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Huellas N.02, Febrero 2020

PRIMER PLANO

«¿De verdad no estoy sola?»

L. Fiore y A. Stoppa

El deseo de tener hijos que no llegan, el sentirse perdidos, inadecuados, infelices... Dos historias y una carta de profunda y habitual soledad, en las que se abre de par en par un nuevo horizonte

Holanda. La grieta de Mónica

«Me casé hace dos años. Mi marido y yo deseábamos tener hijos pronto. Un año después, pensábamos que llegarían. Pero no fue así». Monica lleva cinco años en Holanda, adonde llegó desde Italia por una plaza de investigación en neurociencias. Hoy es assistant professor y da clase de Redes neuronales en Bioingeniería. Es uno de los muchos cerebros en fuga que dan lo mejor de sí lejos de casa. Pero aparte de sus éxitos académicos, Mónica es una mujer joven marcada por esa mezcla de energía y fragilidad que caracteriza a tantísimos de sus coetáneos. Lleva sobre sus espaldas una historia dentro de la vida de Comunión y Liberación, cuyo valor -lejos de las grandes comunidades italianas- ha tenido que reconquistar con uñas y dientes ante los golpes de la vida. Como le pasó esta vez, herida en un punto tan íntimo y delicado. Su relato de los últimos meses desciende allí donde se toca el fondo de la soledad y luego va subiendo hacia allí donde la mirada de quien ha pasado por esos lugares se hace fuerte gracias una certeza probada.
«Con el tiempo, el deseo de tener un hijo se hacía cada vez más intenso e insistente. Después de unos meses me descubrí enfadada e infeliz». Su marido la acompañaba pacientemente, pero ella se sentía cada vez más determinada por ese deseo que no se cumplía. «La vida se convirtió en un peso. No veía ni un resquicio de luz». Llega así el verano pasado y Mónica oye cómo su amigo Paul cuenta que tampoco él y su mujer, Sari, logran tener hijos. Pero esto, que para ellos también es doloroso, no les impide estar en paz. Mónica, tocada en lo más profundo, más que por las palabras de Paul se siente interpelada y casi molesta por su sonrisa. Una sonrisa que él y Sari llevan siempre puesta y que a ella le parece un desafío. Así que se acerca a Paul y le pregunta: «¿Pero cómo puedes sonreír así?». Él, sencillamente, le confiesa: «Tal vez nunca tengamos hijos. Pero Sari ha empezado a trabajar en un colegio y quizás sea más útil para el mundo que ella esté con esos niños en vez de quedarse en casa con nuestro hijo». Mónica se da cuenta de que su postura es más abierta y piensa: «me gustaría estar así».

La vuelta de las vacaciones está marcada por el trabajo.
Mónica debe entregar una solicitud de financiación para un proyecto de investigación. Se lanza a ello de cabeza con la esperanza, más o menos consciente, de conseguir olvidar aquella obsesión. Durante un mes no hace otra cosa, fines de semana incluidos. «Estaba ahogando mi deseo. Incluso el trabajo, que siempre me ha encantado, se hizo insoportable. Después, una vez entregada la solicitud, todo se vino abajo». Sucedió en una de esas conversaciones entre colegas que empiezan de manera inocua: «¿Qué tal van las cosas en casa? ¿Cómo está tu marido?». Para llegar a la pregunta fatal: «¿Y los niños? ¿No queréis tenerlos?». Mónica estalla en un llanto imparable. Intenta explicar, justificarse, se excusa, y al final dice: «Sé que mi felicidad no depende de tener hijos». Y mientras lo dice, piensa: «Mónica, no es verdad. Esa es una frase que pudo ser cierta en el pasado, pero ahora no te lo crees...».
Aquel golpe abre una grieta en la fortaleza que había construido alrededor de su infelicidad. En los días siguientes vuelve a su mente la sonrisa de Paul y Sari. «Mi deseo de ser feliz ya, en este momento, se hizo más fuerte que el de tener ese hijo que no llegaba. El dolor que me causaba la infelicidad, la soledad, se hizo más fuerte que la pretensión de que la felicidad se realizase como yo quería. Pensé que yo también quería la paz que tenían esos dos. Que si ellos podían ser felices sin tener hijos, entonces era una felicidad que también podía ser para mí. ¿Pero cómo? Empecé a sentir la necesidad de buscar amigos con los que hacer la Escuela de comunidad (la catequesis periódica propuesta por CL, ndr)».
Mientras Paul y Sari viven en el sur de Holanda, donde el movimiento está un poco más extendido, Mónica vive en el norte. Aquí los amigos más cercanos viven al menos a una hora de distancia y, durante mucho tiempo, fue muy difícil verse a menudo. Pero el deseo de acompañarse era cada vez más fuerte en Mónica, en su marido y en algunos amigos, tanto que, a pesar de las distancias, nació un nuevo grupo de Escuela de comunidad.

