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Huellas N.7, Julio/Agosto 2004

PRIMER PLANO El hombre como medida

Filosofo, ergo sum. Y me quedo tan contento

Maurizio Crippa

En los salones de actos, las librerías, los periódicos, las televisiones y a veces incluso las iglesias, se habla de filosofía. Con el fin de las ideologías fuertes y la crítica de la fe como sinónimo de intolerancia y violencia, se busca a los filósofos como maestros de vida, capaces de establecer reglas de comportamiento –a bajo coste y eludiendo la necesidad de tener certezas– para una masa definida por la incertidumbre acerca de todo. Es un fenómeno en auge, que entronca con una sincera y confusa sed de significado. Hay quien descubre en esta “ascesis filosófica” un no sé qué de la tentación antigua. Entre el pensamiento y la experiencia, la lección de san Agustín

¿Qué tienen que ver una tarde de mayo, un filósofo barbudo, las “aporías de la libertad”, una sala de conciertos y un público de festival rock (en su mayoría mujeres y jóvenes)? No hace falta ser filósofo para ver que, por muy apática que sea, en nuestra vida cotidiana subsiste un “ansia de saber” y la “necesidad de sentido”, como dicen los sociólogos. Pero ya que están los filósofos y su tarea es dar explicaciones, dejemos que hable Emanuele Severino: el hombre contemporáneo trata de «alcanzar, a través de la verdad, la salvación del terror que le produce la vida».
¿Qué tienen que ver una ciudad como Cosenza, un filósofo de la ciencia, el famoso público de festival rock y el elogio de las herejías? Una lección magistral de Giulio Giorello sobre Giordano Bruno: la herejía como opción de la razón. Herejía «pero buena», entendida como tolerancia, convivencia y espíritu de libertad. Todas opciones “buenas”, opuestas, obviamente, a los fundamentalismos políticos antiguos y modernos, pero aún más –se sobreentiende– a los religiosos.
¿Qué hacen la flor y nata de los filósofos con un público propio de grandes eventos discutiendo sobre la laicidad como el antídoto frente a la violencia extendida por el mundo precisamente gracias a las fes religiosas? Una vez más dejemos responder a los filósofos. Romano Madera y Luigi Vero Tarca han escrito recientemente un libro, La filosofía como estilo de vida. En él explican que «la filosofía desde sus orígenes ha sido búsqueda de la sabiduría», que «se transmitía a través de ejercicios espirituales» y que hoy vuelve a asumir dicha función original. Lo que parecía una reliquia del pasado vueve a ponerse de moda como una especie de “ascesis laica”. Si hay un aspecto que caracteriza la condición del hombre de hoy es que avanza “como a tientas” por un camino intelectual en busca de una sabiduría que sepa atenuar “el terror” de vivir. Aunque a veces se contenta con lo plausible o lo probable. Con “consejos de compra” para ser felices, con una “escuela mental” para una tolerancia que queda reducida a sentido común.

