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Huellas N.8, Septiembre 2003

IGLESIA

Ecclesia in Europa. Garantías de futuro

Stefano María Paci

El texto pontificio que expone las conclusiones del Sínodo de los Obispos, un lúcido examen de la conciencia del hombre europeo de hoy. «Muchos hombres y mujeres parecen desorientados, inseguros, sin esperanza». Pero «la Iglesia se presenta al principio del tercer milenio con el mismo anuncio de siempre, que es su único tesoro: Jesucristo es el Señor. La fuente de la esperanza para Europa y el mundo entero es Cristo»


Este pontífice, que ha guiado a la Iglesia en el paso al tercer milenio, ha sido testigo de muy diversas situaciones. Ha ofrecido una contribución fundamental a la caída de un régimen ferozmente ateo que parecía un Moloc indestructible, ha visto y se ha opuesto a un Nuevo Imperio que impone sus leyes, sus reglas y sus guerras, ha visto a continentes enteros precipitarse en el remolino del hambre y de la indiferencia, desgarrados por conflictos y enfermedades hasta hoy desconocidas. Ha visto en su propia carne el mal que trababa de eliminar al sucesor de Cristo, ha visto suceder milagros en su propia piel. Ha visto miles de mártires que se han inmolado para dar testimonio de su fe en Dios, ha visto heroísmos y esperanzas. Ha vivido como protagonista estos decenios, en primera fila de la escena planetaria, como defensor de los derechos humanos en nombre de Cristo y de su potestad sobre el mundo.
Ahora, después de haber conducido a la Iglesia durante decenios, parece atravesado por una urgencia. Parece que quiera dedicar su tiempo y sus escasas energías a impedir la blasfemia suprema, que amenaza con realizarse en nuestro tiempo: la posibilidad de que el cristianismo se vuelva insignificante. Es decir, que siga existiendo, que se hable de él y que sea socialmente importante, pero que no signifique ya nada para la vida concreta y real del hombre.

Agnosticismo práctico e indiferencia religiosa
« La Iglesia tiene la tarea urgente de aportar de nuevo a los hombres de Europa el anuncio liberador del Evangelio», grita el Papa en la exhortación Ecclesia in Europa, publicada a finales de junio. Y parece un eco, pero ahora mucho más urgente, de aquel grito de alegría con el que había abierto su pontificado: «No tengáis miedo. Abrid las puertas a Cristo». Un anuncio de esperanza que, como dice el Papa en la exhortación, Europa parece haber perdido.
El texto pontificio expone las conclusiones del Sínodo de los Obispos que había tenido lugar antes del Jubileo del año 2000. Un Jubileo que había sido también un gran evento mediático. Pero el Papa, en la exhortación, no utiliza tonos triunfalistas. Más bien al contrario. Hace referencia al Apocalipsis, y parece un antiguo profeta que trata de poner en guardia a sus contemporáneos ante graves peligros. Existen, como dice Wojtyla, «numerosos signos preocupantes que, al principio del tercer milenio, perturban el horizonte del Continente europeo». En primer lugar, «la pérdida de la memoria y de la herencia cristianas» acompañada de «una especie de agnosticismo práctico y de indiferencia religiosa, por lo cual muchos europeos dan la impresión de vivir sin base espiritual y como herederos que han despilfarrado el patrimonio recibido a lo largo de la historia». Esta especie de aturdimiento es lo que, paradójicamente, impide que se reconozca hoy el cristianismo como el único motivo que ha constituido a lo largo de los siglos una idea unitaria de Europa. Y Wojtyla admite que «no han de sorprender demasiado los intentos de dar a Europa una identidad que excluye su herencia religiosa y, en particular, su arraigada alma cristiana, fundando los derechos de los pueblos que la conforman sin injertarlos en el tronco vivificado por la savia del cristianismo».
La actitud del Papa y de la diplomacia vaticana, que se afana para que en el texto de la Constitución europea aparezca una referencia a las raíces comunes cristianas, no es una batalla por la hegemonía cultural, sino una defensa del motivo por el que valía y vale la pena afrontar la existencia. Como dice Wojtyla, «el tiempo que estamos viviendo es una estación de confusión». Una confusión que afecta también a los cristianos: «Muchos hombres y mujeres parecen desorientados, inseguros, sin esperanza, y muchos cristianos están sumidos en este estado de ánimo».
Las palabras de Wojtyla son un lúcido y penetrante examen de conciencia del hombre europeo de hoy: habla de nosotros y de nuestros contemporáneos. Esta confusión de la memoria cristiana es, en palabras del Papa, lo que provoca «un cierto miedo a afrontar el futuro». Y los signos son «el vacío interior que atenaza a muchas personas y la pérdida del sentido de la vida». Una angustia existencial que se revela en «el dramático descenso de la natalidad y en la resistencia, cuando no el rechazo, a tomar decisiones definitivas de vida, tanto en el sacerdocio como en el matrimonio». Y si no existe un lugar, como la fe vivida, que constituya el centro de la existencia, el núcleo del propio corazón, «la existencia se vuelve fragmentaria», se cierra en sí misma o en el propio grupo, y nacen los fenómenos que hoy observamos todos: «actitudes racistas, egocentrismo que encierra en sí mismos a las personas y los grupos, conflictos étnicos, una indiferencia ética general y una búsqueda obsesiva de los propios intereses y privilegios». Se asiste a una globalización que «en vez de llevar a una mayor unidad del género humano, amenaza con seguir una lógica que margina a los más débiles y aumenta el número de los pobres de la tierra». Y con la difusión del individualismo, se produce «un decaimiento creciente de la solidaridad interpersonal, de manera que muchas personas, aunque no carezcan de las cosas materiales necesarias, se sienten más solas, abandonadas a su suerte, sin lazos de apoyo afectivo».