Trabajando el texto de los apuntes de la Jornada de apertura de curso, Mónica se topó con esta frase: «Si no nos vemos imantados por Él, somos como una mina flotante a merced de nuestros pensamientos, de nuestras reacciones, de nuestra forma de pensar, de nuestro modo de afrontar las cosas. En definitiva, a merced de la nada. La diferencia salta a la vista cuando nos topamos con una persona aferrada hasta las entrañas por Él. Esto es la fe». Reunió todo el coraje y sinceridad de los que fue capaz y, rompiendo el silencio, dijo a sus amigos: «Yo soy una mina flotante a merced de mis pensamientos, ¿cómo se puede estar en paz?». Por primera vez en meses, se descubrió abierta a una respuesta. Ante tal radicalidad, sus amigos no podían trampear e intentaron contar en qué situaciones, o gracias a qué, el drama de la vida parece recomponerse. «Todas las intervenciones llevaban a un punto común: la vida vuelve a empezar cuando se la confía al Misterio». Recuerda el momento en que, como rindiéndose definitivamente después de una batalla demasiado larga, empezó a fiarse. Las jornadas dejaron de empezar con una pretensión sino con una curiosidad: «¿Cómo me sorprenderá la vida hoy?». De semana en semana, el momento de la Escuela de comunidad le resulta cada vez más querido. «Es el lugar donde mi mente vuelve a abrirse. Me ayuda a mirar las cosas de una manera distinta. No ha sido de un día para otro, pero hoy me descubro totalmente cambiada. Ya no estoy aplastada por ese deseo. Y aquella frase que le dije a mi colega. bueno, ahora ha recuperado su significado. Sí, se puede ser feliz aunque no lleguen los hijos. Es verdad lo que dice Giussani en Crear huellas en la historia del mundo, el encuentro no solo crea un ámbito de relaciones sino que se convierte en la forma con que tú afrontas todo lo que te sucede».
El deseo no ha decaído, señala Mónica. A veces sigue siendo difícil de llevar. Pero se ha introducido en su vida una nota de paz que antes no había. «¿Qué hago yo con este deseo?», le preguntó a Julián Carrón cuando este visitó Holanda el pasado mes de diciembre. «Será útil si lo utilizas para buscar más a Aquel que puede llenar totalmente tu corazón», le respondió. Mónica se ha tomado en serio esta hipótesis y su forma de mirarlo todo ha cambiado. «He dejado de mirar mi deseo como un enemigo o una maldición. Hoy es un amigo que me ayuda a descubrir quién soy, qué me hace feliz. También puedo llorar -uno no se convierte en super-héroe- pero ya no hay desesperación. Mi deseo es abrazado y toda la vida, desde las relaciones hasta el trabajo, vuelve a florecer».

Gran Bretaña.
«Era un día banal...»


