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Huellas N.10, Noviembre 2005

CARTAS

Kampala, Toledo, Ponce...

a cargo de María Rosa de Cárdenas

Margret, Flavia, Rose...
Cuando supe de la iniciativa de AVSI en favor de las víctimas del huracán Katrina, pensé no proponer la recogida de fondos a mis pacientes de Kireka, porque ya habían contribuido generosamente el año pasado con ocasión del tsunami, y me parecía pedirles demasiado. Así, durante uno de nuestros encuentros de los jueves, hablamos de la catástrofe que había afectado a Louisiana y a Tejas, pero yo me limité a proponer que rezásemos por las personas que estaban sufriendo. Pero enseguida una de las mujeres, Margret Akulu, reaccionó diciendo: «Yo moriré dentro de poco, porque estoy enferma, pero estoy tranquila porque alguien está cuidando de mis hijos; por eso quiero ofrecer por lo menos una comida o medicinas a un niño americano que pasa necesidad». Todas las mujeres empezaron a intervenir. Una que procede del Congo intervino recordando que a ella le habían ayudado cuando era una extranjera, cuando no conocía a nadie, y añadió: «No hay que ayudar sólo a los que conoces. También los demás tienen necesidad de ser amados. Yo quiero ayudar a estas personas que no conozco, quiero demostrar que les quiero». Después Flavia dijo: «Para ayudar no hace falta esperar a tener mucho. Aunque tenga poco, quiero compartirlo con los que tienen necesidad».
En aquel momento yo tenía que marcharme, pero poco después recibí una llamada de teléfono: las mujeres querían informarme de que se habían organizado en grupos para ir juntas a sacar piedras de la cantera, a vender plátanos, collares y otros objetos de artesanía, y que ofrecerían la recaudación de su trabajo para las víctimas del huracán.
Más tarde me volvieron a llamar para decirme que una persona que estaba en la cantera, impresionada por su iniciativa, había decidido participar ofreciendo un camión lleno de piedras para vender. Después de dos semanas de trabajo habían recaudado una hermosa cantidad. Entonces pensé que era necesario organizar algo para demostrarles que lo que estaban haciendo era algo importante, y que no me pertenecía sólo a mí, sino a una familia más grande. Tomé la decisión de hacer pública la iniciativa de las mujeres: informé a los jefes de la Administración pública del barrio, al responsable de AVSI en Uganda, a los periódicos y a la televisión y contacté con la embajada norteamericana, invitando a todos al Acholi Quarter el 13 de octubre. Ese día las mujeres entregaron al responsable de AVSI la suma de 1.700.000 chelines, unos 800 euros (ninguna había dado menos de dos euros), y quisieron mostrar cómo habían obtenido la mayoría del dinero, invitando a todos a ir con ellas a la cantera (que estaba dividida en sectores: el de AVSI, el americano y el del Meeting Point International) y a trabajar con ellas. De esta forma también los invitados se pusieron manos a la obra extrayendo piedras al sol, y después las mujeres empezaron a bailar implicando a todos con su entusiasmo.
Rose, Kampala (Uganda)

