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PALABRA ENTRE NOSOTROS

En la fe: el hombre y el pueblo

Apuntes de la intervención de Luigi Giussani en el Equipe nacional de los universitarios de Comunión y Liberación
Rímini, 29 de mayo de 1976
(casi al término del encuentro, tras una pausa de la asamblea dedicada al tema del compromiso cultural y político en la Universidad)

Sería interesante que cada uno de vosotros respondiera a esta pregunta, de la que depende, a mi modo de ver, cualquier otro problema: «¿Qué es la fe?».
Creo que falta entre nosotros una respuesta clara. Pero si falta esta cla­ridad, ¿cómo podemos convertir en creativo el método, el camino, esto es, nuestro modo de vivir? Pues, en efecto, sólo un sujeto maduro y au­toconsciente es creativo.
Ahora bien, ¿cuál es el papel de CL dentro de la vida de la Iglesia y en la sociedad italiana hoy, sino el de ser un reclamo a la fe? Ya no queda nadie que se remita a los con­tenidos de la fe. Y por tanto todo el mundo se agita, pero nadie logra en­contrar su propio sujeto, hallar su rostro, su identidad. Cuando la per­sona carece de autoconciencia, cuando falta claridad sobre qué es la fe, lo que debería ser instrumento de ella acaba por suplantar a lo que falta.
Entonces, ¿qué es la fe? Se en­tiende qué es la fe cuando uno se mete en la piel de Juan y Andrés, que le siguieron y le preguntaron: «Maestro, ¿dónde vives?» (Jn 1, 38). Ante ese hombre, ¿qué era la fe? Era reconocer la presencia de lo divino. Ellos no se atrevían siquiera a pen­sarlo, no lo tenían claro, pero reco­nocían en ese hombre la presencia que liberaba, que salvaba.
La fe que define nuestra identi­dad y nos convierte en sujetos acti­vos, y por tanto creativos, consiste en percatarse de esta presencia que está entre nosotros, una presencia que es nuestra unidad, que nos cons­tituye como pueblo. Mi identidad adecuada es la unidad entre nosotros como pueblo. Esta conciencia bo­rraría de un plumazo las graves difi­cultades que surgen cuando el sujeto concibe de modo individualista su relación con la comunidad. Unas di­ficultades que, en mi opinión, nos roban un sinfín de energía. La rela­ción verdadera con el adulto, esto es con la autoridad del CLU (la reali­dad de los universitarios de CL; ndr), es la relación con una historia tal como es guiada. De lo contrario la relación se desvirtuaría y acabaría en algo intimista y estéril (y ello se podría sanar únicamente por una ob­jetividad neta y excepcional, propia de una persona madura; cosa que por otro lado sólo se produce en casos extraordinarios). Lo que nos salva es objetivo. Es objetivo lo que nos hace adultos. La fe es reconocer la presencia de la liberación de la vida, de la salvación de todo. Esto encendería en nosotros una certeza fresca y alegre que no tenemos. Lo que vence al mundo y que nos falta es la fe. Es tu fe que reconoce la pre­sencia redentora que libera tanto tu persona como el mundo. Dicha pre­sencia hace dos mil años tenía el rostro de un Hombre, y ahora tiene el rostro de nuestra unidad, del pue­blo que es su Cuerpo. Nuestra iden­tidad verdadera y adecuada es este Cuerpo, se encuentra en la unidad con este Cuerpo.
Es como si nosotros no hubiéra­mos franqueado aún el umbral del Acontecimiento que nos da el nombre. Es como si aun no fuera una realidad, sino tan sólo un nombre ideológico, un pretexto ideológico que en momen­tos yuxtapuestos implica una determi­nada cultura y cierta moralidad.
Por el contrario, la característica de un hombre que se percibe libe­rado, salvado y, por tanto, nuevo, es afrontar la historia y construir con paz y alegría.
El segundo factor a tener en cuenta es que no existe un individuo suspendido en el aire; existe una identidad encarnada: no se puede dar una identidad fuera de un determi­nada situación. El problema no es la unidad con el CLE (la realidad de los profesores de enseñanza media de CL; ndr), el CLU o otros sectores del movimiento; el problema es te­ner conciencia de la novedad que so­mos y que vivimos en la situación actual. Por tanto, podríamos estar desorientados en la Universidad (en los cursos, en los consejos de facul­tad) y, sin embargo, vibrar por la no­vedad que llevamos en nosotros.
