiento de Comunión y Liberación. El mío pretende ser un simple testimonio.

Ecumenismo. La capacidad del cardenal Martini para entrar en relación con todos atestigua su tensión a interceptar cualquier atisbo de verdad que se halla en toda persona con la que entramos en contacto. Quienes han encontrado a Cristo no pueden dejar de tener esta pasión ecuménica. Me ha llamado la atención cómo el cardenal respondía a quienes le preguntaban cuál era, en su opinión, el momento culminante de la vida de Jesús (las Bienaventuranzas o la Última Cena o la oración en el Huerto de los Olivos): «No. El momento culminante fue la Resurrección, cuando levantó la piedra del sepulcro y se apareció a María y a la Magdalena». Es esta certeza, que introduce la resurrección de Cristo, lo que abre de par en par la mirada del cristiano.
El antiguo término oikumene subraya que la mirada cristiana vibra con un ímpetu que la capacita para exaltar todo el bien que existe en todo lo que nos rodea, como recordaba don Giussani: «El ecumenismo no es entonces una tolerancia genérica, sino un amor a la verdad que se encuentra en cualquiera, aunque sea sólo un fragmento. Nada está excluido de esta mirada positiva. Si hay una milésima de verdad en una cosa, la afirmo». Sólo una tensión así puede generar una verdadera paz entre los hombres, ésta también una preocupación constante del cardenal Martini.

Caridad como el compartir las necesidades ajenas. El deseo de interceptar las necesidades de los hombres que el Arzobispo fue encontrando a lo largo de su vida es un tesoro que tenemos que guardar. La Iglesia nunca puede permanecer indiferente a las preguntas y a las necesidades de los hombres. Estas preguntas, que son también las nuestras, suponen un desafío para los creyentes, porque sólo así podemos darnos cuenta de si tenemos algo de nuestra experiencia que comunicar a quienes nos piden razón de nuestra esperanza. Esta es la ventaja del tiempo presente para los creyentes: no es suficiente la repetición formal de las verdades de la fe, como nos recuerda continuamente Benedicto XVI. Los hombres esperan de nosotros que le comuniquemos nuestra experiencia, no un discurso abstracto, aunque sea limpio y correcto. Como nos reclamó Pablo VI: nuestra época necesita testigos más que maestros. Sólo el testigo puede ser un maestro. Estoy seguro de que el cardenal Martini nos acompañará desde el Cielo en nuestro esfuerzo por compartir las necesidades de los hombres y en la búsqueda por encontrar caminos de respuesta que estén a la altura de sus interrogantes.

Por lo que se refiere a la relación con CL, donGiussani nos hablaba siempre de la paternidad del cardenal Martini, que abrazó y aceptó en la diócesis de Milán una realidad como CL. Siempre hubo un espacio para nosotros en su corazón de pastor. Recuerdo la gratitud de don Giussani cuando el Arzobispo le permitió abrir una capilla en uno de los locales de la sede central del movimiento, en Milán, de manera que allí pudiera estar siempre presente el Señor.
Y al igual que el arzobispo Montini – que al comienzo confesaba que no entendía el método de don Giussani pero veía sus frutos –, también el cardenal Martini nos animó a seguir adelante. Todavía me conmueven las palabras que dirigió a don Giussani en 1995 durante un encuentro de sacerdotes, cuando dio gracias «al Señor por haber dado a monseñor Giussani este don para expresar siempre de nuevo, continuamente, el núcleo del cristianismo. “Esto es, cada vez que hablas, tú retornas siempre a este núcleo que es la Encarnación, y - de mil formas distintas - lo vuelves a proponer”».
Por esto sentimos de verdad y nos duele no haber encontrado siempre la manera más adecuada de colaborar en su ardua misión, y el haber podido dar algún pretexto para interpretaciones equívocas de nuestra relación con él, empezando por mí mismo. Una relación que nunca ha faltado a la obediencia al Obispo a cualquier precio, como nos ha testimoniado siempre don Giussani.
Estoy seguro de que, junto a don Giussani, nos acompañará desde el Cielo para que nos convirtamos cada vez más en aquello por lo que el Espíritu ha suscitado un carisma como el de CL precisamente en la Iglesia ambrosiana. La muerte del cardenal Martini y la de don Giussani constituyen un reclamo para todos los que, con sensibilidades distintas, amamos a la Iglesia ambrosiana. Deseo de corazón que nunca nos cansemos de buscar esa colaboración que es indispensable - sobre todo hoy - para la misión de la Iglesia, tal como lo expresaba el cardenal en 1991: «No hay que buscar la “novedad” de la así llamada “nueva evangelización” en nuevas técnicas de anuncio, sino en primer lugar en el recobrado entusiasmo de sentirnos creyentes y en la confianza en la acción del Espíritu Santo», de manera que podamos «evangelizar por contagio… de persona a persona».