Del dietista al maître à penser
En realidad esta moda no nació ayer. Hace mucho tiempo que los filósofos se convirtieron en huéspedes fijos de los salones mediáticos, maîtres à penser (buenos o malos) en servicio permanente, junto a los politólogos, los psicólogos y los dietistas. Pero últimamente ha pasado a ser un fenómeno de masas. En Módena, desde hace años, el “FestivalFilosofia” sube al estrado a filósofos de fama internacional que afrontan temas como la felicidad o la belleza. Y llega a alcanzar 30.000 espectadores. En primavera, Carlo Sini y Giovanni Reale discutieron sobre san Agustín en el Duomo de Milán. Y también en Milán, los “lunes filosóficos del teatro Franco Parenti” han sido uno de los eventos cultural-mundanos más esperados de la temporada. Por no hablar de las innumerables páginas web dedicadas exclusivamente a la filosofía, repletas de debates, ensayos y documentos.
La realidad cotidiana plantea con dramaticidad preguntas que exigen una respuesta. Así, desde la bioética que cada vez más llega al corazón de problemas como el libre albedrío hasta el llamado “choque de civilizaciones”, el debate sobre las “cosas últimas” se vuelve decisivo en una época que no logra mantener unidos la razón y el sentimiento, una época dividida entre el nihilismo y la defensa de valores que, sin embargo, a menudo ha perdido la posibilidad de conocer. Es significativo que uno de los filósofos italianos más respetados, Massimo Cacciari, haya titulado su última obra De las cosas últimas: más de quinientas páginas de reflexiones sobre el sentido del ser, la libertad, el alma y Dios.
No todos leen a Cacciari, faltaría más, pero hay un montón de gente que lee libros como La filosofía de Séneca como terapia para los males del alma de Giovanni Reale, o Filosofía del aburrimiento de Lars Svendsen, que afronta el tema como símbolo mismo de la condición humana, partiendo de la “acedia” medieval hasta llegar a la “paranoia” contemporánea. Junto a estas obras serias está la jovialidad de los best sellers de la “filosofía pop”, desde Más Platón y menos Prozac de Lou Marinoff hasta las miles de enseñanzas orientalizantes, por no hablar de los long sellers del padre de la producción editorial pseudofilosófica, Luciano de Crescenzo, que ha llegado a escribir 25 libros. En el último, habla de Kant, Descartes y Voltaire, maestros respectivamente del diálogo, la razón y la tolerancia. Demos esta vez la palabra a Fausto Colombo, profesor en la Universidad Católica de Sociología de la comunicación, que ha comentado recientemente: «En un momento histórico de gran incertidumbre, la filosofía se contempla como un saber transversal, que no promete grandes certezas a largo plazo, pero sirve como instrumento de orientación».

Entre desafíos y prejuicios
Pero junto a esta filosofía “tipo brújula” estamos asistiendo también al retorno de un “neolaicismo” entendido como “defensa” de la razón contra el re-surgimiento de las “grandes preguntas”: el debate sobre la bioética constituye un ejemplo clarísimo. Si Giulio Giorello ha acusado recientemente en el dominical del Corriere della Sera a don Giussani de ser un oscurantista (ver p. 78),
Emanuele Severino, desde una línea sólo aparentemente contraria, ha escrito que el carácter inevitable del progreso técnico «conduce al ocaso del gran pasado (también religioso) de Occidente». Y la bibliografía de quienes ven en la “fe” una amenaza para la paz social (cuando no mundial…) es casi inabarcable. Son desafíos “filosóficos” de gran alcance, y no es casualidad que el arzobispo de Bolonia Carlo Caffarra se haya visto recientemente catapultado al honor de las crónicas por haber agarrado por los cuernos algunos temas fuertes del debate actual, llamando “malos maestros” a ciertas estrellas mediáticas del pensamiento débil y del relativismo escéptico. Mientras que el cardenal Joseph Ratzinger, en una intervención reciente, ha abordado el tema de la relación entre «la fe cristiana y la racionalidad “secular” occidental» subrayando la necesidad –incluso histórica, en esta atormentada época– de un diálogo serio y dirigido a la búsqueda de la verdad.
No son sólo cosas de filósofos o teólogos, atañen a todos los cristianos. Pero para no perderse en la oscura selva de la sabiduría humana, podemos confortarnos recordando la lección de san Agustín, alguien que dominaba la filosofía y recorrió buena parte de su camino como hombre a través de ella. Y sin embargo, después de pasar del maniqueísmo al platonismo porque encontraba en esta doctrina tan religiosa la posibilidad de una “ascesis filosófica” (curiosamente, también Agustín se está volviendo a poner de moda en el pensamiento laico…), llegó un momento en el que juzgó todo aquello como una “presunción”, es más, como una tentación diabólica. En efecto, para llegar a la verdad era necesario según los filósofos platónicos una ascesis intelectual y espiritual. Agustín descubrió, en cambio, y se alegró de ello, que el cristianismo no necesita de ninguna ascesis cultural imposible. El cristianismo, por lo demás, nunca ha sido una filosofía.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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