IMPRIME [-] CERRAR [x]

Huellas N.7, Julio/Agosto 2006

PRIMER PLANO El corazón

La plenitud de lo humano

Massimo Borghesi

Un cristianismo reducido a moralismo y la hostilidad moderna. Benedicto XVI corrige esta perspectiva: la fe es lo que hace fuerte, sano y libre al hombre. Y responde conscientemente a Nietzsche y al ateísmo moderno

Dirigiéndose al congreso de la diócesis de Roma, en San Juan de Letrán, Benedicto XVI ha dicho: «La fe y la ética cristiana no quieren sofocar, sino sanar, hacer fuerte y libre el amor. Éste es el sentido de los diez mandamientos, que no son una serie de “noes” sino un gran “sí” al amor y a la vida”. Una afirmación no sólo edificante, sino que apunta al verdadero y controvertido núcleo de la relación entre cristianismo y modernidad.
Durante los últimos 150 años, la cultura moderna ha lanzado al cristianismo acusaciones de tipo “psicológico”. La fe cristiana se ha visto así refutada no en cuanto doctrina falsa sino como una posición que hace daño al hombre, lo enferma. El cristianismo sería una enfermedad espiritual, una patología en un organismo que en sí mismo estaría sano, una debilitación que resta energías, que deja al hombre sin fuerza. Nietzche, como es sabido, fue el principal artífice de esta crítica, en la que centró su incesante demolición del cristianismo.

¿Hace enfermar o sana?
La revolución cristiana derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. En el vocabulario nietzscheano eso significa que ha debilitado a los mejores, ha nivelado al hombre al perfil más bajo restando vigor a todas las virtudes heroicas y viriles de los paganos. En esta vuelco radical de los valores antiguos, la enfermedad triunfa sobre la salud. «El cristianismo –escribe Nietzsche– necesita de la enfermedad, del mismo modo que los griegos necesitaban una salud sobresaliente (hacer enfermar es la verdadera intención oculta de todo el modo de proceder salvífico de la Iglesia). [...] El cristianismo se contrapone además a cualquier planteamiento intelectual logrado –tan sólo puede utilizar la razón enferma en cuanto razón cristiana; toma partido por todo cuanto es idiota, maldice el “espíritu”, va en contra de la soberbia del espíritu sano» (El Anticristo, 51 y 52).
El cristiano, como el príncipe Myskin, protagonista de la obra de Dostoievski, es un “idiota”. Uno que renuncia a la vida, que llama bueno a lo que le hace daño y malo a lo que le cura. El cristianismo es una posición contra natura, contraria al naturalismo antiguo, pagano y solar.

El “prejuicio” laico
La acusación de Nietzsche, que se inserta en el marco del neoclasicismo alemán de Goethe y Walter Otto, no merecería ser tenida en cuenta si no evidenciase el prejuicio que está en la base de la mayor parte de la llamada cultura “laica”.
El laicismo toma su fundamento, en gran medida, no tanto de sólidas razones teóricas como de una persuasión psicológica según la cual el cristianismo no es adecuado a lo “humano”. Una parte de la cultura moderna percibe la posición cristiana como “restringida”, opresora. Ser cristiano no es un cumplimiento de lo humano, una mejora, sino una disminución, una reducción. Esta persuasión es lo que hace que muchos jóvenes recelen de acercarse a la Iglesia.
Pero también podemos observar una convicción similar en el propio fuero interno de la Iglesia. Para muchos cristianos, la impresión decepcionante de no estar a la altura la modernidad, de perderse ciertas oportunidades, de estar marginados de las modas y las ideologías corrientes, se traduce en un “complejo de inferioridad” que abre paso a un deseo de legimitación: no ser diferentes de los demás, ser como el resto. Un deseo que, a su manera, confirma la interpretación de Nietzsche.
Si los cristianos no se consideran plenamente realizados, entonces la acusación del ateo moderno resulta del todo justificada: el cristianismo no supone la plenitud del hombre sino su humillación.

Benedicto XVI corrige
La afirmación de Benedicto XVI corrige esta perspectiva: la fe es lo que hace fuerte, sano y libre al hombre. Es una afirmación que responde conscientemente a Nietzsche y al ateísmo moderno. Responde también a algunas posiciones presentes en la Iglesia que no justifican pero sí hacen comprensibles ciertas reacciones laicas. Posiciones para las cuales el cristianismo reside esencialmente en aseveraciones negativas, en una renuncia, en una ascesis sin gloria, en un sobrenatural enemigo de la naturaleza.
El cristianismo moralista de los últimos siglos es un cristianismo “naturalista”, reducido a la observancia de “las normas”. Por eso, escribía Emmanuel Mounier en La aventura cristiana, «en lugar de ser introducido a una perspectiva completa del amor desde el comienzo, el joven cristiano –ocho de cada diez veces– se ve sometido a una dosis descomunal de moralina, y la primera palabra de esta táctica moralista es la desconfianza, la represión: desconfianza del propio instinto y lucha contra las pasiones. El primer sentimiento que se inculca, precisamente a los jóvenes, que deberían ser un ejemplo de salud moral y de pasión por el infinito, es el miedo a la fuerza que debería servirle como fundamento de su impulso personal». El resultado es la galería de religiosos modernos que, con excepciones significativas –pensemos en Felipe Neri o Juan Bosco–, se distinguen no por su alegría sino por la tristeza. Falta algo esencial.

Movidos por un “sí”
La vida cristiana, privada de atractivo, se convierte en un coto de resistencia, en un ejercicio de “reacción”. Está determinada por un rechazo antes que por una adhesión positiva. El cristianismo se desliza por la pendiente del resentimiento y de la insatisfacción. Es una solución para los ancianos; para los jóvenes queda la sensación, con el paso de los años, de haber perdido una oportunidad, de haber disfrutado menos. Frente a todo esto un cristianismo moralista no tiene nada que ofrecer. Tampoco podemos pensar que la vía de salida esté en una religiosidad “hedonista”, estética, posmoderna. La reducción teatral de la fe a un ímpetu juvenil juglar es simplemente patética.
Lo que hace verdaderas las palabras del Papa es una educación en un “sí” que está antes que todo lo demás, una educación a captar la afirmación positiva que se antepone a todo. Esta afirmación positiva es Jesucristo. Si el hombre reconoce a Cristo, puede entonces valorar integralmente la existencia humana, el espacio y el tiempo. Es Él quien devuelve sentido a los fragmentos perdidos de la vida e incluso a la absurdidad de la muerte. El cristianismo se convierte en la introducción a la realidad total, en principio de una experiencia que nos permite comprobar la correspondencia entre el Misterio, conocido en carne humana, y las exigencias más profundas de nuestra humanidad.
En esta verificación puede el hombre medir el incremento de humanidad, alegría, plenitud, ternura y fuerza, que le son otorgados. Un incremento que hace del atractivo del cristianismo algo más fuerte que el del mundo, y que motiva el afecto a Aquel que es la fuente de la alegría. El amor cristiano nace de una gratitud, no de un deber. Es un amor que brota al experimentar un cambio. Un cristianismo que arranca de un “no” no puede responder a la provocación moderna. Sólo la experiencia de lo sobrenatural puede hacerlo.