La quinta del 17
Querido Julián Carrón: Soy un “joven” de la célebre quinta de 1917, “renacido” a la fe en 1972 por la gracia de un encuentro vivo. Cristo se me hizo presente concretamente a través de la compañía de personas que viven la fe con toda la ternura del corazón y de manera realmente convincente: la compañía del carisma de nuestro inolvidable don Giussani. Siempre lo tengo presente por dos motivos: su carisma, que “siento” cada vez más convincente y tú, que eres para nosotros un maestro y eres querido como él. El pasado 7 de julio acudí a Asís en peregrinación. Tuve durante todo el día como compañera de viaje a una chica de Milán, con la que nació una profunda amistad, cimentada por la fe común en Cristo el Señor. Esta es la respuesta a una carta mía: «Querido amigo: Me ha impresionado la belleza y la profundidad de tu carta, esta continua “búsqueda” tuya que, aunque de formas distintas, nos une. Me gustaría tener tu entusiasmo, nacido del encuentro con personas espiritualmente “bellísimas” y de alto espesor espiritual. Tienes razón cuando afirmas que has “renacido” en el encuentro con el movimiento y te sientes siempre renacer dentro del grupo y en los momentos dedicados a la celebración eucarística. “Envidio” en el buen sentido tu corazón “joven”, tu forma de acercarte a los demás de forma personal y entusiasta, fruto de una fe siempre viva y profunda, siempre en búsqueda. A través de ti he comprendido las marvillas que Dios puede realizar en el corazón y en la vida del hombre, de cada hombre que se deja cautivar por su amor. Has vuelto a encender en mí una gran esperanza: el deseo de esperar de nuevo en el hombre a pesar de todas las maldades del mundo, porque cada corazón es bueno, porque cada corazón tiene necesidad del Amor absoluto, un amor que sólo Dios puede darnos. Irene». Cada vez soy más consciente de este inmerecido e inestimable don que es “nacer de nuevo”, y cada día suplico al Señor que me haga menos indigno de esta gracia continua.
Giancarlo, Miramare (Italia)

Nacida dos veces
Querido Julián Carrón: La hospitalidad hace milagros. Ya lo había oído decir, pero ahora que lo he experimentado, estoy segura de ello, segurísima. Yo misma soy una demostración viviente de ello y me considero sin ninguna sombra de duda un milagro, fruto de la hospitalidad y de la acogida. Te cuento. Nací en Milán, y allí viví durante 37 años. Crecí en un ambiente en donde no me estaba permitido enfadarme, porque mis familiares habrían entrado en crisis. No podía expresar libremente mis deseos, mis ideas, a mí misma, para no crear contrastes o conflictos. Esto me llevó a comportarme como imaginaba que la persona que tenía delante hubiera querido que yo fuese, lo cual me ahogaba. Así arrastraba yo mi existencia. Llegué a no saber lo que me gustaba, lo que quería, cuáles eran mis deseos: intuía que me gustaría ser feliz, pero no comprendía cómo. Sin saber lo que quería, la angustia mayor para mí era tomar decisiones. Terminado el liceo clásico con las mejores notas, no me matriculé en químicas, mi pasión, porque temía no poder acabar la carrera, sino en derecho, considerada más fácil y sobre todo siguiendo los consejos de mi padre. Vivía en un conflicto continuo, albergando esperanzas y deseos que regularmente se veían frustrados. El trabajo, lo único a lo que me sentía llamada, no era suficiente para justificar mi existencia; quería más. Me habría gustado casarme y tener hijos, pero, ¿cómo era posible, si ante un chico no sabía si estaba enamorada o no, condicionada como estaba más por el miedo a la soledad que por el deseo de una compañía verdadera? A raíz de este sufrimiento, llegué a enfermar. Tres años de tratamiento sin resultado, ningún médico ni medicina conseguían darme lo que había perdido o que tal vez no había tenido nunca: la alegría y un motivo para vivir. Por fin dos ángeles (sí, propiamente dos ángeles, Eva y Tiziana) me presentaron a una familia que, de forma muy sencilla, me propuso pasar un periodo de convalecencia con ellos. Yo acepté y allí, con ellos, volví a nacer o, como me hizo notar mi amigo el padre Claudio, allí nací verdaderamente. Como una niña que, llena de maravilla, abre los ojos ante el mundo, empecé a comprender y a sentir cuáles eran mis deseos, qué quería, qué me gustaba. Me quedé asombrada y me llené de alegría al escuchar que estamos hechos para ser felices. Yo pensaba que la felicidad era sólo para los que están en el Paraíso, y que perseguirla demasiado era signo de egoísmo y de pecado, como me habían enseñado durante muchos años. A los 38 años, por primera vez en mi vida, me enfadé con mis padres, con mis hermanos e incluso con mi jefe, sin temer no sé qué consecuencias desastrosas. En el trabajo, donde nunca me había manifestado como católica, empecé a expresarme libremente y a colgar en el tablón de anuncios avisos de Misas y documentos que el movimiento proponía. Con la ayuda de mis amigos estoy organizando una Escuela de comunidad en mi lugar de trabajo y me he propuesto regalar Huellas a amigos y compañeros, porque deseo que nuestra experiencia pueda entrar en sus casas y, si Dios quiere, tener nuevos amigos que digan su “sí” a la vida. Me he vuelto capaz de decidir, en las pequeñas cosas y en las grandes. Y experimento un enorme gusto en ejercer esta capacidad de elección, es decir, de adherirme a lo que me hace libre. He empezado a experimentar el ciento por uno aquí. He establecido vínculos más que familiares con muchos amigos de la comunidad de Crema en la que he vivido. Verdaderamente puedo decir que ahora soy finalmente la que siempre me habría gustado ser: soy yo, por fin, yo. Y he aprendido a reconocer lo que quiero verdaderamente: en todas mis amistades trato de captar lo bueno que hay en cualquier persona, pero ya no me contento con una compañía que no me corresponda. Gracias, don Giussani, te siento verdaderamente como padre dentro de mí, gracias porque a través de ti y del pueblo que has generado por fin he conocido a Cristo. Gracias también a ti, Carrón, que, a través de los Ejercicios de la Fraternidad, te has vuelto más familiar para mí y nos acompañas hacia nuestro cumplimiento. Y también a ti, don Mauro, cuya paternidad reconozco en lo que me ha sucedido y en lo que me sucede.
Nella, Milán (Italia)

