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La belleza de Cristo y de ser cristianos

Vito Piepoli
23/12/2014
Guzmán Carriquiry Lecour.
Guzmán Carriquiry Lecour.

Un libro que representa «una ocasión de retomar y relanzar experiencias y reflexiones de gran actualidad para la misión de la Iglesia de Francisco», afirma Guzmán Carriquiry Lecour, abogado y colaborador directo de tres Papas en el Pontificio Consejo para los Laicos, actualmente vicepresidente de la Pontificia Comisión de América Latina, que ha regresado a Taranto veinticinco años después para la presentación del libro La fuerza del encanto cristiano del arzobispo Filippo Santoro.

El título del libro es el hilo conductor de todo su contenido, que remite constantemente a la teología de la belleza en la gran tradición católica y especialmente en la obra de uno de los grandes padres de la Iglesia del siglo XX, Hans Urs von Balthasar. Carriquiry recuerda, a este respecto, una página de Benedicto XVI en su mensaje al segundo Congreso Mundial de los Movimientos Eclesiales y las Nuevas Comunidades que se celebró en el Vaticano en junio de 2006: «A Cristo se aplican las palabras del Salmo 45: “Eres el más bello de los hombres”. En Cristo encontramos la belleza de la verdad y la belleza del amor; pero el amor implica también la disponibilidad a sufrir, una disponibilidad que puede llegar incluso a la entrega de la vida por aquellos a quienes se ama. Cristo es la belleza de toda belleza». Este sentido de la belleza, que monseñor Santoro propone y profundiza en su libro, no se encierra solo en un discurso, sino que se realiza en un método educativo, en un crecimiento de la vida cristiana, haciéndose ímpetu misionero y servicio pastoral.

El propio camino de vida de monseñor Santoro resulta sorprendente. Dios le tomó por los pelos siendo aún un joven sacerdote y le llevó por caminos que él nunca habría podido imaginar ni planificar, como él mismo relata. Luego llegó el encuentro con don Giussani, que le ayudó a crecer como persona, como cristiano y como sacerdote. De ahí, los treinta años que pasó en Brasil, llegando a ser obispo auxiliar de Río de Janeiro y luego de Petrópolis. Carriquiry recuerda que unos tres o cuatro años de su regreso a Italia, cuando lo vio hablar en Recife, al noreste del país, ante miles de jóvenes y familias de una comunidad carismática, pensó que se había convertido en un «brasileño entre brasileños». Su personalidad creció mucho al afrontar la compleja realidad de aquel inmenso y contradictorio país, el temperamento de su gente, los encendidos debates ideológicos o políticos y las exigencias pastorales que se le presentaban. Todo este camino se resume muy bien en el libro.

El autor lleva consigo la experiencia de varios modos y caminos como se encarna la vida y la misión de la Iglesia. Llevará a Taranto y a la Iglesia italiana la experiencia de la Iglesia latinoamericana. Llevará esas relaciones personales hechas de sencillez y cordialidad, de afecto de corazón, de alegría comunicativa, típicamente brasileñas. Llevará esa manera de estar dentro de la realidad sin tomar distancias, cercano y acogedor con todas las personas. Llevará el concepto y la praxis de un servicio pastoral como ímpetu misionero que sale al encuentro de todos, sin exclusión. Partiendo siempre del encuentro con Cristo, de permanecer con Él, allí donde mora, cultivando un seguimiento que se convierte en comunión y que hace gustar la belleza de Su presencia en la Iglesia. Justamente lo que pidió el Papa Francisco a los nuevos obispos el pasado 18 de septiembre: «Jamás dar por descontado el misterio que se os ha conferido, no perder el estupor ante el designio de Dios».