María es una joven física italiana que desde hace dos años y medio trabaja como investigadora en la Universidad de Portsmouth, la ciudad de Charles Dickens que se asoma a la isla de Wight. Primero vivió en Estados Unidos, donde llegó a Berkeley por una aspiración obstinada pero sin cálculos.
Durante la licenciatura de Física en Milán, asistió a una clase sobre la aceleración con la que se expande el universo, descubrimiento que en 2011 valió el Premio Nobel para Brian Schmidt, Adam Riess y Saul Perlmutter. Ese día, al llegar a casa, leyó la lección magistral que este último pronunció en Estocolmo al recoger el premio. «Quería practicar mi inglés, pero me quedé estupefacta».
Poco después tenía que elegir el tema de la tesis y solo pensaba una cosa: aspirar a lo mejor, y luego ya se vería. Se acordó así de aquel hombre que tanto la había impactado y decidió escribirle para preguntarle si podía ir a trabajar con él. Tan ambiciosa idea hizo sonreír a muchos, a algunos les parecía absurdo. Pero ella envió la solicitud directamente al Nobel. Pasó el tiempo y cuando ya no esperaba respuesta, un profesor suyo le dijo que conocía a un colega que trabajaba en el mismo edificio que Perlmutter. Se pusieron en contacto con él y le pidieron que imprimiera el mail de María y se lo entregara personalmente al Nobel. Mes y medio después, sonó el teléfono: «Perlmutter lo había leído y le había llamado mucho la atención ese entusiasmo, me dijo. “Dile que puede venir, que no tenemos dinero, que le propongo tres proyectos y que elija el que quiera"». El problema de los fondos era decisivo, así que María se lanzó por todas partes pidiendo ayuda a cualquiera que pudiera ayudarla. Con el apoyo del Rotary Club de Módena y una beca de estudio de la universidad, partió hacia California.
Empezaron así unos meses «bellísimos y complicadísimos», cuenta hoy. «Me encontré en un ambiente muy estimulante pero también muy oprimente. Un tren en marcha donde no puedes parar. Al principio todo me hacía vibrar, sobre todo poder estar en tan estrecho contacto con Perlmutter, del que aprendí muchísimo». Con el tiempo, el entusiasmo se fue apagando, hasta trabajar en lo más alto resultaba insuficiente frente a los ritmos, la falta de sus amigos de Italia y de la vida que vivía allí, que dejó de un día para otro. «Fue una ruptura fuerte. Además, las pocas personas con las que comencé haciendo la Escuela de comunidad en Berkeley se marcharon, así que empecé a ir todas las semanas a San Francisco para ver a la comunidad del movimiento». Pero cada vez que iba se pasaba el viaje de vuelta, 45 minutos en transporte público, llorando. No por la soledad física, sino por un corazón no liberado, porque se sentía perdida. «Me escandalizaba hasta de mí misma: con todo lo que he vivido, ¿y ya me he hundido?».

