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PALABRA ENTRE NOSOTROS

Las leyes de la caridad

Luigi Giussani

Apuntes de una reunión de adultos de la diócesis de Milán celebrada el 2 de junio de 1990.

Una de las cosas que produce más melancolía es ver las calles, al día siguiente del carnaval, llenas de restos de serpentinas y confetis. En este pabellón donde estamos reunidos, ¡cuántas mani­festaciones y cuántas palabras ha habido capaces de suscitar emo­ción! Pero al día siguiente todo está como en las calles al final del carnaval: confetis y trozos de serpentinas. En nuestro caso no puede ser así.
Este gesto masivo de hoy expresa nuestra voluntad de cami­nar cotidiana y continuamente; es una ayuda para reconocer lo que da significado a la vida y al mundo. No tenemos ningún otro objetivo en nuestra amistad: sólo ayudarnos a reconocer a Cristo.

UNA ESPADA QUE DIVIDE
«Este es el horrendo y oculto veneno de vuestro error: que pretendáis hacer consistir la gra­cia de Cristo en su ejemplo y no en el don de su persona». El manifiesto pascual de este año da verdaderamente en el centro de la cuestión: si Dios se ha hecho hombre no puede con­cebirse una alternativa mayor que la adhesión o la no adhesión a Él. Realmente -como dijo el viejo Simeón a María- es «la espada que divide al mundo en dos» (cfr. Lc 2,33-35); y también el reto decisivo a nuestra vida. Cristo es una nueva realidad que ha entrado en el mundo.
En Novyi Mir, la conocida revista literaria de Moscú, Svetla­na Semenova, una de las más importantes críticas rusas, dice de pasada en un texto suyo: «¿Qué es entonces lo que trae al mundo el Evangelio? ¿Un remiendo de nueva moralidad para aplicar al viejo orden, o bien algo más sustancial y radical?».
El cristianismo, ¿es un re­miendo para nuestra vida moral o es algo mucho más sustancial y radical? ¿Toca el alma como se tocan la carne y los huesos? El bautismo imprime carácter o, como se dice usando otro térmi­no, un sello: algo que influye en la forma física, en el rostro de una cosa.
Es la persona de Cristo quien hace familiar (en el sentido carnal del término) a Dios en la vida del hombre: como alguien que se sienta a la mesa en nuestra casa. Y Su persona penetra en el mun­do por medio de nosotros, aunque estemos llenos de carencias, de debilidades, de mezquindades, de defectos, de mal. Es algo que nos hace suspender incluso la atención a nuestro mal, la propensión a registrar nuestros defectos, y nos hace mirar sorprendidos a esta presencia suya.
En un reciente número de ll Sabato vienen interesantes pasajes de una entrevista realizada por Raniero La Valle al famoso eco­nomista comunista Claudio Napo­leoni. El punto álgido de la dis­cusión llega cuando el «católico» La Valle trata de reducir el alcan­ce de la presencia física de Cris­to; Napoleoni le rebate: «La Eucaristía es la carne de Cristo».
Efectivamente: el cristianismo es Dios que se hace carne. Lo decía con claridad san Juan en su primera carta: «Carísimos, no prestéis fe a cualquier inspiración (a cualquier parecer), antes bien poned a prueba las inspiraciones para saber si provie­nen verdaderamente de Dios, porque han aparecido en el mun­do muchos falsos profetas (es decir, habladores). Por esto po­dréis reconocer el Espíritu de Dios: todo espíritu que reconoce a Jesús como el Cristo venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que rompe la unidad de Jesús, no es de Dios. Y éste es el espíritu del anticristo que, como habéis oído, viene al mundo o, más aún, que ya está en él. Vosotros sois de Dios, hijitos, y habéis vencido a estos falsos profetas porque es que está en vosotros es mayor que el que está en el mundo. Ellos son del mundo: por eso hablan inspirados por el mundo y el mundo les escucha (las cosas del mundo son las cosas cuyo criterio último es la presunción o pretensión de la razón). Nosotros somos de Dios. El que conoce a Dios nos escucha; el que no es de Dios no nos escucha. En esto conocemos el espíritu de la ver­dad y el espíritu de la seducción.
Carísimos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se ha manifestado el amor de Dios por nosotros: en que Dios ha enviado al mundo a Su Hijo unigénito para que tuvié­ramos vida por Él. Y en esto consiste el amor: no en que noso­tros hayamos amado a Dios sino en que Él nos ha amado primero y ha enviado a Su Hijo como víctima de propiciación por nues­tros pecados» (1 Jn 4,1-10).
Esto es todo lo que sabemos; y esto es todo lo que queremos saber.
«El que está en vosotros es mayor que el que está en el mundo». Es el Espíritu. El Espíri­tu que nos hace reconocer, dentro de la realidad de la Iglesia, la presencia del Misterio hecho carne. Con el tiempo, si somos fieles en escuchar, mirar y caminar, el Espíritu nos lo hace com­prender también. El Espíritu siempre hace que nos adhiramos a lo que reconocemos. Y, con el tiempo, nos lo hace incluso sentir.
Con el tiempo lo hace conver­tirse en principio de la experien­cia cotidiana, de la experiencia del tiempo, del espacio, de las cosas, de las personas, de noso­tros mismos.