El amigo de Joshua
Mary Ellen, Theresa y yo, acompañados por Kathy y Antonio Silva, fuimos a Raleigh a conocer a Shawn, amigo de Joshua. Shawn conoció a Joshua en la cárcel, y ha salido hace una semana, después de pasar 5 años recluido. Después de conocer a Joshua, Theresa empezó a escribirle también a él, y después Kathy y Antonio le “adoptaron” en cierto sentido y prosiguieron con la correspondencia. El sábado fue la primera vez que le conocimos personalmente. Fuimos a su apartamento. Cuando llegamos nos salió al encuentro corriendo de lo contento que estaba. Es un chico de 24 años que parece salido de un tebeo. Nos invitó enseguida a pasar y nos acomodamos en el suelo, porque no tiene muchos muebles, la cama le acababa de llegar. Por otro lado no es que la use mucho... nos dijo que la primera noche la pasó con los ojos abiertos mirando el techo, porque no se lo podía creer. Además, trabaja en un turno de noche. Le preguntamos si dormía al menos un poco, y nos dijo que no, porque no quería perderse nada. Theresa le pidió que nos contara su amistad con Joshua. Dijo que le impresionaba cómo estaba en la celda de la cárcel y que, cuando se conocieron, dormían 40 personas en un dormitorio con literas. Joshua hablaba de cosas interesantes. Entonces empezó a estar con él, físicamente pegado a él (esto nos lo contó Joshua al día siguiente riendo, y nos decía que tenía que decirle: «Venga, apártate un poco», porque no podía mover el brazo para escribir una carta). Una vez consiguió ver por el rabillo del ojo qué estaba leyendo Joshua. Era la primera página de El sentido religioso. Dijo que cuando terminó de leerla se le había abierto un horizonte nuevo. Después consiguió finalmente que Joshua le prestara el libro, y le gustó tanto que fue al grupo “espiritual” al que asistía y les dijo a todos: «¡De ahora en adelante leeremos este libro!». Los demás le miraron un poco alucinados y le dijeron que su libro de religión podía ponerlo en la sección de “libros de religión”. «¡No habéis entendido nada!» –respondió– «¡Este libro no habla de religión, sino de la vida! Si queréis comprender qué es la vida, tenéis que leer este libro». Esto me impresionó mucho, porque la tarde antes nos habían hablado de esto Paola y Eliana, su colega. Eliana dijo que su encuentro con CL venía del asombro por haber leído El sentido religioso. Cuando llegó por primera vez a la Escuela de comunidad estaban leyendo el capítulo X. Entonces se lo conté a Shawn, que me respondió que también a él le había gustado muchísimo ese capítulo y que en prisión trataba continuamente de identificarse con lo que decía don Gius. «¿Y lo conseguías?», le pregunté. «Sí, porque Joshua me enseñó que aunque uno esté recluido, puede ser libre». Y ha venido a vivir a Raleigh para estar cerca de Rob Jones, que será su “padrino” en la catequesis de preparación y en el Bautismo. No está seguro de estar bautizado o no. Hace algún tiempo le había escrito a Theresa y le había dicho que, en su opinión, era mejor hacerlo otra vez, porque la primera vez no había prendido la semilla, y quería que Luigi (así llama a Giussani) le bautizase.
Sara, North Carolina (EEUU)

