Va al contenido

PALABRA ENTRE NOSOTROS

Reflexiones sobre el compromiso vivido

Luigi Giussani

De la reunión con los responsables universitarios en mayo de 1990, después de las elecciones regiona­les y locales italianas en las que los «católicos populares» estuvieron activamente comprometidos.

Lo verdadero, siempre que acontece o se vuelve a decir, es cada vez más nuevo, es decir, cada vez se revela más. La nove­dad, en efecto, no reside en la diversidad, aunque tenga siempre como resultado alguna diversidad. La novedad es cumplimiento de algo antiguo, de un origen, de algo anterior. Lo nuevo no es aquello que no se ha escuchado antes, sino lo que es verdadero. La novedad es el signo más fascinante y apasionante de la verdad tomada como razón del vivir, como razón de todo lo que hacemos. Y, puesto que «la belle­za es el esplendor de lo verdade­ro» (santo Tomás), la novedad es siempre belleza en acción, belleza que da vigor, que obliga por sí misma a reconocerla, con una obligación llena de ternura y de descubrimiento (el gusto por la novedad es lo que define al niño con los ojos abiertos de par en par ante una cosa bella).
Pero la verdad sin amor es inútil. Una verdad que no se ame es inútil, porque si la verdad no es amada no representa una nove­dad, no estalla en su prueba visible, que es la novedad (la experiencia de la cual se funde con la de la construcción o edifi­cación de uno mismo). No puede resultar alegre para el hombre algo que no aparezca, que no se sienta y viva como nuevo. La alegría solamente se encuentra en la novedad. Y la alegría, como decimos siempre, es el síntoma de que un camino humano es verdadero.
Sólo en quien haya servido a la verdad con gran amor, de manera que la verdad se le haya manifestado en su prueba más visible, la novedad, puede darse un cansancio sin sombra, como el que os caracteriza ahora tras todo el esfuerzo realizado para las recientes elecciones que han tenido lugar en nuestro país. Vuestra acción electoral se ha apoyado en el amor, habéis vivi­do esta ocasión como servicio amoroso a lo verdadero (y todo el que la ha vivido con menos amor se ve ahora acusando un malestar que se traduce en el deseo de que la próxima vez no sea así). Dado que, en general, os habéis comprometido a fondo, se os puede ver ahora cansados, pero sin sombra, ya que la razón por la que habéis actuado era clara, clara por la verdad que llevaba en sí misma y que habéis servido con amor. Lo que nos hace mal nunca es el cansancio que es fruto de una positividad recibida y acogida a lo largo de la jornada. El enemigo es la sombra, porque la sombra es como un cansancio mortal, una anulación sepulcral de nuestras energías y de nuestros músculos.

