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PALABRA ENTRE NOSOTROS

Verdaderamente, ha resucitado

Julián Carrón Pérez

«Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe» (1 Cor 15, 14).
Estas palabras de San Pablo posiblemente expresan mejor que ningunas otras el
puesto central que la resurrección tiene en el cristianismo. Sin ella, la fe cristiana
está vacía, como una nuez hueca. Quizá volver la vista al comienzo pueda ayudar a comprender mejor el alcance de esta afirmación paulina.


Todo empezó en Galilea. En el encuentro con Jesús unos hombres perciben algo especial. Quizá no sepan definirlo con nitidez, pero algo ha sucedido en aquel encuen­tro. Empiezan a vivir con este hombre una aventura que les lle­va a compartir su vida con él. Se hacen sus compañeros. Desde ese momento, como los habitantes de Nazaret, «Tendrán los ojos fijos en Él». Con Él empiezan a ver la vida de otra forma. Aquel hombre no se arredra ante las cuestiones más comprometidas (tributo al César, matrimonio, Herodes, la ley, los fariseos ... ). De todo tiene una visión peculiar de las cosas. Oírle causa sorpresa, admiración, estupor. Pero cuando se capta lo que aquel hombre va significando realmente para ellos, es en los mo­mentos cruciales. Después del dis­curso del plan de vida, cuando mu­chos le abandonan, Jesús les plan­tea la pregunta decisiva: «¿Tam­bién vosotros queréis marcha­ros?» La respuesta no deja lugar a dudas: «¿A quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna». Es normal que la muerte de aquel hombre haya supuesta para los discípulos la prueba más dura. En el relato de Emaús quedan hue­llas de esta zozobra: «Nosotros es­perábamos que fuera él quien libe­rara a Israel... ». La muerte ha aca­bado con la esperanza que aquel hombre había suscitado. Una muerte, además, sancionada por la autoridad religiosa del pueblo, el Sanhedrín. La esperanza ha que­dado frustrada, parecen decir los dos caminantes al imprevisto acompañante que se les ha unido, mientras vuelven a sus ocupacio­nes anteriores.
Pero no todo acaba ahí. Los evangelios relatan un aconteci­miento ocurrido al tercer día des­pués de la muerte de Jesús. Jesús de Nazaret, al que muchos habían considerado como el Mesías y a quien sus enemigos habían ajusti­ciado, vuelve a vivir. No vuelve a vivir en el sentido de Sócrates, que, antes de morir, había hablado a sus discípulos de que su alma sobreviviría en una vida mejor y más grande; tampoco en el senti­do que se refiere a la influencia real ejercida por el recuerdo de un hombre sobre sus descendientes, sino en carne y hueso. Esta vida destruida, aniquilada por la muer­te, ha despertado de nuevo, pero bajo una forma nueva y trans­formada.
Lo que aquí se afirma es algo inaudito y difícil de admitir natu­ralmente. Por eso no es extraño que no pocos autores antiguos y modernos hayan pretendido expli­carlo de una forma menos violen­ta para la «razón» humana.
Algunos (desde Strauss a Bult­mann) no ven que la fe en la re­surrección sea algo más que el producto de la imaginación de los discípulos que no se resignan al fracaso de la crucifixión: ¡este hombre no podía ser vencido por la muerte! Partiendo del principio filosófico según el cual el milagro no es posible en un mundo de rí­gidas leyes físicas, reducen la re­surrección a un fenómeno psicoló­gico, donde la intervención divina no tiene cabida.
Otros no se atreven a tanto (W. Marxsen, Léon-Dufour). Re­conocen algo objetivo en los rela­tos evangélicos: la supervivencia de Jesús no se reduciría únicamen­te a la convicción de sus discípulos, sino que sería el origen de ella. Pero la interpretación de lo ocurrido mediante la idea de una «resurrección» pertenece al mate­rial subjetivo de su psicología, de­pendiente de su medio cultural. La resurrección no tendría nada que ver con la reanimación del cuerpo que yacía en la tumba. Así fue como ellos se lo imaginaron, pero esto no es más que accesorio a la fe. Podemos conservar lo esencial de su fe, dejando caer este aspecto materialista de su creencia. Detrás de su retórica, esta posición no es más que el retorno a la filosofía de la inmortalidad del alma, sustan­cialmente platónica.