La primera Colecta
La primera Colecta Nacional de Alimentos en Paraguay se realizó en más de 40 supermercados del país, el pasado 29 de octubre. Cuando me propusieron coordinar la recogida de alimentos en un súper, acepté inmediatamente. Pero después, surgieron las dudas: «¿voy a poder hacerlo? es mucha responsabilidad para mí... yo no tengo tiempo... ¿quién me va a ayudar?» No obstante, me puse manos a la obra, empecé a buscar voluntarios, a llamar a los amigos, a pedir ayuda. Además, la empresa donde trabajo estaría como auspiciante. Me llamó la atención la disponibilidad de todas las personas que trabajaron como voluntarios: estaban conmigo mis amigos, mis compañeras de facultad y de trabajo, personas que simplemente invité por teléfono, mis alumnos de confirmación, y además personalidades muy conocidas que hacen los noticieros centrales de un canal de televisión muy popular en Paraguay (Oscar Acosta y Sanie Lopez Garelli, correponsal de CNN en PY) trabajaron como voluntarios. Los clientes también se portaron fenomenal ya que fueron más las personas que colaboraron que las que no lo hicieron. Quiero contar un anécdota. Entraron en el súper unos chicos a comprar la “tradicional cerveza” del sábado; una de las voluntarias se acercó a ofrecerles que colaboraran en la colecta, pero le contestaron: «Nosotros venimos a comprar nuestra cerveza, nada más; no tenemos plata». Y ella: «Bueno, pero ¿por una vez no pueden sacrificar 1a cerveza y donar el equivalente para las personas que necesitan comer?». La respuesta fue “no”, pero igual aceptaron la bolsita donde poner los productos que se entregan al Banco de Alimentos. Y adivinen que, al salir, vimos que compraron nada más que 5 botellas y entregaron la bolsita con productos. Al final, al ver los rostros de mis amigos, ya en el depósito, cansados pero felices por lo que habíamos logrado, es decir, superar la meta de 15 toneladas de alimentos recogidos (porque en total recaudamos 37), uno no puede dejar de conmoverse y dar gracias por todo. Doy gracias a Dios por haber encontrado esta compañía que me ayuda a crecer y porque la primera beneficiada por colaborar en esta iniciativa soy yo.
Aracely, Asunción
(Paraguay)