Luego conoce a Iñigo, que también estudia en Berkeley. En realidad es un re-encuentro porque se habían conocido en la Escuela de comunidad, pero en un momento dado él desapareció. «Me crucé con él al salir de misa y le invité a venir conmigo a San Francisco». Iñigo empieza a ir con ella y a sorprenderse, cada vez más, por los encuentros que tiene, por la vida y la fe que empieza a redescubrir. «Cuando volvíamos a casa le brillaban los ojos, siempre había algo que le impactaba. Yo le pedía que me contara, porque quería ver lo que él veía. Estar con él, estudiar juntos, lo cambió todo». Brotó en ella un afecto por el lugar y la situación en que se encontraba, de donde tantas veces había querido escapar. Todavía tiene grabada una mañana: mientras leía la Escuela de comunidad antes de empezar a trabajar, se topó con un párrafo sobre la Magdalena. «Delante del sepulcro vacío, llora. Hasta que oye que alguien la llama: “¡María!". Entonces me di cuenta de que durante meses yo me había sentido así, delante de un sepulcro vacío», atrapada en lo que debería ser, en cómo tendría que afrontar las cosas. «Ese “María" era Iñigo para mí». Delante de él, todos los moralismos se derrumbaron.
Ya no quería irse de Berkeley. En cambio, se vio obligada a hacerlo porque al llegar el momento de las application no la aceptaron. Así fue como acabó en Gran Bretaña, en Portsmouth. «Aquí también fue duro. No conocía a nadie. Viajaba sola en tren hasta Southampton para ir a ver a las familias del movimiento que viven allí, y que son extraordinarias». Pero siempre que en sus lecturas se cruzaba la frase del salmo «Tú eres precioso a mis ojos», se enfadaba, porque no estaba segura de ello. «Solo cuando empecé a pedir “muéstramelo", vi la respuesta». Vio entonces a Laura, que llegó a su mismo despacho por un doctorado. Entre ellas nació una profunda amistad. «Me llamaba la atención su manera de cocinar, de mirar a los mendigos por la calle, así que empecé a estar con ella. Y cuando me iba a dormir empecé a dar gracias por tener a Laura. Porque su forma de mirar a los mendigos es la misma con que me mira a mí, y me hace sentir preciosa a sus ojos. Sin etiquetas, sin que ella sea del movimiento, pero yo he revivido con ella el encuentro con Uno que viene a llamarme: “María"». En los últimos meses ha empezado a ayudar a los sacerdotes de la Fraternidad de San Carlos, que los sábados por la tarde se reúnen con los chavales de la parroquia que se preparan para la Confirmación, el grupo de los “Buscadores del Grial". «No lo ponen fácil, muestran cierto recelo con los adultos, son introvertidos, arrogantes a veces. Algunos parece que están allí pagando el “peaje" para recibir el sacramento».
María vuelve muchas veces a casa con una sensación de fracaso, midiendo el “resultado" de la jornada: «si dejan de mirar el móvil, si empiezan a mostrar afecto, si se divierten con nosotros, si se implican en las propuestas.». Un sábado salió más frustrada de lo habitual, tras verles distraídos y aburridos solo piensa que ella no logra dar la talla. Pero recuerda la pregunta que había leído en la Escuela de comunidad: «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?». Los mira y piensa: «Yo soy exactamente igual que ellos, pero hay Alguien que no deja de cuidarme». De pronto esos chicos se convierten en lo más querido y en el reclamo más evidente. «Cristo me ama con esa libertad, tal como soy, incluso allí donde yo solo veo fracaso». Un amor tan real que libera su corazón de su aislamiento. «Era un día banal», dice, «en el que no esperaba nada significativo para mi vida. Porque la mayoría de las veces hago eso: espero días “grandes", que se salgan de la rutina. En cambio, esa noche me fui a la cama pensando: “Hoy lo he recibido todo, todo lo que quería, todo lo que necesitaba". No hay nada más significativo en mi vida que el despertar de la conciencia de que Alguien abraza mi nada. ¿Qué importa vivir un día más si no es para que esto vuelva a suceder?».

Carta desde Italia.
«Esperando a otro»


Estuve dos meses en Estados Unidos como au pair en una familia con dos niños. En aquel periodo, lo que se me hizo más claro fue la conveniencia de estar en manos de otro, que rompe mis esquemas para hacer la vida más bella.
Para mí, es sorprendente verme ahora afirmar esto con certeza y serenidad. De hecho, al principio no fue fácil. Todos mis amigos estaban juntos de vacaciones y yo estaba sola al otro lado del mundo y con dos niños. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Cómo podía ser útil ese tiempo para mí y para los rostros que tenía al lado? Al principio, con un poco de curiosidad y necesitada hasta la médula, buscaba compañía e intentaba probar con todo. Así, empecé a leer la Escuela de comunidad y a rezar Completas todas las noches, recordando a un amigo que me contó cómo estos dos gestos incidían en su vida.

