Va al contenido

PALABRA ENTRE NOSOTROS

De la Gracia brota un pueblo nuevo

Luigi Giussani

Apuntes de la jornada de comienzo de curso. Milán 14 de septiembre 1991

El valor de este momento consiste en que con él damos gloria a Dios; todos juntos. Estar juntos -tal como somos- por Cristo: ésta es la gloria de Dios.
Dios ha seguido un método a lo largo de la historia de la humanidad: escoger un pueblo para sí -pequeñísimo en relación con los demás- que continuara ininterrumpidamente hasta el fin del mundo. Nosotros formamos parte de este flujo, de este pueblo, de esta compañía. Por eso es bello estar juntos, aún a costa de sacrificios.
He recibido una tarjeta postal del cardenal Martini de Milán: «Un cordial saludo y recuerdos desde California, bendiciendo a todos tus amigos». Nosotros queremos ser corresponsables con el pastor que Dios ha puesto a la cabeza de la Iglesia ambrosiana, queremos ser colaboradores y corresponsables en el esfuerzo que él tiene que realizar para cargar con todo su peso ante Dios y ante la historia. Por eso estamos atentos también a sus cartas pastorales, valorándolas de acuerdo con el espíritu que se nos ha dado; porque todos somos hombres, y cada uno de nosotros vive la humanidad con el temperamento que le ha sido dado.

El milagro como clave de lectura
Leo dos pasajes de su última carta pastoral, La orla del manto: «Estamos llamados a encontrar a Dios en el mundo, en las cosas, en los otros, en la historia. Pero esto no es posible si no partimos de nuestra situación inmediata. En cada situación inmediata, que comporta incluso el servicio más pequeño, tocamos la totalidad del servicio. En cada fragmento tocamos el todo, la totalidad de Dios que se manifiesta» (p.86). «Pero dicha lectura, toda interior a los acontecimientos [interior, porque nosotros vemos las cosas como las ven todos: lo que es distinto es la conciencia que tenemos, el cerebro, el corazón] ¿nos ayuda a captar la dinámica profunda que está en el origen de esas transformaciones? (...) He aquí la clave de lectura, paradójica, para los medios de comunicación: el milagro» (pp.90-91).
Lo que está sucediendo, y que nos narran los periódicos o la televisión, es el milagro que Dios está realizando; el milagro es el plan de Dios. Y este milagro tiene un nombre: Jesucristo. Esta es la aportación que ofrecen nuestro corazón y nuestra mente a la lectura -que hacemos con todos los demás hombres hermanos nuestros- de las cosas que se nos dicen y se nos permite ver.
¿Por qué se considera «paradójica» esta clave de lectura? Porque es una gracia. Poder seguir las huellas de un designio más grande para el que todos estamos hechos es un milagro, una gracia. Ese designio se convirtió en un hombre que murió en la cruz, cargando consigo todo el mal del mundo para destruirlo, y que, de hecho, ha resucitado. De manera que el comienzo de nuestra esperanza -de lo que el corazón espera, porque para ello está hecho- ya está actuando.

Para Dios nada es imposible
¿Cómo se puede mirar así las cosas? ¿Qué hacer para sentir las cosas de ese modo? «Es imposible», como le dijeron los discípulos a Jesús (cfr. Mt 19,23-26).
«La palabra "imposible" -escribe uno de vosotros- se ha convertido para nosotros en un gozo». La paz imposible entre hombre y mujer, la imposible paz entre vecinos, la fraternidad imposible, el servicio imposible, la acogida imposible, la aceptación imposible del dolor, del sacrificio, de la muerte... La palabra «imposible» se ha convertido para nosotros en un gozo y también en una promesa: lo que es imposible para los hombres no es imposible para Dios. Decía un filósofo que «lo imposible es lo real»; en el sentido contrario a como él lo entendía, es cierto.
Lo verdaderamente real es lo que a la mente del hombre le resulta imposible ver, lo que al corazón del hombre le resulta imposible percibir: el misterio de Dios.
De la imposibilidad que tenemos para superar la apariencia, para superar la mezquindad que nos oprime la garganta, o la costumbre, o el aburrimiento en que caemos aún con las cosas más bellas y más grandes, de esta imposibilidad para identificar en la menudencia diaria la grandeza del designio es de donde arranca la petición, donde comienza la voluntad de orar.
La petición es el primer movimiento con el que el hombre -prisionero de lo aparente en caso contrario- se lanza en brazos de Dios, como el niño se lanza en brazos de su padre y de su madre.
La petición encarna un criterio, último y desnudo, y mendiga su realización, mendiga que suceda aquello de lo que tenemos presentimiento.

