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Huellas N.6, Junio 2008

CULTURA - Hacia el Meeting

«Cada persona es una excepción, es decir, un protagonista»

a cargo de Carlo Dignola

Quería dedicarse al jazz, pero terminó vendiendo congelados. Hoy es uno de los mejores directores italianos. Figura entre los invitados del próximo Meeting de Rímini cuyo título comenta en estas páginas. Habla de talento, vocación, y de «una mirada en la que me han educado: la gracia»

Pupi Avati es uno de los mejores directores de cine italianos. Presidente de la Fundación Fellini, es Caballero de la República Italiana y Oficial de la Orden de las Artes y de las Letras en Francia. Entre sus últimas películas se hallan I cavalieri che fecero l’impresa, El corazón ausente, La segunda noche de bodas, La cena per farli conoscere. En Roma está cayendo un diluvio, pero él, con casi 70 años, se halla en Cinecittà rodando su próxima película bajo una cortina de agua. Es una persona que sin duda vive el cine con pasión.

El Meeting de este año le ha pedido que presida el jurado del concurso “What’s in your city?” (del que formará parte también el actor Alessandro Preziosi), dedicado a los jóvenes talentos: el primer premio será un curso de 10 semanas en la School of Visual Arts de Nueva York. La entrega de premios tendrá lugar en Rímini a finales de agosto, y los mejores cortometrajes se proyectarán en público.
En la actualidad hay cámaras por todas partes: el mundo, de alguna forma, se graba a sí mismo. Se empieza a abrir paso una nueva generación que tiene poca familiaridad con los libros, pero que siempre lleva en el bolsillo un móvil que le permita hacer tomas en cualquier situación: los jóvenes están creciendo con esta mirada siempre disponible ante la vida “en directo”.

¿Cree usted que cambiarán las cosas también en el mundo del cine?
Me hallo en una situación privilegiada para observar este ambiente, porque continuamente me llegan vídeos de producción propia. No ha sido siempre así. Hace años las propuestas llegaban en papel, los jóvenes mandaban sus currícula y sus ideas por escrito: personajes escenografía, tratamientos, guiones... Hoy, por desgracia, lo que más llega son vídeos.

¿Por desgracia?
Envían muchos cortos y también pequeñas películas completas en DVD que dan una idea muy precisa de lo que quieren hacer. Demasiado precisa: deja poco espacio a la imaginación. Con frecuencia son fruto de presunción. Antiguamente los cineastas –también yo pertenecía a esta categoría– entraban en este mundo con el “súper ocho”, como mucho con una película de 16 mm.: había que prestar mucha atención a lo que se rodaba, se consumía el material con parsimonia, aprovechándolo al máximo. El instrumento digital favorece en la actualidad una cierta autocomplacencia. Evaluar estos trabajos no es fácil. En cualquier caso, entre estos jóvenes hay algunos que con los años mostrarán que son verdaderos autores, que tienen un punto de vista propio sobre las cosas.

Su cine nunca ha despreciado un cierto halo amateur, que manifiesta un gusto por las cosas hechas de forma artesanal...
Pero siempre con un gran respeto por el medio. A menudo participo, y lo hago con gusto, en debates con jóvenes sobre el cine, y les alerto rápidamente: éste es uno de los oficios más difíciles del mundo. Tal vez el más bello, pero justamente por eso el más difícil.

El título del Meeting de este año es: “O protagonistas, o nada”. ¿Qué significa, en su opinión, ser protagonista? Muchos jóvenes querrían serlo, tal vez empezando en algún programa televisivo. Usted en cambio, en sus películas, ignora a los “divos” y apunta a menudo a figuras de segundo plano.
Más que de segundo plano, diría marginadas: personas a las que el mundo los medios de comunicación no presta atención alguna. No podía ser de otra forma: es el único mundo que conozco. Yo pertenezco, me parezco a ese tipo de ser humano; es el único sujeto con respecto al cual tengo información suficiente para poderlo proponer.