Durante todo ese tiempo también me hizo una gran compañía algo que otro amigo me dijo antes de marcharme, cuando estaba un poco asustada. A mi «no estoy tranquila», respondió: «Lo tienes todo. Dicho esto, también sabes que nuestra amistad no conoce fronteras». Todas las mañanas me preguntaba si eso era verdad, si de verdad no estaba sola.
Si pienso cuál fue el primer paso que me permitió volver a respirar en medio de aquella nada que me acechaba, fue seguir a dos amigos a los que estimo y de los que me fío. Después empecé a ver lo que sucedía. Pedía y quería ver. Así es como empecé a buscar. Mientras acostaba a los niños, mientras lavaba los platos, mientras me ocupaba de mis quehaceres, empecé a desear que en esos momentos hubiera algo para mí. A pedirlo y a desearlo.
No sé explicar por qué, pero una noche, mientras doblaba la ropa de los niños, me descubrí queriendo hacer bien las cosas. Doblaba la camiseta de la niña y me preguntaba: ¿por qué tengo el deseo de hacerlo, y de hacerlo bien? Era como si, en el fondo, supiera que cuando uno hace las cosas bien es porque quiere que suceda algo, lo espera, y se hace más fácil esperarlo. Así sorprendí en mí las ganas de preparar algo. Inconscientemente preparaba sin esfuerzo, me preparaba para acoger. Sencillamente, haciendo bien lo que debía hacer. ¿Y cuándo veía la intervención de otro en mi vida? En las cosas bellas. Pero bellas no por fáciles y esperadas, sino bellas por cuidadas, dispuestas para acoger a otro, esperando a otro. Así, hasta aquella camiseta rosa había que doblarla bien. Incluso aquel gesto era, potencialmente, algo para otro.
Me sorprendía porque antes no era así. Me sorprendía esperando, y en ese momento de conciencia ya sucedía algo en mí, estaba inesperadamente serena. Me pregunto por qué una está serena cuando hace lo que hay que hacer, cuando sigue, cuando obedece a la realidad. Y me doy cuenta de que no siempre es fácil obedecer. Pero obedecer es mejor, y ahora no lo dudo.
Esta es la segunda cosa que llevo en el corazón. Obedecer es mejor, porque te llena de verdad. Por la noche, me conmovía por lo bien que estaba, agra-decida a pesar de no hacer nada excepcional: obedecía y hacía lo que se me pedía, y estaba realmente contenta, como no lo estaba desde hacía mucho. Con tanta sencillez, probablemente no lo había estado nunca. Veía que al obedecer nacía en mí un afecto inesperado a todo lo que me rodeaba. Pensaba que también podía ser así en mi relación con Cristo, seguir lo que Él me pide cada día para profundizar mi relación con Él, para que mi afecto crezca.

Fue un tiempo de fatiga y de bienes. La novedad fue ver nacer en mí una gratitud que llenaba cada momento y que me ensanchaba el corazón, me hacía tener cada vez más afecto a todo. Y esa gratitud venía de algo que yo no creaba, de otra cosa, literalmente. De situaciones y gestos que yo no organizaba. Yo era “espectadora protagonista" de otro. Miraba cómo sucedían las cosas y me lanzaba. Pero inicialmente miraba, no hacía. ¿Qué puede entonces arrancarme ahora de la nada, de esa sensación de abandono que a veces vuelve? No el recuerdo de una hermosa experiencia, tampoco el afecto y la relación con las personas que encuentro. Lo que me acompaña ahora -de vuelta en clase, en casa, con mis amigos- es un método, una experiencia que persiste. ¿De dónde nació la gratitud, la serenidad que me hizo así? Ante todo de seguir a quien veía más vivo que yo y que estimo (mis amigos). Luego reconozco que hay que hacer un trabajo, fiarme de lo que veo suceder y obedecer. Y por último, la gratitud.