La plenitud que se puede experimentar
Me acerqué al grupo de CL en Toledo con una mezcla de preguntas sin respuesta y de prejuicios, pero también con una necesidad mayúscula de dar significado a la realidad de mi persona como creyente. Comenzar a participar en la Escuela de comunidad supuso el trabajo, en el mejor de los sentidos, de medirme con mi experiencia cotidiana. Y de esta forma tan sencilla fui adquiriendo la certeza de que todo lo que hacía a diario, hasta lo más insignificante, era un signo de algo más grande que yo misma. Por ello, ahora me descubro como parte del Misterio y también por ello sé que, aunque nunca haya sido capaz de dar una definición a nadie de Dios, sí tengo la necesidad y la urgencia de experimentarlo. Mi experiencia forma parte de un recorrido que empezó hace ya tiempo y que ha ido moldeándose con la presencia de algunas personas que han estado a mi lado durante estos últimos años. Junto con estas mismas personas el pasado martes 11 de octubre participé en la presentación del libro de Giussani Por qué la Iglesia en Toledo. Preparando el evento acariciamos la idea de hacer “nuestra” la presentación y yo intuí que mis objetivos inmediatos podían ser algo así como un momento de confirmación personal y de mostrarme también a los demás; podía ser la ocasión apropiada para que las personas con las que me relaciono supieran de mí algo más; y esto fundamentalmente porque en el ambiente laico en el que me muevo nadie, absolutamente nadie, tenía idea alguna de que conociera yo ningún tipo de movimiento relacionado con la Iglesia. Pero está claro que ni las expectativas más halagüeñas habrían acertado a hablarme de la plenitud que puede experimentarse cuando descubres que la respuesta que estás dando en el momento en el que te implicas con la realidad no es una respuesta vacía, sino muy al contrario, es una respuesta que está llena de significado. Lo explicaré: al ofrecer en mano ciertas invitaciones para la presentación del libro de don Giussani entendí que lo que entregaba no era otra cosa que un gesto de esperanza y que detrás de alguna mirada había cierto deseo de interrogar, una natural curiosidad. En ese instante percibí el compromiso que estaba adquiriendo. Cuando por la noche finalizamos la jornada con una cena en casa y todos dimos gracias alrededor de la mesa, la experiencia de la pertenencia embelleció la mirada de los que allí estábamos y yo sólo pedí eso, pertenecer, seguir formando parte de ese pequeño pueblo mediante el cual Cristo se hace presente entre nosotros. Si ahora alguien me pidiera explicar por qué soy creyente, manifestaría sin dudarlo que Dios tiene algo que ver con cualquiera de las personas que se han implicado en este acto, desde los ponentes o los encargados de la música y la voz, hasta el que ha estado conmigo en el momento de partir el pan, haciendo las ensaladas o eligiendo las flores y los manteles para la mesa.
Blanca, Toledo (España)

La confirmación de un destino bueno
El once de octubre se presentó en Toledo el libro Por qué la Iglesia, de don Giussani. Participar en este acto tan hermoso fue para mí algo muy especial. Apenas llevo unos meses en la Escuela, pero la experiencia de ese día ha profundizado mi relación con Comunión y Liberación. Supe de Luigi Giussani hace más de cinco años, cuando cayó en mis manos su libro El rostro del hombre; su lectura me impresionó tanto que lo releí poco tiempo después para entenderlo plenamente. Su lenguaje, su fe, su precisión, el modo en que planteaba la radicalidad del hombre me fascinó. «¡Por fin un hombre que se toma en serio la vida, al ser humano y a Dios!», pensé. Y algo que me intrigó: que fuera el fundador de un movimiento eclesial con un nombre precioso, Comunión y Liberación. Por razones personales mi vida ha sido una búsqueda continua de comunión con los demás y de liberación de lo que me impedía esa comunión. Siempre he intuido que la felicidad radica en la unión con algo mucho más grande que yo, que sin embargo no anula mi identidad, sino que la refuerza y purifica. Ahora sé que en esas dos palabras está mi afán de vida, de ser. Mi esperanza. Tuvieron que pasar muchos años para que me diera cuenta de ello. El Espíritu Santo, a través de la humanidad de Giussani, me descubrió el sentido de mi lucha. El once de octubre pasó algo fundamental en mi vida: pude ver con claridad que se había confirmado la preferencia personal de Cristo hacia mí en el carisma de don Giussani. Un auténtico milagro del cual aún no me he repuesto todavía. ¡Que la misericordia del Padre toque de ese modo mi corazón de piedra! ¡Que Cristo tenga un plan para mí, precisamente para mí! Otto, Blanca, Leonardo, Javier, Mamen, José, mi mujer Ana y mis hijos Pablo y Luís, son rostros concretos que Cristo me enseña a amar a través del carisma. Ahora sólo queda abandonarse y obedecer.
Carlos, Toledo (España)