El cristianismo santifica la carne
Hace un año moría asesinado a golpes de hacha uno de los más influyentes sacerdotes ortodoxos de Rusia en este siglo, el padre Alexander Men, quien se distinguía por su simpatía hacia nosotros, los católicos. En su última conferencia decía que «el cristianismo ha lanzado un desafío a todos los sistemas filosóficos y religiosos. Pero al mismo tiempo ha respondido a los anhelos de la mayor parte de ellos [todos los sistemas de pensamiento son respuestas incansables y errantes al anhelo que hay en el corazón de todos los hombres, incluidos los que no tienen capacidad alguna de construir sistemas filosóficos]. El punto en el que reside precisamente la fuerza del cristianismo no es la negación [no negar nada; una afirmación que tenga que censurar algo para resultar verdadera, no lo es] sino la afirmación, la amplitud y la plenitud de horizontes [el abrazarlo todo: hasta la muerte es absorbida por la vida, hasta los cabellos de la cabeza están contados, hasta la palabra que te sale sin que te des cuenta tiene un peso y un valor eterno; ya no lo perderás]. El cristianismo no es una nueva ética [un moralismo nuevo, un nuevo modo de comportarse adecuado] sino una vida nueva. ¿En qué consiste, pues, su esencia? En la santificación de la carne [hasta la carne -y cada instante minúsculo nuestro es un hecho carnal- tiene valor eterno], ya que, desde el momento en que el Hijo del Hombre -Cristo- acogió dentro de sí nuestras alegrías y nuestros sufrimientos, nuestro amor y nuestro trabajo, desde ese momento ni la naturaleza ni el mundo [todo aquello en lo que se expresa el Misterio], nada de aquello en lo que Él nació como hombre y en cuanto Hombre-Dios, nada de ello es rechazado, nada es humillado, sino que es elevado [a una nueva altura, a la dignidad de servir al Misterio], santificado. En el cristianismo está la santificación del mundo, la victoria sobre el mal, sobre las tinieblas y el pecado [sobre el error]. Pero se trata de una victoria de Dios».
El cristianismo no es un conjunto de leyes morales o una ética nueva; es una vida nueva en la que Dios se hace una sola cosa con nosotros y participa de nuestra cotidianidad.
Esta era la idea que dominaba a Dostoevskij: «Me he formulado un símbolo de fe en el que todo está claro y resulta sagrado para mí. Este símbolo de fe es muy sencillo; hélo aquí: creer que no hay nada más bello, más profundo, más simpático, más razonable, más animoso y más perfecto que Cristo». Y además: «No basta definir la moralidad como fidelidad a las propias convicciones [como dice todo el mundo]. Hace falta también suscitar ininterrumpidamente en uno mismo esta pregunta: ¿son verdaderas mis convicciones? Su banco de prueba es sólo uno: Cristo... En la vida sólo existe una justicia, sólo una verdad: Cristo. Y, por consiguiente, sólo hay una tragedia [la que vivimos todos y cada uno de nosotros], una tragedia que es solamente cristiana: el deseo de Cristo y la incapacidad de estar con Él; la lucha del arbitrio inquieto contra Él».

Un criterio nuevo
Al llegar la noche nos decimos a menudo: «hoy me ha ido bien». Y otras veces: «hoy me ha ido mal». Este juicio debería estar determinado por el pensamiento de Cristo; tenemos que acostumbrarnos a determinar todos nuestros juicios por el pensamiento de Cristo. Entonces las cosas nos resultarán ilimitadamente nuevas (en el bien y en el mal), aún dentro de su pesadez y su menudencia; siguen siendo feas, pequeñas, habituales, aburridas, repetidas, a veces atravesadas por una emoción que engendra una fantasía, reducida pronto a cenizas por el tiempo.
Y sin embargo -si recordamos el milagro del que habla el Cardenal de Milán, es decir, si nos habituamos a leer todo lo que nos sucede con el criterio de Cristo- son nuevas. ¡Es imposible! Pero lo que es imposible para mí no es imposible para Dios. Cuando esta imposibilidad comienza a convertirse en petición, todo comienza en la vida a hacerse ilimitadamente nuevo, hasta las banalidades que se repiten mil veces al día.

