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PALABRA ENTRE NOSOTROS

La creatividad que nace de un encuentro

Apuntes del Consejo nacional de Comunión y Liberación celebrado el 10 de Noviembre de 1990

El punto de partida, el factor imprescindible, es la persona.
La persona es relación con el propio destino, con el infinito, con el Misterio de Dios. Pero el Misterio de Dios se ha hecho encon­trable en Cristo; por eso la persona se convierte en relación con Cristo.

Al comienzo, la gracia de un encuentro
No se puede arrancar de un análisis, de un «distinguir»; es necesario partir de la unidad para llegar después a las distinciones, de un dato sintético para llegar a lo analítico. En el plano del significado de la persona la síntesis de la que hay que partir es una gracia. El hombre no puede darse por sí mismo el significado de su vida y su trabajo, se lo encuentra.
La gracia del encuentro es un acontecimiento que tiene lugar dentro de un contexto humano: la compañía vocacional.
Esta es la razón de que la pertenencia a esa compañía sea necesaria para la vida. El movimiento es el lugar en el que se ha encendi­do y ha florecido el encuentro entre las exigen­cias humanas que más me constituyen y la plena respuesta a ellas.

Pertenencia, no apropiación
El peligro más grave es sustituir esa perte­nencia por una apropiación: el movimiento me pertenece, en lugar de ser yo quien pertenece al movimiento.
La consecuencia más evidente de la apropiación es esa posesión particular que sepa­ra. Todo lo que engendra división, lo que apega a uno mismo de manera personalista, separando de las referencias establecidas orgánicamente, toda relación que se cultiva en alternativa a la unidad deriva del maligno.
La contribución que podemos dar a la vida de la Iglesia y a la sociedad es el testimonio de nuestra unidad. Nuestra contribución no viene de la fuerza de nuestras creaciones sino de la humildad ante lo que nos ha sucedido y, por consiguiente, de la unidad hasta la atención llena de sacrificio a los instrumentos creativos.

El valor de los instrumentos
Todo aquello que no pasa por el instrumento objetivamente reconocido por el movimiento como responsable de un contexto determinado es, por lo menos, ambiguo. Los instrumentos pueden ser modificados continuamente, pero ayudan a salvar la objetividad de la pertenencia. Todo es provisional excepto la pertenencia.
Ayudarse y ser amigos no debe servir para saltarse el instrumento, sino para afirmarlo y hacerlo más verdadero.

El engorro organizativo
Un segundo peligro grave amenaza cuando el punto de partida no es la persona. Es la reduc­ción del movimiento a organización, lo que hace que no se implique la libertad de la persona sino la adhesión de factores externos a ella.
Ejecutar órdenes simplemente no significa seguir, porque no implica y no educa la liber­tad. Seguir significa, por el contrario, identifi­carse con las razones y adherirse a ellas afecti­vamente.
Tampoco la dirección espiritual y cualquier amistad lo es en cierto sentido significa suplir las decisiones del otro, sino ofrecerle razones para que pueda decidir él.
La organización no puede ser un estorbo; el problema no es deshacerla sino reavivarla. Esto es lo que sucede cuando la persona actúa y asume sus propias responsabilidades movido por el acontecimiento que le ha impactado perso­nalmente. Por esto decimos a menudo que «si todos abandonaran, yo recomenzaría la expe­riencia del movimiento desde el principio».
Operativamente esto significa que toda ac­ción debe favorecer una imagen de inspiración santa. La insistencia en los aspectos estructura­les no educa a las personas y no cambia el clima en que viven; ésta tiene su razón de ser y su raíz en el corazón.

La confortación del ejemplo
La preocupación fundamental particularmen­te decisiva para quien tiene una función de res­ponsabilidad es que también el otro sea alcanza­do por el anuncio, del mismo modo que yo he recibido su impacto. Tenemos que darnos ejemplo mutuo, el ejemplo de una humanidad cambiada por el encuentro. Así que no obligaré al otro, pero lo empujaré con mi ejemplo. Es lo que se llama confortar. No pretender sino con­fortar. Esto se hace sin castigos ni reproches. Es mejor que uno dé solamente dos de manera libre que veinte sin libertad. El movimiento de Comunión y Liberación es muy «imaginativo», tiene mucha creatividad.
Esto es positivo porque las imágenes, la construcción creativa, la inventiva constructiva, llegan al corazón. Ahora bien, el valor de la imagen no consiste en ella misma sino en lo que lleva consigo: el valor, la «razón».