UNA SEÑAL EN LA HISTORIA
El que Dios se haya hecho Presencia en el mundo implica, aún no coincidiendo con ella completamente, una realidad física. Esta realidad física es la señal de Su presencia.
Una realidad que es signo, cuyo valor deriva de la profundi­dad abismal de su significado.
Nosotros no conocemos más que a Cristo, y al Cristo históri­co, al Cristo crucificado, que ha entrado en la Historia como hijo de una mujer.
Su Presencia se mantiene dentro del signo de la Iglesia, que consiste, por consiguiente, en el dilatarse de su dedicación a no­sotros. No es posible hacer la volun­tad de Dios en abstracto; hacer la voluntad de Dios coincide siem­pre con una circunstancia banal, ocasional, efímera, puntual y pasajera.
Análogamente al hecho de que no hay presencia física de Cristo si no es en su Iglesia, tampoco se da una presencia de la Iglesia si no es de forma identificada con un factor efímero, frágil, contin­gente, con un signo cambiante, que podría ser distinto de como se presenta ahora: nuestra compa­ñía. La presencia física de Cristo en la Iglesia se hace actual en una compañía pedagógicamente persuasiva y liberadora.
Dentro del misterio de la Iglesia nuestra compañía es como un momento efímero del Misterio que recorre la historia. Es como un suspiro de esa Presencia. En una compañía así es donde la gran Presencia se hace sensible, se oye, se toca, se sirve, se sien­te. ¡Qué cosa más grande es nuestra compañía! ¡No es nada y, sin embargo, el Todo está dentro! Nosotros somos amigos por esto: porque el Todo está aquí dentro.
«Quisiera poder comunicar -escribe uno de nosotros- la gran alegría que he vivido este año. Mi corazón está alegre por­que Dios vive. Y la vida de Cristo reside en este extraordinario fervor de caridad y de testi­monio sencillo y profundo que encuentro cada día en el movi­miento y que me edifica, me construye continuamente. Es la alegría de la superación de una visión política (en el sentido amplio del término) del movi­miento, y el redescubrimiento de que, en él y a través de él, Cristo continúa cada día conmigo el diálogo que me salva y me hace amar intensamente la vida».
Otro testimonio: «No sé cómo ha querido el Señor hacer esto. Su cuerpo, personas evidentes y su destino eterno, mediante estas manos mías. No sé cómo ha sucedido, pero sé que quiero vivir cada vez más dentro de este mundo verdadero, de esta vida suya y nuestra. Esta realidad única y nueva. El poco tiempo que nos queda la hace amar y comprender más todavía. Todo lo humano y cada circunstancia se ven resaltados, iluminados para siempre. Sobre el fondo es como si viera dibujarse de manera única un rostro que perdona, regenera, que se complace con su obrar en nosotros. Un rostro que sonríe finalmente lleno de una fuerza eterna de paternidad, creado den­tro de esta historia y dentro de este carisma que me ha conduci­do con seguridad a Él junto con tantos amigos. Por esto pido perdón y doy gracias.»
La compañía es nuestro modo de pertenecer al tejido fisiológico de la Iglesia. La compañía no es un término que se pueda reducir sentimentalmente: es provocación para cambiar. Cristo nos llama mediante ella y en ella a dejar que penetre en lo concreto de nuestra vida.
El Papa ha dicho a un grupo de amigos nuestros que estaban en la audiencia general del miér­coles: «Os exhorto a todos a perseverar en vuestros ambientes de trabajo, comunicando la alegría de vuestra fe». No pueden ser palabras inventadas o un senti­miento artificioso.
En un contexto diferente, una amiga nuestra, que está ahora en misión en los Estados Unidos, comenta: «Nuestra experiencia es tan profundamente humana que, sin la concreción de un trabajo que nos implique totalmente con la realidad tal cual es, no puede haber experiencia del movimien­to».
Es exactamente lo contrario de cualquier pietismo, de cualquier abstracción, de cualquier teoricis­mo. Entre otras cosas, implicarse en la realidad -con responsabili­dad, libertad y disponibilidad- es la única posibilidad de que la vida resulte interesante.
Sin esta implicación no se da la experiencia del movimiento. Ciertamente no es que pretenda­mos saber vivir ya esta implica­ción, sino que lo deseamos tanto que lo pedimos continuamente, bien sabedores de nuestra mez­quindad.
Uno de los primeros textos que publicamos (Dalla liturgia vissuta, una testimonianza, no traducido todavía al castellano, ndt) dice: «Las cosas siguen estando graves (pesadas) y opacas (oscuras) pero no podemos espe­rar de su cambio nuestra tranqui­lidad; sin embargo podemos espe­rar de nuestro cambio su transfi­guración, según el plan del Padre, en la paciencia». Transfiguración es un término que usó el Papa en su discurso para celebrar nuestros treinta años de vida como movi­miento; significa que las cosas adquieren un rostro, una vibra­ción, y que lo que es opaco y pesado comienza a hacerse trans­parente y ligero.

