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Huellas N.4, Abril 2005

JUAN PABLO II 1920-2005

«La Iglesia misma es un movimiento». Los movimientos en el magisterio de Juan Pablo II

Los movimientos en el magisterio de Juan Pablo II, desde el primer congreso internacional en 1981 hasta el encuentro de 1998 en la Plaza de San Pedro. «Misión significa sobre todo comunicar al otro las razones de la experiencia misma de la propia conversión. En este sentido se puede hablar de carácter coesencial de los movimientos en la vida de la Iglesia junto con la jerarquía»

Queridos participantes en el congreso internacional “Los Movimientos en la Iglesia”, me alegro mucho de celebrar con vosotros este encuentro y os saludo cordialmente.
Como sabéis bien la Iglesia misma es “un movimiento”. Y, sobre todo, es un misterio, el misterio del eterno “Amor” del Padre, de su corazón paterno, del cual comienzan la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo. La Iglesia, nacida de esta misión, se halla “in statu missionis”. Ella misma es un “movimiento” y penetra en los corazones y en las conciencias. Es un “movimiento” que se inscribe en la historia del hombre–persona y de las comunidades humanas.
Los “movimientos” en la Iglesia deben reflejar en sí el misterio de aquel “amor” del que ella ha nacido y nace continuamente.
Los “movimientos” en el seno de la Iglesia–pueblo de Dios manifiestan ese múltiple movimiento que es la respuesta del hombre a la Revelación, al Evangelio: el movimiento hacia el mismo Dios vivo que tanto se ha acercado al hombre; el movimiento hacia la propia intimidad, hacia la propia conciencia y hacia el propio corazón, lo cual en el encuentro con Dios desvela la profundidad que le es propia; el movimiento hacia los hombres, nuestros hermanos y hermanas, que Cristo pone en el camino de nuestra vida; el movimiento hacia el mundo que espera incesantemente “la revelación de los hijos de Dios” (Rm 8, 19).
27 de septiembre de 1981. Homilía en la misa para los
participantes en el congreso “Los Movimientos en la Iglesia” celebrado en Castel Gandolfo.
(La traccia, 1981, pp. 547-548)

En los documentos conciliares podemos encontrar una referencia clara a los movimientos eclesiales.
Cristo, nos dice el Concilio, «Cristo... cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través de la jerarquía, que enseña en su nombre y con su potestad, sino también por medio de los laicos, a quienes, por ello, constituye en testigos e ilumina con el sentido de la fe y la gracia de la palabra para que la virtud del Evangelio brille en la vida cotidiana familiar y social» (Lumen Gentium, 35).
Los movimientos eclesiales tienen una función bien precisa en la Iglesia y, podemos decir sin duda, insustituible. «Los movimientos apostólicos –se dice en la relación final del último Sínodo de los Obispos (P. II, n. 4)– y los nuevos movimientos de espiritualidad, si permanecen rectamente en la comunión eclesial, son portadores de una gran esperanza». Si se realizan de manera genuina, se fundamentan en esos «dones carismáticos» que, junto con los «dones jerárquicos» –es decir, los ministerios ordenados– forman parte de esos dones del Espíritu Santo de los que se adorna la Iglesia Esposa de Cristo.
Dones carismáticos y dones jerárquicos son distintos, pero también recíprocamente complementarios.
En la Iglesia, tanto el aspecto institucional como el carismático, tanto la jerarquía como las asociaciones y movimientos de los fieles, son coesenciales y contribuyen a su vida, a su renovación, a su santificación, aunque sea de forma distinta, y de tal manera que haya un intercambio y una comunión recíprocas.
2 de marzo de 1987. Mensaje al II Coloquio
internacional de los movimientos en Rocca di Papa.
(La traccia, 1987, pp.190-191)