El bien más precioso para Europa
Un cuadro desolador, pero realista, el trazado por Karol Wojtyla. Una condición humana que nace del «intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo». Un tipo de pensamiento que ha llevado a considerar al hombre como «el centro absoluto de la realidad, haciéndolo ocupar así falsamente el lugar de Dios y olvidando que no es el hombre el que hace a Dios, sino que es Dios quien hace al hombre. El olvido de Dios ha conducido al abandono del hombre».
Esta es la suprema blasfemia: vivir como si Dios no existiese, como si el cristianismo no influyese en absoluto en la felicidad del hombre. Leyendo el texto de Wojtyla uno recuerda aquel tiempo en el que, como cuenta Chesterton en La esfera y la cruz, la lucha estaba entre los que creían en Dios y los que lo rechazaban. Pero hoy en día este tema ya no es motivo de discusión. Por esto, «no es extraño que en este contexto se haya abierto un amplísimo campo para el libre desarrollo del nihilismo en la filosofía, del relativismo en la gnoseología y en la moral, y del pragmatismo y hasta del hedonismo cínico en la configuración de la existencia diaria». Y todo esto sin drama alguno, sin conflictos interiores, es más, dando al cristianismo ese respeto social que permite encasillarlo en categorías conocidas. Pero sin dejarse interrogar. Es una especie de apostasía silenciosa. Y Wojtyla utiliza precisamente esta expresión dramática: «La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera».
Pero sobre todas estas cosas, emerge, «clara y apasionada, la certeza de que la Iglesia ha de ofrecer a Europa el bien más precioso y que nadie más puede darle: la fe en Jesucristo, don que está en el origen de la unidad espiritual y cultural de los pueblos europeos, y que todavía hoy y en el futuro puede ser una aportación esencial a su desarrollo e integración».

Fuente única de esperanza
Pero la Iglesia vive en la realidad, no fuera del mundo, y su «invitación a la esperanza no se fundamenta en una ideología utópica». El Papa afirma que «en la lógica de una sana colaboración entre comunidad eclesial y sociedad política, la Iglesia católica está convencida de poder dar una contribución singular al proyecto de unificación». Y, pues las instituciones europeas tienen como finalidad declarada la tutela de los derechos de la persona huana, el Papa pide a los responsables que «alcen la voz cuando se violen los derechos humanos de los individuos, de las minorías y de los pueblos, comenzando por el derecho a la libertad religiosa; que reserven la mayor atención a todo lo que concierne a la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural, y a la familia fundada en el matrimonio». Y pide «afrontar, según la justicia y la equidad, y con sentido de gran solidaridad, el fenómeno creciente de las migraciones, convirtiéndolas en un nuevo recurso para el futuro europeo; hacer un esfuerzo para que a los jóvenes se les garantice un futuro verdaderamente humano con el trabajo, la cultura, la educación en los valores morales y espirituales». Para todo esto es necesaria «una presencia de cristianos, adecuadamente formados y competentes, en las diversas instancias e Instituciones europeas, para contribuir, respetando los procedimientos democráticos correctos y mediante la confrontación de las propuestas, a delinear una convivencia europea cada vez más respetuosa de cada hombre y cada mujer y, por tanto, conforme al bien común». Y así, después de veinte siglos, «la Iglesia se presenta al principio del tercer milenio con el mismo anuncio de siempre, que es su único tesoro: Jesucristo es el Señor; en Él, y en ningún otro, podemos salvarnos. La fuente de la esperanza, para Europa y para el mundo entero, es Cristo».

(Stefano Maria Paci es Vaticanista de SKY Tg24)

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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