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Huellas N.3, Marzo 2010

BREVES

Lectura

a cargo de Elena Alonso Serrano

LIBRO RECOMENDADO
Dios elige a quien quiere
Fr.?Paolo?Martinelli

Oscar V. Milosz
Miguel Mañara
Ed. Encuentro 2010
pp. 84 – 12,00 €

Leí por primera vez Miguel Mañara mientras preparaba mi selectividad y alboreaba en mí la hipótesis de una entrega total a Cristo. Ese libro fue clarificador para mí sobre el hecho de que Dios elige a quien quiere. Los personajes y la trama describen un camino humanísimo, que todos estamos llamados a recorrer, aunque en formas distintas. Domina el tema del deseo y de la posesión. Don Miguel arde en una pasión que consuma en relaciones amorosas siempre distintas. Pero la posesión de sus víctimas, perseguida con astucia maliciosa, se torna amarga entre sus manos, se convierte en lo contrario de lo deseado: un olor a muerte, un aburrimiento y una soledad insoportables. El malestar afectivo, tan difundido en nuestro tiempo, se revela misteriosamente entrelazado con el sentimiento de la nada. Durante una fiesta, un anciano amigo del padre de Miguel advierte su encubierta desesperación y lo anima a hallar el origen de su deseo: su corazón, que toda la mugre de pecado no ha podido sofocar. El amor sorprendentemente real por una joven mujer hace renacer a don Miguel. Jerónima, dulce y sencilla, le revela el significado de la atracción amorosa: las mujeres se dejan tomar «sólo cuando Dios ya no está en su corazón, y, entonces, ya no merece la pena tomarlas».

¿Acaso no es cierto que reducir todo a la posesión inmediata quiere decir traicionar a la vez nuestro deseo y la realidad que queremos? Ser llevados al Misterio a través de un afecto humano implica, paradójicamente, reconocer que la verdad de la relación entre hombre y mujer es lo que la tradición cristiana llama “virginidad”, esto es, «una posesión con una distancia dentro», como explica de manera genial don Giussani. Esto es lo que empujará a Miguel Mañara, tras la muerte prematura de Jerónima, a llamar a la puerta del convento. El diálogo con el abad describe el itinerario humano hacia la santidad: un seguimiento paciente («la vida es larga aquí»), que toma en sus labios, humildemente, las palabras de la Liturgia recogidas en «el libro de los pobres de espíritu». De estas palabras me acuerdo a diario cuando celebro la Misa o leo el Breviario: repetir las palabras de Otro. Don Miguel confiesa al abad todo su mal, y éste le lleva a comprender que todo el mal no tiene consistencia, sino que «Sólo Él es». Ante el extraño apego que experimentamos hacia nuestro mal («piensas demasiado en tu dolor»), el abad cita a san Francisco de Asís, el santo que alcanza la deseada libertad cuando dice “Tú” al Misterio que habita en carne humana.

Sea cual sea nuestra situación, la vida renace siempre cuando nos percatamos de este “Tú” personal, que es nuestra más íntima consistencia. La obra termina con la última tentación que Miguel tiene que superar, y que, en el fondo, es la misma de cada uno de nosotros: dudar de que el encuentro con Cristo nos haya cambiado de verdad. Como si todo no fuera más que una ficción. Es la quintaesencia de cualquier tentación que vacía la vida desde dentro. El anciano fray Miguel no entra en dialéctica con la voz que le recuerda sin clemencia el mal cometido. Sólo repite las palabras de Dios, las palabras de la Liturgia que la compañía eclesial le había enseñado: hace memoria de Aquel que está presente, a su lado, y la tentación se desvanece, definitivamente. Miguel puede así decir al Espíritu del cielo su último: «Heme aquí». Miguel Mañara nos recuerda ese cambio que sólo la gracia de Dios puede obrar en nosotros. Volver a leer esta obra es para mí la ocasión de volver a caer en la cuenta de que la vida es vocación, y de que la virginidad es la verdad de los afectos, por fin libres del chantaje y del terror de la muerte.