El Espíritu Santo no sólo confía diversos ministerios a la Iglesia-Comunión, sino que también la enriquece con otros dones e impulsos particulares, llamados carismas. Estos pueden asumir las más diversas formas, sea en cuanto expresiones de la absoluta libertad del Espíritu que los dona, sea como respuesta a las múltiples exigencias de la historia de la Iglesia.
Sean extraordinarios, sean simples y sencillos, los carismas son siempre gracias del Espíritu Santo que tienen, directa o indirectamente, una utilidad eclesial, ya que están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo.
Incluso en nuestros días, no falta el florecimiento de diversos carismas entre los fieles laicos, hombres y mujeres. Los carismas se conceden a la persona concreta; pero pueden ser participados también por otros y, de este modo, se continúan en el tiempo como viva y preciosa herencia, que genera una particular afinidad espiritual entre las personas. Refiriéndose precisamente al apostolado de los laicos, el Concilio Vaticano II escribe: «Para el ejercicio de este apostolado el Espíritu Santo, que obra la santificación del Pueblo de Dios por medio del ministerio y de los sacramentos, otorga también a los fieles dones particulares (cf. 1Co 12, 7), “distribuyendo a cada uno según quiere” (cf. 1Co 12, 11), para que “poniendo cada uno la gracia recibida al servicio de los demás”, contribuyan también ellos “como buenos dispensadores de la multiforme gracia recibida de Dios” (1Pd 4, 10), a la edificación de todo el cuerpo en la caridad (cf. Ef 4,16)».
Los dones del Espíritu Santo exigen –según la lógica de la originaria donación de la que proceden– que cuantos los han recibido los ejerzan para el crecimiento de toda la Iglesia, como lo recuerda el Concilio.
Los carismas han de ser acogidos con gratitud, tanto por parte de quien los recibe, como por parte de todos en la Iglesia. Son, en efecto, una singular riqueza de gracia para la vitalidad apostólica y para la santidad del entero Cuerpo de Cristo.
30 de diciembre de 1988. Exhortación apostólica
post-sinodal Christifideles laici

Los movimientos no podrán responder a las expectativas que la Iglesia nutre hacia ellos si no serán ante todo un lugar donde se favorece el encuentro entre el hombre de hoy y la palabra salvífica de Cristo, que interpela cada persona singular para que se convierta en instrumento de diálogo y de evangelización en el mundo contemporáneo.
Es esta la exigencia primaria de nuestro tiempo, que no se puede reducir al hallazgo de nuevas metodologías o técnicas de comunicación, sino que debe ser una verdadera y propia misión.
Dicha misión significa sobre todo comunicar al otro las razones de la experiencia misma de la propia conversión. En este sentido se puede hablar de carácter coesencial de los movimientos en la vida de la Iglesia junto con la jerarquía.
Tras el ocaso clamoroso de las esperanzas ideológicas y de los regímenes que las expresaban, el hombre europeo aparece confuso e incapaz de una orientación clara que pueda llevarle hacia caminos de felicidad auténtica y constructiva. Se aferra a numerosas propuestas de muy corto alcance; siente el anhelito a una dimensión religiosa, pero no siempre sabe reconocer en Cristo y en la Iglesia ese camino y esa realización que hicieron grande a Europa.
En este hacer converger, con autenticidad y realismo, la mirada sobre lo que verdaderamente le conviene al hombre y a los pueblos parece consistir la tarea fundamental de los movimientos eclesiales.
24 de marzo de 1991. Mensaje al III Coloquio
internacional de los movimientos en Bratislava.
(Litterae Communionis - Cl, mayo 1991, pp. 19-20)

Se advierte muy presente, también en nuestros tiempos, el poderoso soplo del Espíritu Santo que renueva la Iglesia mediante asociaciones y movimientos surgidos recientemente. Muchos han nacido aquí en Italia.
Cristo, que es la verdad y la vida, se ha convertido para nosotros en el camino a lo largo de los siglos. Por esta “vía” queremos caminar, acercándonos al término del segundo milenio de su presencia entre los hombres.
15 de marzo de 1994.
Gran oración por Italia y con Italia.
(La traccia, 1994, pp. 288-291)