La casa de nuestros corazones
Lo que hemos recordado hasta ahora es la característica del pueblo cristiano. Nosotros somos un pueblo, una compañía distinta de las demás. Lo que caracteriza a este pueblo es un criterio nuevo: el criterio de Cristo. Todos juntos, nosotros representamos en el mundo la señal que Dios deja en cada trozo de historia, en cada ola del flujo de las cosas; somos el signo de esa Presencia que, oculta tras las apariencias, guía el mundo de las apariencias construyendo su designio. Nosotros desarrollamos una tarea; somos el pueblo de Cristo, somos el cuerpo -el aspecto que se puede ver y tocar- de Cristo.
San Agustín -que escuchó estas cosas y se convirtió por ellas- escribía en sus Confesiones: «Tú que haces habitar en una casa a los corazones humanos». A nuestros corazones humanos se les hace habitar en una casa: ésta es nuestra compañía, éste es nuestro pueblo, éste es el cuerpo misterioso al que pertenecemos, ésta es la Iglesia. Otros tendrán en común pensamientos, visiones, imágenes... pero no tienen en común el sentido del ser, del corazón. ¡Nosotros sí!

Estar juntos es anterior
Hay una consecuencia grave: el estar juntos es anterior.
Puedo hacerte reproches, corregirte, decirte que me molestas, puedo no estar de acuerdo, podemos tener ideas diferentes sobre muchas cuestiones... pero hay algo que es anterior y más grande: estamos juntos. Por eso resulta distinto también el modo de corregirnos, de tratarnos, mirarnos y juzgarnos. El estar juntos es anterior todo.
San Pablo decía a los cristianos de Colosas: «Por encima de todo que haya caridad, que es el vínculo de perfección» (Col 3,14). ¿Qué es la caridad? La relación entre tú y yo, ¿en qué sentido es caridad? Cuando reconozco que estoy unido a ti por Cristo, y que esto es anterior a todo. No te conozco, pero entre tú y yo hay una unidad que es anterior a todo lo que pueda considerar. Todo lo demás tendrá que tratar de depender de esto.

Memoria
Voy a recordar las características principales de la vida de este pueblo, de nuestra compañía.
Primera característica: la memoria. Si lo que nos une es Cristo, la primera condición es que tú y yo nos ayudemos a hacer memoria de Él. San Agustín decía: «Desde el día en que te conocí, Señor, habitas en mi memoria y allí te encuentro cada vez que te recuerdo». Y Novalis dice: «Aunque todos dijeran que "no", yo te reconoceré siempre. La gratitud no debe desaparecer de la tierra: yo te seré fiel [no es la presunción de uno que dice "soy impecable"; lo grave no son los errores, sino la mentira; y la mentira es negar a Cristo, no recordar a Cristo]. Consuelo del mundo, ven [la percepción inmediata de la propia fragilidad se expresa enseguida en una petición]. Despojado de todo, te espero». Ninguno de nosotros es capaz de estar despojado de todo: es una voluntad, quiero ser despojado de todo en este momento. «Despojado de todo, te espero»; lo que despoja de todo es el esperarlo, dejando todas las cosas en su sitio, sin necesidad de que te arranques ni uno solo de tus cabellos.

El milagro de la paz
Cuanto más nos ayudamos en la memoria, cuanto más decimos «Despojado de todo, te espero», más se verifica en nosotros esa cosa imposible para el mundo que es la paz. La paz es un vínculo que genera y alimenta. De nuevo san Agustín decía: «Tu perdón espolea al corazón para que no se amodorre en la desesperación [para que no diga "no puedo"] y vigile, por el contrario, en el amor, empapado de tu misericordia [la dulzura de la gratuidad con que me tratas], fuerza del débil como yo, hasta que mis carencias no hayan sido sanadas y yo llegue a ser perfecto por esa paz que sólo tú puedes dar y que ignora la mirada del presuntuoso». Es una paz con la que Dios nos puede inundar mil veces al día: nos equivocamos mil veces al día y mil veces puede inundarnos de paz si nosotros vivimos la memoria.

La confesión
Hay un detalle que no puedo olvidar; lo sugiere siempre san Agustín: «Fuimos bautizados y se desvaneció en nosotros la inquietud de la vida pasada». Hay un sacramento que recupera el bautismo: la confesión. Me atraviesa y «se desvanece en mí la inquietud de la vida pasada». Mil veces te confiesas y otras tantas puedes decir lo mismo, porque Dios es más grande y más fuerte que cualquier cosa que suceda.
«Del impulso de la naturaleza brota el terror de la muerte», decía santo Tomás. Pero hay algo más horrible e inhumano que la muerte: el pecado. Todas nuestras jornadas transcurren como bajo la amenaza de la muerte. Pero «fuimos perdonados [en la confesión] y se desvanece en nosotros la inquietud de la vida pasada». ¡Ay si el recuerdo del pasado -aunque fuese el de hace un minuto- prevaleciera sobre el perdón de ahora! Sería que no vivimos la memoria. ¡Ayúdame, Señor, a no rechazarte jamás; ayudémonos a no rechazarlo jamás!
Raimundo Lulio dejó este pensamiento: «Preguntáronle al amigo de dónde nacía el amor, de qué vivía, y por qué moría. Y el amigo respondió que nacía del recuerdo, vivía de la inteligencia [de la conciencia del valor] y moría por olvido». Pensadlo entre vosotros: hombres y mujeres, padres e hijos, hijos y padres. Ayudémonos a no rechazar a Cristo, a no olvidarlo. No hay amistad
mayor que el ayudarnos a no olvidarlo.