SOLO POR UNA PRESENCIA
Lo que, juntos, nos decimos aquí, debe dar impulso a nuestro servicio amoroso a la verdad; en consecuencia, debe representar una novedad y por ello un aumento de alegría.
Tenemos que recordar, ante todo, que el esfuerzo realizado para las elecciones ha tenido su punto de partida, su razón de ser, en el «manifiesto» de Pascua de este año: «Este es el horrendo y oculto veneno de vuestro error: que pretendáis hacer consistir la gracia de Cristo en su ejemplo y no en el don de su persona» (san Agustín). Para cualquiera de nosotros el compromiso en las elecciones ha sido un epifenóme­no de la conmoción que ha susci­tado el manifiesto pascual en nuestro ánimo. La conmoción es una movilización de nuestro ser en todas sus partes, de todas sus posibilidades. El manifiesto de Pascua ha constituido una fuente de conmoción hasta el punto de que nos ha hecho actuar, en la campaña electoral también, con una capacidad de compañía, un orden, una fidelidad, una energía, una inteligencia y una indomabili­dad que han sorprendido a todos.
Ahora bien, preguntémonos: ¿por qué nos ha conmovido el manifiesto pascual? ¿Por qué ha movido todas las partes de nues­tro ser -inteligencia, corazón, horas, días, noches- y nos ha movido a todos juntos? Porque ha proclamado el carácter inevitable, inexorable e imponente de una presencia. Lo humano se ve sacado de la obtusidad de la nada, arrancado de la inercia, por una presencia, sólo por una pre­sencia.
Al comienzo del capítulo décimo de El sentido religioso, donde se intenta describir el camino por el que la razón del hombre, a través de las cosas, se dirige hacia Dios, podemos ver formulada la siguiente observa­ción: si uno de nosotros se imagi­nara naciendo y abriendo los ojos por primera vez con la conciencia correspondiente a la edad que tiene ahora, su primera impresión profunda, inexorable, inevitable, su primera evidencia -coinciden­te con la provocación con que comienza la vida- sería la de encontrarse ante una presencia. Un alumno mío de primero de bachillerato, al responder a la pregunta de en qué consistía la evidencia, después de una vivaz discusión, dijo esto: «Pero, enton­ces, la evidencia es caer en la cuenta de una presencia inexora­ble».
El hombre no se puede mover más que por una presencia. Y el manifiesto pascual nos ha recor­dado la Presencia Grande, esa presencia ante la cual ninguna muerte puede resistir -ni siquie­ra esa muerte más terrible que la
muerte física que es la muerte de lo humano, la pérdida del sentido de uno mismo, la traición y el pecado-, pues queda invadida por ella y llamada a la redención. Cierto que uno puede insistir en su negación, pero entonces ésta se convierte en un renegar, y ello cuesta.
Lo que remueve lo humano es una presencia. Vuestro gran deli­to, como decía san Agustín a la cultura dominante de su tiempo, es considerar a Jesús como un teórico ejemplo moral. Uno tam­bién queda asombrado al leer acerca de Ghandi por sus senti­mientos de fraternidad, de paz, de no violencia, y por su comporta­miento ético. Pero el hecho ver­daderamente grandioso es la persona de Cristo. Dios hecho hombre: ésta es la presencia. El Papa lo ha dicho muchas veces con una clara fórmula: «El está presente aquí y ahora».

EMMANUEL
El mensaje cristiano está con­tenido por entero en esta afirma­ción: «El está presente aquí y ahora». Emmanuel. Nosotros no tenemos otra cosa que decir al mundo, porque todo deriva de aquí, todo cambia a partir de aquí. Pero no es el cambio lo que proponemos: no tendríamos capa­cidad para sostener nuestra pro­puesta, ni dos minutos siquiera, sin caer en incoherencias tan contradictorias que la harían increíble e inestimable. Nuestra propuesta no es la «consecuen­cia», cualquiera que sea la natura­leza de ésta o el ámbito al que se refiera. Nuestra propuesta, lo que vehiculamos hacia el mundo, es este mensaje sencillísimo, este contenido desde cierto punto de vista sutilísimo, lo más tenue y débil que haya: «Dios se ha he­cho hombre y está presente aquí y ahora, es una presencia».
Digo que este mensaje es débil en el sentido de que no sé imaginarme nada que pueda ser objeto de más fácil, no ya irri­sión, sino reducción a la nulidad. Se puede decir simplemente: «no es verdad». Pero si Él es una presencia, ello implica una reali­dad material. Y entonces ya no aparece tan débil. Su presencia implica una realidad material. El anuncio del ángel. «Y será llama­do Emmanuel, Dios con noso­tros», implicó una carne. Su presencia, Su presencia permanente, «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos», implica una carne, implica una materia: nuestra carne.
Por consiguiente, Su presencia es algo que ocupa un tiempo y un espacio, es un sujeto de tiem­po y de espacio. Decir, como ha dicho el Papa, que «Cristo está presente aquí y ahora», implica una realidad material, visible, tangible, audible. El hombre justo vive de esta fe: un hombre puede estar lleno de incoherencia y de traición, pero su grandeza en la historia -en la historia como designio del misterio, como lucha por caminar hacia el destino, como intento de manejar mejor la realidad, para que le sea más útil, para que toda esa selva virgen de cosas que componen la realidad sea más bella y mejor para él­ consiste en aquello que su ser vehicula y lleva al mundo, en el contenido de este mensaje: «El es presencia aquí y ahora», Porque Su presencia puede registrarse y constatarse, es visible, tangible y audible, pues se identifica con una realidad física presente, con una presencia humana.
Ahora bien, lo material, lo tangible y audible, es la envoltu­ra, es el signo que necesitamos traspasar para percibir y experi­mentar la unidad con lo que hay dentro. Se experimenta la Presen­cia Grande cuando se traspasa el signo. Pero el signo pertenece a la presencia; no existe presencia si no implica una realidad mate­rial. Y efectivamente los sacra­mentos implican siempre y esen­cialmente una materia, una reali­dad material. Su presencia aquí y ahora tiene su punto culminante en el sacramento de la Eucaristía, y se hace explícita, tangible, visible y audible en la compañía cristiana: el cuerpo místico de Cristo.