También en nuestros días, muchos signos y testimonios nos vienen de personas, grupos y movimientos generosamente entregados al apostolado, los cuales demuestran que las maravillas de Pentecostés no han cesado, sino que se renuevan abundantemente en la Iglesia actual. No podemos dejar de constatar que, con el notable desarrollo de la doctrina de los carismas, se ha dado también un nuevo florecimiento de los laicos que obran en la Iglesia: la contemporaneidad de los dos hechos no es casual. Todo es obra del Espíritu Santo, principio eficiente y vital de todo lo que es auténticamente evangélico en la vida cristiana.
Hay una tendencia a apreciar mejor el Bautismo como fuente de toda la vida cristiana. En los laicos se manifiesta en todo su esplendor el rostro del pueblo de Dios, pueblo en camino por su propia salvación y, por ello, empeñado en difundir la luz del Evangelio y en llevar a Cristo a las mentes y los corazones de los hermanos.
21 de septiembre de 1994. Audiencia general.
(La traccia, 1994, pp. 789-791)

Uno de los dones del Espíritu en nuestro tiempo es ciertamente el florecimiento de los nuevos movimientos eclesiales, que desde el inicio de mi pontificado continúo indicando como motivo de esperanza para los hombres. Ellos son un signo de la libertad de formas, en los que se realiza la única Iglesia, y representan una segura novedad, que sigue esperando ser adecuadamente comprendida en toda su positiva eficacia para el Reino de Dios en el hoy de la historia.
En el marco de las celebraciones para el Gran Jubileo, en particular las del año 1998, dedicado de manera especial al Espíritu Santo y a su presencia santificadora en la Comunidad de los discípulos de Cristo, cuento con el testimonio común y la colaboración de los movimientos. Confío en que, en colaboración con los Pastores y las iniciativas diocesanas quieran portar en el corazón de la Iglesia su riqueza espiritual, educativa y misionera, como una experiencia preciosa y una propuesta de vida cristiana.
25 de mayo de 1996. Vigilia de Pentecostés.
(La traccia, 1996, pp. 631-633)