Esto me ha permitido vencer aquella confusión inicial y disfrutar del espectáculo que estaba sucediendo en mí y ante mí. Eso es lo que me hace desear aún más lo que he visto: ver cómo el tiempo que pasé allí con esos niños incide aquí y ahora. Ahora comprendo un poco mejor la frase de Enzo Piccinini: «Es una gratitud lo que caracteriza mi vida, por eso no tengo miedo de darla toda». Verdaderamente es por gratitud por lo que uno se da. No puedo hacer otra cosa que desear y pedir en cada instante de la vida esa Presencia carnal que nos hace tan plena e ilógicamente serenos.
Marta

Un amor irresistible en el abismo

Un libro cuenta la historia del cardenal Van Thuan, prisionero en Vietnam. Y testigo de una libertad impensable.

«Solo durante días, meses, años, en una habitación sin ventanas, sin contacto exterior; obligado a estar con la luz encendida unos días y luego completamente a oscuras otros. Muchas veces me preguntaba si era verdad lo que estaba viviendo...». Era el 13 de marzo de 2002 cuando el cardenal Frangois-Xavier Nguyen van Thuan, declarado venerable en 2017, hablaba así en un encuentro con el Centro Internacional de CL en Roma. Una figura imponente, la suya, descrita en el libro Van Thuan, libre entre rejas, de Teresa Gutiérrez de Cabiedes, editado por Ciudad Nueva. Van Thuan sufrió arresto domiciliario, una cárcel muy dura, un viaje con cadenas, trabajos forzosos y unos interrogatorios extenuantes para que admitiera un “complot". En total, 13 años de arresto, nueve de ellos en asilamiento, preso del régimen comunista en Vietnam. ¿Pero se puede vivir en una situación de soledad tan extrema? ¿Qué puede salvar de algo así? El 25 de abril de 1975, Pablo VI lo nombra arzobispo de Saigón. El 15 de agosto es arrestado por participar en un “complot entre el Vaticano y los imperialistas". Le encarcelan en 1988. «En la cárcel viví momentos tremendos», contó en Roma. «Allí experimenté el abismo de mi debilidad espiritual, intelectual y física. Empezaba el Padre nuestro pero nunca lo acababa. Decía “Ave María, ave María", pero nunca lograba avanzar». Pero justo allí, en el fondo del abismo, a un paso de la locura y de la muerte, comprendió que no estaba abandonado. A las tres de la tarde celebraba a duras penas la Eucaristía. Bastaba una gota de agua, dos de vino (que obtenía como medicina) y unas migas de pan que siempre tenía cerca. «Tú en mí y yo en Ti», decía. Aquellas, recordará, «fúeron las misas más hermosas de mi vida». De tener terror al vacío y al silencio, pasó a levantarse lentamente. «La fuerza del amor de Jesús es irresistible. La oscuridad de la cárcel se vuelve luz, la semilla germina bajo tierra durante la tempestad. ¿Qué me ayudó? Decidí amar y perdonar a mis carceleros igual que Jesús me amaba y perdonaba», y muchos de ellos se convirtieron estando con él.
El libro habla de Bay, el vigilante, que le pidió que le enseñara uno de sus cantos, el Veni Creator, en latín, lengua que estudiaban los militares para comprender los mensajes del Vaticano “contra" el régimen. Una mañana, «el dolor de articulaciones le impedía a Thuan mover un solo dedo. Intentaba rezar, pero su mente estaba vacía y su corazón endurecido. una pesada angustia empezó a oprimirlo. La falta de aire le asfixiaba. Bay se levantó y empezó a cantar el Veni Creator... haciendo gimnasia al ritmo del canto. Con un hilo de voz, Thuan dijo: “Gracias, Dios mío. Cuando no tengo fuerzas para rezar, me mandas un guardián que lo hace por mí"». Hasta que murió en 2002, su cruz pectoral era la que hizo en la cárcel con un trozo de madera, escondida durante años en el jabón. Nunca la abandonó, signo de lo más querido para él. Lo que recuperó en medio de aquel abismo.

Paola Ronconi

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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