NUESTRA COMPAÑIA: UNA VIBRACIÓN DE ORACIÓN
Por tanto, saltándonos ahora todas las preocupaciones interme­dias, Su presencia aquí y ahora está en nuestra compañía. No es nuestra compañía lo que tiene valor, sino Aquello de lo que ella es signo. Es necesario mirar a este signo según el Valor que contiene. Pues el Valor que con­tiene es lo que permite a este signo existir y obrar. Por eso la pertenencia a esta compañía sólo es consciente si se traduce de final que coincidirá con la felici­dad de los hombres. Si se produ­ce esta anticipación, la vida de este mundo se hace cien veces mejor, el camino del hombre se hace cien veces mejor: es «el ciento por uno aquí».
Sólo se puede decir «sí» a esta compañía en la medida en que este «sí» sea petición de que Su presencia se manifieste en ella y mediante ella. Por eso resulta imposible -y esto se advierte sobre todo en quienes llegan a la madurez manteniéndose fieles a la compañía- adherirse a nuestra amistad y pensar en ella sin que al hacerlo se produzca en noso­tros como un escalofrío de ora­ción.
Y, sin embargo, todos aquéllos que os ven actuar, ¡quién sabe lo lejos que están de estas cosas! Nosotros mismos, si no estuviéra­mos dentro del abrazo tangible de Su presencia, ni siquiera hubiéra­mos podido soñar esta identifica­ción de lo que hacemos juntos con la vibración de una súplica, de una oración. Solamente nues­tros amigos muertos saben y ven esto y, por eso, no representan los últimos partners a los que dirigirnos para tomar conciencia de lo qµe somos y de lo que hacemos.

UNA REALIDAD MA­TERIAL
Su presencia implica una realidad material, y esta realidad material resulta visible, tangible y audible, como dice san Juan, en nuestra compañía, en nuestra comunión, lo que indica tanto nuestra fisonomía social como la profundidad ontológica de nuestra pertenencia a Cristo, de nuestra unidad con Él. El «sí» dado a nuestra compañía no puede sub­sistir más que con una vibración suplicante al menos implícita, no rechazada, esto es, con concien­cia de oración. Por eso hace falta desarrollar esta conciencia, porque entonces nuestras relaciones ad­quieren una claridad sin sombras, una solidez, una fidelidad y una ternura de las cuales ninguno de nosotros podía sentirse antes capaz, que ninguno de nosotros podía imaginar antes posibles. Hasta alcanzar el perdón; lo im­posible por excelencia.
El perdón es la aceptación del otro en su diversidad, sea cual sea; es la aceptación del otro, distinto de mí, tal cual es, no para codificarlo o petrificarlo sino para que, mediante mi petición también, se mueva y cambie de acuerdo con un ideal más verda­dero. Y así, aquéllos de entre nosotros a los que vemos más retrasados en el camino, o cuya adhesión es todavía parcial, cons­tituyen nuestra preocupación, no el territorio de conquista de nues­tra presunción sino el lugar de nuestra ternura, comprensión y paciencia. Y por eso queremos prestar toda nuestra vitalidad, que ha despertado por gracia, para que también estas personas florez­can de razón y afectividad y se mantengan, en el sentido original del término, se tengan en pie por sí solas, no como hiedras apoya­das. El incremento de la gratui­dad entre nosotros depende, como eje vertical, de la petición de Cristo que tiene que prorrumpir en mí, porque si no prorrumpe dentro de mí no es petición; y, como eje horizontal, del perdón. Sin el perdón, estaría por decir, la petición se cansa, porque no se practica como amor.
Un vínculo es seguro y sólido cuando se injerta en el orden del Todo, en el Significado total.
Nuestra compañía encuentra en Su presencia su estabilidad, su fuerza, su fidelidad, su laboriosi­dad, su ternura. El denominador común de todas estas expresiones de lo humano está en la petición, primer movimiento de la libertad. Cuando uno vislumbra el sentido de su vida, tiende hacia él las manos como el hambriento o el sediento. Si no tiende las manos es porque ya está muerto, muerto como hombre. Por ello el «sí» que doy a mi fraternidad y amis­tad contigo vibra temblando de súplica. No siempre ello es cons­ciente en nosotros del mismo modo. Cuando rezamos juntos laudes, por ejemplo, la conmoción se hace mucho mayor y pienso en ti, en vosotros, como si fuerais parte de mi yo, porque lo sois. Pues la definición entera de mí
mismo no es posible sin ti, sin vosotros, aunque no te conozca en el sentido sociológico o «psi­coanalítico» del término, porque en el sentido profundo soy una sola cosa contigo.
Quiero insistir en este temblor suplicante, en esta vibración oran­te, normalmente inconsciente aunque no del todo, porque al menos subsiste sensiblemente como estima, como confianza, como respeto y colaboración. Que no se darían en absoluto si, en la tensión de la relación entre noso­tros, no estuviera Aquél sin el cual tú no serías tú y yo no sería yo, y al cual pedimos que se manifieste. Entonces, si aquello por lo que tú eres tú y yo soy yo es la misma cosa, nosotros dos somos una sola cosa: el matrimo­nio debe ser el signo más clamo­roso de esto. Pero el ideal, o la ley suprema de esta unidad indi­soluble, dada por el hecho de que el significado del uno coincide con la consistencia del otro, es la virginidad: esa relación con la realidad que no rompe el nexo intrínseco, inmanente, profundo que tiene ésta con el todo, con la totalidad, es decir, con cristo. La virginidad, según la concepción cristiana, es mirar toda la realidad sin romper sus vínculos con la totalidad del significado, es no romper el nexo que tiene lo que tenemos ante la vista y entre las manos con Cristo. Para mirar una realidad y aferrarla verdaderamen­te tengo que tener la percepción de su nexo con la totalidad. De otro modo todo queda comprome­tido, confuso y alterado.
Quería decir, al indicar como ejemplo el «sí» que une al hom­bre y la mujer en el matrimonio, que nuestro «sí» a la compañía, si vibra de emoción y se conmue­ve pidiendo, nos hace movernos, nos hace actuar, nos hace laborio­sos y fecundos, de modo que, como en la fábula del rey Midas (todas las fábulas son profecías fallidas), todo lo que tocamos se convierte en oro, se hace nuevo.