Movimiento

La segunda característica de nuestra compañía está encerrada en la palabra movimiento. Es una compañía que está en movimiento.
Nuestra compañía es un lugar en el que la experiencia de Cristo -el Misterio, lo que no se ve, lo que está más allá de las apariencias y que es la consistencia de todo- se ha hecho y se está haciendo posible para nosotros. Por esto se entiende que el movimiento esté en la familia, en el lugar de trabajo, en el ambiente de los amigos, en clase, cuando vemos la televisión o leemos el periódico, en la parroquia. Tal como escribe un sacerdote a su superior directo: «Yo trabajo por una parroquia en la que la gente encuentre a Cristo, se convierta y dé testimonio de la fe a todos (...) Yo deseo que todos, -CL, AC, grupos de familias, grupos de oración, jóvenes, ancianos...- amen cada vez más a Cristo, vivan la comunión y den testimonio en medio del mundo (...) Es hora de superar la contraposición movimiento-parroquia». El Papa dice que «un auténtico movimiento existe como alma nutricia dentro de la institución» (Los movimientos en la misión de la Iglesia, p.25,n.3). Y nuestro Cardenal ha escrito en Partir de Emaús y repetido en Volver a partir de Emaús lo siguiente: «Esta es la óptica en la que también vosotros debéis resolver las tensiones. Los frecuentes malentendidos entre grupos y movimientos se deberían dirimir en el misterio de Cristo. Lo que hace crecer la comunidad parroquial es la dimensión misionera: sólo así se podrán superar los histerismos y los celos, los chismes y los capillismos» (p.35). Es así como se tiene el criterio de la justicia.
Nuestra compañía -lo repito en un sentido distinto- es un lugar de paz. Lo es en cuanto que no tienes que ponerte a la defensiva por miedo de nada, porque a través de todo domina el Destino. El movimiento es un lugar de paz porque a través de todo domina el Destino, Aquel que dijo «Yo soy el camino, la verdad y la vida».
Dice una oración de la liturgia: «Oh Dios, que has preparado bienes invisibles para los que te aman [y nuestro amarle consiste en mendigarle], infunde en nosotros la dulzura de tu amor [empieza a hacernos sentir algo de tu amor], para que, amándote en todo y por encima de todo, alcancemos a obtener los bienes que nos has prometido, que superan todo deseo». Amarle por encima de todo no implica dejar nada -ni siquiera un cabello o el dolor de un instante de malas relaciones se pierde- sino, a través de cada cosa, buscar a Dios, tratar de servir a su misterio.
Algunas semanas más tarde hay en el breviario un pasaje de san León Magno que nos recuerda que si nuestra amistad no es un lugar de paz -que nos ayude en cada cosa y por encima de todo a buscar a Cristo- entonces se convierte en una connivencia; y somos conniventes con un delito. «Dijo el Señor: "Bienaventurados los constructores de paz porque serán llamados hijos de Dios". Esta bienaventuranza no se refiere a cualquier clase de entendimiento o acuerdo [incluido el matrimonial] sino a aquél del que habla el apóstol: "Estad en paz con Dios"; y del que dice el profeta: "Quien ama tu ley encuentra una gran paz; no halla tropiezo en su camino". Esta paz no pueden pretenderla ni los vínculos más estrechos de amistad, ni la más perfecta semejanza de carácter, si no están en armonía con la voluntad de Dios. Fuera de esta paz sublime, solamente encontramos connivencias y asociaciones para delinquir».
En el movimiento se puede reproducir esta connivencia cuando se le concibe como un conjunto de alineamientos antitéticos, como grupos y preferencias cerradas, como exaltación de lo que queremos, y no en cambio como un abrazo a todo a través de cualquier preferencia. Si tienes preferencia por una persona, es a través de ella como se deben abrir tus brazos a todo.
El movimiento es un lugar de paz y, por ello, es un lugar de perdón. Nuestra compañía es un signo, y ningún signo es perfecto; por eso nuestra compañía está llena de imperfecciones: las nuestras. ¡Perdonémonos! Nuestra compañía es un lugar de paz, de perdón y de acogida, como muchos de vosotros ejemplificáis.

