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Huellas N.3, Marzo 2004

PRIMER PLANO

La calidad de vida en el modelo americano

Giorgio Vittadini*

En EEUU un pobre, si es competente y capaz, tiene la oportunidad de cambiar su condición social, aunque pocos lo logran. La inestabilidad, la movilidad y la competitividad caracterizan la sociedad norteamericana, así como una fuerte degradación de los vínculos familiares. Primero de dos artículos

Para entender dónde reside el auténtico bien común de la sociedad italiana y cuál es el estado del bienestar de los italianos no resulta superfluo echar un rápido vistazo a EEUU. Nos detendremos en algunos indicadores que afectan a la calidad de vida, como la distribución de la renta, el bienestar y los estilos de vida.
La clase rica americana posee una tasa de renta ligeramente superior a su equivalente italiana, pero la diferencia no es relevante, como demuestra el índice de desigualdad más conocido (el índice Gini): 40,8% frente a 36%. En cambio, otras fuentes tienden a mostrar una diferencia más marcada entre los más ricos y los más pobres en EEUU que la que se constata en Italia. En cualquier caso, descomponiendo los datos descubriríamos que las mayores diferencias en Italia se dan entre áreas geográficas, mientras que en los Estados Unidos se verifican fuertes desigualdades económicas dentro de las mismas ciudades. Allí, el propio modelo de desarrollo prevé una neta divergencia económica entre quienes tienen éxito y quienes no. Como dice el profesor Campiglio a Huellas en su entrevista publicada en este número, ello no significa conservadurismo o cerrazón. En EEUU, más que en ninguna otra parte del mundo, un pobre competente y capaz tiene la oportunidad de cambiar su condición económica y social por medio del estudio y el trabajo. Todo, desde el ingreso en las mejores universidades hasta la posibilidad de acceder a los mejores trabajos, tiende a estar vinculado teóricamente a las capacidades y la competitividad. Para que te admitan en una universidad estadounidense hay que realizar un examen nacional gestionado por la Universidad de Princeton. Quienes obtienen una mayor puntuación son elegidos por las mejores universidades. Posteriormente, las mejores empresas eligen a los mejores licenciados. En el trabajo y en cualquier aspecto de la vida económica y social la valoración, con sus correspondientes escalafones, es una constante aceptada por todos.

Programas despiadados
Las tasas universitarias son muy altas, pero también lo son las cantidades destinadas a préstamos y becas de estudio, que suelen seguir criterios estrictamente meritocráticos, más que económicos. Los programas de preparación y de inserción en las profesiones de mayor contenido intelectual (médicos, abogados, manager) son despiadados. A la mínima te licencian: el “cese” de quien no rinde, tan típico del mundo deportivo, es practicado con la misma diligencia en el mercado de trabajo. Hay una gran movilidad territorial: para estudiar, trabajar o hacer carrera se está dispuesto a cambiar de ciudad o de estado con mucha frecuencia. El sistema cuenta con la anuencia de casi todos: hasta los pobres lo aceptan, no en virtud de su condición actual, sino por la convicción de que si valen, “pueden subir”. Pero, ¿qué sucede con los vencidos que no llegan a la cumbre?

Pobreza, crímenes y violencia
Ya hemos mencionado las grandes oportunidades de progreso que existen a nivel de formación. Sin embargo, también es cierto que por cada pobre que “sube”, 99 se quedan y en EEUU estudiar en determinados colegios públicos en zonas degradadas de grandes ciudades significa a menudo encaminarse hacia una precoz delincuencia. El sistema que quiere valorar a los capaces no logra impedir que grandes segmentos de población vivan en condiciones de Tercer Mundo. Veinticinco millones de personas viven por debajo del umbral mínimo de pobreza. En EEUU, los actos criminales y violentos son 22,8 por cada 1000 habitantes (frente a los 4 de Italia) y hay un detenido por cada 143 habitantes (frente al 1 por mil de Italia). En EEUU, la defensa personal es un derecho, casi un deber, visto que no existen límites a la adquisición de armas, y en algunos estados, como Kansas, es obligatorio tener al menos un arma en casa. Por lo demás, en las grandes metrópolis es fácil encontrar, junto a los rascacielos y las mansiones lujosas, casas arrasadas y en ruinas o barrios donde es peligroso internarse. Además, con el paso de los años resulta cada vez más difícil encontrar trabajo. El 27% de los desempleados busca trabajo durante más de 14 meses y la tasa de desempleo nunca había sido tan alta: desde el comienzo de la presidencia Bush se han perdido 2 millones de puestos de trabajo. El anunciado repunte puede no traer consigo el anhelado retorno al trabajo de muchas personas, dado que, igual que sucede en Italia, y aún más, las empresas norteamericanas desplazan su producción a Asia.

Inestabilidad de la clase media
Otro parámetro que evidencia la dificultad de los menos pudientes es la salud: en 1998, 44 millones de personas carecían de seguro médico y podían disfrutar sólo de un nivel mínimo de asistencia, claramente insuficiente. Si pensamos que el gasto medio per capita en salud es de 4.499 dólares (frente a los 1.498 italianos), con una cuota del 13% del producto nacional bruto (en Italia es del 8,1%), se comprende la diferencia abismal entre las posibilidades de curación de ricos y pobres. Pero la cuestión social no afecta sólo a los más pobres. Toda la clase media sufre la inestabilidad. Son inestables el trabajo y la cuenta del banco: las deudas contraidas con la universidad en la que se estudió se pagan durante largos años, al igual que varios préstamos con sus correspondientes intereses para adquirir casa y coche, y se compra con la tarjeta de crédito. Por ello, es mucho más arriesgado que en Italia enfermar y perder el trabajo.

Sin certezas afectivas
Pero lo que afecta a todos es la precariedad del vínculo familiar. A la competitividad, la movilidad e inseguridades varias se añade el venir a menos de grandes ideales religiosos y civiles. Esto hace que haya menos matrimonios y haya más separaciones. En la sociedad americana, la tasa de divorcios respecto a los matrimonios ha pasado del 3,9 al 7,7%, mientras que en Italia dicha tasa es del 0,12%. Las consecuencias son devastadoras: los jóvenes crecen sin certezas afectivas y se llenan de inseguridades a lo Woody Allen; los viejos se quedan solos, las personas frágiles carecen de referencias seguras, hombre y mujer se encuentran desarraigados, aunque hayan llegado a la cumbre en la vida social y económica. Esta disgregación de la familia es una de las grandes causas de desigualdad: una familia con dos hijos tiene casi el doble de renta que un soltero con hijos, mientras que los solteros sin hijos tienen una renta parecida, si no mayor, que las familias con hijos. Entonces, ¿cuáles pueden ser los factores de una reconstrucción frente a una situación que, en el plano de los vínculos afectivos, está arrastrando económica y humanamente a mucha gente? Precisamente el caso italiano nos lo dirá.
(continuará)
*Presidente de la Fondazione per la Sussidiarietà, miembro de la Compañía de la Obras

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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