C. S. Lewis
Reflexiones sobre los salmos
Planeta Testimonio 2010
pp. 200 – 19,00 €

Es un libro pequeño. Se lee muy bien. Pienso que es de los que no voy a dejar ya de leer. Me he encontrado con este libro de Lewis como con un querido amigo que, en esta ocasión, me cuenta su experiencia de los salmos. Me encantan los salmos, y procuro saborearlos, orarlos, como con una especie de empatía con el hombre que así clamaba, reconocía, preguntaba, oraba, adoraba, gozaba, sufría, confiaba. Lewis afirma que la principal característica del Libro de los Salmos es que sobrevive a sus traducciones.
Este hombre genial dice, en la introducción, que escribe este libro para legos sobre temas en los que también él lo es, de aficionado a aficionado. Quiere, sencillamente, ayudar a lectores inexpertos como él. Si fuera necesaria una excusa (y quizá lo sea) para escribir un libro así, la suya sería parecida a lo que ocurre entre alumnos que tienen las mismas dificultades. Sucede, frecuentemente, que dos alumnos resuelven mejor entre ellos sus dificultades, en las tareas, de lo que puede hacerlo el maestro. Al presentárselas al profesor, carga con enorme cantidad de información, y no les soluciona el problema. Lewis piensa en su experiencia desde ambos lados de la red, siendo alumno y siendo maestro. Como maestro recuerda las caras de frustración de los alumnos, como la que él experimentaba con sus propios profesores. El compañero es capaz de ayudar mejor porque sabe menos. La dificultad que queremos que se nos explique es una que el compañero acaba de afrontar. Al experto, hace tanto tiempo que las pasó, que ya se le han olvidado.
La poesía, dice Lewis, tiene también algo de encarnación, de dar cuerpo a lo que hasta entonces era invisible e inaudible. Si nos agrada la poesía, disfrutaremos de este rasgo de los salmos. Otro rasgo muy característico es “el paralelismo”, una forma muy propia de la literatura hebraica; es decir, la práctica de decir lo mismo dos veces con palabras distintas; por ejemplo: «Quien mora en los cielos los ridiculiza; el Señor se burla de ellos. Él hará que tu causa justa brille tanto como la luz clara; y que tus derechos luzcan como el sol de mediodía». Jesucristo vivió la tradición poética de su pueblo y lo utilizaba mucho: «Porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que medís, se os medirá». «Pide y se te dará; busca y encontrarás; llama y se te abrirá» Da el consejo y lo repite con otras imágenes.
Las reflexiones, que Lewis nos presenta, son aquellas a las que le llevaron los salmos al leerlos; unas veces al disfrutar con ellos, otras al encontrarse con cosas que en un principio no le agradaban. Como seguro que nos ha pasado a muchos de nosotros, que leemos los salmos y nos asustan, o escandalizan. Los salmos son poemas escritos para ser cantados, no tratados doctrinales ni sermones. Una vez más, este gran convertido nos recuerda que, al hacerse hombre, Dios Hombre inclinó Su cabeza bajo el dulce yugo de una herencia y un medio primitivos. Parte de esta herencia son los salmos. Aprendió a hablar como los humanos entre los que vivió, y adoptó su estilo. Cantó, oró, alabó a su Padre Dios con los salmos. Su humanidad unas veces se “agarraba” a los salmos, otras cantaba con ellos, otras gemía. Como un hijo aprende de su madre, Él lo aprendió de la suya. Al verle se diría: cómo se nota que es hijo de su madre.
Lewis, desde luego, no pretende abarcar toda la asignatura, ni siquiera el ámbito de aficionados. Sencillamente, ha buscado lo que necesitaba. No es una obra de apología, ni trata de convencer de la verdad del cristianismo a los no creyentes. Se dirige a los que creen o a los que están preparados para “suspender su incredulidad” al leerle. Un hombre no puede estar siempre defendiendo la verdad, y siente que ha de existir un tiempo para gozar y alimentarse de la verdad.
(Carmen Pérez)