Escuela de comunidad
Nuestra compañía es también un lugar de profundización del conocimiento: «Sabed dar razón de aquello en lo que creéis», decía san Pedro a gente que ciertamente no hacía el bachillerato de letras (cfr. 1P 3,15).
¿Cómo el movimiento llega a ser un lugar de conocimiento y profundización? De un modo sin el cual todo lo demás cruje y resulta ambiguo: mediante la Escuela de comunidad. Sin la Escuela de comunidad -y lo que nos recordamos en ella- la palabra de Dios, el Misterio, se quedaría en algo abstracto, lejano, sin incidencia en el presente. La Escuela de comunidad es una escuela; por ello puede leerse incluso veinte veces con el fin de comprenderla. Santo Tomás decía que «si la fe no llega a hacerse consciente de sus razones, no vale nada».
Lo que es la Escuela de comunidad está explicado en Litterae communionis de Octubre 1990 (para España en Nueva Tierra n.20, octubre/noviembre 1990, pp. 31-32, ndt). Mientras que la Escuela de comunidad de este año se ha presentado en el último número de Litterae (en España se publicará ese texto en el momento oportuno, ndt). Es importante fijarse, este año, en la segunda parte del libro, donde se habla del cristianismo que aparece en el mundo como compañía (no hay indicio alguno de un cristianismo como filosofía personal) de gente que comprende que aquello que siente y que los demás no ven es don del Espíritu. Gente que, por ello, cambia su vida; communio es la palabra que define esta vida cambiada, convertida en distinta hasta en los detalles. Communio: Comunión... y Liberación.
Nuestra compañía, por lo tanto, es un lugar de memoria, un lugar de movimiento, el movimiento del ser humano hacia su Destino. El resto es apariencia de movimiento que el tiempo convierte en cenizas cada minuto que pasa.

Misión
Tercera característica de nuestra compañía. Hemos sido agraciados con esta compañía: ¿por qué? ¿Por qué a mí, Señor? ¿Por qué a nosotros? ¡Por una misión! Para hacernos misioneros.
San Agustín: «Mi testimonio es tácito y al mismo tiempo grita. Calla la voz y grita el corazón, porque no digo nada verdadero a los hombres si antes no te lo he dicho a ti». Nada verdadero digo a los hombres si antes no te he dicho «Me he equivocado» a Ti, oh Dios. La misión tiene su raíz en mi corazón. «El amor que me ha demostrado Cristo me apremia, al pensar que uno murió por todos y por consiguiente todos murieron. Y por todos murió, para que los que viven no vivan ya para sí mismos, sino para aquél que por ellos murió y resucitó» (cfr. 2Cor 5,14- 15).
¿Cual es el modalidad de la misión? El único modo de comunicar a los demás es mediante el cambio que lo que decimos ha
producido ya en nosotros.
Este anuncio, para llegar a ser un testi-monio pleno, debe saber decir las razones de la propia experiencia -como ha dicho el Papa al congreso de los movimientos celebrado en Bratislava-, saber decir las razones de lo que hemos encontrado y llena nuestra vida.
«El movimiento -ha escrito uno de vosotros- puede ser un juego durante mucho tiempo. Pero en un momento dado ya no lo es. Quien acepta tu relación puede también pedirte y requerir tu sacrificio».
La misión nace en el corazón, tiene lugar mediante el cambio que ha provocado ya en nosotros lo que decimos, nos hace capaces y solícitos, apasionados por dar razones de lo que ha sucedido en nosotros y está dispuesta al sacrificio.
Una frase de Pasolini resume bien esto: «Si alguien te ha educado sólo puede haberlo hecho con su ser, no con sus palabras». Igual que Dios: se hizo hombre, durante treinta años no habló, y nos ha educado muriendo y resucitando.

La audacia
Nuestra vida es una tarea. Desde esta tarea juzgamos nosotros el mundo y el universo, pero también a nosotros mismos. Antes recordaba la frase de santo Tomás: «Del impulso de la naturaleza brota el terror de la muerte»; pero él termina así: «Del impulso de la gracia [la gracia es Dios hecho presente: Cristo] brota la audacia». La audacia (como nos recuerda la imagen del manifiesto pascual de este año) es conciencia del Destino, del objetivo, y energía indomable, afecto profundo -producto de todas nuestras energías- hacia él. La vida como tarea es una vida en la que triunfa la memoria de la Gracia sobre el terror de la muerte y también sobre la humillación de nuestro error.


 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

Vuelve al inicio de página