Pienso en este momento en los Coloquios internacionales organizados en Roma en 1981, en Rocca di Papa en 1987 y en Bratislava en 1991. Seguí sus trabajos con atención, acompañándolos con mi oración y mi constante aliento. Desde el comienzo de mi pontificado he atribuido especial importancia al camino de los movimientos eclesiales y, durante mis visitas pastorales a las parroquias y mis viajes apostólicos, he tenido la oportunidad de apreciar los frutos de su difundida y creciente presencia. He constatado con agrado su disponibilidad a poner sus energías al servicio de la Sede de Pedro y de las Iglesias particulares. He podido señalarlos como una novedad que ano espera ser acogida y valorada adecuadamente. Hoy percibo en ellos una autoconciencia más madura, y eso me alegra. Representan uno de los frutos más significativos de la primavera de la Iglesia que anunció el concilio Vaticano II, pero que, desgraciadamente, a menudo se ve entorpecida por el creciente proceso de secularización. Su presencia es alentadora, porque muestra que esta primavera avanza, manifestando la lozanía de la experiencia cristiana fundada en el encuentro personal con Cristo. A pesar de la diversidad de sus formas, los movimientos se caracterizan por su conciencia común de la «novedad» que la gracia bautismal aporta a la vida, por el singular deseo de profundizar el misterio de la comunión con Cristo y con los hermanos, y por la firme fidelidad al patrimonio de la fe transmitido por la corriente viva de la Tradición.
La originalidad propia del carisma que da vida a un movimiento no pretende, ni podría hacerlo, añadir algo a la riqueza del depositum fidei, conservado por la Iglesia con celosa fidelidad. Pero constituye un fuerte apoyo, una llamada sugestiva y convincente a vivir en plenitud, con inteligencia y creatividad, la experiencia cristiana. Este es el requisito para encontrar respuestas adecuadas a los desafíos y urgencias de los tiempos y de las circunstancias históricas siempre diversas.
En esta perspectiva, los carismas reconocidos por la Iglesia representan caminos para profundizar en el conocimiento de Cristo y entregarse más generosamente a él, arraigándose, al mismo tiempo, cada vez más en la comunión con todo el pueblo cristiano. Así pues merecen atención por parte de todos los miembros de la comunidad eclesial empezando por los pastores, a quienes se ha confiado el cuidado de las Iglesias particulares, en comunión con el Vicario de Cristo. Los movimientos pueden dar, de este modo, una valiosa contribución a la dinámica vital de la única Iglesia fundada sobre Pedro, en las diversas situaciones.
En varias ocasiones he subrayado que no existe contraste o contraposición en la Iglesia entre la dimensión institucional y la dimensión carismática, de la que los movimientos son una expresión significativa. Ambas son igualmente esenciales para la constitución divina de la Iglesia fundada por Jesús, porque contribuyen a hacer presente el misterio de Cristo y su obra salvífica en el mundo. Unidas, también, tienden a renovar, según sus modos propios, la autoconciencia de la Iglesia que, en cierto sentido, puede definirse «movimiento», pues es la realización en el tiempo y en el espacio de la misión del Hijo por obra del Padre con la fuerza del Espíritu Santo.
27 de mayo de 1998. Mensaje a los participantes en el Congreso Mundial de los Movimientos Eclesiales en Roma.
(La traccia, 1998, pp. 489-491)

Hoy la Iglesia se alegra al constatar el renovado cumplimiento de las palabras del profeta Joel, que acabamos de escuchar: «Derramaré mi Espíritu Santo sobre cada persona...» (Hch 2, 17). Vosotros, aquí presentes, sois la prueba tangible de esta «efusión» del Espíritu.
Por su naturaleza, los carismas son comunicativos, y suscitan la «afinidad espiritual entre las personas» (cf. Christifideles laici, 24) y la amistad en Cristo, que da origen a los «movimientos».
Su nacimiento y difusión han aportado a la vida de la Iglesia una novedad inesperada, a veces incluso sorprendente. Esto ha suscitado interrogantes, malestares y tensiones; algunas veces ha implicado presunciones e intemperancias, por un lado; y no pocos prejuicios y reservas, por otro. Ha sido un período de prueba para su fidelidad, una ocasión importante para verificar la autenticidad de sus carismas.
Hoy ante vosotros se abre una etapa nueva: la de la madurez eclesial. Esto no significa que todos los problemas hayan quedado resueltos. Más bien, es un desafío, un camino por recorrer. La Iglesia espera de vosotros frutos “maduros” de comunión y de compromiso.
En nuestro mundo, frecuentemente dominado por una cultura secularizada que fomenta y propone modelos de vida sin Dios, la fe de muchos es puesta a dura prueba y no pocas veces sofocada y apagada. Se siente, entonces, con urgencia la necesidad de un anuncio fuerte y de una sólida y profunda formación cristiana. ¡Cuánta necesidad existe hoy de personalidades cristianas maduras, conscientes de su identidad bautismal, de su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo! ¡Cuánta necesidad de comunidades cristianas vivas! Y aquí entran los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales: son la respuesta, suscitada por el Espíritu Santo, a este dramático desafío del fin del milenio. Vosotros sois esta respuesta providencial.
30 de mayo de 1998.
Discurso durante el encuentro con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades en Roma.
(La traccia, 1998, pp. 509-512)