Un deseo que sólo Otro puede llenar
Después de tener a mi última hija y por circunstancias familiares empecé a ver claro la necesidad de dejar de trabajar. Este último curso fue durísimo y tomé la decisión definitiva de dejarlo. Fue una decisión confrontada con mis amigos y mi familia y todos la vimos como necesaria. Al final del verano me llamó la delegada diciéndome que la persona que me iba a sustituir se había ido a vivir a otro lugar de modo imprevisto y que me ofrecía la posibilidad de reincorporarme hasta que encontrara a otra persona. Aun en contra de lo que yo quería, fue muy difícil decir que no, pensando sobre todo en la inestabilidad creciente del trabajo de mi marido. La reincorporación ha supuesto para mí un desgarro enorme porque implicaba desprenderme de repente de todo un proyecto preparado y soñado desde hacía tiempo y que, cuando parecía haberse hecho realidad, se venía abajo. Yo lo vivía como algo que se me debía en justicia y de lo que, sin embargo, se me privaba. En un principio me venció la tristeza y la rabia hacia todo: o lloraba o me enfadaba, no hacía otra cosa. ¿Era eso dar la vida? ¿Qué se me pedía? ¿Por qué primero sí y luego no? Si esto era dar la vida, prefería darla de un golpe; yo no tenía la experiencia de que perdiendo la vida se gane, al contrario. Viví toda esta confusión y rebelión junto a mis amigos, sin ninguna vergüenza en exponer todo lo que sucedía en mí porque tenía la certeza de que todo, absolutamente todo, servía para que Cristo se manifestara, tanto para mí como para los que me acompañaban: nada quedaba fuera del camino y esto me daba libertad para poner mi pecado delante de esta compañía. Sólo esto ya suponía para mí una novedad. Poco a poco, apoyándome en ellos, siguiendo con auténtica sed las indicaciones del movimiento (la Escuela de comunidad, los Ejercicios, los textos de Giussani, el silencio…) fui dando un “sí” que al principio se expresaba sobre todo en una petición constante. Me venían las palabras de Julián: «El deseo de nuestro corazón no es tanto un deseo de esto o aquello sino un deseo de totalidad que sólo Otro puede llenar; todo lo que se desea es como un signo de ese deseo de totalidad». Un día, después de un rato de silencio, fui al instituto y al abrir la puerta del aula me descubrí pidiendo: «Esta es mi capilla y pido adorarte en ellos». Entrar así en el aula para mí suponía un auténtico milagro. A medida que continúan las clases, la pasión por esos alumnos crece y aun a veces con el dolor de tener que ir, he de reconocer que voy con ganas, ¡contenta! y pidiendo poder comunicar a mis compañeros lo que hemos encontrado, es decir, pidiendo quererles. Tengo claro que todo lo que ahora estoy viviendo es de una positividad innegable. Doy gracias a Dios, que ha tenido misericordia de mí y de nuevo me ha hecho comprender un poquito más la pertenencia a este lugar, porque es Él quien cumple la vida.
Carmen, Córdoba (España)

Morir cristianamente
Es difícil condensar en una carta toda la grandeza de un hombre, pero lo intentaré. Nuestro padre, además de triunfar en todos los campos (nº 1 de promoción de su colegio, premio extraordinario de carrera en la escuela de arquitectura de Madrid, premio Roma de arquitectura, 5 años campeón de España de veteranos de tenis, equipo nacional de Bridge, etc), fue una excelente persona. Todo el mundo que le conoció está agradecido por su gran caridad y generosidad para con todos. Jamás juzgó o habló mal de nadie. Él no estaba en deuda con nadie, pero todos estábamos en deuda con él. Y su mayor grandeza la demostró al final de su vida, cuando sin queja alguna se dejó acompañar por la única que es capaz de hacerlo: la Iglesia. Cristo, introduciéndose en nuestra familia a través de la compañía de Pili, Nacho, José Miguel y de otros tantos, ha conducido a nuestro padre al Destino de todo hombre. Estamos seguros de ello puesto que lo estamos viviendo ya aquí entre nosotros y aquellos que se nos han acercado en estos días se están dando cuenta de ello. Gracias.
Familia de la Torriente, Madrid (España)