Carriquiry añade que el camino de Santoro es parecido al del Papa Bergoglio, forjado por el carisma de san Ignacio. No es casual que don Filippo compartiera con el cardenal Bergoglio aquel evento expresión de gracia y de madurez que fue la quinta Conferencia general del Episcopado latinoamericano en Aparecida. Aquella fue una extraordinaria experiencia de comunión eclesial en la oración, el trabajo, la amistad, el espíritu misionero de más de 400 obispos de todo el continente. En aquella ocasión, el cardenal Bergoglio fue elegido, por gran mayoría, presidente del comité de redacción del documento final. En Aparecida, más que hablar de grandes problemas, programas o estrategias, se apuntó hacia los sujetos, a la formación de discípulos misioneros para llegar a alcanzar un mayor y más profundo arraigo de la fe, una mayor incidencia y una revitalización entre los pobres y los jóvenes, y en el corazón de las familias. Entre el documento de Aparecida y la exhortación apostólica Evangelii Gaudium existe un fuerte vínculo de continuidad, sobre todo sobre las conversiones personales, pastorales y misioneras requeridas. Fue precisamente en la homilía pronunciada durante la misa de apertura de aquella conferencia cuando Benedicto XVI afirmó que la Iglesia no hace proselitismo sino que crece por atracción. Como Cristo atrae a todos hacia sí con la fuerza de su amor, así la Iglesia cumple su misión, capaz de dejarse atraer siempre con renovado estupor por Dios que nos ama primero.

Se vuelve así al corazón pastoral, educativo y misionero del libro: el cristianismo no se comunica por medio del proselitismo sino con la fuerza de atracción de los testigos de la presencia de Cristo. Cuya vida experimenta un gusto nuevo, una gratitud, una alegría incontenible, una capacidad de amar, una esperanza que nunca defrauda, que nada ni nadie puede apagar. El cardenal Bergoglio, impresionado y conmovido por las palabras de Benedicto XVI en Aparecida, nunca dejó de retomarlas y desarrollarlas. Y monseñor Santoro tiene presentes los reclamos de ambos, y concluye su libro con las magníficas palabras del Papa actual al episcopado brasileño en Río de Janeiro: solo la belleza de Dios puede atraer. La misión nace precisamente de esta fascinación divina, de este encanto. De un corazón herido.

Carriquiry tiene la certeza y la convicción de que estamos viviendo una hora muy particular del Espíritu de la Iglesia. Por ello, las preguntas que todos debemos plantearnos son: ¿qué está diciendo el Espíritu de Dios a la Iglesia y a las iglesias, aquí y ahora?, ¿qué te está mostrando, qué te está pidiendo cambiar mediante el testimonio, el magisterio y el ministerio de Francisco?, ¿qué dicen concretamente sus palabras y sus gestos a la Iglesia local, a nuestras parroquias y comunidades, a los consagrados, a las asociaciones, a los movimientos? Aunque no sea fácil dar una respuesta inmediata, todas estas cuestiones deben seguir siendo una ocasión para rezar, pensar, compartir y vivir. El libro de monseñor Santoro ayuda mucho en esto. En el modo de presentarse y hablar del Papa Francisco hay un cierto “impacto desestabilizador” que ayuda a romper el conformismo mundano de la vida cristiana y a ir más allá del tran-tran cotidiano, superando fatigas y rutinas. Pero este impacto debe servir para suscitar una conversión tanto personal como pastoral y misionera. Justamente la que en este libro ofrece monseñor Santoro.

El propio testimonio de vida se convierte así en ejemplo luminoso. «Pensar como Cristo, sentir como Cristo, vivir como Cristo», sintetizaba el Papa Francisco. ¿Qué es la conversión si no el don de reconocerse pecadores y confiarse a la gracia de Dios para tener a Cristo presente en la trama de nuestra vida? ¿Acaso el Papa no insiste en sus discursos en la misma pregunta: «¿Quién es Jesús en mi vida?».

Los medios de comunicación nos ayudan a sorprendernos por la multitud de iniciativas y gestos del Papa: todos preciosos. Pero siempre hay que ir a lo esencial, allí donde el Papa quiere llamar a nuestro corazón, a nuestra mente. En esto, el libro de Santoro es de gran ayuda.

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