La razón y las imágenes
Si el motivo de mi comportamiento es una imagen que me hago yo mismo, entonces puede cambiarse por otra imagen.
Si el motivo es una razón, entonces las imá­genes son como una oleada de tentaciones, a ve­ces inmensa, que chocan contra un escollo que no pueden eliminar. La imagen es fundamental, pero lo que implica es más grande que ella misma y hace que ésta salga continuamente victoriosa como algo verdadero.
Hay una cuestión radical en la base de esta alternativa entre imagen (lo que produce nuestra creatividad) y razón (el acontecimiento de ver­dad que hemos encontrado). La verdad alcanza siempre al hombre dentro de un signo que provoca estupor y pone en marcha la adhesión de la libertad. La idolatría consiste en hacer coincidir la verdad con el signo en el que la verdad se manifiesta; es pararse en la imagen en lugar de adherirse a la razón. Por eso la adhe­sión a la razón requiere siempre un sacrificio.
El poder nos domina con imágenes; no nos educa con las razones de lo verdadero.
La imagen construida por nosotros a la postre nos sofoca, mientras que la razón, que al principio nos parece enemiga, luego nos dota de creatividad imaginativa.

De dónde nacen las obras
En la historia de estos años la expresión más significativa de la riqueza «imaginativa» del movimiento está siendo la capacidad de construir obras. Las obras nacen totalmente de la libertad de la persona. Y eso es un acontecimiento que no puede deducirse o programarse, que no es resul­tado de la fantasía humana ni de la capacidad profesional. Tampoco puede inducirse a comenzar una obra como deber. Quien se compromete en la construcción de una obra por deber, agota inevitablemente por una parte sus fuerzas y, por otra, termina pretendiendo de la compañía del movimiento que le resuelva lo que pretende hacer sin ser capaz.
La obra nace de la persona totalmente: de la responsabilidad de la persona. Favorecer que surjan obras significa ayudar a que se desarrolle la libertad de las personas, no imponer la eje­cución de algo.

Exaltación del espíritu misionero
La obra, cuando es expresión libre y respon­sable de la persona educada en la pertenencia, es ciertamente la verificación suprema del método educativo del movimiento. Ese método por el cual, como se dice en Huellas de expe­riencia cristiana, «la comunidad engendra ine­xorablemente una nueva civilización». Por eso la obra es una exaltación del espíritu misionero y un desafío al ambiente. El espíritu misionero no es un proyecto sino una presencia, es decir, una realidad que se produce de un modo más auténticamente humano. Y justamen­te porque es una presencia, incluso las personas más adversas a la experiencia cristiana pueden asombrarse ante una obra de semejantes caracte­rísticas.

Organicidad
La pertenencia común sugiere que haya una organicidad entre las obras. Pero tampoco en este campo el problema es de carácter organiza­tivo. Se trata de una organicidad en el comienzo, de una organicidad entre los sujetos que actúan. Nunca podrá hacerse adecuadamente orgánico lo que no nace totalmente funcional; al contrario, lo que parte del mismo origen encon­trará necesariamente con el tiempo la manera de hacerse explícitamente orgánico. La organicidad nace, pues, de una genialidad capaz de valorar la libertad y la afectividad de todos.
En definitiva, la organicidad que hace falta no es tanto la de las diversas obras entre sí en términos organizativos cuanto la de cada perso­na el sujeto de la obra como perteneciente a la experiencia única del movimiento. Este método indica también la gran apertura que pueden tener las obras que nacen de personas del movimiento respecto a todo el contexto civil.
La Compañía de las Obras es un instrumento para favorecer esa organicidad.

La responsabilidad es de la persona
Hay algunos riesgos que deben tenerse pre­sentes al afrontar la cuestión de las obras.
El primero es el clericalismo: la actitud de quien tiene cierta responsabilidad en la vida del movimiento y pretende de otros que «hagan» determinadas obras. Esto confunde las respon­sabilidades y termina por hacer recaer sobre la vida de todo el movimiento preocupaciones que deben ser de quien asume la iniciativa.

No a una «ideología» de las obras
El segundo riesgo es centrarse en una «ideología de las obras», como si hiciera falta desarrollar un «discurso» sobre la sociedad que constituiría un paralelo del único «discurso» que es interesante hacer: el anuncio del aconteci­miento de Cristo. Por esta razón muchas obras y agregaciones de obras están proponiendo exclu­sivamente, como momento de contenido, la Es­cuela de comunidad. Las obras se convierten de ese modo en ocasión explícita de misión.

Entusiasmo y no una «ocupación»
El tercer riesgo es considerar la obra como una especie de justificación de la vida del movimiento. La razón por la que nacen las obras no es el «ocuparse» de determinada activi­dad, sino el entusiasmo por lo que ha sucedido y el amor por el hombre concreto con quien nos encontramos. Todo lo demás debe ser libre, pues de otro modo se produciría la prevarica­ción de un mecanismo, definido por un papel, sobre la gracia, libre y misteriosa.
El movimiento no es, por consiguiente, el apoyo para tomar iniciativas, sino el acontecer de una compañía vocacional que le es dada a la persona para que ande su camino hacia el desti­no; es la propuesta de una «razón» que tiende a invadir toda la cotidianidad.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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