EL LUGAR DE LA MEMORIA
La petición es, pues, la ora­ción, que representa para muchos como una expresión tímidamente callada, y hace falta que se traduzca en una conciencia cada vez más madura. Es la condición de nuestra compañía. En todas las casas de los Memores Domini he pedido que haya un cartel con estas palabras: «La casa es el lugar de la memoria». Pues la casa, ese trozo de mundo, tiene como significado único recordar la Presencia Grande, cosa que empieza por la materialidad de la misma casa. Este cartel debería colocarse en las casas de todas las familias que nacen de la vida del movimiento y en todos los lugares de nuestras reuniones. Quiero subrayar el hecho de que nuestra compañía es oración. No os escandalicéis, porque esto es lo contrario del pietismo y del clericalismo, es exactamente su opuesto: es la racionalidad más vibrante y abierta de par en par que exista, la conmoción más irresistible. Como dice san Pablo, «tanto si vivimos como si mori­mos», la conmoción por Su presencia, en la petición de que Su presencia se manifieste cada vez más en nosotros. Pero esta pre­sencia Suya, ¿cómo se pondrá de manifiesto? En la exaltación de la normalidad de todos los días. La normalidad cobra de improvi­so una densidad y una tensión acordes con su verdad. Y su verdad radica en su relación con el infinito, en la relación instante tras instante con Su presencia. Una vez que tomasteis la decisión de apoyar la acción electoral, ésta se ha convertido durante algunos días en una actividad normal. Hasta tal punto normal que, cuan­do se ha terminado, era como si os faltara algo: ¿y ahora qué hacemos? Pero lo que teníais que hacer ayer coincide -pues tiene la misma grandeza- con lo que tenéis que hacer hoy: ayer teníais que pegar carteles electorales y hoy tenéis que coger de nuevo el libro para el próximo examen.
Es muy significativo que en una época como ésta, en la cual la Iglesia de Dios, por inspiración del Espíritu, de manera infalible, está proclamando beatos o santos a laicos normalísimos (Pampuri, Moscati, Frassati, etc... ), estas exaltaciones pasen casi inobserva­das, sin percutir en los oídos de la gente cristiana, y ya no pro­duzcan impacto. La canonización y la beatificación representan puntos culminantes que la Iglesia indica para el compromiso orien­tado a la perfección que deriva de la fe. Son uno de los actos supremos de la Iglesia, pues pertenecen a su infalibilidad en sentido estricto.
Pero, ¿qué han hecho estos laicos para ser proclamados bea­tos o santos? Ni siquiera son como el padre Kolbe, que dio la vida, de modo que todo el mundo puede asombrarse de ello cómoda e insinceramente ¡para olvidarse un minuto después! Personas como las que he nombrado antes vivieron igual que tú y yo hemos comenzado la jornada y llegado hasta esta hora, vivieron momento a momento como vivimos noso­tros. La normalidad de su vida adquirió instante tras instante la dignidad y la grandeza de la verdad, porque en ella se produjo la relación con el Infinito, se dio, de manera consciente y como hábito, la relación con la presen­cia de Cristo. Ellos vivieron el sentido de la presencia de Cristo como hábito adquirido. Pero cuantos más laicos normales hace santos la Iglesia menos parecen reparar el ello los laicos normales y las asociaciones católicas.
Entonces la grandeza de vues­tra entrega en ciertos momentos como la campaña electoral -por­que nadie puede imaginar la gratuidad con que la habéis vivi­do, quizá ni siquiera vosotros mismos os habéis dado cuenta de la pureza de amor a Cristo y a Su presencia en el mundo con la que habéis sacrificado tiempo y energías- esa grandeza de entre­ga debe calar en la vida cotidia­na de los días que vienen, con los exámenes que afrontar, las vacaciones que haréis solos en el mar o en la montaña o cuando os encontréis en casa. La normalidad de la vida es parte de nuestra compañía, parte de su grandeza.
Esta normalidad debe, ante todo, estar «salpicada» de ciertos mo­mentos de petición de Cristo: los momentos de oración deben que­dar seguros, especialmente los de la oración que Cristo nos ha pedido hacer con todo nuestro físico, esto es, los sacramentos, la confesión y la comunión.