Estas interpretaciones de la re­surrección tropiezan con una difi­cultad insalvable: no hay nada en la Sagrada Escritura que nos per­mita suponer que los apóstoles es­peraran una resurrección, cual­quiera que sea el sentido dado a esta palabra. En el pensamiento judío sólo se concibe una resurrec­ción al final de la historia. Mues­tra de ello tenemos en los evange­lios. Cuando Jesús promete a Mar­ta que su hermano resucitará, ella responde: «Ya sé que resucitará en la resurrección del último día» (Jn 11, 24). Los relatos de la resurrec­ción contienen datos que mues­tran que los discípulos no conta­ban con que tal eventualidad suce­diera en el curso de la historia. La decepción que sigue a la condena y muerte de Jesús, la sopresa ante la tumba vacía y la necesidad de verificación de que realmente lo está, la falta de crédito que dan a las mujeres, portadoras del men­saje pascual, son signos claros de la actitud de los discípulos. Por otra parte, la predisposición psi­cológica respecto a la resurrección podía ser explicable en Pedro, Juan, Andrés ... , turbados por la frustración de la esperanza puesta en Jesús, pero es difícilmente explicable en Pablo, adversario en­carnizado de la nueva fe. Si, pese a todo esto, pocos días después ve­mos a los discípulos predicando sin miedo a Jesús, todos estos da­tos sólo pueden tener una explica­ción razonable, que coincide con lo que predican: que el crucificado ha resucitado.
«Nos hallamos aquí -según dice Romano Guardini- ante una alternativa que alcanza al fondo de las cosas. Si nos tomamos a noso­tros mismos como medida de to­das las cosas; a nosotros mismos, con nuestra existencia tal cual es, con el mundo que nos envuelve, con nuestra manera de pensar y de sentir, y nos ponemos a juzgar a Jesucristo partiendo de todo ello, no acertaremos a ver en la re­surrección más que el producto de ciertas formaciones religiosas, el resultado de una incipiente vida de comunidad, es decir, una ilusión. Y entonces la lógica impondrá, tar­de o temprano, la eliminación de esta creencia en favor de un "cris­tianismo puro". Este no será, en verdad, más que una moral super­ficial o un pietismo sin consis­tencia ... ».
Pero pensar que el hombre es la medida de todas las cosas, cuan­do no tiene en sus manos ni su ori­gen ni su fin, siendo tan ignoran­te respecto a las cuestiones más fundamentales de la vida, no deja de ser una trágica presunción. Sólo una actitud de apertura ante la totalidad de los factores de la reali­dad es adecuada a la condición del hombre. Sólo una actitud así pue­de acoger el testimonio que dan los relatos de la resurrección. Ellos «dan testimonio -escribe J. Rat­zinger- de la fe que no nació en el corazón de los discípulos, sino que les vino de fuera y contra sus dudas los fortaleció y los conven­ció de que el Señor había resucita­do realmente. El que yacía en el sepulcro ya no está aquí, ha resuci­tado. El que ha entrado en el mun­do nuevo de Dios, es tan podero­so que puede hacerse visible a los hombres».
Con la resurrección resurge la esperanza quebrantada por la muerte. Dios confirma, resucitan­do a Jesús, su pretensión de ser «Camino, Verdad y Vida». No resulta extraña en este contexto la afirmación de los primeros cristia­nos que nos conservan los Hechos de los Apóstoles: «No hay otro nombre bajo el cielo en que poda­mos salvarnos» (Hch 4, 12). La presencia de Cristo resucitado reú­ne de nuevo a los que el miedo y la zozobra habían dispersado. El poder de Dios, puesto de mani­fiesto en la resurrección del que yacía en el sepulcro, llega a su ple­nitud haciendo partícipes a los hombres de la «vida nueva» del Resucitado. La donación del Espí­ritu Santo hace de los dispersos un pueblo, reunido en torno a Jesús y a la esperanza por él inaugurada. La Iglesia es la manifestación vi­sible de Cristo resucitado y su po­der salvador: los hijos dispersos por el pecado son transformados en «un solo corazón y una sola alma».
La resurrección es el origen del culto cristiano. La aparición a los discípulos de Emaús, «a quienes explica la Escritura y con quienes parte el pan, nos revela el sentido profundo de tal culto. En la pala­bra y en el sacramento nos encon­tramos con el Resucitado; el culto divino es donde entramos en con­tacto con Él y le reconocemos. La liturgia se funda en el misterio pascual; hay que comprenderla como acercamiento del Señor a nosotros, que se convierte en nuestro compañero de viaje, que nos abrasa el corazón endurecido y que nos abre los ojos nublados. Siempre nos acompaña, se acerca a nosotros cuando andamos medi­tabundos y desanimados, tiene la valentía de hacerse visible a no­sotros».
¿Qué ha pasado con la entrega de Jesús en la cruz por la salvación de los hombres? La resurrección de Jesús constituye la respuesta del Padre a la donación de su Hijo por los pecados del mundo: Dios Pa­dre, al acogerlo en su vida por la resurrección, ha aceptado la ofrenda de su Hijo. La última palabra sobre la vida del hombre no es, por tanto, su pecado, sino la mise­ricordia. Acogerla se llama fe.
Los testigos de la resurrección fueron impulsados inmediatamen­te por Jesús a pregonar lo que ha­bían visto: «Id y haced discípulos a todas las gentes ...» (Mt 28, 19). Comienza la misión. Para quien ha sido testigo, no hay tarea más importante en la vida que dar tes­timonio de lo que «ha visto y oído».

NOTA: Las fotos de este artículo corresponden a los carteles de Pascua de 1984, 1983 y 1986 (respectivamente) que el movimiento realizó.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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