Si el 30 de mayo de 1998, en la plaza de San Pedro, aludiendo al florecimiento de carismas y movimientos que se ha producido en la Iglesia después del concilio Vaticano II, hablé de «un nuevo Pentecostés», con esta expresión quise reconocer en el desarrollo de los movimientos y de las nuevas comunidades un motivo de esperanza para la acción misionera de la Iglesia. En efecto, a causa de la secularización que en muchos corazones ha debilitado e incluso apagado la fe y abierto el camino a creencias irracionales, la Iglesia tiene que afrontar en muchas regiones del mundo un ambiente semejante al de sus orígenes.
Amadísimos hermanos en el episcopado, a vosotros, a quienes corresponde la tarea de discernir la autenticidad de los carismas para disponer su correcto ejercicio en el ámbito de la Iglesia, os pido magnanimidad en la paternidad y caridad clarividente (cf. 1Co 13, 4) hacia estas realidades, dado que toda obra de los hombres necesita tiempo y paciencia para su debida e indispensable purificación.
Venerados hermanos, estoy convencido de que vuestra disponibilidad atenta y cordial, también gracias a oportunos encuentros de oración, de reflexión y de amistad, no sólo hará más amable sino también más exigente vuestra autoridad, más eficaces y decisivas vuestras indicaciones, y más fecundo el ministerio que se os ha encomendado para la valorización de los carismas, con vistas a la utilidad común. En efecto, vuestra primera tarea consiste en abrir los ojos del corazón y de la mente, para reconocer las múltiples formas de la presencia del Espíritu en la Iglesia, evaluarlas y guiarlas a todas hacia la unidad en la verdad y en la caridad.
18 de junio de 1999. Mensaje final del Seminario
del Pontificio Consejo para los laicos.
(La traccia, 1999, pp. 663-665)

En este contexto cobran también toda su importancia las demás vocaciones, enraizadas básicamente en la riqueza de la vida nueva recibida en el sacramento del Bautismo. En particular, es necesario descubrir cada vez mejor la vocación propia de los laicos, llamados como tales a «buscar el reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios» y a llevar a cabo « en la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde [...] con su empeño por evangelizar y santificar a los hombres».
En esta misma línea, tiene gran importancia para la comunión el deber de promover las diversas realidades de asociación, que tanto en sus modalidades más tradicionales como en las más nuevas de los movimientos eclesiales, siguen dando a la Iglesia una viveza que es don de Dios constituyendo una auténtica primavera del Espíritu. Conviene ciertamente que, tanto en la Iglesia universal como en las Iglesias particulares, las asociaciones y movimientos actúen en plena sintonía eclesial y en obediencia a las directrices de los Pastores. Pero es también exigente y perentoria para todos la exhortación del Apóstol: «No extingáis el Espíritu, no despreciéis las profecías, examinadlo todo y quedaos con lo bueno» (1Ts 5,19-21).
6 de enero de 2001. Carta Apostólica.
Novo millennio ineunte

La misión no es un añadido a la vocación cristiana. El Concilio Vaticano II nos recuerda que la vocación cristiana es por su naturaleza vocación al apostolado (cf. Apostolicam actuositatem, 2). Hay que anunciar a Cristo con el testimonio de la vida y con la palabra y, antes que un empeño estratégico y organizativo, el apostolado comporta la comunicación agradecida y gozosa del don del encuentro con Cristo.
Podemos hablar hoy de una «nueva estación de las agregaciones de los fieles laicos» (ivi, 29). Es uno de los frutos del Concilio Vaticano II. Junto con las asociaciones de larga y benemérita tradición, observamos una vigoroso y diversificado florecimientos de movimientos eclesiales y nuevas comunidades. Este don del Espíritu Santo es otro signo de cómo Dios encuentra siempre respuestas adecuadas y tempestivas a los desafíos lanzados a la fe y a la Iglesia en todas las épocas de la historia.
21 de noviembre de 2000. Mensaje a los participantes
en el Congreso mundial del laicado católico en Roma.
(La traccia, 2000, pp. 1.150-1.152)

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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