EL MILAGRO DEL CAMBIO
En una feria celebrada en Seattle, Estados Unidos, ha habi­do un stand atendido por tres amigos nuestros. Al terminar la feria dos personas que trabajaban en los stands vecinos se dirigie­ron a ellos porque querían saber qué era lo que había entre ellos: simplemente por el modo de trabajar se veía que entre ellos había algo grande, que no logra­ban identificar, pues aparentemen­te, en efecto, su stand era igual al de las demás empresas.
De nuestro cambio es de donde deriva que las cosas se transfiguren. Y eso tiene lugar según el plan misterioso de Dios, en la paciencia; no se ve cómo procede, se ve lo que ha sucedi­do. Como el tiempo: no nos damos cuenta de que pasa, nos damos cuenta de que ha pasado.
«Un día u otro necesitaremos -dice Emmanuel Mounier­- aceptar o querer la conversión que debemos vivir nosotros, los cristianos por tradición, más fuer­temente que cualesquiera otros».
Este es el camino de la paz, de la tranquilidad, de la alegría. La alegría de san Pablo en el colmo de su tragedia: «Estad alegres. Os lo repito: ¡estad ale­gres!». La alegría que recuerda el mismo Cristo algunas horas antes de ser apresado: «Os he dicho estas cosas para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea pleno» (cfr. Jn 15,11). La alegría es la verdad de la vida que tras­pasa la carne, los huesos y el corazón. «Debemos tomar -pro­sigue Mounier-la decisión de distanciarnos, de liberarnos del peso de nosotros mismos, de esta exigencia siempre frustrada que busca por todas partes un asidero siempre rechazado, y desear ser felices por cada invento de la vida, por cada hecho casual, por cada decisión de Dios concernien­te a nuestra existencia, hasta la grave fecundidad del sufrimien­to».
Nuestra compañía nos provoca a experimentar un cambio «católi­co»: valorar todo.
Si en un fenómeno dado hay 99 cosas oscuras y una clara, valorad la clara. Esto es absoluto en la vida de la Iglesia: abrir los brazos de par en par para valorar todo lo que sucede, ante todo entre los hermanos cristianos. Esta catolicidad debe de comen­zar en nuestra comunidad, entre nuestras comunidades. Como observaba el cardenal Martini: hay que evitar «rigideces, resis­tencias, convicción de tenerlo ya todo» y de estar en lo justo, ausencia de matices, falta de escucha, juicio presuntuoso. Es necesario «un diálogo en el cual, en lugar de la autodefensa y la polémica, haya verdadero deseo de ser ayudados a crecer en el Misterio de Cristo» que es la Iglesia, a crecer en el Misterio de nuestra compañía.
La ley de nuestra vecindad es una sola: la caridad.
San Pablo, dirigiéndose a los cristianos de Roma, la describe así: «En virtud de la gracia que me ha sido dada (por el Espíritu que me ha invadido) os digo a todos y a cada uno de vosotros: no os valoréis más de lo que conviene valorarse, sino valoraos de manera que tengáis una justa valoración de vosotros, cada uno según la medida de la fe que Dios le ha concedido. Porque así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros y no todos tienen la misma función, así también nosotros, aún siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo; y, por lo que toca a cada uno, somos miembros los unos de los otros. Tenemos por consi­guiente dones distintos según la gracia que se nos ha dado a cada uno de nosotros... La caridad, que sea sin fingimiento: huid del mal con horror, apegaos al bien; amaos los unos a los otros con afecto fraterno, competid en la estima mutua. No seáis perezosos en el servicio; sed en cambio fervientes en el espíritu y servid al Señor. Estad alegres en la esperanza, fuertes en la tribula­ción, perseverantes en la oración, solícitos con las necesidades de los hermanos, presurosos en la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen, bendecid y no mal­digáis. Regocijaos con los que gozan (una caridad a la que falta­mos siempre), llorad con los que lloran. Tened los mismos senti­mientos unos para con otros; no aspiréis a cosas demasiado eleva­das, ateneos en cambio a las humildes. No os hagáis una idea demasiado alta de vosotros mis­mos» (Rom 12,3-6; 9-16).
Un padre del desierto decía: «Si deseas conocer a tu prójimo, hónrale más bien que reprobarle». Es un óptimo comentario a la fórmula del matrimonio, cuando cada uno de los esposos le pro­mete al otro «amarte y honrarte toda la vida».