MOMENTOS DE PETI­CIÓN
La normalidad de la vida debe salvaguardar ante todo esos mo­mentos de petición, que pueden ser tan veloces como un suspiro: «Dios mío, ten piedad de mí, ayúdame». O bien, como dice el relato del peregrino ruso: «Señor Jesucristo, ten piedad de mí peca­dor». La normalidad del vivir debe salvaguardar estos momen­tos en los que se expresa la petición, a fin de que todo el resto, toda la trama de la jornada, sea casi naturalmente consecuen­cia de esa súplica, de tal modo que, con el paso del tiempo, si alguien cae a tus espaldas cuando estás pegado a la página 204 del pesado libro de 600 y te pregun­ta: «Amigo, ¿por qué haces es­to?», tú, después de un instante de desconcierto, sinceramente, normalmente, puedas responder: «Lo hago por la presencia Gran­de, por Cristo, por la compañía o por el movimiento» (que es una traducción más ambigua, porque debe madurar para no ser superfi­cial o artificiosa).
La presencia de Cristo en la normalidad del vivir envuelve cada vez más el latir del corazón, y así la conmoción por Su pre­sencia se hace cotidiana, cada vez ilumina, enternece, embellece y dulcifica más el tenor de la vida diaria. Ya no hay nada inútil o extraño, porque no hay nada que carezca de relación con el propio destino y, por ello, no hay nada a lo que no pueda tomar afecto, con las consecuencias magníficas que tiene esto de respeto por lo que hago, de precisión y lealtad con mi obra concreta, de tenaci­dad en perseguir su objetivo. Nos hacemos incansables. El cansancio es cada vez más puramente fisio­lógico, y va siendo reabsorbido incluso como cansancio.
La grandeza de la vida ya no está pendiente de lo excepcional o de lo que excepcionalmente corresponde a nuestros planes. Está inscrita en una normalidad que no es cómoda: ésta es la única fuente verdadera de antiamburguesamiento, porque todo lo que se vive se ennoblece, pues la sangre de Cristo pulsa en las venas de nuestras acciones. En el fondo -pero esto lo entenderéis a su debido tiempo- es el miste­rio de la Ascensión que empieza a verse en nosotros. Jesús dijo antes de partir: «Me voy, pero volveré a vosotros y, cuando vuelva, estaréis llenos de alegría».
Este volver de Cristo reside en el cambio que Él opera dentro de nuestra carne y de nuestra san­gre, dentro de la carne y la san­gre de nuestra pertenencia a Él. Realmente es como si se perfilara otro mundo dentro de este mundo normal, donde uno se equivoca, pasa momentos de distracción, es frágil, come pan y bebe vino, pero todo es distinto.