Sin embargo, usted no hace caricaturas: toma un hombre cualquiera –gente humilde, de provincia– y hace de él un verdadero protagonista.
Un héroe. Cada uno de nosotros lleva dentro de sí uno. El don que recibimos al nacer, es más, al ser concebidos, es la identidad. Este es el valor inigualable que nos llevamos dentro hasta el momento en que dejemos esta tierra –y yo deseo poder llevarlo incluso después–. Se llama “talento”: es algo que se nos dio y del que debemos rendir cuentas. Cada persona es una excepción, es una anomalía. Cada uno de nosotros es “el elegido”. Cuando un hombre consigue que su trabajo coincida con su vocación, entonces se realiza de verdad, y se vuelve significativo también en el plano social. Deja de ser una persona frustrada, como la mayoría cuyo valor se reduce a mero porcentaje de audiencia o de ventas, a voto obtenido por un partido; en definitiva, a un número, nada más. El verdadero protagonismo no se consigue logrando entrar en el Gran Hermano: yo cuento historias de personas de cuarta o quinta fila que, en un momento dado, se levantan del patio de butacas, llegan al escenario y dicen: «Perdonad un momento: quería deciros que existo».

Antes de ser director usted vendía productos congelados. ¿Cómo ha llegado usted a convertirse en protagonista de la cultura italiana?
He tenido un recorrido muy agitado. Al principio me hallaba en una gran confusión. Siendo niño me enamoré del jazz. Pero fue un amor no correspondido. Dediqué 12 años de mi vida a este sueño: pensé, creí, me ilusioné con la idea de que llegaría a ser un gran músico de jazz. Me vestía, me arreglaba, hablaba, me peinaba como uno que está convencido de estar en el lugar apropiado para llegar a ser un músico extraordinario. Después conocí a ciertos tipos que tocaban el clarinete mejor que yo, aunque no supieran leer una partitura, y de repente sentí que el sueño por el que había invertido la mejor parte de mí mismo se estaba quebrando. Nadie me había explicado que entre pasión y talento existe una diferencia fundamental, que una cosa no tiene nada que ver con la otra. Creía que la dedicación y el empeño eran suficientes para expresarme a través de la música, y así iba de desilusión en desilusión. Un día guardé el clarinete en el estuche y me fui a vender congelados en la empresa Findus de Milán: guisantes primavera y espinacas troceadas. Pero mis noches transcurrían insomnes, mirando fijamente al techo y diciéndome mis proyectos y sueños habían terminado. La búsqueda de la propia vocación es ardua y trabajosa, llena de insidias y sufrimientos, pero todos deben llevarla a cabo. La casualidad, o si queréis la gracia, quiso que mirara a mi alrededor y encontrara en el cine un instrumento para poder decir quién soy.

No todo el mundo puede ser director de cine.
Tampoco es necesario, en absoluto. El talento es una vocación, es la respuesta a una llamada, y se manifiesta en algo que uno va haciendo con extrema facilidad. Son cuestiones muy sencillas y esenciales las que conducen a la felicidad. Un hombre es feliz cuando se reconoce en lo que hace; da igual lo que haga, aunque sea fontanero o descargue camiones en el mercado de la fruta. Un albañil termina su trabajo, da tres pasos atrás y ve que el muro que ha construido le gusta: está satisfecho. Va a lavarse las manos, vuelve a casa y está satisfecho. Ha hecho algo que se le asemeja: ese muro será de alguna manera ese albañil, para siempre. Y lo mismo esa puerta, esa mesa, esa silla, esa pieza musical, ese cuadro, esa película... Yo creo que la respuesta está en el trabajo. Si uno quiere convertirse en protagonista de la vida debe pasar por el hacer.
Hoy está de moda el “profesional”.
Cuando me dicen que soy un director “muy profesional”, yo me ofendo. La profesionalidad es un dato de partida. Es como aprender que, para conducir, tienes que pasar de la primera a la segunda marcha usando la palanca: esto no quiere decir que llegues a ser un gran piloto. El futbolista que sabe hacer regates no está dicho que vaya a convertirse en Maradona. La profesionalidad es un punto de partida, no de llegada. Sólo cuando comienzas a apropiarte de este oficio, cuando pones tu vida en juego en primera persona, el público recibe algo.

Para tener éxito en la vida, ¿es suficiente con creer en uno mismo?
No. Es necesario creer también en los demás. Yo no reconozco talento sólo en mí, sino también en los que están ante mí. Hace falta dar crédito al hombre.

Sus personajes, incluso los más deformes, están tratados siempre con delicadeza, con respeto extremo. ¿Qué es para usted la gracia?
Es una mirada en la que he sido educado. Es una mirada que trata de estar con suma piedad incluso ante los casos más negativos. Yo nunca he pretendido hacer un cine de denuncia. Nunca he podido señalar con el dedo a nadie, situaciones o personas, antes de verme reflejado en ellas.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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