UN COROLARIO
La caridad entre nosotros tiene un corolario grave y urgente: que nadie puede decir a otro «Tu no eres de los nuestros, no pertene­ces a nuestra compañía, no eres del movimiento». ¿Quién puede pretender sustituir al otro en su deseo o su querer? ¿Puedo com­parar yo -fariseo- mi «pureza» con la del publicano que está al fondo del templo? ¿Quién puede tener la pretensión de juzgar? Sería un moralismo ignorante y en todo caso presuntuoso, aún cuando las cosas parezcan eviden­tes.
Que nadie excluya; nadie está excluido. Yo puedo dar noventa y pare­cerme que el otro da sólo el 0,9. No sé si delante de Dios seré más grande yo o él: es Dios quien mide las cosas y sabe las condiciones en las que camina cada uno. «Y ni siquiera me juzgo a mí mismo», decía san Pablo. De manera que me aban­dono a Dios. Abandonarse al juicio de Dios es abandonarse en los brazos de un padre: «Dios mío, misericordia mía». Miseri­cordia que tiene un nombre en la historia: Jesucristo, como dijo Juan Pablo II en la Dives in misericordia.
La caridad entre nosotros, que no debe excluir ni juzgar a nadie, tiene una regla banal, concreta: el seguimiento humilde a quien guía. Seguir a quien guía no es un ejecutar órdenes, sino que nace de profundizar en la experiencia común. Por esto sólo quien hace profundamente la Escuela de comunidad sigue verdaderamente. De otro modo uno sigue lo que tiene en su cabeza y vive sus personalismos.