EL IMPULSO MISIO­NERO
En esta nueva normalidad de vivir tiene su raíz la razón por la que hemos sido aferrados en el Bautismo y metidos en una com­pañía de gente llamada a recono­cer conscientemente y cada vez más a Cristo. ¿Por qué hemos sido bautizados? ¿Por qué esta­mos aquí reunidos recordándonos estas cosas? Porque nosotros somos el instrumento con el que Cristo se comunica al mundo. En la normalidad del vivir cotidiano es donde arraiga el impulso hu­mano más grandioso, el impulso que hace al hombre comunicarse a otro, convirtiéndose en algo sagrado para él, porque lleva a la vida del otro la presencia de su destino: se trata del impulso mi­sionero.
La misión no reside en la idea de ir a África o a América, sino que tiene su fuente en esta nor­malidad cotidiana, en la que actúan la vida de la compañía y la conciencia de Su presencia. Por eso la misión empieza con la mujer, el marido, los hijos, con el compañero de clase, con el que te encuentras en el tren, en el pues­to de trabajo, en cualquier parte, y termina con las elecciones: porque lo que habéis hecho para las elecciones no ha sido sino un gran gesto misionero. Aunque a menudo resulte difícil que esto se reconozca.
La presencia de Cristo, que implica la materialidad de la compañía, es el origen de una emoción y de una conmoción y, con ellas, de una petición de ser y de plenitud que invaden el espacio de cada jornada, produ­ciendo una identificación sublime, en la que las cosas permanecen en su divina diversidad recíproca y, sin embargo, todas se reúnen en una sola. La normalidad del
vivir, impregnada por esa emo­ción y esa conmoción, prorrumpe en una voluntad de comunicación. No podemos mirar a otro hombre, en la circunstancia que sea, sin sentir dolor por su desconoci­miento de la presencia de Cristo y sin sentir el deseo de que él también La conozca: por eso dirigimos la petición a Dios de que se haga reconocer también por ese hombre. Este es el impul­so misionero con el que el cris­tiano penetra, dentro de las pro­vocaciones de la vida social, «seguro» y «unido» a los demás (seguro, porque vive arraigado en la Presencia Grande; unido a los demás, porque la Presencia, cuyo aspecto material es la compañía, es el significado de sí mismo y de todos los demás): toda la expresión normal de la vida que­da atravesada por una voluntad de comunicación que ya no cesará en adelante.
El tiempo no agota este im­pulso al pasar, sino que le hace cobrar más potencia y calma, una calma extraña, que no da tregua a nada y ya no deja nada en la sombra o entre paréntesis. La vida se convierte en pasión por el ser. Esta positividad es la caracte­rística esencial de la mirada y del afecto que el hombre seguidor de Cristo aporta al mundo: una posi­tividad sin fin, una ola que lo invade todo, como hemos podido ver ya tantas veces en amigos nuestros, que han bregado a nues­tro lado, cuando se acercaron a la muerte. Es la segunda vez que cito esta palabra, pero la cito totalmente liberada de cualquier sombra.
No debéis cesar de pedir al Señor su gracia, explicitando lo más posible la petición de que Su presencia se manifieste en voso­tros como conocimiento y afecto, y que se manifieste en vuestros amigos, en todos los compañeros de clase y de trabajo. A partir de vuestras mismas casas, pues la primerísima proximidad, después de la vocación a la fe y en la vocación a la fe, es la de tu casa. Aunque tu padre, tu madre o tus hermanos estuvieran lejaní­simos de estas cosas: ellos están cercanísimos en vuestro corazón, en la conciencia de vuestra perso­na, y tenéis responsabilidad de ellos. Vosotros sois la respuesta de Dios a ellos. Una respuesta que arraigará en ellos, más pronto o más tarde.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

Vuelve al inicio de página