El regocijo de la caridad
Hubo un par de momentos muy bellos este sábado durante la caritativa que hacemos en un Asilo de las Hermanas de la Caridad, la orden de la Madre Teresa de Calcuta, que quería compartir con vosotros. Antes que nada, yo no podía creer lo contento que estaba Luis de verme, casi llora. Estaba tan contento de verme que me pidió que fuera a saludar a Ramón. Estando ahí con Ramón, miré a Luis: estaba contento de que el otro lo estuviera. Entonces entendí la caridad. La caridad de quien se regocija por un instante de felicidad del otro. De quien mira con ternura lo que Dios ha dado y lo da al mundo. Entonces miré a mi alrededor y me di cuenta de lo absurdo que es ir allí. No tiene ningún sentido, esa gente se está muriendo. Cayó sobre mí la dureza de la realidad, de que nos chocamos contra el límite de lo humano. Y miré a Luis, y estaba contento. Miré a José y estaba sirviéndole comida a alguien, contento. Y miré a Edgardo y a Neisha y a Bea y todos estaban contentos sirviendo la comida. Incluso noté que hasta las señoras que trabajan allí estaban de mejor humor que antes. ¡Qué espectáculo! Parecía una fiesta. Entonces pensé: «Tu dulce presencia, solo Tu dulce presencia hace que la dura realidad pueda ser tan bella». Misteriosamente se nos ha pedido acompañar a esta gente a la muerte y así se nos ha dado la vida, porque yendo allí también nuestras heridas sanan, las que uno pensaba que no sanarían nunca, las que uno en algún momento pretendió olvidar para no sentirlas. Así que, gracias por haberme propuesto este gesto, gracias por sostenerme todo este tiempo en el camino que me permite ver estas cosas.
Camil, Ponce (Puerto Rico)

Encuentros togoleses
Con un grupo de amigos de Togo fui a la parroquia de Somaglia, pequeño pueblo cerca de Lodi, en donde estamos empezando a tener una relación preciosa con el párroco, don Gianni. Allí íbamos a encontrarnos con monseñor Philippe Fanoko Kpodzro. No sabía que estaba ante el arzobispo de la capital Lomé y presidente de la conferencia episcopal togolesa. El deseo de conocerle nació sencillamente porque mis amigos togoleses me habían pedido que les acompañara. Cuando mis amigos le dijeron que estábamos haciendo mucho por ellos, él me dio las gracias por todo lo que hacíamos, pero yo le contesté que nosotros estábamos agradecidos por el servicio que prestaba a la Iglesia y que aprendíamos de ellos. Tras regalarle un ejemplar de Huellas y un libro de Giussani en francés, le hablé con naturalidad acerca del movimiento y, como sucede a menudo, me dijo que lo conocía bien, y que desgraciadamente en Togo no estaba presente, pero que esperaba que pronto lo estuviera. Cuando, en broma, mis amigos le dijeron que yo era el responsable, me dijo que ser el guía requiere mucha responsabilidad. Expliqué que no tenía ningún rol, y que me bastaba con seguir al que tenía la mirada fija en Jesús. Él me dijo: «Jesús nunca se equivoca, quien le sigue no se equivoca de camino». Nos despedimos dándonos las gracias mutuamente, nosotros con su bendición, y él con el deseo de poder encontrarnos pronto en su país.
Otto, Casalpusterlengo (Italia)