COMPAÑIA GUIADA
«Dicunt falsum qui non sunt in unitate», decía san Agustín: «Dice falsedad quien no está en la unidad». Pero la unidad, como la voluntad de Dios, se concreta en una cuestión quizás efímera, en un momento pasajero, en una persona que mañana ya no estará. Por esto he dicho que la regla es el seguimiento humilde de una dirección. En efecto, la regla es una compañía guiada hacia el destino. La dirección no es infali­ble; tú te haces infalible, en cam­bio, en el seguimiento.
Semejante unidad está abierta por entero a la libertad creadora, porque quienquiera que dirija y lo haga como lo haga, no puede dejar de estar extremadamente atento y de ser respetuoso con lo que el Espíritu dicta en la imagi­nación o la fantasía, el corazón y las ideas de cada uno.
En la libertad creadora, propia de la responsabilidad del indivi­duo, es como la persona puede convertirse en presencia. Tú te conviertes en presencia -en la
familia, la comunidad, el movi­miento, el puesto de trabajo, el tranvía- en la medida en que tu fe te crea una actitud. Lo que notaron los dos americanos de los stands vecinos era una creatividad distinta.
Por eso la unidad en el segui­miento no puede turbar, o dismi­nuir, o sofocar la libertad de crear; y tampoco la libertad de crear puede permitirse desconocer o despreciar la unidad y el segui­miento.
Indudablemente corremos riesgos, porque nuestra compañía es, por su propia naturaleza, provisional, como todo momento pedagógico. Ella no es el valor, es pedagogía para el valor. Corra­mos, pues, los riesgos: ¡cuántos riesgos corren un padre y una madre en su función insustituible! El riesgo, por ejemplo, de los esquemas y proyectos personalis­tas que nacen de la compañía como pretexto y se convierten en pretensión.
En 1977 comentamos en Vi­terbo dicho riesgo en estos térmi­nos: «La consecuencia más terri­ble del personalismo (tomar como pretexto la vida común de la compañía -incluso la familiar- puede llamarse pretensión perso­nalista) es el apego sentimental (no determinado por el valor, sino por la reacción y la utilidad que se siente en el momento inmedia­to): la relación con el responsa­ble, cuando se le sigue porque es el jefe de la organización en la que hemos depositado todas las esperanzas y de la cual pretende­mos que realice nuestro proyecto, tiende a estar absolutamente ence­rrada en una dependencia indivi­dualista. La obediencia que se instaura es la obediencia a la organización, de la cual el res­ponsable es punto crucial y guardián, y esto elimina la creatividad de nuestras personas, porque todo está establecido y definido por la estructura a la que nos adherimos, y todo se convierte en esquema. La creatividad es, en cambio, la generación de una imagen y de la energía para realizarla que brota de la vida de fe que se vive, de la percepción propia de las cosas, de los propios ojos, del propio tacto, del propio corazón, de la propia pasión. La verdadera obe­diencia se refiere profundamente a uno mismo; es seguir la presen­cia y la provocación inicial (lo que nos ha movido), no un razo­namiento; no es hacer cosas, sino participar en una experiencia viva que se ve delante de uno» (cfr. Agli educatori, Quaderni di CL, n.7, pág. 12).
El predominio de los criterios individuales destruye la organici­dad de nuestro «ser miembros los unos de los otros».

LA DIVERSIDAD
Entonces, entre nosotros, ¿có­mo se enfoca el problema de la diversidad? Depende del mismo amor a la misma vida. Es el amor a la misma vida.
Si tú me dices: «haz esto», y yo en conciencia comprendo que debo hacer otra cosa, ante todo dialogo contigo, y obro de mane­ra distinta en nombre del mismo amor y por el mismo motivo por el que tú haces lo que haces. Y entonces nos abrazaremos, con un dolor que no podremos evitar del todo mientras vivamos en este mundo. Esta es la dinámica ver­dadera entre marido y mujer, y con los hijos.
El seguimiento humilde a quien dirige es lo más seguro, porque el único criterio de quien dirige -a diferencia de quien no sigue- es la pasión por una presencia. Se puede equivocar, en un arrebato o en la impaciencia (ésta es la raíz de todo), pero el único criterio de quien dirige es apoyar y realizar la presencia. La preocupación no es una realidad estable que debe hacerse funcio­nar, sino sostener, favorecer y realizar la Presencia, poner en práctica una modalidad de la fe, de acuerdo con una determinada gracia recibida.
Presencia significa deseo de que el Misterio de Cristo se reve­le a través del cambio en nuestro modo de obrar, de mirar, de hablar, de manejar las cosas en donde estemos.
En lugar de «pasión por la Presencia» podríamos decir «pa­sión por la misión». Cristo nos ha llamado para, mediante nosotros, poder comunicarse con los demás. Es la pasión por la misión la que nos anima e impulsa.
Pasión por una Presencia significa pasión por un cierto orden humano, por una manera distinta de hacer las cosas que todos hacen, en los ambientes habituales; para que, a través de esta presencia, surja un signo, un reclamo, de acuerdo con el plan misterioso de Dios, en la pacien­cia. La pasión por la misión: que le conozcan; por justicia para con Dios y por piedad, por compasión hacia el hombre (para que el hombre esté mejor). «Estad ale­gres. Os lo vuelvo a repetir: estad alegres».

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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