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Huellas N.2, Febrero 2004

PRIMER PLANO El hecho que vence a todas las increencias y las dudas de los hombres

Abandonar la nada, la victoria del Todo

Franco Loi

Franco Loi, escritor y poeta

Recorriendo el texto de Luigi Giussani acerca de la Navidad, me parece que hace falta en primer lugar volver a considerar la Caída del Paraíso. Adán come del fruto prohibido antes de haber realizado el conocimiento de sí mismo y de su relación con Dios y, por tanto, de haber cumplido la “semejanza”. Antes de haber llevado a cabo un trabajo sobre sí mismo, Adán dirige el conocimiento adquirido hacia la tierra, hacia la posesión. En otras palabras, dirige sus energías humanas a los bienes terrenos –que no son sólo dinero y poder sobre los hombres y las cosas, sino también pasión sexual sin amor, el uso de las artes y de las ciencias–. Naturalmente Adán representa tanto la individualidad como la humanidad entera. En cierto sentido, no es Dios el que expulsa del Edén, sino que es el hombre mismo el que se excluye. Jesucristo se manifiesta en el mundo para restablecer la relación de Dios con el hombre, para hacer posible y tangible, por un lado, el contacto entre la humanidad y Dios y, por otro, para orientar de nuevo (la Buena Noticia) al individuo hacia el trabajo que tiene que hacer para construir la “semejanza”.
La Navidad es en sí misma un evento cósmico –tiene que ver con toda la galaxia, y por tanto con todos los hombres, los animales, las plantas y los minerales–. Toda la vida de Cristo manifiesta al hombre la inversión de la tendencia: afirma de nuevo la naturaleza divina del hombre (Yo soy la Verdad), le propone otra vez el camino (Yo soy el Camino) y se califica a sí mismo como Vida. La Nueva Santa Alianza se hace concreta en el camino que va desde el milagro de Caná hasta la Pasión, pasando por la Última Cena. Cuando Juan (1,14) dice: «Y la Palabra se hizo carne», anticipa el recorrido de Jesús hasta la Resurrección, que confirma diciendo: «Para que la carne se haga Palabra».
El Nacimiento de Cristo es, por sí mismo, la victoria sobre la Caída.
Las palabras de Juan Pablo II son perfectas: «que cada uno se comprometa a acelerar esta victoria». Pues Cristo ha vencido a la humanidad, pero esta victoria debe realizarse en cada hombre. Y aunque la primera victoria, en Cristo, propicia en los individuos el Nacimiento del hombre espiritual, el hombre debe orientarse hacia Cristo y obrar el cambio total. «De la nada no puede venir más que la nada», dice Giussani, y nosotros, sin esa orientación y ese cambio, permanecemos anclados en la nada.
La exhortación de Juan Pablo II significa: abandonemos la nada y dirijamos la cabeza hacia el Todo. Esto no quiere decir: «abandonemos los bienes de la tierra», sino usemos la belleza y el conocimiento para realizar a Dios en nosotros. Supone un gran trabajo obrar sobre uno mismo –hay que superar el sufrimiento, las dudas, vencer la pereza, redimensionar nuestro yo, amar, amar incluso a nuestros enemigos–, pero es ahí donde nos espera la victoria.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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