Un ex alumno en el seminario
Desde hace 26 años doy clase en un centro de formación profesional. Una escuela caótica, chavales poco motivados, frustraciones y tensiones entre los colegas. No tenía ninguna gana de empezar un nuevo curso escolar (los años pesan). El primer día de clase se me acercó un alumno recién diplomado al que sólo conocía de vista. Me dijo: «He venido a saludar a mis profesores. También quería saludarle a usted, aunque no me haya dado clase. He entrado en el seminario. Me siento completamente inadecuado, pero me digo a mí mismo: si el Señor me llama, me dará la fuerza necesaria. Le doy las gracias por el testimonio que nos ha dado en estos años y por los preciosos manifiestos de CL que pone en los corchos. Siga así y rece por mí». Yo le dije: «Sí, y tú también pide por mí. Todos trabajamos en el mismo barco para la gloria de Cristo. Te doy las gracias por lo que dices, y sobre todo por la elección que has hecho. Además, hoy me has hecho un gran regalo: me has devuelto el entusiasmo para comenzar un nuevo curso». Le abracé y deseé que encontrara el movimiento. Después pensé para mis adentros: «Pero el movimiento, a través de mí, le ha llegado. No es indispensable que él se apunte a CL, sino que conozca a Cristo y siga su vocación. Yo tan sólo tengo que renovar cada mañana mi relación con Cristo ofreciéndole mis problemas ante los chicos, para gloria Suya, mostrando con sencillez, con mis límites y achaques, lo que sigue entusiasmándome con 53 años».
Valerio, Ferrara (Italia)

Néstor nos espera como el primer día
El domingo 2 de octubre a la hora de comer me llamó el padre Giovanni y me dijo que un amigo nuestro había muerto. Néstor tenía 26 años y había nacido en Piura, a unos 1.000 km. de Lima. Se había trasladado a la capital porque quería estudiar económicas, pero como en el año 2000 algunos amigos nuestros del movimiento habían puesto en pie la Universidad Católica Sedes Sapientiae, no dudó en acudir a ella para estudiar y para empezar el CLU. Él fue el primero en darme a conocer la experiencia del movimiento. Nunca se cansaba de invitarme a la Escuela de comunidad, pero yo siempre le decía: «A mí estas cosas no me interesan, quédate con tus manifiestos». Después de algunos meses me tomé en serio su invitación y fui. Entonces comprendí su insistencia en que yo conociese esta experiencia que no deja fuera nada, porque allí se hablaba de todo, y Cristo tenía que ver con todo lo que se decía, cosa que no me esperaba. Con Néstor compartí muchas cosas: el estudio, los amigos, el trabajo, el voleibol, las fiestas, los momentos más difíciles. Pero si hay algo que permanecerá con nosotros para siempre, no como un recuerdo, sino como memoria, son todos los momentos vividos juntos con nuestros compañeros de clase. Son inolvidables las semanas de los exámenes parciales o finales: pedíamos a Verónica o a Chachi que nos dejasen sus casa para estudiar de noche, porque por la mañana íbamos a clase y por las tardes trabajábamos. Néstor nos ayudaba a comprender mejor el recorrido de El sentido religioso, mientras que Vero nos enseñaba economía y Héctor nos echaba una mano con el análisis. Podría nombrar a muchos, cada uno tenía su tarea. Por desgracia Néstor no consiguió terminar con nosotros la universidad, porque tuvo que ponerse a trabajar a tiempo completo para ayudar a su familia. Hizo todo tipo de trabajos, hasta que por fin empezó a trabajar de forma estable en una mina. Mis amigos dicen que estaba contento con este trabajo, que se encontraba bien y que estaba convencido de que ésta era una nueva oportunidad para vivir más intensamente. Néstor murió porque le cayó encima una gran piedra, una muerte horrible e inesperada que nos ha dejado a todos tristes y sorprendidos, porque de nuevo se pone de manifiesto que el designio que Él tiene para cada uno de nosotros no es el que nosotros pensamos. Es verdad que el destino es nuestro, pero al mismo tiempo no lo es, es más, se vuelve nuestro porque lo proyecta Otro, lo prepara y lo comparte Otro con nosotros, y por tanto se convierte en una promesa, se vuelve “nuestro”. Una cosa que nos da serenidad es que seguramente Néstor se ha encontrado con don Giussani, nuestro padre y amigo. Esta vez Néstor nos ha precedido, y nos espera como el primer día, cuando nos conocimos en la universidad.
Ángela, Lima (Perú)

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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