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Huellas N.9, Octubre 2013

FRANCIA / Escuela y laicidad

Revolución de papel

Luca Fiore

A las aulas francesas llega un documento que habla de moral, neutralidad, valores de la República». Pero tiene un objetivo: «Despojar al niño de todos sus vínculos» (incluida la fe) para «hacer de él un ciudadano». ¿Qué desafío plantea a quien vive dicha fe?

La Ferté-sous-Jouarre es un pueblecito de nueve mil habitantes en Île-de-France, a sesenta kilómetros de París. Es aquí, en el Liceo polivalente Samuel Beckett, donde el ministro de Educación francés Vincent Peillon quiso presentar, el 9 de septiembre, su última y controvertida iniciativa. Se trata de la “Carta de la laicidad”, un documento de 15 puntos, para colgar en todos los institutos estatales del país, en el cual se reafirman los «valores de la República». En el punto 6 se lee: «La laicidad de la escuela ofrece a los estudiantes las condiciones adecuadas para forjar la propia personalidad, ejercer el libre arbitrio y aprender a ser ciudadanos. Ella les protege de cualquier forma de proselitismo y de toda presión que les impida elegir libremente». En el número 12: «Ningún alumno puede invocar una convicción religiosa o política para cuestionarle a un docente el derecho a tratar un tema del programa». Número 11: «El personal debe ser absolutamente neutral. En el ejercicio de las propias funciones no debe, por tanto, expresar las propias convicciones políticas o religiosas». A esto se añade la prohibición de exhibir símbolos religiosos, ya sancionado por la ley de 2004.
Este tipo de ocurrencias no son nuevas en el caso del Ministro. El año pasado anunció que en 2015 se instituirían, en todas las escuelas, cursos de “moral laica”, posteriormente redefinidos más modestamente como “enseñanza moral y cívica”. Una iniciativa que, según los sondeos, aprueban nueve de cada diez franceses. Nada se sabe, por el momento, sobre la popularidad de la nueva “carta”, pero no ha faltado el debate en la prensa. Podría parecer un asunto exquisitamente francés, pero en realidad plantea de nuevo una cuestión de fondo y universal: ¿es posible para los cristianos seguir siendo ellos mismos en un contexto tan adverso? ¿Pueden seguir siendo una presencia en el ambiente?

Nueva religión. El ministro Peillon, que ha crecido en la escuela de los pura sangres del Partido socialista, es un elegante intelectual laicista convencido de que, como reza el título de uno de sus libros de 2008, La revolución francesa no ha acabado. La escuela, en su opinión, es el instrumento para llevar a término cuanto se inició a los pies de los muros de la Bastilla. Los ideales son ideales, pero Peillon sigue siendo un político. «En sí misma esta carta no tiene mucha relevancia en el plano práctico, también porque no impone ninguna medida coercitiva», observa Ivan Rioufol, editorialista de Le Figaro: «Los socialistas habían descuidado en los últimos años el tema de la laicidad en favor del multiculturalismo y el Frente Nacional de Marine Le Pen se ha aprovechado de ello». Según Rioufol los primeros destinatarios del documento son los musulmanes: «Ya en 2004 el Informe Obin había puesto en evidencia que, en las escuelas de las periferias de las grandes ciudades, los valores de la laicidad estaban siendo cuestionados. Cada vez más a menudo alumnos musulmanes rechazaban ciertas enseñanzas como el pensamiento de Voltaire, los autores cristianos o la historia del Holocausto». Pero para Rioufol el aspecto más inquietante es «la voluntad de formatear los espíritus de los estudiantes para hacer de ellos buenos ciudadanos republicanos. No se puede pedir que la escuela haga esto. Es una tentación ideológica que también tenía la derecha, pero que aquí se ve aún más acentuada». También porque, explica: «Peillon querría hacer de la laicidad una nueva religión que sustituya a la religión católica».
No es una exageración. Rioufol hace referencia a una frase pronunciada por el ministro en 2008, cuando llegó a decir: «La escuela debe despojar al niño de todos sus vínculos pre-republicanos para enseñarle a convertirse en ciudadano. Es como un nuevo nacimiento, una transustanciación que actúa en la escuela y para la escuela, la nueva iglesia con sus nuevos ministros, su nueva liturgia y sus nuevas tablas de la ley».
Tampoco Fabrice Hadjadj, en su columna en el semanario suizo L’Echo, ha sido blando con la iniciativa de Peillon: «La laicidad pretende ser neutra, como si verdaderamente fuera posible serlo, como si la neutralidad no fuera la elección de la hipocresía y de la superficialidad». De la superficialidad, dice el filósofo: «Porque se pretende que la fe que anima nuestro corazón no tenga valor político. No es de extrañar por tanto que, luego, en el espacio político sólo aparezcan seres sin profundidad, pequeños managers, que no tienen más secretos que sus propias malversaciones». Por otra parte, continúa, existe la hipocresía porque la obligación de la neutralidad pone de acuerdo a todos, incluso a los cristianos tibios: «Acallar la propia fe en el espacio público significa no tener que exponerla, no arriesgarla en el diálogo y por tanto renunciar a la exigencia racional y no correr el riesgo de ser perseguidos. De este modo la neutralidad se convierte en neutralización de lo esencial».
Thibaud Collin es escritor y profesor de Filosofía; en la actualidad da clase en un instituto privado de París, pero durante muchos años enseñó en la escuela pública. Su último libro se titula, precisamente, La moral de Monsieur Peillon. En 2004 publicó el libro-entrevista con Nicholas Sarkozy La República, las religiones, la esperanza.
«En el plano práctico, el documento no cambia mucho respecto a lo anterior», explica Collin: «Acentúa una mentalidad ya existente, pero que se está haciendo cada vez más significativa». Las contradicciones de esta concepción de laicidad son las habituales, pero incluso los cristianos empiezan a darse cuenta de que existe una manera débil de concebir la fe, incluso entre ellos. «El problema es que cuando el ministro dice “se respetan todas las religiones” tiene una visión reducida de la fe, sobre todo de la cristiana. Para él, al contrario de cuanto sostiene Benedicto XVI, la fe no puede tener un papel de purificación de la razón. Es únicamente una convicción personal sobre dios, pero que no puede tener incidencia en el plano antropológico, ético y social. Se trata de una idea inofensiva de fe. Pero el creyente usa la razón y es capaz de defender sus propias posiciones en el plano racional. Estoy pensando en la antropología que da vida a la oposición a la nueva ley de “los matrimonios para todos”».

Cuestión de personas. Pero más allá del debate filosófico, del enfrentamiento político, en la vida real de los estudiantes y profesores cristianos, ¿queda verdaderamente descartado cualquier clase de testimonio? «El anuncio explícito del Evangelio en una escuela pública francesa es de hecho imposible. Pero el testimonio puede darse haciendo hincapié en algunos puntos de los programas escolares, que pueden iluminar las inteligencias sobre la belleza de la vida cristiana. También ahí puede aparecer paulatinamente el rostro de Cristo».
Sin embargo, la escuela no sólo está hecha de programas educativos y batallas ideológicas. A clase van las personas, no las ideas. Son las personas, sus vidas cambiadas, la fascinación de su mirada, lo que, si está, se percibe. «Las relaciones entre profesor y alumno y entre estudiantes no se limitan a las horas de clase o a las discusiones escolares. Estas relaciones todavía no están prohibidas», concluye Collin: «Es verdad, alguno podrá decir: “Ese usa su poder de profesor para influenciar...”. Pero las relaciones humanas siguen existiendo, la confianza mutua sigue siendo posible».

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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