Cuando se acaba la Universidad es esta identidad vibrante la que de­bemos llevar a la vida de la Iglesia, la que debemos vivir en el compro­miso civil, social y político.
Entonces incluso el compromiso político se plantea como un trabajo cultural, porque tenemos conciencia de lo que significa trabajar en fun­ción de una necesidad cultural. Se trata de una conciencia de pueblo que se hace cada vez más profunda a raíz de los acontecimientos, y que nos permite entender que portamos la respuesta a la crisis social.
La actividad cultural es la de un pueblo que profundiza la conciencia de llevar en sí el principio resolutivo de la crisis: llevamos la salvación para todos. «El Señor es mi salva­ción y con Él no temo nada, porque en el corazón tengo una certeza: la salvación está aquí conmigo». Estas palabras no son el emblema de la re­ducción estética o moralistamente superficial que vivimos: estas pala­bras definen la conciencia que tengo de mi mismo. Una identidad no existe abstractamente sino encarnada en la situación política, universitaria, etc. No se pueden plantear estos pro­blemas extrínsecamente: ellos me constituyen, son "yo".
¿Qué es la fe? Lo he planteado porque la respuesta a esta pregunta es la clave de todo. La fe es recono­cer la presencia que nos libera a no­sotros mismos y al mundo. A me­nudo llevamos el anuncio cristiano por toda Italia y no lo percibimos existencialmente para nosotros; a nuestra aceptación de la respuesta
cristiana le falta un reconocimiento existencial. El Hecho cristiano es el anuncio de que ha llegado una pre­sencia nueva; Dios es una presencia; ha entrado en la historia un Hombre que es la Liberación; implicándonos con Él somos liberados a lo largo de una historia.
No hay historia fuera de esto, sino mentira edificada con ladrillos que podrían ser buenos pero que se pierden.
Mi identidad es la pertenencia a este pueblo. Quien observó esto fue un chico que entró en el movimiento en 1969 gracias a ciertos amigos que se marcharon ese mismo año. Enton­ces percibí la objetividad del pueblo de Dios, y que la unidad era inde­pendiente incluso del grupo de ami­gos que le había llevado a CL. Su identidad consistía en pertenecer al pueblo. Para tener esta autoconcien­cia debemos pedir al Espíritu Santo.
Nuestra identidad se compone de autoconciencia y de pertenencia a un pueblo. Es todo lo que tenemos que pedir, porque en ello empieza la ma­durez que permite una creatividad. Dicha conciencia urge no sólo para los universitarios, sino para todos. Mucho adultos ya no la entienden. Muchos son buena gente pero no en­tienden el cambio de conciencia que nace del Hecho cristiano. A lo mejor entienden a los cincuenta, o sesenta años, de modo confuso, cuando la palabra "unidad" deja de ser un obstáculo, porque ya no queda nada por delante en la vida. Entonces aceptan la unidad como misterio, pero sin entender lo que es.
De todas formas, si vivimos nuestra situación con autentica ma­durez podemos no ser competentes y,
sin embargo, "arrasar". Nadie puede juzgar lo que es ahora, ni los resulta­dos, porque lo que está en juego es una historia. Y la historia es el signi­ficado que en la realidad temporal se comunica a un sujeto, esto es, un sig­nificado viviente que se comunica. Mi significado viviente es la unidad con vosotros, el Misterio que existe entre nosotros. De lo contrario sería una hoja inútil arrancada que arrastra el viento. El pueblo de Dios con su historia es realmente una experiencia de libertad, de consistencia de la pro­pia persona, con independencia de lo que uno sabe hacer o decir. Toda nuestra consistencia es esta Presencia cuyo rostro es el pueblo de Dios, la unidad de los creyentes que procura ser un cuerpo presente en el am­biente (en Universidad, o en el movi­miento, al igual que en la Iglesia en­tera).

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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