EL RECUERDO

«CUANDO ÉL Y DON GIUSSANI TRATABAN DE CONOCERSE MEJOR»

Desde los encuentros en Roma en los años ochenta hasta la última visita en 2011. Diferentes en todo. Se encontraron en el ofrecimiento común del sufrimiento

Massimo Camisasca*

Sin duda no es posible trazar hoy, tan poco tiempo después de su desaparición, una visión completa de una figura tan rica y compleja como la del cardenal Martini.
¿Cómo responder, entonces, a esta petición de hablar de él si no ateniéndose a algún recuerdo personal, a cuanto ha quedado en mi mente de nuestros encuentros en persona? Todos sucedieron en el período comprendido entre finales de los años setenta y mitad de los noventa.
Junio de 1979. Yo había llegado a Roma hacía unos pocos meses. Había empezado el largo pontificado de Juan Pablo II y mi trabajo de encargado de las relaciones públicas entre CL y el Vaticano. Me llega la llamada de un biblista, un padre escalabriniano que conocía de los tiempos en que estaba en Bérgamo: «Al padre Martini le gustaría verte para conocer CL. Quedamos en el restaurante…». El entonces rector de la Pontificia Universidad Gregoriana (antes lo había sido del Instituto Bíblico) y su colega vinieron a recogerme en un pequeño coche. Martini, por humildad, quiso sentarse atrás con otros dos. Escuchó durante casi toda la cena mis respuestas a sus preguntas. Alto, imponente, señorial, si bien tímido: así al menos se me presentó en aquel primer encuentro. No podía imaginar entonces la riqueza y quizás tampoco el dramatismo de su mundo interior.
Volviendo a pensar en ello, en los meses posteriores y después en los años que lo veía como arzobispo de Milán en los periódicos, entendí que era el hombre de la interioridad. Buscaba un lenguaje simplificado, reflejo de su manifestación exterior, noble y a la vez modesto, simple al tiempo que severo.
El cardinal Martini fue sobre todo un gran filólogo de la palabra bíblica, quizá uno de los más grandes de esta época. Junto a la interioridad (quería ser un maestro del discernimiento para sus curas) escrutó la palabra de Dios en una larga serie de cursos de ejercicios, libros, homilías y conferencias.
Hombre de la comunicación, fue largamente escuchado no sólo en Milán, sino en Italia y en muchos otros países del mundo, donde se cruzó e interceptó a muchos “alejados”, como se empezó a decir tras el Concilio, muchos no creyentes. Su inquietud interior se transmitía a muchas personas movidas por su misma búsqueda a través de la calma absoluta de sus palabras y de sus posicionamientos. Y así llego a ser, para muchísimos hombres y mujeres, un compañero de viaje.
Nombrado arzobispo de Milán por el papa Juan Pablo II el 29 de diciembre de 1979, fue consagrado por él en la Basílica de San Pedro el 6 de enero de 1980. Aquella mañana fui a la Basílica para participar en el rito y, antes de la ceremonia, me presenté en la capilla del Santísimo Sacramento donde Martini estaba vistiendo los hábitos litúrgicos. Después de haberme arrodillado, besé la mano al sucesor de san Ambrosio y san Carlos. Me he preguntado muchas veces, a lo largo de los años, por qué Juan Pablo II había elegido a Carlo Maria Martini. Y me respondí: probablemente buscaba un hombre de cultura que fuese también un evangelizador como lo era él. Apenas elegido, el padre Martini dijo: «Vengo a evangelizar».
En la primera mitad de los años ochenta organicé junto a Vicenzo Paglia y Andrea Riccardi dos o tres encuentros entre el cardenal y don Giussani en la sede de la Comunidad de san Egidio en Roma. Los dos hombres querían conocerse y buscaban la manera de encontrarse. Don Giussani dedicó su libro más importante y más querido, El sentido religioso, «a mi obispo», a Martini. No era sin duda un acto formal: para él, la relación con el obispo diocesano era de capital importancia. Y para el cardenal Martini, por su parte, era muy importante la implicación del movimiento en la vida de la diócesis. En muchas ocasiones expresó este deseo de colaboración que se concretó en varias iniciativas y obras.
A finales de 1983, Martini vino a Roma, a la residencia de las Cappellette de san Luigi, donde yo vivía, para darle a Giussani la faja de Monseñor. Se encontró con él por última vez en diciembre de 2001 cuando, poco antes de dejar la guía de la diócesis, fue al Hospital san Raffaele, donde don Giussani estaba ingresado a causa de su enfermedad. Como me contó don Giussani algunos días después, el cardenal se despidió de él, pero no sé qué se dijeron. Los dos estaban destinados a encontrarse en la enfermedad. Por lo demás, su formación, su temperamento, su visión de las cosas, eran muy distintas. El parkinson marcaría los últimos años de Juan Pablo II. Para los tres fue una gran ocasión de ofrecimiento y al mismo tiempo de enseñanza a la Iglesia y al mundo.
En 1986, tras el Congreso de Loreto del que había sido presidente (yo estaba en el comité que lo había preparado), volví a encontrarme con él, esta vez en la piazza Fontana en Milán, en el Arzobispado. Siempre estaba presente el deseo de crear puentes entre el movimiento y Su persona.
Le vi por última vez el Miércoles Santo de 1995. Llevé a los seminaristas de la Fraternidad San Carlos a la catedral de Milán a rezar sobre la tumba de su gran patrón. Después fuimos a su encuentro. Nos habló de Rusia, de Oriente, del ecumenismo. Era uno de los focos que lo animaban. Fue el último encuentro en persona que tuve con él.
(superior de la Fraternidad Sacerdotal de San Carlos Borromeo)

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

Vuelve al inicio de página